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Excesos

Sudor, Pecados y el Peso del Cuerpo

El eco de los golpes en "La Jauría" se sentía más pesado esa mañana. El aire estaba cargado de una humedad eléctrica, esa que precede a las tormentas o a las derrotas inevitables. Iván se encontraba en una esquina del gimnasio, tratando de recuperar el aliento mientras se apoyaba en sus rodillas. El entrenamiento que ella le había impuesto no era para humanos, o al menos no para músicos que pasaban la mitad de su vida sentados en taburetes de bar o estudios de grabación.

—¿Ya te rendiste, Conejito? —La voz de ella llegó cargada de esa ironía juguetona que tanto lo sacaba de quicio—. Y eso que todavía no hemos empezado con lo divertido.

Iván levantó la vista. Ella estaba a unos metros, terminando una serie de dominadas. Cada vez que su barbilla superaba la barra, los músculos de su espalda se dibujaban como un mapa de cordilleras bajo la piel bronceada. Llevaba un top deportivo que dejaba al descubierto sus abdominales, una pared de músculo perfectamente esculpida que brillaba por el sudor.

Iván intentó decir algo, pero su garganta estaba seca. Se quedó hipnotizado, siguiendo con la mirada el movimiento de sus bíceps al bajar. Era una contradicción andante: una mujer que podía derribar a un hombre de un solo golpe, pero que mantenía una delicadeza casi felina en sus gestos.

—Te estoy hablando, Iván. ¿O es que el oxígeno ya no te llega al cerebro? —Ella saltó de la barra, aterrizando con la ligereza de un gato frente a él.

—Estoy bien —mintió él, poniéndose derecho con dificultad—. Solo... estaba analizando la biomecánica del ejercicio.

Ella soltó una carcajada sonora, esa que siempre lograba que los demás boxeadores del gimnasio giraran la cabeza para admirarla.

—Biomecánica, sí, claro. Tienes la mirada clavada en mis abdominales desde que entraste. Si quieres una foto, solo pídela, no hace falta que te quedes ahí como un tonto —le guiñó un ojo, acercándose lo suficiente para que Iván pudiera oler el aroma a cítricos y esfuerzo que ella desprendía.

—No seas tan egocéntrica —respondió él, intentando recuperar su máscara de indiferencia—. He visto mejores.

—Mientes —dijo ella con una sonrisa depredadora, dando un paso más hacia su espacio personal—. Mientes cada vez que me hablas, pero tus ojos dicen otra cosa. Ahora, deja de perder el tiempo. Te toca la estación de fuerza funcional. Si no la terminas, hoy no hay guitarra.

El ejercicio consistía en una serie de levantamientos con una bolsa de arena pesada, seguidos de una rotación de cadera que requería un equilibrio perfecto. Iván lo intentó una vez y la bolsa casi lo arrastra al suelo. Lo intentó una segunda vez y terminó tropezando con sus propios pies, casi golpeándose la cara contra el soporte de las pesas.

—¡Por Dios! —exclamó ella, caminando hacia él con pasos decididos—. Eres un desastre coordinando, Cornejo. Tienes ritmo para la música, pero para esto pareces un potrillo recién nacido.

—Es más difícil de lo que parece —gruñó Iván, frustrado, soltando la bolsa de arena—. El centro de gravedad es distinto.

—El problema es que tienes miedo de usar tu peso —dijo ella, colocándose detrás de él—. A ver, agarra la bolsa otra vez.

Iván obedeció, sintiendo cómo la tensión crecía en sus hombros. Ella se pegó a su espalda, y el contacto fue como una descarga eléctrica. Iván sintió el calor de su cuerpo a través de la sudadera delgada. Ella rodeó su cintura con los brazos para corregirle la postura y apoyó su barbilla en el hombro de él.

—Estás muy tenso —le susurró al oído, y su voz, usualmente fuerte, bajó a un registro aterciopelado—. Necesitas dejar que tu peso caiga. Si no te pegas a mí, no vas a sentir el movimiento correcto.

Iván se puso rígido. La cercanía era abrumadora. Podía sentir la firmeza de sus piernas contra las suyas y la presión de su pecho contra su espalda. Era una trampa, él lo sabía. Ella disfrutaba poniéndolo en esa situación, viendo cómo su compostura se desmoronaba.

—Dale, papi, pégate —dijo ella con una voz cargada de una coquetería tan natural que resultaba letal.

Iván sintió que la sangre le subía a las mejillas de forma violenta. Nadie, absolutamente nadie, lo había llamado así antes. El apodo, dicho con ese acento norteño y esa seguridad aplastante, lo dejó sin defensas.

—¿Cómo me llamaste? —preguntó él, con la voz ligeramente quebrada.

—Lo que oíste —respondió ella, apretando un poco más el agarre en su cintura para obligarlo a rotar—. ¿Te pusiste nervioso? Pensé que las estrellas de la música estaban acostumbradas a que les dijeran cosas lindas. Pero claro, yo no soy una fan cualquiera, ¿verdad?

—Eres una distracción —logró decir Iván, intentando concentrarse en el ejercicio mientras el corazón le martilleaba el pecho.

