Excesos
Espinas, Legos y el Dulce Sabor de la Derrota
La luz grisácea del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas altas del gimnasio, bañando las máquinas de pesas y el ring con una claridad melancólica. El frío de la madrugada seguía calando en los huesos, pero el pequeño rincón de la colchoneta era un oasis de calor humano.
La boxeadora fue la primera en despertar. Sus sentidos, entrenados para reaccionar ante el menor movimiento, la pusieron en alerta. Sintió el peso de un brazo rodeando su cintura y el aliento cálido de Iván golpeando rítmicamente su nuca. Por un segundo, su instinto fue lanzar un codazo hacia atrás, pero el recuerdo de la noche anterior —la guitarra, el chocolate y la confesión sobre sus cartas de amor— la detuvo.
Intentó zafarse con cuidado, moviéndose con la lentitud de un felino, pero en cuanto intentó despegarse, sintió que el agarre en su cintura se tensaba.
Iván, que había despertado apenas unos segundos antes por el movimiento, decidió que no estaba listo para que la tregua terminara. Con los ojos todavía cerrados y una sonrisa interna, tiró de ella hacia atrás, pegándola de nuevo a su pecho con una fuerza posesiva.
—Cinco minutos más, campeona —murmuró él con la voz pastosa por el sueño, hundiendo el rostro en su cabello—. El conserje todavía no llega y aquí hace demasiado frío.
—Iván, suéltame —susurró ella, aunque no luchó con demasiada convicción—. Ya salió el sol. La tregua se acabó al amanecer.
—No ha salido el sol, solo hay una luz gris muy fea —insistió Iván, apretándola más—. Además, eres como una calefacción humana. No seas egoísta.
Ella soltó un suspiro de exasperación, pero se quedó quieta unos instantes más. La sensación de ser sostenida de esa manera, sin demandas y sin violencia, era algo a lo que no estaba acostumbrada. Sin embargo, su naturaleza inquieta ganó la partida. Con un movimiento rápido y técnico, se giró entre sus brazos, le dio un pequeño golpe juguetón en la nariz y se puso de pie de un salto.
—Ya basta de mimos, Conejito. Arriba. Si te ve el conserje así, va a pensar que te secuestré para pedir rescate por tu disquera.
Iván se desperezó con un quejido, sentándose en la colchoneta mientras se frotaba el ojo sano. El izquierdo seguía un poco hinchado, pero la herida de la mejilla ya no sangraba.
—Tengo hambre —anunció él, mirando a la boxeadora con cara de reproche—. Hambre de verdad. La barrita de proteína de anoche ya es historia antigua.
Ella lo ignoró olímpicamente. Se acercó al espejo y comenzó a soltarse las trenzas para volver a peinarse, concentrada en su reflejo.
—La comida es combustible, no un capricho —dijo ella sin mirarlo—. Aguántate.
—No puedo aguantarme. Siento que mi estómago se va a empezar a comer mis propios pulmones —insistió Iván, levantándose y siguiéndola por el gimnasio como un niño pequeño—. Vamos, sé que tienes comida escondida por aquí. Una mujer como tú no sobrevive solo con aire y golpes.
Él empezó a abrir cajones y a mirar detrás de los sacos, molestándola con comentarios sobre lo mal anfitriona que era, hasta que ella, harta de sus quejas, soltó un gruñido y caminó hacia un rincón oscuro detrás del mostrador de la entrada.
—¡Ya cállate! —exclamó ella—. Me vas a dar un dolor de cabeza peor que un gancho al mentón.
Apartó una pila de toallas limpias y reveló un pequeño mini refrigerador camuflado. Lo abrió con brusquedad y revolvió en su interior hasta que sacó una botella de cristal con un líquido espeso y oscuro.
—Es mi licuado post-entrenamiento de hoy. Tiene chocolate, proteína de suero, avena y un poco de mantequilla de maní. Tómatelo y deja de llorar.
Iván se acercó, tomó la botella y bebió un largo trago. Estaba frío y delicioso.
