Falso novio infantil
Sombras de neón y el calor de un abrazo
La música retumbaba en las paredes de la antigua fraternidad de la Universidad de Konoha, una mezcla ensordecedora de bajos y gritos que hacía vibrar el suelo bajo los pies de los estudiantes. El aire estaba cargado del olor a alcohol barato, perfumes caros y el sudor de cientos de cuerpos moviéndose al unísono. Era la "Gran Fiesta de Bienvenida", un evento que Sasuke Uchiha detestaba con cada fibra de su ser, pero al que sus padres lo habían obligado a asistir para "dejarse ver" con su pareja oficial.
Sasuke estaba apoyado contra una columna de mármol, con los brazos cruzados y una expresión de aburrimiento letal. Vestía una camisa negra de seda, desabrochada en los dos primeros botones, que resaltaba su palidez aristocrática. A su lado, Naruto Uzumaki parecía un punto de luz en medio de la penumbra. El rubio llevaba un abrigo de lana rosa suave, un color que Sasuke le había dicho que era ridículo, pero que Naruto defendía diciendo que lo hacía sentir "esponjoso".
— ¡Mira, Sasuke-kun! ¡Tienen brochetas de pollo! ¿Quieres una? —Naruto gritó para hacerse oír por encima del DJ, ofreciéndole un plato de plástico mientras sus ojos azules brillaban con la emoción de un niño en una feria.
— No tengo hambre, Naruto. Y deja de saltar, vas a derramar eso sobre mi ropa —respondió Sasuke, desviando la mirada hacia la multitud.
— Solo intento que te diviertas un poquito —dijo Naruto, dando un mordisco a su brocheta con las mejillas infladas—. Estás tan serio que asustas a la gente. ¡Incluso Suigetsu tiene miedo de acercarse!
— No estoy aquí para divertirme. Estoy aquí para cumplir un contrato —sentenció el Uchiha, aunque en el fondo, la presencia constante y cálida de Naruto a su lado era lo único que evitaba que se marchara de aquel lugar de inmediato.
De repente, la atmósfera pareció cambiar. Una fragancia floral, dulce y pesada, se abrió paso entre el olor a cerveza. Sasuke sintió un escalofrío recorrer su espalda antes de verla.
Sakura Haruno caminaba hacia ellos como si fuera la dueña del lugar. Llevaba un vestido rojo sangre, extremadamente corto y ajustado, que dejaba poco a la imaginación. Sus tacones resonaban con autoridad contra el suelo de madera. Se detuvo frente a Sasuke, ignorando por completo a Naruto, quien se quedó congelado con su brocheta a medio comer.
— Hola, Sasuke-kun —ronroneó ella, pasando una mano por el brazo del Uchiha—. Te ves tan... tenso. Este ambiente no te sienta bien, necesitas soltarte un poco.
— Sakura —fue lo único que dijo Sasuke, con la voz tensa.
— Vamos, no seas así. Están poniendo una canción que solía gustarnos. Baila conmigo —ella no esperó respuesta. Agarró a Sasuke de la mano y tiró de él hacia la pista de baile.
Sasuke, en un estado de aturdimiento provocado por los recuerdos y el resentimiento, no puso resistencia. Se dejó llevar, dejando a Naruto solo junto a la columna. El rubio apretó el plato de plástico entre sus manos, sintiendo cómo el corazón se le encogía. Vio cómo Sakura rodeaba el cuello de Sasuke con sus brazos y cómo él, aunque mantenía las manos rígidas, no la apartaba.
En la pista, Sakura se pegó al cuerpo de Sasuke, moviéndose con una provocación calculada.
— Sabes que ese chico no es para ti, Sasuke —susurró ella al oído del pelinegro—. Es infantil, ruidoso y viste como un chicle. Tú necesitas a alguien con clase, alguien que sepa qué hacer contigo cuando las luces se apagan.
— Él es mi novio —logró decir Sasuke, aunque su voz sonó débil incluso para sus propios oídos.
— Es un contrato, Sasuke. Yo sé la verdad. Sé que todavía sueñas conmigo —Sakura se inclinó hacia adelante, aprovechando un cambio en el ritmo de la música, y antes de que Sasuke pudiera reaccionar, lo besó.
Fue un beso hambriento, lleno de la toxicidad que siempre había definido su relación. Sasuke se quedó paralizado por un segundo, el fantasma del pasado nublando su juicio, hasta que el sabor del labial de Sakura, amargo y artificial, lo devolvió a la realidad. La empujó con brusquedad, limpiándose los labios con el dorso de la mano.
