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Experimento

Crisálida de Ceniza y Deseo

El silencio que siguió al clímax fue denso, casi sólido. El aire en el laboratorio de Reed Richards estaba saturado de ozono, sudor y el aroma metálico de los químicos procesados. Johnny Storm permanecía inclinado sobre la espalda de Peter, con los pulmones ardiendo y el corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. El calor de su cuerpo, que solía ser un arma o una herramienta, se sentía ahora como una marca de infamia.

Justo cuando Johnny comenzaba a procesar la magnitud de lo que acababa de ocurrir frente a su familia, sintió un cambio bajo él. El cuerpo de Peter, que hasta hacía un momento era un receptáculo pasivo de calor y fricción, sufrió un espasmo. No fue un espasmo de placer, sino de consciencia.

Peter Parker abrió los ojos. La neblina esmeralda que había nublado su visión durante horas se disipó de golpe, reemplazada por la cruda y fría realidad de las luces fluorescentes del laboratorio. El dolor de cabeza era atroz, pero no tanto como la sensación de plenitud y estiramiento en su parte inferior.

Confundido, Peter giró la cabeza lentamente sobre el colchón de la camilla. Lo primero que vio fueron sus propias manos, aferradas con fuerza sobrehumana al metal doblado. Lo segundo, al mirar por encima de su hombro, fue el rostro de Johnny Storm, a escasos centímetros del suyo, sudoroso, rojo y con una expresión que mezclaba la culpa con el agotamiento.

Y lo tercero... lo tercero fue darse cuenta de que Johnny todavía estaba dentro de él.

— ¿J-Johnny? —La voz de Peter salió como un graznido seco, carente de cualquier rastro de la lujuria animal de antes.

El rubio se quedó petrificado. Sus ojos azules se encontraron con los avellana de Peter, y en ese instante, el mundo pareció detenerse. La comprensión golpeó a Peter como un tren de carga. Vio a Reed, a Sue y a Ben a unos metros, dándoles la espalda pero claramente presentes, y el horror más absoluto se apoderó de él.

— ¡Oh, Dios! ¡No, no, no! —exclamó Peter, su rostro pasando de un rojo febril a un blanco cadavérico en un segundo.

Preso del pánico, Peter intentó impulsarse hacia adelante para alejarse del miembro de Johnny, olvidando por completo que sus músculos estaban agarrotados y que el cuerpo humano —incluso uno mejorado— no reacciona bien a movimientos bruscos en esa posición.

Johnny, al sentir el tirón repentino, también intentó retroceder por puro instinto, pero la fricción y la falta de lubricación natural hicieron que el movimiento fuera doloroso para ambos.

— ¡Quieto, maldita sea! —gruñó Johnny, apretando los dientes—. ¡Si te mueves así, nos vas a lastimar a los dos!

— ¡Suéltame! ¡Johnny, por lo que más quieras, sal de ahí! —Peter estaba al borde de un ataque de nervios. El "Peter real", el chico tímido de Queens, el estudiante que se sonrojaba por un cumplido, acababa de despertar en medio de una pesadilla erótica pública.

La tensión de Peter fue tal que sus músculos internos se contrajeron con una fuerza espasmódica, atrapando a Johnny en un agarre férreo que le arrancó un gemido de dolor y frustración al rubio. Johnny estaba al límite de su paciencia; el cansancio acumulado, la vergüenza de haber sido observado por su hermana y su cuñado, y la reacción de rechazo inmediato de Peter —aunque lógica— encendieron una chispa de irritación en él.

— ¡Te he dicho que te relajes! —exclamó Johnny. Sin pensarlo, movido por una mezcla de rabia y necesidad de que Peter dejara de forcejear, levantó la mano y le propinó dos nalgadas sonoras en las nalgas expuestas.

El sonido del impacto, un *plac* seco y firme, resonó en todo el laboratorio.

— ¡Johnny! —gritó Sue, dándose la vuelta horrorizada, olvidando su promesa de no mirar—. ¡Ten un poco de decencia! ¡Está confundido!

— ¡Cielos, cerilla, no le pegues al chico! —rugió Ben, aunque seguía mirando hacia la pared de monitores.

— ¡Es que no se queda quieto! —se defendió Johnny, con el rostro ardiendo—. ¡Si se tensa así, no puedo salir sin desgarrarlo!

Peter, humillado más allá de lo que las palabras podían describir, enterró el rostro en la camilla, soltando un sollozo ahogado. El golpe no le había dolido físicamente tanto como en su orgullo. Sabía que Johnny tenía razón en parte; estaba tan tenso que sentía que se iba a romper.

— Lo siento... lo siento... —susurró Peter contra la tela, con la voz temblorosa—. Solo... solo sal. Por favor.