—Está increíble —dijo, ofreciéndole la botella—. Ten, comparte. No quiero ser el único que sobreviva a este encierro.
Ella tomó un trago largo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. Iván, en un gesto instintivo, intentó apoyar su cabeza en el hombro de ella mientras bebían, buscando esa cercanía que habían tenido durante la noche. Pero en cuanto sintió el peso, ella se encogió de hombros, apartándose bruscamente.
—No empieces, Iván —dijo ella, con la voz volviendo a su tono cortante—. Una cosa es no morir de frío y otra es que seas mi almohada personal. No me gusta que me toquen tanto.
—Ayer no parecías tener problemas —observó él, un poco dolido por el rechazo.
—Ayer era de noche y no había testigos —sentenció ella, dejando la botella vacía sobre el mostrador—. Ahora, muévete. Necesito calentar.
Las horas siguientes fueron una muestra de la disciplina férrea de la boxeadora. Mientras Iván deambulaba por el gimnasio buscando algo que hacer, ella se sumergió en una rutina de ejercicios calisténicos. Hacía flexiones, burpees y saltos al cajón con una intensidad que hacía que el sudor volviera a brillar en su piel.
Iván, aburrido y tratando de no pensar en el dolor de su mejilla, se puso a explorar una estantería llena de trofeos viejos y cajas de equipo. En el fondo, detrás de unos guantes desgarrados, encontró una caja pequeña y colorida que le llamó la atención.
—¿Qué es esto? —preguntó, sacándola a la luz.
Era un set de piezas de construcción, un Lego. La caja mostraba una rosa roja perfecta hecha de bloques de plástico.
Ella se detuvo a mitad de una serie de abdominales y miró hacia la caja. Su expresión se volvió extrañamente evasiva.
—Es un regalo de una de mis sobrinas —dijo, volviendo a su ejercicio—. Me lo dio hace meses para que "me relajara". Nunca tuve tiempo de abrirlo.
Iván se sentó en el suelo, abrió la caja y empezó a esparcir las piezas rojas y verdes sobre la madera.
—Pues yo tengo tiempo de sobra —dijo él—. Vamos a ver si soy tan bueno construyendo flores como tú construyendo torres de guantes.
Mientras ella seguía con su entrenamiento, el silencio del gimnasio solo era interrumpido por el "click" de las piezas de plástico encajando. Iván se concentró, siguiendo las instrucciones con una paciencia que no sabía que tenía. Le gustaba el proceso; era terapéutico, casi como escribir los versos de una canción.
Después de un rato, ella terminó su rutina. Estaba jadeando, con el rostro encendido por el esfuerzo. Se acercó a Iván, que seguía concentrado en los pétalos de plástico, y se arrodilló frente a él.
—Deja eso un momento —dijo ella, con un tono más suave—. Tenemos que revisar esa herida.
Sacó el botiquín de nuevo. Iván levantó la vista y se quedó quieto mientras ella retiraba con cuidado la sutura adhesiva de su mejilla. El contacto de sus dedos fríos contra su piel caliente le provocó un escalofrío.
—Está cerrando bien —comentó ella, limpiando la zona con un poco de suero—. Tienes buena cicatrización, artista. Aunque vas a tener una marca fina ahí por un tiempo.
—Me gusta —dijo Iván, mirándola directamente a los ojos—. Me recuerda que sobreviví a una noche en "La Jauría".
Ella no respondió, concentrada en aplicar una pomada cicatrizante. Iván, sintiéndose cómodo en esa cercanía forzada, empezó a hablar sin parar.
—¿Sabes? Estaba pensando que cuando salgamos, deberías venir a uno de mis conciertos. Pero no en la zona VIP, sino tras bambalinas. Me gustaría que vieras cómo es mi mundo. Es igual de intenso que el tuyo, solo que los golpes no se ven, se sienten en el pecho.
—No creo que encaje mucho entre gente que llora por canciones de amor —dijo ella, aunque no se alejó.