— ¡Basta! —rugió él.
Buscó desesperadamente con la mirada entre la multitud y encontró a Naruto. El rubio estaba de pie exactamente donde lo había dejado, pero su expresión lo destrozó por dentro. Naruto tenía los ojos empañados en lágrimas, y su abrigo rosa parecía ahora una armadura demasiado frágil para el dolor que reflejaba su rostro. Al ver que Sasuke lo miraba, Naruto soltó el plato de comida y dio media vuelta para huir hacia la parte trasera de la casa.
— ¡Naruto! —gritó Sasuke, ignorando las risas triunfales de Sakura.
Se abrió paso a empujones entre los estudiantes borrachos, siguiendo la mancha rosa que se movía con torpeza hacia el jardín. Lo encontró cerca de un viejo invernadero, donde la música llegaba solo como un eco lejano. Naruto estaba sentado en un sillón de mimbre desgastado, escondido en un rincón oscuro donde las enredaderas y la falta de luz los ocultaban de la vista de los demás.
Naruto tenía la cabeza entre las manos, intentando contener un sollozo.
— Naruto, escúchame... —empezó Sasuke, acercándose lentamente.
— No tienes que explicar nada, Sasuke-kun —dijo Naruto con la voz rota—. Soy un trámite, ¿recuerdas? Las cosas de papel no tienen derecho a ponerse celosas. Ella es bonita y tú la querías... es normal.
Sasuke sintió que algo se rompía dentro de él. No era el orgullo, ni la frialdad; era el muro que había construido con tanto esfuerzo. Se dejó caer en el sillón al lado de Naruto y, sin previo aviso, lo rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco del cuello del rubio, justo donde el abrigo rosa se sentía más suave.
Naruto se tensó, sorprendido por el contacto físico que Sasuke siempre había rechazado. Entonces, sintió algo húmedo mojando su cuello.
— Me hizo tanto daño, Naruto —susurró Sasuke, y su voz se quebró por completo—. Ella me destruyó. Me hizo sentir que no valía nada, que mi amor era una molestia, algo asqueroso. Y cada vez que la veo, recuerdo el momento en que me dijo que era un bueno para nada mientras se reía de mí con otro...
Sasuke comenzó a llorar. No eran sollozos ruidosos, sino lágrimas silenciosas y pesadas que cargaban con años de amargura acumulada. Se aferró a la cintura de Naruto como si fuera un náufrago agarrándose a la única tabla de salvación en medio de una tormenta.
— No soy de hielo —continuó Sasuke entre hipos—. Solo tengo miedo. Tengo tanto miedo de que, si dejo que alguien se acerque, me vuelva a decir lo mismo. Que mi lado cariñoso es un error.
Naruto, con el corazón latiendo a mil por hora, dejó de lado su propio dolor. Sus manos, pequeñas y cálidas, subieron hasta el cabello negro de Sasuke, acariciándolo con una ternura infinita.
— Shhh... ya está, Sasuke-kun. Aquí estoy —susurró Naruto, abrazándolo de vuelta con todas sus fuerzas—. Ella estaba equivocada. Estaba muy equivocada. Tu lado cariñoso es lo más hermoso que tienes, aunque lo tengas guardado bajo siete llaves.
— ¿De verdad lo crees? —preguntó Sasuke, sin separarse de él, buscando refugio en el aroma a naranja del rubio.
— Lo sé. Lo vi en el cuervo de papel que guardaste en tu bolsillo, y lo veo ahora. Eres valioso, eres inteligente y tienes un corazón gigante que solo necesita ser cuidado —Naruto depositó un beso suave en la coronilla de Sasuke—. Yo nunca te diría que eres un bueno para nada. Para mí, eres el mundo entero.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, ocultos del ruido y la malicia del mundo exterior. Sasuke se permitió ser vulnerable, se permitió ser el chico que una vez fue antes de que Sakura lo marchitara. En ese rincón oscuro, envuelto en el abrigo rosa de Naruto, Sasuke encontró una paz que ningún imperio multimillonario podría comprar.
Sin embargo, el sol de la mañana siempre trae de vuelta las sombras del orgullo.
Al día siguiente, los pasillos de la universidad estaban llenos de gente con resaca y cotilleos sobre el beso de Sakura y Sasuke. Naruto llegó a la facultad con una sonrisa esperanzadora, llevando dos cafés calientes y una pequeña nota que decía: "Espero que te sientas mejor hoy".
Vio a Sasuke cerca de la entrada, rodeado de Suigetsu y Juugo. Naruto se acercó rápidamente, con el corazón saltando de alegría al recordar la intimidad de la noche anterior.