Peter respiró hondo, tratando de invocar las técnicas de meditación que usaba para controlar su ritmo cardíaco durante las patrullas. Lentamente, llevó sus manos hacia atrás, hacia su propio trasero. Con los dedos temblando, colocó una mano a cada lado de sus mejillas, abriéndolas con cuidado para facilitar la salida de Johnny, exponiéndose de una manera tan cruda que deseó que la tierra se lo tragara en ese mismo instante.

Johnny tragó saliva. Ver a Peter así, cooperando a pesar de la agonía moral, le ablandó el corazón. Con un movimiento lento y cuidadoso, apoyándose en los hombros de Peter para estabilizarse, Johnny comenzó a retirarse.

Fue un proceso agónico. Cada centímetro que Johnny retrocedía parecía arrastrar consigo una parte de la dignidad de ambos. Cuando finalmente logró salir por completo, el vacío repentino hizo que Peter soltara un quejido de dolor sordo, encogiéndose sobre sí mismo.

Lo que siguió fue la confirmación visual del acto. Un líquido espeso, blanco y escurridizo —la mezcla del clímax de Johnny y los restos del lubricante químico que Reed había aplicado antes— empezó a escurrir del cuerpo del arácnido, manchando sus muslos y las sábanas de la camilla.

— Reed... —la voz de Johnny era apenas un susurro mientras se subía los pantalones de chándal a toda prisa—, haz algo. Ayúdalo.

Reed Richards, recuperando su compostura profesional con una velocidad envidiable, se acercó a la camilla con una toalla limpia y una manta térmica.

— Johnny, ve a la ducha. Ahora —ordenó Reed, sin mirarlo—. Sue, Ben, por favor, dennos privacidad. Necesito examinar a Peter para asegurarme de que no hay desgarros internos.

Johnny no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió del laboratorio casi corriendo, sintiendo que el aire del pasillo era el primer respiro real que tomaba en horas. Sin embargo, al cerrar la puerta tras de sí, no pudo evitar detenerse un momento. Apoyó la frente contra el frío metal de la pared, cerrando los ojos. Todavía sentía el calor de Peter en su piel, y el sonido de sus sollozos le partía el alma.

Dentro del laboratorio, el ambiente era desolador. Peter se había hecho un ovillo, cubriéndose con la manta que Reed le había puesto, negándose a mirar a nadie.

— Peter, necesito que me escuches —dijo Reed con suavidad, colocando una mano en su hombro—. Lo que pasó... no fue culpa tuya. Ni de Johnny. Fue una reacción química incontrolable. Salvó tu vida.

— Me vio... —susurró Peter, con la voz quebrada—. Todos me vieron. Johnny... él me...

— Él hizo lo que era necesario, muchacho —intervino Ben desde la puerta, antes de salir—. No fue bonito, pero estás vivo. Y para nosotros, eso es lo único que importa. La dignidad se recupera, la vida no.

Peter no respondió. Se quedó allí, sintiendo el goteo constante entre sus piernas como un recordatorio persistente de su vulnerabilidad.

Pasaron las horas. El sol empezó a asomarse por los rascacielos de Nueva York, tiñendo el laboratorio de un tono anaranjado que recordaba dolorosamente al fuego de Johnny. Reed le había dado a Peter un baño tibio y ropa limpia —esta vez una sudadera gris y unos pantalones cómodos— y lo había dejado descansar en una habitación privada de la enfermería.

Johnny, por su parte, no había podido dormir. Después de una ducha que duró casi una hora, en la que restregó su piel hasta dejarla roja, se encontró sentado en la cocina comunitaria, mirando una taza de café frío.

— No deberías haberle pegado —dijo una voz a sus espaldas.

Johnny no se giró. Sabía que era Sue.

— Estaba fuera de control, Sue. Yo... yo no sabía qué hacer. Estaba asustado.

Sue se sentó frente a él, rodeando su propia taza con las manos.

— Sé que estabas asustado, Johnny. Pero él estaba aterrorizado. Imagina despertar y descubrir que has perdido el control de tu cuerpo de esa manera, frente a las personas que respetas.

— ¿Crees que me odia? —preguntó Johnny, finalmente levantando la mirada. Sus ojos estaban inyectados en sangre y se veía exhausto.

— No creo que te odie. Pero creo que ambos tienen un largo camino por delante si quieren salvar su amistad. Porque después de esto, Johnny... nada vuelve a ser igual.

Johnny asintió en silencio. Sabía que su hermana tenía razón. Lo que había ocurrido en el laboratorio no era solo sexo, ni era solo ciencia. Había sido una colisión de dos mundos que, aunque siempre habían orbitado cerca, nunca se habían tocado con tanta intensidad.

