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Excesos

Sudor, Cuerdas y Distracciones

El despertador de Iván no tuvo que sonar dos veces. A pesar de que sus músculos gritaban de dolor por la rutina de la semana anterior, había algo eléctrico en el aire que lo obligaba a saltar de la cama. No era amor, se repetía mientras se ponía una sudadera oscura, era pura terquedad. No iba a dejar que esa boxeadora se saliera con la suya, ni que pensara que le había ganado la partida solo por ser intimidante.

Cuando llegó a "La Jauría", el sol apenas empezaba a teñir de naranja el cielo contaminado de la ciudad. Al entrar, el sonido rítmico de los impactos ya llenaba el lugar. Ella estaba en pleno sparring con un hombre que le sacaba al menos diez kilos de peso, pero ella se movía como si el peso fuera una sugerencia y no una ley física.

Iván se quedó petrificado cerca de la entrada. Hoy ella no llevaba la camiseta holgada de los días anteriores. Vestía un top deportivo de combate que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y unos shorts de Muay Thai extremadamente cortos. Lo que más llamaba la atención era su abdomen: una serie de músculos perfectamente definidos que se contraían con cada exhalación y cada golpe. Era una visión de fuerza pura.

—¡Concéntrate, vamos! —le gritó ella a su oponente antes de lanzarle una combinación de codo y rodilla que hizo que el hombre retrocediera tambaleándose.

Iván intentó caminar hacia su banco habitual, pero sus ojos estaban pegados a la forma en que el sudor corría por el torso de la boxeadora, marcando cada línea de sus abdominales. Era hipnótico. Era peligroso. Estaba tan absorto en la imagen de ella dominando el ring que no se dio cuenta de que el suelo estaba ligeramente húmedo por la limpieza matutina.

Su pie derecho resbaló, su guitarra en el estuche hizo contrapeso hacia atrás y, en un segundo, Iván estaba en el suelo, aterrizando de espaldas con un estruendo seco que resonó en todo el gimnasio.

El silencio fue instantáneo. Ella se detuvo en seco, bajando la guardia, y miró hacia la entrada. Al ver a Iván desparramado en el suelo, soltó una carcajada tan fuerte que el sonido pareció rebotar en las paredes de lámina.

—¡Pero bueno! —exclamó ella, saltando las cuerdas del ring con esa agilidad que a Iván tanto le irritaba—. ¿Ahora también te dedicas al breakdance, Conejito? ¿O es que mis abdominales son demasiado para tus ojos de poeta?

Iván sintió que el calor le subía al rostro, y no era por el esfuerzo físico. Se levantó rápidamente, tratando de recuperar la dignidad mientras sacudía su ropa.

—El suelo está mojado —masculló él, evitando su mirada—. Deberían poner un letrero.

Ella se acercó a él, ignorando la distancia personal, como siempre hacía. El olor a bálsamo de tigre y sudor limpio lo envolvió. Ella se cruzó de brazos, lo que hizo que sus bíceps se marcaran aún más, y lo miró con una ceja levantada.

—El suelo está seco en esta zona, Iván. Lo que pasa es que te quedaste embobado mirando el paisaje —dijo ella con una sonrisa depredadora—. No te culpo, sé que soy una obra de arte, pero trata de no romperte la crisma antes de que me toques una canción. Me daría mucha pena tener que cargarte hasta el hospital.

—No te estaba mirando a ti —mintió él, finalmente logrando sostenerle la mirada—. Estaba analizando... la técnica de tu oponente.

—Claro, y yo soy cantante de ópera —se burló ella—. Anda, deja de decir tonterías. Agradece que no había cámaras, porque tus fans se morirían de risa viendo a su ídolo derretirse por una mujer que podría romperle el cuello en tres segundos.

—Eres una engreída —dijo Iván, aunque su voz carecía de la fuerza habitual.

Ella se acercó un paso más, obligándolo a retroceder hasta que su espalda tocó una de las columnas del gimnasio. Fue en ese momento cuando Iván, por primera vez, la vio de cerca bajo la luz directa de los focos del ring. Sus ojos, que siempre le habían parecido oscuros y amenazantes, tenían matices color miel en los bordes. Eran unos ojos adorables, casi infantiles en su forma, que contrastaban violentamente con la cicatriz pequeña en su ceja y la dureza de su mandíbula. Era una mezcla desconcertante: la mirada de una niña traviesa en el cuerpo de una máquina de guerra.

—¿Por qué me miras así ahora? —preguntó ella, bajando un poco el tono de voz, volviéndose repentinamente coqueta—. ¿Vas a decirme que mis ojos también son "predecibles"?

—Son... diferentes —logró decir Iván. Estaba atrapado. Ella era una conquistadora nata, sabía perfectamente el efecto que causaba y disfrutaba cada segundo de la incomodidad de él—. Tienes ojos de alguien que no ha roto un plato en su vida, pero sé que has roto bastantes narices.

Ella soltó una risita suave, una que no era de burla, sino casi genuina. Por un breve instante, la tensión de "enemigos" se transformó en algo mucho más espeso y difícil de definir.

—Nueve narices, para ser exactos —susurró ella, inclinándose hacia él—. Y ninguna era tan bonita como la tuya, así que ten cuidado, Conejito. No me gustaría arruinarte el perfil.

Se separó de él con un guiño y caminó hacia el centro del gimnasio, donde su entrenador la llamaba. Iván se quedó allí, recuperando el aliento, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza que nada tenía que ver con el susto de la caída. Odiaba cómo ella lo manejaba a su antojo, pero no podía negar que esa mezcla de peligro y belleza lo estaba arrastrando hacia un terreno donde sus baladas tristes no servían de escudo.

—¡Saca la guitarra, artista! —le gritó ella desde el ring, mientras empezaba a golpear las manoplas del entrenador con una ferocidad aterradora—. ¡Quiero ver si tus dedos son tan rápidos como tus excusas!

Iván suspiró, sacó su guitarra y se sentó en el banco de madera. Empezó a afinar las cuerdas, pero sus ojos, traicioneros, volvieron a desviarse hacia ella. La vio lanzar una patada circular que impactó con un sonido seco, como un disparo. Ella era fuerte, era temible, y en ese momento, Iván se dio cuenta de que estaba en graves problemas. Porque ya no solo quería escribir sobre ella; quería entender qué había detrás de esa armadura de campeona.

—Esta canción no es para ti —dijo Iván en voz alta, aunque sabía que ella no lo escucharía por el ruido de los golpes.

—¡Te escuché! —gritó ella sin dejar de golpear—. ¡Y mientes fatal, Cornejo! ¡Todo lo que hagas a partir de hoy va a tener mi nombre escrito, aunque no quieras admitirlo!

Iván bajó la cabeza y sonrió para sí mismo mientras rasgueaba los primeros acordes. Ella tenía razón, y eso era lo que más le dolía. El desmadre, la coquetería y la fuerza de esa mujer se le estaban metiendo bajo la piel, y la pelea apenas estaba comenzando.