—Soy tu entrenadora —lo corrigió ella, aunque sus manos seguían recorriendo sus costados con una lentitud que no tenía nada que ver con el Muay Thai—. Y si no haces bien esta rotación, te voy a tener aquí pegado a mí toda la mañana. Aunque, viéndote la cara, creo que eso es exactamente lo que quieres.

—En tus sueños —replicó Iván, haciendo un esfuerzo supremo por realizar el movimiento. Con ella guiándolo, el ejercicio fluyó. Pero el precio fue sentir cada centímetro de su cuerpo contra el suyo.

Cuando finalmente terminaron la serie, ella se separó con una sonrisa de suficiencia, dejándolo con una sensación de vacío repentino y el rostro todavía encendido.

—Ves que sí puedes cuando te motivan —dijo ella, recostándose contra una columna y bebiendo agua de un termo, dejando que unas gotas corrieran por su cuello—. Tienes potencial, Iván. Lástima que seas tan orgulloso.

—Y tú eres demasiado peligrosa —respondió él, sentándose en el suelo, tratando de estabilizar su respiración—. No hablo solo de tus patadas.

Ella dejó el termo y lo miró con una intensidad diferente. La faceta de boxeadora ruda se mezcló por un momento con la de la mujer que sabía que tenía el mundo a sus pies.

—La gente suele tenerme miedo, o tenerme ganas —dijo ella, caminando hacia él y agachándose para quedar a su altura—. Tú pareces tener las dos cosas. Y eso me divierte mucho.

—No te tengo miedo —aseguró Iván, aunque sus manos temblaban un poco.

—¿Ah, no? —Ella extendió una mano y le acarició la mejilla con el pulgar. Sus dedos tenían callos, eran las manos de una guerrera, pero el toque fue sorprendentemente suave—. Entonces, ¿por qué no puedes dejar de mirarme a los labios cada vez que me acerco?

Iván se quedó mudo. Ella tenía esa capacidad de desarmarlo con una verdad incómoda. Era una "conquistadora adicta al desmadre", como decían en el gimnasio, y él estaba cayendo directo en su juego.

—Porque estoy esperando a ver qué tontería vas a decir después —logró articular él, recuperando un poco de su veneno habitual.

Ella soltó una risa corta y le dio un pequeño golpe juguetón en el hombro.

—Eres un idiota, Cornejo. Pero eres un idiota que me cae bien. Ahora, levántate. Vamos a hacer un poco de sombra. Y si te vuelves a caer, esta vez sí te grabo.

El resto del entrenamiento fue un tira y afloja constante. Ella alternaba entre ser una instructora implacable que le gritaba que subiera la guardia y ser la mujer coqueta que le lanzaba miradas sugerentes a través del espejo del gimnasio. Iván, por su parte, se debatía entre el odio que le provocaba su arrogancia y la fascinación que sentía por su fuerza.

Al terminar la sesión, el gimnasio estaba empezando a llenarse de otros boxeadores. Muchos de ellos, hombres y mujeres, se acercaban a ella con excusas banales solo para obtener una sonrisa o una palabra. Iván observaba desde la distancia cómo ella los manejaba a todos con una facilidad pasmosa, repartiendo halagos y rechazos con la misma elegancia.

Ella era la reina de ese lugar, y todos eran sus súbditos. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Iván entre la multitud, ella ignoró a un tipo que intentaba invitarla a salir y caminó directamente hacia el músico.

—Mañana no traigas la guitarra —le dijo, secándose el sudor con una toalla.

—¿Por qué? ¿Ya te cansaste de mi música?

—No —respondió ella, acercándose a su oído para que nadie más escuchara—. Pero mañana vamos a entrenar en la arena, fuera del gimnasio. Y quiero ver si eres capaz de seguirme el ritmo sin paredes que te detengan.

—¿Es una cita? —preguntó Iván con una ceja levantada.

Ella soltó una carcajada y le dio una palmada en la mejilla, el mismo gesto condescendiente de siempre, pero esta vez se sintió diferente.

—Es una tortura, papi. No te confundas —dijo ella mientras se alejaba—. Pero si sobrevives, tal vez deje que me cantes algo al oído.

Iván la vio irse, rodeada de sus pretendientes, moviendo las caderas con esa confianza que parecía incendiar el suelo que pisaba. Se tocó la mejilla, sintiendo todavía el calor de su mano. La odiaba. Realmente la odiaba por cómo lo hacía sentir tan pequeño y tan vivo al mismo tiempo.

Sacó su libreta de la mochila y escribió una sola frase en una página en blanco: "Tiene manos de hierro y palabras de veneno, y me llama papi mientras me enseña el infierno".

Guardó la libreta, se colgó la guitarra y salió del gimnasio. El sol de la Ciudad de México ya estaba en su punto más alto, pero Iván solo podía pensar en el amanecer siguiente, en la arena y en la mujer que, golpe a golpe, estaba rompiendo todas sus baladas tristes para escribir algo mucho más peligroso.

Ella era la mejor de Latinoamérica, una campeona invicta en el ring y en el arte de la seducción. E Iván Cornejo, el chico de las canciones melancólicas, acababa de entender que en esta pelea, él no era el que iba a dar el golpe final. Ella lo tenía contra las cuerdas, y lo peor de todo era que él no quería que la campana sonara nunca.