A media mañana, Johnny se armó de valor y se dirigió a la enfermería. Se detuvo ante la puerta de la habitación de Peter, con la mano suspendida sobre el pomo. Podía oír la respiración pausada de Peter dentro. Su sentido arácnido probablemente ya le había avisado de que estaba allí.

— Puedes entrar, Johnny —dijo la voz de Peter desde el otro lado, sonando cansada pero lúcida.

Johnny entró. La habitación estaba en penumbra. Peter estaba sentado en el borde de la cama, mirando por la ventana. No llevaba la máscara, y su rostro castaño se veía joven y vulnerable bajo la luz matutina.

— Pete... yo... —empezó Johnny, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

— Reed me lo explicó todo —dijo Peter, sin mirarlo—. La reacción química, la necesidad de calor... todo. Sé que me salvaste.

— No parece que estés muy agradecido —intentó bromear Johnny, pero su voz sonó hueca.

Peter finalmente se giró. Sus ojos avellana estaban llenos de una tristeza profunda.

— Estoy agradecido por estar vivo, Johnny. Pero... me duele. No solo físicamente. Me duele que la primera vez que... que pasara algo así entre nosotros, fuera por un accidente de laboratorio.

Johnny sintió un nudo en el estómago.

— ¿La primera vez? —repitió, su corazón dando un vuelco—. ¿Quieres decir que... habías pensado en que pasara?

Peter se sonrojó, un leve tinte rosado volviendo a sus mejillas. Bajó la mirada hacia sus manos, entrelazando los dedos nerviosamente.

— Eres mi mejor amigo, Johnny. Y eres... bueno, eres tú. Brillante, cálido, a veces un idiota integral... pero eres la persona más vibrante que conozco. Sí, lo había pensado. Muchas veces. Pero no así. No con Reed y Ben mirando. No como un experimento médico.

Johnny se acercó un paso, sintiendo que el aire volvía a calentarse, pero esta vez era un calor agradable, nacido de la sinceridad.

— Escucha, Pete —dijo Johnny, sentándose en una silla frente a él—. Lo de anoche fue... caótico. Y lo de las nalgadas... de verdad, lo siento. Estaba histérico. Pero quiero que sepas una cosa.

Peter levantó la vista, esperando.

— Cuando el químico se disipó... cuando tú volviste en ti y yo seguía allí... —Johnny hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. No quería irme. No era solo por el químico. Había una parte de mí que, a pesar de todo el desastre, se sentía... bien.

Peter soltó un suspiro largo, dejando que sus hombros cayeran.

— Eres un desastre, Storm.

— Lo sé, Parker. Lo sé.

Se quedaron en silencio un momento, un silencio mucho más cómodo que el del laboratorio. La tensión seguía ahí, pero era una tensión diferente, una que prometía conversaciones largas y, quizás, algo más en el futuro.

— ¿Me duele el trasero, sabes? —dijo Peter de repente, con una pequeña sonrisa triste—. Y no solo por las nalgadas. Tienes una fuerza... innecesaria.

Johnny soltó una carcajada corta, la primera en horas.

— Bueno, eres Spider-Man. Pensé que podías aguantarlo.

— Soy Spider-Man, no de acero —replicó Peter, rodando los ojos—. Y por cierto, si alguna vez vuelves a contarle a alguien lo de la pijama de Iron Man, te lanzaré desde la punta del Empire State sin telarañas.

— Trato hecho —dijo Johnny, extendiendo una mano.

Peter la miró un momento y luego, en lugar de estrecharla, la tomó y tiró de Johnny hacia él, dándole un abrazo rápido y firme. Johnny respondió al abrazo, sintiendo el latido estable del corazón de Peter contra su pecho.

El fuego no se había apagado. Pero por primera vez, Johnny sentía que no necesitaba extinguirlo. Solo necesitaba aprender a controlarlo, a esperar a que las cenizas de lo ocurrido anoche se enfriaran lo suficiente como para construir algo nuevo sobre ellas.

— Vamos, Pete —dijo Johnny cuando se separaron—. Reed dice que necesitas comer. Y yo te debo una cena. Una de verdad. Sin químicos, sin testigos y, definitivamente, sin pijamas de Stark.

Peter se puso de pie, caminando con una ligera cojera que hizo que Johnny se sintiera culpable de nuevo, pero le devolvió la sonrisa.

— Acepto. Pero tú pagas. Y nada de comida rápida. Quiero algo caro.

— Te lo has ganado, tigre —dijo Johnny, abriéndole la puerta.

Mientras caminaban por el pasillo, Johnny se prometió a sí mismo que la próxima vez que el calor subiera entre ellos, no sería por una gota de X-14, sino por la chispa que siempre había existido entre la araña y el fuego, esperando el momento adecuado para arder con luz propia. Pero por ahora, el desayuno era un buen comienzo. Y tal vez, solo tal vez, un poco de pomada para el pobre trasero de Peter.

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