Volver al resumen

Excesos

Entre el Frío del Cuero y el Calor de la Sangre

El tiempo dentro de "La Jauría" parecía haberse dilatado, convirtiendo los minutos en horas de una vigilia compartida. La energía eléctrica que la boxeadora había desplegado durante la tarde —sus saltos, sus sombras, su requinto perfecto y su torre de guantes— finalmente comenzó a pasarle factura. Incluso una máquina de guerra hecha de músculo y voluntad necesitaba apagarse en algún momento.

Iván, sentado contra la pared con la guitarra descansando a su lado, la observaba. Sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, seguían los movimientos ahora más lentos de ella. La vio bostezar, un gesto humano y vulnerable que contrastaba con la ferocidad de sus ojos miel.

—Oye, Conejito —dijo ella, arrastrando las palabras con un cansancio evidente—, deja de mirarme con esa cara de perro apaleado. Me estás quitando las ganas de seguir despierta.

—Tengo hambre —admitió Iván, ignorando su provocación—. Mi estómago está haciendo más ruido que tus patadas.

Ella soltó un suspiro, mitad irritación y mitad resignación. Rebuscó en su mochila de entrenamiento, una bolsa de deporte que parecía contener un universo entero de vendas, linimentos y secretos. Sacó dos barras envueltas en papel metalizado y le lanzó una a Iván.

—Toma. Es proteína pura con chocolate amargo y nueces. Te va a dar la energía que te falta para no desmayarte antes del amanecer.

Iván la atrapó, la abrió con avidez y le dio un mordisco. El sabor era intenso, terroso y sorprendentemente dulce al final. Comió con una felicidad casi infantil, sintiendo cómo el hambre voraz se calmaba. Ella lo miraba comer con una expresión que Iván no supo identificar: era algo parecido a la ternura, aunque sabía que ella negaría ese sentimiento hasta la muerte.

—Está muy buena —dijo Iván con la boca todavía a medio llenar—. Gracias.

—De nada. Pero no te acostumbres, no soy tu proveedora oficial de snacks —respondió ella, aunque su tono carecía de la mordacidad habitual.

La noche se asentó definitivamente sobre el gimnasio. El frío comenzó a filtrarse por las rendijas de las ventanas altas y los muros de concreto, que durante el día retenían el calor, ahora irradiaban una frialdad gélida. Iván se acomodó en su rincón, envolviéndose en su sudadera, pero veía a la boxeadora al otro lado del pasillo central, cerca del ring.

Ella se había acostado sobre una fina colchoneta de yoga, hecha un ovillo, abrazándose a sí misma para conservar el calor. Su respiración era acompasada, pero Iván notó cómo sus hombros temblaban levemente bajo la luz de emergencia. La campeona invicta, la mujer que coleccionaba pretendientes y victorias, parecía ahora una pequeña figura frágil perdida en la inmensidad de su propio santuario.

Iván sonrió para sus adentros. Le pareció extremadamente tierna. Se levantó con cuidado, tratando de no hacer ruido, y caminó hacia ella.

—Tienes frío —afirmó él, deteniéndose a su lado.

Ella abrió un ojo, mirándolo con desdén desde el suelo.

—Tengo control mental, Iván. El frío es solo una sensación física que puedo ignorar.

—Tus hombros dicen lo contrario —replicó él, señalando su temblor—. Y si sigues así, mañana vas a amanecer con los músculos tiesos o con una gripe que no te va a dejar ni levantar la guardia.

—Puedo manejarlo solo —masculló ella, cerrando el ojo de nuevo y apretándose más contra su pecho.

Iván no se dio por vencido. Se sentó en el borde de la colchoneta, invadiendo su espacio con una determinación que ella no esperaba.

—Duérmamos juntos —propuso él con naturalidad—. Así no tendremos frío ninguno de los dos. Es pura termodinámica, campeona. Si te enfermas, no podrás entrenarme mañana, y me urge que alguien me siga humillando para encontrar inspiración.

Ella se incorporó sobre un codo, mirándolo con sospecha.

—¿Estás intentando propasarte conmigo, Cornejo? Porque te recuerdo que sé romper dedos en tres posiciones diferentes.

—Estoy intentando que no te congeles —dijo Iván, sosteniéndole la mirada con una serenidad que la desarmó—. Prometo que mis manos se quedarán donde deben. Solo quiero dormir sin tiritar.

Ella lo miró durante unos segundos largos, evaluando la sinceridad en sus ojos. Finalmente, soltó un gruñido de derrota y se hizo a un lado, dejando espacio en la estrecha colchoneta.

—Está bien. Pero si te mueves más de la cuenta, te juro que te despierto con un rodillazo.

Iván se acostó a su lado. El espacio era reducido, obligándolos a pegarse cuerpo contra cuerpo. Al principio, la tensión era palpable; ambos estaban rígidos, conscientes de la respiración del otro. Pero poco a poco, el calor corporal empezó a hacer su magia. Ella se relajó y, casi por instinto, buscó el calor del pecho de Iván, mientras él pasaba un brazo por encima de su cintura, atrayéndola hacia sí.

