Falso novio infantil
Estrellas rotas y el eco de una risa amarga
La cafetería de la Universidad de Konoha era un hervidero de murmullos y bandejas chocando, un caos organizado que a Sasuke le resultaba insoportable. Estaba sentado en una de las mesas centrales, no porque le gustara la atención, sino porque su sola presencia reclamaba el espacio. A su lado, Suigetsu devoraba un sándwich mientras hablaba por los codos, y Juugo observaba el jardín a través del ventanal con su habitual calma estoica.
Sasuke mantenía la vista fija en su portátil, ignorando las notificaciones de su teléfono. No necesitaba mirar para saber que su padre le estaba enviando recordatorios sobre la gala benéfica de la próxima semana, o que su madre le pedía que se asegurara de que "el chico Uzumaki" llevara un traje que no pareciera sacado de una liquidación de disfraces.
— Mira, ahí viene tu sombra personal —dijo Suigetsu con una sonrisa burlona, señalando hacia la entrada.
Naruto entró corriendo, esquivando a un grupo de estudiantes de tercer año. Llevaba una bufanda de lana amarilla que él mismo había tejido —se notaba por los nudos desiguales— y sostenía con cuidado un vaso de cartón térmico. Sus ojos azules recorrieron el lugar hasta que se posaron en Sasuke, y en ese instante, su rostro se iluminó con una alegría que resultaba casi ofensiva para el ambiente gris del día.
— ¡Sasuke-kun! ¡Llegué justo a tiempo! —exclamó Naruto, jadeando un poco mientras dejaba el vaso sobre la mesa, justo al lado del costoso ordenador del Uchiha.
Sasuke ni siquiera levantó la cabeza.
— Te dije que no me buscaras en el almuerzo —su voz era un bloque de hielo que no mostraba ni una grieta de emoción.
— Lo sé, lo sé, pero es que hoy hace mucho frío y pensé que un té de canela te ayudaría a concentrarte —Naruto se sentó a su lado, ignorando la distancia física que Sasuke intentaba imponer—. También te traje esto. Es un separador de libros. Tiene un dibujo de un tomate porque sé que te gustan.
Naruto extendió un trozo de cartulina plastificada con cinta adhesiva. El dibujo era infantil, simple, pero hecho con un esmero evidente. Sasuke finalmente apartó la vista de la pantalla, pero no para mirar el regalo, sino para clavar sus ojos negros en Naruto.
— ¿No te cansas? —preguntó Sasuke en un susurro gélido—. No me gusta el té de canela. No necesito un separador de libros. Y sobre todo, no necesito que interrumpas mi tiempo con tus tonterías de preescolar.
— ¡Oh! No sabía lo del té... —la sonrisa de Naruto flaqueó apenas un milisegundo antes de volver a ensancharse—. Anotado. Mañana traeré café solo, sin azúcar, como te gusta a ti. Y el separador... bueno, si no lo quieres ahora, lo guardaré en tu mochila por si acaso.
— No lo vas a guardar en ninguna parte —Sasuke tomó el trozo de cartulina y, sin apartar la mirada de los ojos azules de Naruto, lo rompió por la mitad. Luego, dejó caer los trozos sobre la mesa—. Deja de actuar como si esto fuera real. Eres un empleado de mis padres. Compórtate como tal y mantén la distancia.
El silencio se apoderó de la mesa. Suigetsu dejó de masticar, sintiendo una punzada de incomodidad. Incluso Juugo frunció el ceño, mirando con lástima al rubio. Naruto, sin embargo, solo bajó la mirada hacia los pedazos de su dibujo. Sus dedos rozaron el papel roto, pero no hubo lágrimas, ni gritos, ni reclamos.
— Tienes razón —dijo Naruto con una voz pequeña pero extrañamente estable—. A veces se me olvida que soy un "trámite". Perdón por molestarte, Sasuke-kun.
Con una paciencia infinita, Naruto recogió los restos del separador y los guardó en su bolsillo. No se levantó para irse; en su lugar, sacó un libro de texto y comenzó a estudiar, quedándose en silencio absoluto al lado del hombre que acababa de pisotear su esfuerzo. Era esa capacidad de perdón absoluto lo que más irritaba a Sasuke: Naruto no tenía dignidad, o al menos eso era lo que Sasuke quería creer para no sentirse un monstruo.
— Vaya, Sasuke... eso ha sido un poco excesivo, ¿no crees? —comentó Suigetsu en voz baja—. El chico solo quería ser amable.
— La amabilidad es una debilidad que no puedo permitirme —respondió Sasuke, volviendo a su trabajo—. Y él necesita entender su lugar.
Desde una mesa cercana, una risa aguda y melodiosa cortó el aire. Sakura Haruno observaba la escena con una de sus amigas, apoyada en la palma de su mano. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de desprecio y diversión. Ella conocía a Sasuke mejor que nadie, o eso pensaba. Sabía que detrás de esa frialdad había un hombre que una vez fue capaz de escribirle poemas y llevarle flores, un hombre al que ella había moldeado y luego desechado cuando se volvió "demasiado aburrido".
