Falso novio infantil
Cicatrices bajo el ámbar de la noche
El invierno en Konoha siempre había sido una estación de silencios pesados, pero un año después de la graduación, el frío se sentía distinto para Sasuke Uchiha. El mundo ya no era un campo de batalla universitario, sino un tablero de ajedrez corporativo donde él movía las piezas con la precisión de un cirujano. Caminaba por la avenida principal, con el cuello de su abrigo de lana oscura levantado contra el viento gélido. La ciudad brillaba con luces de neón y escaparates de lujo, un entorno que siempre le había pertenecido por derecho de nacimiento.
Su vida había alcanzado la estabilidad que sus padres tanto anhelaban. Seguía con Sakura. Ella había cambiado, o al menos eso quería creer él. Tras la graduación, la agresividad de Sakura se había suavizado, transformándose en una atención constante, casi devota. Ella cocinaba para él, recordaba sus reuniones y, hace apenas unos meses, se había entregado a él en una noche de intimidad que selló su compromiso tácito. Sasuke sentía que finalmente había encontrado la paz; ese "lado amoroso" que una vez fue un experimento confuso, ahora era el cimiento de su relación. Eran la pareja perfecta, los futuros esposos que las revistas de sociedad ya empezaban a retratar.
Sin embargo, esa noche, Sasuke decidió caminar a casa en lugar de llamar a su chófer. Necesitaba aire. Sus pasos lo llevaron lejos del distrito financiero, hacia una zona donde las luces eran más tenues y los edificios más modestos.
Fue entonces cuando lo vio.
A media cuadra, un chico de cabellera rubia, ahora un poco más larga y despeinada, forcejeaba con la persiana metálica de una pequeña cafetería llamada "El Refugio". Llevaba un delantal marrón sobre una sudadera naranja desgastada que parecía haber visto tiempos mejores. Sasuke se detuvo en seco. El corazón, que creía blindado por la madurez y el éxito, dio un vuelco violento.
Era Naruto.
Pero no era el Naruto que recordaba. No había rastro del brillo infantil en sus movimientos; se veía más delgado, sus hombros cargaban con un peso invisible y sus manos, las mismas que solían doblar estrellas de papel, ahora estaban rojas por el frío y el trabajo físico.
Sasuke se acercó lentamente, sus zapatos de cuero resonando contra el pavimento. Naruto terminó de cerrar el candado y se giró, exhalando un suspiro que se convirtió en vapor en el aire gélido. Al levantar la vista, sus ojos azules se encontraron con los negros del Uchiha.
— ¿Sasuke-kun? —La voz de Naruto era más profunda, marcada por un cansancio que le dolió a Sasuke en algún lugar profundo del pecho.
— Ha pasado tiempo, Naruto —dijo Sasuke, deteniéndose a un par de metros de distancia.
Naruto parpadeó, como si estuviera viendo un fantasma. Luego, una sonrisa pequeña y melancólica, muy diferente a sus antiguas carcajadas, se dibujó en su rostro.
— Vaya... te ves increíble. Ese abrigo debe costar más que toda esta cafetería —rio suavemente, frotándose las manos para calentarlas—. ¿Qué haces por este lado de la ciudad? No es exactamente tu estilo.
— Solo caminaba —respondió Sasuke, incapaz de apartar la mirada—. Te ves... diferente.
— Bueno, un año de realidad te cambia —Naruto señaló un banco de madera bajo un farol amarillento—. ¿Tienes unos minutos? O tal vez tu prometida te espera. Supe lo de Sakura, las noticias vuelan incluso hasta aquí.
— Ella está en una cena benéfica. Tengo tiempo —Sasuke se sentó en el banco, y Naruto lo imitó, manteniendo una distancia prudente que antes nunca habría respetado.
El silencio se instaló entre ellos, pero no era el silencio tenso de la universidad. Era el silencio de dos extraños que alguna vez compartieron una vida entera en un contrato de mentira.
— ¿Cómo has estado, Naruto? —preguntó Sasuke, rompiendo el hielo—. No te vi en la graduación.
Naruto soltó una risa seca, mirando hacia sus pies.
— No pude ir, Sasuke. Mi tío enfermó gravemente justo antes de los exámenes finales. Todo el dinero que tenía... bueno, se fue en facturas médicas. Al final, él falleció hace seis meses. Mis primos se fueron al extranjero buscando mejores oportunidades y el otro... simplemente decidió empezar de cero en otra ciudad. Me quedé solo.