— ¡Buenos días, Sasuke-kun! Te traje...
Sasuke se giró. Sus ojos eran de nuevo dos pozos de indiferencia negra. No había rastro de las lágrimas, ni del abrazo, ni de la confesión en el invernadero.
— Déjalo ahí —dijo Sasuke de forma monótona, señalando un banco cercano—. Tengo clase.
Naruto se detuvo en seco.
— Pero... Sasuke-kun, anoche...
— Anoche fue un error provocado por el alcohol y el cansancio —lo cortó Sasuke, sin siquiera mirarlo a los ojos—. No lo menciones de nuevo. Y mantente a un metro de distancia, hay demasiada gente mirando.
Sasuke se dio la vuelta y empezó a caminar, dejando a Naruto con los cafés en la mano. Suigetsu y Juugo intercambiaron una mirada de confusión y lástima.
— Oye, Sasuke, eso ha sido muy frío incluso para ti —le recriminó Suigetsu mientras caminaban hacia el aula.
— Es lo que hay —respondió Sasuke, aunque por dentro sentía un vacío insoportable—. Él es un contrato. No podemos confundir las cosas.
Durante las siguientes clases, Sasuke fue más distante que nunca. Ignoraba las preguntas de Naruto, no aceptaba sus dulces y ni siquiera le permitía sentarse a su lado. Era como si estuviera intentando borrar activamente lo que había sucedido en la fiesta, castigando a Naruto por haberlo visto débil.
Naruto, por su parte, no insistió. Se sentó tres filas atrás, mirando la nuca de Sasuke con una mezcla de resignación y tristeza. Sabía que Sasuke estaba asustado. Sabía que el Uchiha estaba levantando sus muros más alto que nunca porque se sentía expuesto.
A la hora de la salida, Sakura interceptó a Sasuke en el estacionamiento.
— Vaya, parece que te has deshecho del estorbo rosa —dijo ella con una sonrisa triunfante—. Sabía que entrarías en razón después de lo de anoche. Ese beso fue... revelador, ¿no?
Sasuke se detuvo frente a su coche, apretando las llaves con fuerza. Miró a Sakura, y por primera vez, no sintió dolor, ni rabia, ni deseo. Solo sintió una profunda náusea.
— No te equivoques, Sakura —dijo Sasuke con una voz tan baja que resultaba aterradora—. Lo de anoche me reveló muchas cosas, pero ninguna tiene que ver contigo. Aléjate de mí. Si vuelves a tocarme, me encargaré personalmente de que no puedas volver a entrar en esta universidad. Mi abuelo no es alguien a quien quieras tener como enemigo.
Sakura palideció, dando un paso atrás ante la intensidad de la mirada de Sasuke. Él subió a su coche y arrancó sin mirar atrás.
Mientras conducía hacia su mansión, Sasuke vio a Naruto caminando hacia la parada del autobús. El rubio llevaba su abrigo rosa, que ahora parecía un poco más apagado bajo el cielo gris de la tarde. Sasuke tuvo el impulso de detenerse, de pedirle perdón, de decirle que lo necesitaba más de lo que podía expresar con palabras.
Pero no lo hizo. Apretó el volante y siguió de largo, viendo por el espejo retrovisor cómo la figura de Naruto se hacía pequeña en la distancia.
Sasuke Uchiha seguía siendo un bloque de hielo, un genio solitario y un heredero sin corazón a los ojos del mundo. Pero en el bolsillo de su chaqueta, escondido donde nadie pudiera verlo, llevaba el separador de libros reparado y una pequeña estrella de papel que Naruto le había dado días atrás.
El infierno de Sasuke seguía ardiendo, alimentado por el orgullo y el miedo, pero Naruto, incluso siendo ignorado y despreciado, seguía allí, esperando con paciencia infinita. Porque Naruto sabía algo que Sasuke aún se negaba a aceptar: que incluso el hielo más duro termina por ceder ante la persistencia del sol, y que los corazones de papel, aunque se rompan mil veces, siempre pueden volver a pegarse si hay suficiente amor para sostenerlos.
Esa noche, en la soledad de su inmensa habitación, Sasuke sacó la estrella de papel y la apretó contra su pecho, cerrando los ojos y dejando que el eco de la risa de Naruto fuera lo último que escuchara antes de dormir. Mañana volvería a ser el chico frío, mañana volvería a ignorarlo, pero por esa noche, el Uchiha se permitió recordar el calor de un abrigo rosa y el consuelo de unos brazos que no pedían nada a cambio.