— Mira eso —le susurró Sakura a su amiga, lo suficientemente alto para que Sasuke la oyera—. El gran heredero Uchiha ahora tiene una mascota rubia. Es patético. Sasuke siempre tuvo un gusto terrible para la gente que se le pega como lapa.
Sasuke tensó la mandíbula. Las palabras de Sakura siempre lograban encontrar el camino hacia sus inseguridades más profundas. Ella era el recordatorio constante de por qué no debía volver a sentir nada. Ella lo había llamado "bueno para nada" mientras sostenía la mano de otro hombre, y esa herida seguía supurando bajo el hielo.
Naruto, que lo escuchaba todo, miró de reojo a Sakura y luego a Sasuke. Vio cómo los nudillos del Uchiha se volvían blancos de tanto apretar el ratón del ordenador.
— Ella no tiene razón, ¿sabes? —dijo Naruto suavemente, rompiendo su voto de silencio.
— Cállate, Naruto —advirtió Sasuke.
— No eres patético por estar conmigo —continuó el rubio, ignorando la advertencia—. Y ella no es tan importante como cree. Es solo una chica que no supo cuidar lo que tenía.
Sasuke cerró el portátil de golpe y se levantó, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
— No hables de lo que no entiendes. Tú no sabes nada de mi vida, ni de ella, ni de lo que soy capaz de sentir. Eres solo un huérfano que aceptó dinero para fingir amor. No te creas con el derecho de analizarme.
Sasuke se dio la vuelta y se alejó a zancadas, dejando atrás el té frío y a un Naruto que lo miraba marchar con una tristeza infinita.
— Sasuke-kun es muy difícil —suspiró Suigetsu, mirando a Naruto—. ¿Por qué sigues intentándolo? Podrías simplemente tomar el dinero de sus padres, aparecer en las fotos y vivir tu vida. No tienes que aguantar sus humillaciones.
Naruto sonrió, pero esta vez fue una sonrisa cansada, una que no llegaba a sus ojos.
— Porque yo sé lo que es el frío, Suigetsu. Cuando mis padres murieron, mi casa se volvió un lugar lleno de sombras. Sasuke vive en una casa llena de oro, pero sus sombras son mucho más grandes que las mías. Él no es malo, solo está asustado de que alguien vuelva a romperlo.
— Pues te está rompiendo a ti en el proceso —dijo Juugo, poniendo una mano en el hombro de Naruto.
— Yo soy de papel —respondió Naruto, señalando los trozos rotos en su bolsillo—. El papel se puede volver a pegar. Pero el hielo... el hielo se rompe y se convierte en astillas que lastiman a todos. Prefiero ser yo quien reciba las astillas.
Más tarde ese día, la lluvia volvió a hacer acto de presencia, convirtiendo el campus en un laberinto de paraguas negros. Sasuke estaba en la biblioteca, intentando concentrarse en un ensayo sobre derecho internacional, pero la imagen de Naruto recogiendo los trozos de cartulina no salía de su cabeza. Sentía una molestia en el pecho, algo que se negaba a identificar como remordimiento. Él no sentía remordimiento. Los Uchiha eran pragmáticos, y él estaba siendo pragmático al alejar a alguien que solo buscaba una conexión emocional que él no podía dar.
Al salir de la biblioteca, vio a Sakura esperándolo en el pasillo. Estaba sola, luciendo impecable en su abrigo de marca.
— Hola, Sasuke —dijo ella, bloqueándole el paso—. Ha pasado tiempo desde que hablamos sin que tu "novio" esté pegado a tu brazo.
— No tengo nada que decirte, Sakura.
— Oh, vamos. ¿Sigues resentido? Fue hace años. Deberías agradecérmelo, te hice un favor. Mira lo fuerte y serio que eres ahora. Antes eras... demasiado blando. Demasiado patético con tus detalles y tus miradas amorosas. Me dabas escalofríos.
Sasuke la miró con una frialdad que habría hecho temblar a cualquiera, pero Sakura solo sonrió.
— Ahora tienes a ese chico Uzumaki —continuó ella, acercándose y pasando un dedo por la solapa de la chaqueta de Sasuke—. Es gracioso. Él es exactamente como eras tú. Un tonto detallista que cree que el amor lo cura todo. ¿No te da asco ver tu reflejo en él? Por eso lo tratas así, ¿verdad? Porque odias lo que solías ser.
— No te compares con él —dijo Sasuke, su voz era un susurro peligroso—. Él es mil veces mejor persona de lo que tú serás jamás.
Sakura soltó una carcajada.
— ¿Ah, sí? ¿Entonces por qué acabas de humillarlo frente a toda la cafetería? No te engañes, Sasuke. Eres igual que yo. Usas a la gente y luego la tiras. Solo que tú eres más cobarde, porque necesitas que tus padres te compren a alguien para no estar solo.
