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Experimento

Combustión Espontánea de los Sentidos

Johnny Storm no podía apagar el incendio que corría bajo su piel. En la soledad de su habitación, el recuerdo del cuerpo de Peter presionándose contra el suyo, el roce de sus labios y la desesperación en sus ojos avellana se repetían en su mente como una película en bucle. El aire acondicionado del Edificio Baxter estaba al máximo, pero Johnny sentía que las sábanas le quemaban. Con un gemido de frustración, terminó cediendo a la presión en su entrepierna. Sus manos, usualmente expertas en manejar el fuego, se movieron con una urgencia torpe, imaginando que no era su propia piel la que tocaba, sino la de aquel castaño que lo había mirado con tanta hambre. Se masturbó con una intensidad casi violenta, buscando un alivio que tardó en llegar, hasta que finalmente, agotado y con el pulso a mil, se quedó dormido en un sueño profundo y pesado.

Mientras tanto, en los niveles inferiores, la situación era muy distinta. Peter Parker no estaba descansando. Reed lo había vestido con una pijama holgada de Iron Man —un regalo de Tony Stark que guardaban en el laboratorio para emergencias—, pero la tela parecía irritar al joven héroe. Aunque el sedante inicial había funcionado, el compuesto X-14 seguía metabolizándose de forma errática.

A las tres de la mañana, una alarma estridente despertó a Reed Richards en su habitación. El monitor de signos vitales de Peter estaba en rojo.

Reed se comunicó de inmediato por el intercomunicador interno con la habitación de Johnny.

— Johnny, despierta. Necesito que bajes al laboratorio ahora mismo. La temperatura de Peter está subiendo a niveles críticos y sus ondas cerebrales indican una angustia extrema. La reacción química ha entrado en una fase de retroalimentación térmica.

Johnny, con la voz ronca y el cabello revuelto, respondió a través del panel de la pared.

— Ni hablar, Reed. Ve tú. Ya viste lo que pasó antes. No voy a ser... no voy a ser su juguete masticable otra vez. Búscate a Sue o usa una manta criogénica.

— Johnny, no entiendes la biofísica de esto —insistió Reed con su habitual tono lógico, aunque teñido de una urgencia inusual—. Su cuerpo está rechazando el frío. Sus células están buscando una fuente de calor específica para estabilizar la cadena proteica que el químico alteró. Tu calor es la única frecuencia que su cuerpo acepta. Si no vienes, podría sufrir un choque neuroquímico permanente.

— ¡He dicho que no! —Johnny cortó la comunicación, hundiéndose en su almohada, tratando de ignorar la culpa que le corroía el pecho.

Reed suspiró y se dirigió solo al laboratorio. Al entrar, la escena lo dejó paralizado. Peter se había arrancado la máscara, dejando al descubierto su rostro sudoroso y desencajado. Sus ojos estaban abiertos, pero desenfocados, brillantes por la fiebre y algo mucho más primario. Se rascaba la piel del pecho y los brazos con desesperación, dejando marcas rojas sobre la tela de la pijama. Temblaba violentamente, soltando balbuceos incoherentes.

— Quema... duele... Johnny... por favor... —gemía Peter, retorciéndose en la camilla.

Reed intentó acercarse para administrarle un estabilizador, pero Peter reaccionó con una agilidad animal, apartando la mano de Reed con un movimiento brusco. El científico observó con creciente preocupación cómo Peter empezaba a meterse los dedos en la boca, succionándolos con una desesperación lasciva, buscando aliviar una picazón interna que no era física, sino química y hormonal.

Pasaron dos horas agónicas. La situación no hacía más que empeorar. Peter estaba perdiendo la consciencia de quién era, convertido en un manojo de necesidades biológicas desbocadas. Reed, dándose cuenta de que no podía manejar esto solo, llamó a Ben Grimm.

— Ben, necesito que vayas a la habitación de Johnny. Tráelo aquí. A rastras si es necesario. No es una sugerencia, es una orden médica.

Minutos después, la puerta del laboratorio se abrió de golpe. Ben entró cargando a un Johnny Storm que pataleaba y maldecía, vestido solo con unos pantalones de chándal.