El aroma de ella —ese bálsamo de tigre, sudor limpio y el chocolate que acababan de compartir— envolvió a Iván. Era una sensación extraña: estar abrazando a la mujer más peligrosa que conocía y sentir que, en ese momento, ambos estaban a salvo del resto del mundo.

Aunque los dos cerraron los ojos, el sueño no llegaba. La oscuridad del gimnasio invitaba a las palabras, a esas que no se dicen cuando las luces están encendidas y los guantes están puestos.

—¿Sigues despierta? —susurró Iván cerca de su oído.

—¿Cómo quieres que me duerma si respiras como un fuelle? —respondió ella, aunque no se movió de su abrazo.

—Estaba pensando en lo que dijiste antes... sobre los "sabores" de hombres.

Ella soltó una risita suave que vibró contra el pecho de Iván.

—¿Sigues con eso? Eres muy celoso para ser alguien que apenas me conoce.

—No son celos —mintió él—. Es curiosidad profesional. ¿Cuál es el sabor que más te gusta? ¿O todavía no lo has probado?

Ella se quedó pensativa un momento, trazando círculos invisibles con el dedo sobre el brazo de Iván.

—Me gustan los hombres que no se asustan —dijo ella finalmente, con una voz más seria—. La mayoría de los tipos ven a la "campeona" y se vuelven idiotas. O intentan dominarme para sentirse hombres, o se vuelven unos tapetes que me dan la razón en todo. Es aburrido.

—Yo no te doy la razón en nada —recordó Iván.

—Exacto. Tú eres... diferente. Eres testarudo, un poco torpe, pero tienes una forma de mirarme que no intenta poseerme, sino entenderme. Y eso es más peligroso que cualquier gancho al hígado.

Iván sintió un nudo en la garganta. Se atrevió a apretarla un poco más, sintiendo la suavidad de su cabello contra su barbilla.

—¿Y qué hay de tu familia? —preguntó él, queriendo saber más de la mujer detrás de la boxeadora—. ¿Saben que su hija es la pesadilla de Latinoamérica?

—Mi mamá reza un rosario cada vez que tengo pelea —confesó ella con una sonrisa triste—. Mi papá... él fue el que me trajo al gimnasio por primera vez. Decía que una mujer hermosa necesita saber defenderse, porque el mundo no sabe qué hacer con la belleza si no viene acompañada de fuerza.

—Tenía razón —dijo Iván—. Eres hermosa. Y no lo digo como un cumplido barato.

Ella se tensó por un segundo, pero no se alejó.

—No digas esas cosas, Cornejo. Me vas a hacer perder la concentración para mañana.

—Mañana seguiremos siendo enemigos —dijo él, sonriendo en la oscuridad—. Pero esta noche solo somos dos personas atrapadas en un gimnasio con frío. Cuéntame algo más. ¿Cuál es tu mayor miedo?

Ella guardó silencio durante tanto tiempo que Iván pensó que se había quedado dormida. Pero entonces, su voz llegó como un susurro apenas audible.

—Tengo miedo a volverme blanda —confesó—. En este deporte, si te vuelves suave, te destruyen. Si dejas que alguien entre demasiado, pierdes el hambre de ganar. Y yo vivo de ese hambre.

—¿Y no te sientes sola? —preguntó Iván, con una honestidad que le dolió a él mismo.

—Todo el tiempo —respondió ella, y por primera vez, Iván sintió una pequeña lágrima humedecer su sudadera—. Pero es el precio de ser la mejor.

Iván no dijo nada. Simplemente la abrazó con más fuerza, tratando de comunicarle con ese gesto que, al menos por esa noche, no tenía que ser la mejor de nada. Podía ser solo ella, vulnerable y cansada, protegida por los brazos de un músico que no sabía pelear pero que estaba dispuesto a aprender solo para estar cerca de ella.

—Iván... —dijo ella después de un rato, con la voz ya pesada por el sueño.

—¿Dime?

—Si le cuentas a alguien que nos abrazamos, te juro que te noqueo en el primer round de mañana.

Iván soltó una carcajada suave que rompió el silencio del gimnasio.

—Será nuestro secreto, campeona. Duerme.

Ella se acomodó mejor, hundiendo el rostro en el hueco del cuello de Iván. Poco a poco, su respiración se volvió profunda y regular. Iván se quedó despierto un poco más, escuchando los latidos del corazón de ella contra su propio pecho.

En ese rincón olvidado de la ciudad, rodeados de sacos de arena y olor a cuero, Iván Cornejo encontró la inspiración que tanto había buscado. No era una melodía triste, ni una letra sobre un desamor pasado. Era el ritmo de una respiración compartida, el calor de un cuerpo que se negaba a rendirse y la promesa silenciosa de que, cuando el sol saliera y las puertas se abrieran, nada volvería a ser igual entre ellos.

El chico de las baladas y la boxeadora de acero habían encontrado, en mitad de su guerra particular, un territorio neutral hecho de colchonetas y confesiones. Y mientras el frío de la noche seguía golpeando los muros de "La Jauría", ellos permanecieron así, entrelazados, ganándole el round al invierno y al miedo de estar solos.