Sasuke sintió una opresión en la garganta. Recordó cómo despreciaba la pobreza de Naruto, cómo se burlaba de sus esfuerzos por ahorrar cada centavo.
— Lo siento —susurró Sasuke—. No lo sabía.
— Está bien —dijo Naruto, mirando hacia las estrellas que apenas se veían por la contaminación lumínica—. Conseguí este trabajo en la cafetería. El dueño es un buen hombre, me deja dormir en el pequeño estudio de arriba a cambio de cerrar y abrir el local. No es la vida de lujo que planeábamos en la universidad, pero estoy vivo. ¿Y tú? Parece que conseguiste todo lo que querías.
Sasuke asintió, aunque sus palabras se sentían extrañamente pesadas.
— Trabajo en la firma de mi padre. Sakura y yo... nos mudamos juntos. Ella ha cambiado mucho, Naruto. Es cariñosa, atenta. Es la felicidad que siempre busqué.
Naruto lo miró fijamente, con una intensidad que hizo que Sasuke quisiera desviar la vista.
— ¿Eres feliz, Sasuke-kun? —preguntó Naruto—. ¿O simplemente estás cómodo?
— Soy feliz —afirmó Sasuke con firmeza, quizá demasiada—. Ella me dio la estabilidad que necesitaba. Nos entregamos el uno al otro hace tiempo, de verdad. Es mi compañera.
— Me alegra oír eso —dijo Naruto, y por un momento, el viejo brillo regresó a sus ojos—. Siempre quise que fueras feliz. Aunque fuera con ella. Aunque fuera lejos de mí.
Sasuke sintió una punzada de culpa. Recordó la noche de la fiesta, las estrellas de papel pisoteadas, el café tirado a la basura. Miró las manos de Naruto y notó pequeñas cicatrices y callosidades.
— ¿Sigues haciéndolas? —preguntó Sasuke en voz baja.
— ¿Haciendo qué?
— Las estrellas. Las grullas.
Naruto metió la mano en el bolsillo de su sudadera y sacó un pequeño trozo de papel arrugado. Con una destreza que el tiempo no había borrado, sus dedos empezaron a moverse. En menos de un minuto, una grulla minúscula descansaba en su palma.
— A veces, cuando el turno es lento y el silencio es demasiado fuerte —confesó Naruto—. Pero ya no pido deseos. Aprendí que los deseos no pagan el alquiler ni traen de vuelta a los que se han ido.
— Yo todavía tengo la estrella azul —confesó Sasuke, sin saber por qué lo decía.
Naruto se quedó helado. Giró la cabeza hacia él, con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué?
— La guardo en el cajón de mi escritorio, en la oficina —continuó Sasuke, sintiendo que una compuerta se abría en su interior—. A veces, cuando las reuniones son insoportables o cuando Sakura se pone demasiado... exigente, la saco y la miro. Me recuerda que hubo un tiempo en que alguien me dio todo sin pedirme nada a cambio.
— Sasuke... —Naruto suspiró, y esta vez hubo dolor en su voz—. No deberías decirme eso. Tienes una vida perfecta. Tienes a la mujer que amas. No deberías guardar recuerdos de un "bueno para nada".
— No eres un bueno para nada, Naruto. Nunca lo fuiste. Fui yo quien fue demasiado cobarde para aceptar que tu forma de amar me aterraba porque me hacía sentir humano.
El viento sopló con más fuerza, agitando el cabello de ambos. Naruto se levantó, sacudiéndose el polvo del delantal.
— Es tarde, Sasuke-kun. Mañana tengo que abrir a las cinco. Fue bueno verte. De verdad. Me quita un peso de encima ver que estás bien.
Sasuke también se puso de pie. Se sentía ridículo con su traje de miles de dólares frente a este chico que apenas sobrevivía, pero que emanaba una dignidad que él nunca tendría.
— ¿Necesitas algo? —preguntó Sasuke, sacando su billetera—. Puedo ayudarte con el local, o...
Naruto puso una mano sobre la de Sasuke, deteniéndolo. El contacto fue breve, pero Sasuke sintió una descarga de electricidad que lo dejó sin aliento.
— No —dijo Naruto con suavidad—. No quiero tu dinero, Sasuke. Ya te lo dije hace un año. Mi cariño no tenía precio entonces, y mi orgullo no tiene precio ahora. Estoy bien. De veras.