— ¡Suéltame, saco de escombros! —gritaba Johnny.

— Cierra el pico, cerilla —gruñó Ben, dejándolo caer en el suelo del laboratorio—. El chico está mal de verdad. Míralo.

En cuanto Johnny puso un pie en la habitación, algo cambió en el aire. Los sentidos arácnidos de Peter, incluso en su estado alterado, detectaron la presencia de la Antorcha Humana de inmediato. Fue como si una descarga eléctrica atravesara el laboratorio.

Peter se lanzó fuera de la camilla con una velocidad que nadie pudo prever. Antes de que Johnny pudiera ponerse en pie, Peter ya estaba encima de él, derribándolo contra el suelo metálico.

— ¡Johnny! ¡Johnny, estás aquí! —exclamó Peter, su voz rompiéndose en un sollozo de alivio.

— ¡Pete, espera! ¡Cálmate! —Johnny intentó poner sus manos entre ellos, pero Peter era una fuerza de la naturaleza.

El castaño comenzó a besarlo con una ferocidad que rozaba la violencia, sus dientes chocando contra los de Johnny, su lengua invadiendo su boca con una urgencia que no admitía negativas. Al mismo tiempo, las manos de Peter bajaron con determinación hacia sus propios pantalones de pijama, empezando a bajárselos mientras intentaba desabrochar también los de Johnny.

— ¡Peter, no! ¡Reed, Ben, ayúdenme! —gritó Johnny, tratando de cubrir a Peter, intentando subirle la ropa mientras el otro se resistía, forcejeando con la fuerza proporcional de una araña.

— ¡Johnny, no podemos separarlos! —gritó Reed, observando los monitores que ahora mostraban una estabilización milagrosa pero peligrosa—. ¡Su cuerpo está absorbiendo tu calor! Si lo detienes ahora, su corazón se detendrá por el cambio brusco de temperatura. ¡Tienes que dejar que el proceso siga su curso!

— ¿Qué? ¡¿Estás loco?! ¡Mi familia está mirando! —Johnny estaba rojo de pura vergüenza, sintiendo cómo Peter se frotaba contra él, soltando gemidos agudos que resonaban en todo el laboratorio.

— ¡Nosotros nos daremos la vuelta, pero haz algo ya! —rugió Ben, dándose la vuelta con incomodidad, mientras Sue, que acababa de llegar alertada por el ruido, se tapaba la cara con las manos, visiblemente mortificada.

Peter estaba fuera de sí. Empezó a morder el cuello de Johnny, dejando marcas violáceas, mientras sus manos buscaban desesperadamente el contacto piel con piel. Johnny, sintiendo que su propia resistencia se desmoronaba ante la necesidad física y el deseo que había intentado reprimir horas antes, tomó una decisión desesperada.

Con un gruñido, Johnny agarró a Peter por la cintura y lo levantó con fuerza. Lo llevó hacia la camilla más cercana y lo lanzó sobre ella boca abajo.

— ¡Si esto es lo que quieres, pues bien! —exclamó Johnny, con la voz temblorosa por la humillación y la excitación.

Peter aterrizó sobre el colchón clínico, con el trasero al aire debido a que ya se había bajado casi por completo los pantalones de pijama. Estaba en una posición vulnerable, temblando, con los dedos aferrados a los bordes metálicos de la camilla.

— Por favor... Johnny... hazlo... quema... —suplicó Peter, girando la cabeza ligeramente, sus ojos avellana nublados y llenos de lágrimas.

Johnny no miró a Reed ni a Ben. Se bajó sus propios pantalones con movimientos rápidos y decididos. El calor que emanaba de su cuerpo era ahora una llamarada invisible que envolvía a ambos. Sin preliminares, porque el tiempo y la química no lo permitían, Johnny se posicionó detrás de él y lo penetró con todas sus fuerzas en un solo movimiento profundo.

— ¡Ahhh! —El grito de Peter no fue de dolor, sino de un alivio tan intenso que pareció un éxtasis puro.