Sasuke la rodeó sin decir una palabra más, pero sus palabras se clavaron en él como espinas. "Eres igual que yo". Esa frase resonaba en su mente mientras caminaba hacia la salida. ¿Era cierto? ¿Estaba usando a Naruto solo para castigarse a sí mismo o para demostrarle al mundo que ya no tenía corazón?
Al llegar a la entrada principal, vio a Naruto sentado en un escalón, resguardado de la lluvia pero con la ropa húmeda. Estaba trabajando en algo con sus manos. Al acercarse, Sasuke vio que Naruto estaba intentando pegar el separador de libros que él había roto. Tenía un pequeño bote de pegamento escolar y estaba uniendo las piezas con una concentración absoluta, a pesar de que sus dedos temblaban por el frío.
Sasuke se detuvo a unos pasos de él. Naruto no lo notó de inmediato.
— No va a quedar igual —dijo Sasuke.
Naruto dio un respingo y levantó la vista, sonriendo al ver al Uchiha.
— ¡Sasuke-kun! No, no quedará igual, pero las cicatrices le dan carácter, ¿no crees? Mi tío dice que las cosas reparadas son más fuertes porque ya saben lo que es romperse.
Sasuke sintió un nudo en la garganta. Miró al chico frente a él: alguien que no tenía nada, que vivía con lo mínimo, que había perdido a su familia y que, aun así, dedicaba su tiempo a reparar un trozo de papel que Sasuke había despreciado.
— ¿Por qué lo haces, Naruto? —preguntó Sasuke, su voz perdiendo parte de su dureza—. ¿Por qué te quedas? Te trato como a basura. Te dije que esto es solo por dinero. Podrías irte ahora mismo y buscar a alguien que te trate bien.
Naruto terminó de pegar el papel y se puso de pie, sacudiéndose los pantalones. Miró a Sasuke a los ojos, y por un momento, la infantil inocencia desapareció, dejando ver una madurez que Sasuke no esperaba.
— El dinero ayuda a mis primos, es verdad. Pero no me quedo por eso —Naruto dio un paso hacia él, entrando en su espacio personal—. Me quedo porque el primer día que te vi, no vi a un millonario ni a un genio. Vi a alguien que estaba gritando en silencio. Y yo sé lo que es gritar y que nadie te escuche. No me importa si me tratas mal, Sasuke-kun. Yo tengo suficiente amor para los dos hasta que tú decidas que quieres usar el tuyo otra vez.
Naruto le extendió el separador reparado. Estaba arrugado y la línea de la rotura era visible, pero estaba unido.
— Ten. Por si decides leer algo esta noche.
Sasuke tomó el papel. Sus dedos rozaron los de Naruto, y esta vez no retiró la mano de inmediato. La calidez del rubio era casi dolorosa contra su piel congelada.
— Eres un idiota —dijo Sasuke, pero no hubo veneno en sus palabras.
— Lo sé —rio Naruto, frotándose la nuca—. Pero soy tu idiota, al menos por contrato.
El coche de Sasuke llegó en ese momento. Sasuke subió y, tras un momento de duda, abrió la puerta del copiloto.
— Súbete. Y ni una palabra sobre lo que pasó en la cafetería.
Naruto entró al coche con un salto, irradiando una energía que parecía desafiar la tormenta exterior. Mientras el vehículo se alejaba, Sasuke guardó el separador reparado en su bolsillo interior, justo al lado de su corazón.
A lo lejos, Sakura observaba el coche irse, su sonrisa desapareciendo lentamente. Había algo en la forma en que Sasuke había mirado a Naruto que ella nunca había logrado conseguir: una chispa de duda, una grieta en el hielo.
Sasuke miró por la ventana, escuchando a Naruto parlotear sobre un nuevo tipo de ramen que quería probar. El Uchiha seguía convencido de que su vida era un infierno, un contrato vacío diseñado para complacer a sus padres. Pero por primera vez, mientras sentía el peso del papel reparado en su bolsillo, se preguntó si el infierno no sería tan malo si había alguien dispuesto a quemarse con él solo para mantenerlo caliente.
— Mañana —dijo Sasuke de repente, interrumpiendo la historia de Naruto sobre su primo—. Mañana puedes traer el café. Pero que sea cargado.
Naruto se quedó en silencio un segundo, y luego soltó una carcajada tan pura que llenó todo el coche.
— ¡Claro que sí, Sasuke-kun! ¡El mejor café del mundo, de veras!
Sasuke cerró los ojos, permitiéndose por un breve instante ignorar el fantasma de Sakura y el peso de su apellido. El hielo seguía ahí, firme y frío, pero la pequeña llama naranja a su lado no parecía tener intención de apagarse. Y, muy en el fondo, Sasuke empezó a temer que, si Naruto seguía sonriendo así, terminaría por derretirlo todo.