— Al menos déjame llevarte a cenar algún día —insistió Sasuke, sintiendo una desesperación irracional por no dejarlo ir otra vez.
Naruto caminó hacia la puerta lateral de la cafetería, subiendo los escalones hacia su pequeño estudio. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.
— No creo que sea una buena idea. Sakura no lo entendería, y tú... tú tienes una boda que planear. Quédate con tu felicidad, Sasuke-kun. Te costó mucho construirla.
— Naruto, espera —dio un paso hacia él—. No quiero que desaparezcas otra vez.
— Nunca desaparecí —respondió el rubio con una sonrisa triste—. Simplemente dejé de estorbar. Cuídate mucho, Sasuke. Y dile a Sakura que... que espero que te haga sonreír todos los días.
La puerta se cerró con un clic metálico. Sasuke se quedó solo en la acera, bajo la luz ámbar del farol. El silencio regresó, pero ahora era insoportable. Miró hacia la ventana del piso superior, donde una luz tenue se encendió momentos después.
Se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso hacia su mundo de cristal. Mientras avanzaba, pensó en Sakura, en su casa perfecta, en su futuro asegurado. Pensó en la noche que se entregaron, en la pasión que creía que era amor. Pero entonces, la imagen de Naruto cerrando la persiana, solo y cansado, pero con la frente en alto, se superpuso a todo lo demás.
Sasuke se detuvo frente a un escaparate y vio su reflejo. Se veía exitoso, poderoso, realizado. Pero al meter la mano en el bolsillo de su abrigo, sus dedos rozaron la pequeña grulla que Naruto le había dejado en el banco sin que se diera cuenta.
— ¿Qué he hecho? —susurró para sí mismo.
Llegó a su ático de lujo pasada la medianoche. Sakura estaba despierta, esperándolo en el sofá con una copa de vino y una sonrisa radiante.
— ¡Sasuke-kun! Tardaste mucho. Estaba preocupada —dijo ella, levantándose para besarlo.
Sakura lo rodeó con sus brazos, y Sasuke le devolvió el abrazo mecánicamente. El perfume de ella era caro, floral, perfecto. Pero mientras ella le hablaba sobre los arreglos florales para la boda, la mente de Sasuke estaba a kilómetros de allí, en una cafetería humilde, oliendo a café barato y a la honestidad de un chico que no tenía nada, pero que lo había amado con todo.
— ¿Estás bien, cariño? Te noto distante —preguntó Sakura, acariciándole la mejilla con sus manos perfectamente cuidadas.
— Sí —mintió Sasuke, sintiendo que la palabra le quemaba la garganta—. Solo estoy cansado. Ha sido un día largo.
— Ven a la cama —susurró ella, tirando de su mano—. Olvidemos el trabajo por hoy.
Sasuke la siguió, pero esa noche, mientras Sakura dormía a su lado, él se quedó despierto mirando las sombras en el techo. Se dio cuenta de que su "felicidad" era una estructura sólida, pero fría. Había construido un palacio sobre las cenizas de un corazón de papel, y ahora, al reencontrarse con Naruto, las cenizas habían vuelto a arder.
Se levantó con cuidado, fue a su despacho y abrió el cajón secreto. Allí estaba la estrella azul, un poco más pálida por el tiempo, pero intacta. La puso junto a la nueva grulla que Naruto le había hecho.
— Te perdí —murmuró Sasuke en la oscuridad—. Te perdí por querer ser lo que ellos querían que fuera.
Esa noche, Sasuke Uchiha comprendió que el éxito era una prisión muy elegante. Tenía a la mujer "correcta", el dinero "correcto" y la vida "correcta". Pero al cerrar los ojos, lo único que deseaba era volver a esa acera fría, sentarse en ese banco de madera y escuchar a Naruto hablar sobre deseos que ya no se pedían.
El destino les había dado una segunda oportunidad para hablar, pero el abismo entre sus mundos era ahora más profundo que nunca. Sasuke se durmió con la estrella azul apretada en su puño, sabiendo que, a pesar de estar a punto de casarse, nunca se había sentido tan solo como en ese momento, rodeado de todo el oro del mundo. Naruto, en su pequeño estudio sobre la cafetería, dormía con la paz de quien ya no tiene nada que perder, mientras Sasuke empezaba a comprender que lo había perdido todo el día que dejó que Naruto dejara de "estorbar".