Johnny empezó a embestirlo con una salvajismo que nunca pensó poseer. Cada golpe contra el cuerpo de Peter enviaba ondas de calor que el sistema nervioso del arácnido devoraba con ansia. Peter no dejaba de sollozar, pero sus manos no soltaban la camilla; al contrario, se agarraba a ella con tanta fuerza que el metal empezó a doblarse bajo sus dedos.

— ¡Más... dame más, Johnny! —balbuceaba Peter entre espasmos—. ¡No te detengas!

Johnny cerró los ojos, tratando de ignorar el hecho de que estaba teniendo sexo frenético con su mejor amigo frente a su familia, aunque ellos estuvieran de espaldas o mirando los monitores con una profesionalidad forzada. El sonido de la carne chocando, los gemidos desgarradores de Peter y el calor sofocante llenaban el espacio.

— Te voy a... te voy a curar, maldita sea —gruñó Johnny al oído de Peter, enterrándose en él con una embestida que hizo que la camilla se desplazara unos centímetros.

Peter arqueó la espalda, su pecho pegado al colchón, mientras sus caderas se movían buscando más, buscando que Johnny lo llenara por completo. Los sollozos del chico se convirtieron en un murmullo constante de gratitud y deseo. Johnny sentía que estaba perdiendo el control de sus poderes; pequeñas chispas saltaban de su piel, pero en lugar de quemar a Peter, parecían darle la energía que necesitaba para sobrevivir al químico.

— Sus niveles se están normalizando —dijo Reed en voz baja, su espalda rígidamente vuelta hacia la escena—. El metabolismo del X-14 se ha acelerado un cuatrocientos por ciento. El calor por fricción y la transferencia de energía térmica están funcionando.

— No me des detalles técnicos, Reed —masculló Ben, cuyos hombros anchos temblaban por la tensión de la situación.

Johnny no escuchaba nada. Estaba perdido en el ritmo, en la forma en que Peter se entregaba a él, en la suavidad de su piel y la fuerza con la que lo recibía. Cada vez que Peter pedía más, Johnny respondía con más fuerza, con más fuego, hasta que el laboratorio pareció vibrar.

Finalmente, con un último empuje devastador y un grito ahogado que Peter ahogó contra la almohada de la camilla, ambos llegaron al límite. Johnny se desplomó sobre la espalda de Peter, jadeando, su cuerpo cubierto de sudor y su mente vacía de todo pensamiento que no fuera el nombre del chico que tenía debajo.

El silencio volvió a reinar en el laboratorio, un silencio pesado y cargado de una incomodidad eléctrica. Peter se quedó inmóvil, su respiración calmándose poco a poco, sus dedos finalmente soltando el metal doblado de la camilla. El químico se había disipado, dejando solo el agotamiento y las consecuencias de lo ocurrido.

Johnny se separó lentamente, subiéndose la ropa con manos que todavía temblaban. Miró a Peter, que parecía haberse quedado dormido al instante, con el rostro hundido en el colchón y una expresión de paz que no había tenido en toda la noche.

— Ya está —dijo Johnny, su voz era un hilo fino—. Ya terminó.

Reed se giró finalmente, ajustándose las gafas y mirando los monitores con una expresión neutra, aunque sus orejas estaban rojas.

— Sus signos vitales son perfectos ahora, Johnny. Has... has salvado su vida. Literalmente.

— Sí, claro —respondió Johnny, evitando mirar a Sue, que seguía en un rincón con los ojos fijos en el suelo—. He salvado su vida. Ahora, si me disculpan, voy a ir a mi habitación a quemar estas sábanas y a intentar olvidar que esto ha pasado.

Johnny salió del laboratorio sin mirar atrás. Pero mientras subía en el ascensor, el calor en su pecho no se apagaba. Sabía que, aunque el químico hubiera desaparecido del cuerpo de Peter, algo nuevo se había inyectado en el suyo. Y ese fuego, a diferencia de sus poderes, no podía controlarlo con un simple "¡Llamas a mí!".

En la camilla, Peter Parker soñaba con incendios y arañas, sin saber que, al despertar, el mundo y su relación con la Antorcha Humana habrían cambiado para siempre.

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