—Te sorprenderías —continuó Iván, animado—. Además, te debo ese aguachile que prometiste. Y no creas que me olvidé de lo de la guitarra. Tienes que enseñarme ese requinto que tocaste anoche. Si me enseñas eso, yo te enseño a escribir una letra que no sea sobre cartas de trece años.
Ella terminó de curarlo y, en lugar de levantarse de inmediato, se quedó ahí, observándolo hablar. La verborrea de Iván, su entusiasmo natural y la forma en que sus ojos brillaban a pesar del cansancio, estaban empezando a derribar sus defensas más rápido que cualquier golpe.
—Hablas demasiado, Cornejo —dijo ella, pero esta vez había una sonrisa genuina en sus labios—. ¿Siempre eres así de platicón cuando te dan un golpe en la cabeza?
—Solo cuando estoy con alguien que vale la pena escuchar —respondió él con una sinceridad desarmante.
Iván terminó de encajar la última pieza verde del tallo y le extendió la rosa de Lego.
—Ten. Para la reina de la jauría.
Ella tomó la flor de plástico, mirándola con una mezcla de sorpresa y algo que parecía timidez. Era un objeto rígido y artificial, pero en ese contexto, era el gesto más tierno que alguien había tenido con ella en años.
—Es... es bonita —admitió ella, dándole vueltas a la rosa entre sus dedos—. Gracias, Iván.
En ese momento, el sonido metálico de unos cerrojos abriéndose resonó en todo el gimnasio. La puerta principal se abrió pesadamente, dejando entrar la luz brillante de la mañana y el ruido del tráfico de la ciudad. El conserje entró, deteniéndose en seco al ver a la estrella del regional mexicano y a la campeona de Muay Thai sentados en el suelo rodeados de piezas de Lego.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó el hombre—. ¡Pensé que no había quedado nadie! ¡Perdónenme, de veras!
Ella se puso de pie de inmediato, recuperando su postura de mando y ocultando la rosa de Lego detrás de su espalda.
—No se preocupe, Don Pepe. Solo nos quedamos... repasando unas técnicas —dijo ella con una voz firme que no admitía preguntas.
Iván se levantó también, recogiendo su guitarra. La burbuja se había roto. El mundo real estaba de vuelta, con sus contratos, sus fans y sus expectativas.
Caminaron juntos hacia la salida. Al llegar a la acera, el aire fresco de la ciudad los golpeó. Iván se detuvo y la miró. Ella ya tenía puesto su equipo de "conquistadora", con esa mirada desafiante y la barbilla en alto.
—Bueno —dijo Iván—, supongo que nos vemos mañana a las seis para que me sigas matando.
—No te confíes, Conejito —respondió ella, volviendo a su papel de enemiga—. Mañana no habrá chocolate ni treguas.
Empezó a caminar hacia su camioneta, pero antes de subir, se giró y le mostró la rosa de Lego que todavía sostenía en la mano.
—Iván —lo llamó.
—¿Sí?
—El aguachile... —hizo una pausa, y por un segundo, la boxeadora peligrosa desapareció para dejar ver a la mujer que había dormido en sus brazos—. El aguachile tiene que ser el viernes. Pasa por mí a las ocho. Y no llegues tarde, porque odio esperar.
Subió al vehículo y arrancó, dejándolo ahí parado en la acera. Iván sonrió, tocándose la cicatriz de la mejilla. Le dolía el cuerpo, tenía sueño y su mánager probablemente lo iba a matar por desaparecer toda la noche.
Pero mientras veía la camioneta alejarse, Iván Cornejo supo que esa cicatriz no era una marca de dolor, sino el trofeo de haber sobrevivido al primer round contra la mujer más peligrosa y fascinante de Latinoamérica. Y, por primera vez en su vida, no tenía ganas de escribir una canción triste. Tenía ganas de escribir sobre rosas de plástico, licuados de chocolate y el sabor de una victoria que apenas comenzaba.