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Falso novio infantil

El eco de una ternura prestada

La noche en la mansión Uchiha solía ser un mausoleo de mármol y sombras, pero esa velada el aire vibraba con una electricidad distinta. Sasuke se encontraba en el despacho, rodeado de documentos legales que daban fe de la ruptura del contrato con Naruto. Su mente estaba decidida: terminaría también con Sakura. Se había dado cuenta de que su relación con ella era una adicción tóxica, un círculo de validación y desprecio que no le permitía respirar. Sin embargo, cuando ella entró en la habitación, el guion que Sasuke había ensayado se desmoronó.

Sakura no llevaba su habitual armadura de seda y arrogancia. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, su maquillaje se había corrido ligeramente y sus hombros, siempre erguidos con orgullo, estaban hundidos. Se veía pequeña, frágil.

— Sasuke... —susurró ella, y su voz se quebró de una manera que él nunca había escuchado—. Mi padre... ha vuelto a llamarme. Dice que si no aseguro esta alianza con tu familia, no soy más que un gasto innecesario. Me siento tan sola, Sasuke. Todo el mundo espera que sea perfecta, que sea fuerte... pero a veces solo quiero que alguien me sostenga.

En ese instante, Sasuke vio algo que lo dejó paralizado. En la vulnerabilidad de Sakura, en su tono infantil y su necesidad desesperada de afecto, creyó ver un reflejo de Naruto. Fue un espejismo emocional. Su cerebro, agotado por la frialdad que él mismo se imponía, proyectó la ternura del rubio sobre la figura de la pelirrosa. Creyó que, si salvaba a Sakura de su tristeza, de alguna manera estaría redimiendo la crueldad que le había mostrado a Naruto.

— Ven aquí —dijo Sasuke, su voz perdiendo toda la aridez—. No estás sola.

Esa noche, el hielo se derritió, pero no por el sol correcto. Sasuke se entregó a una marea de afecto que nunca se había permitido mostrar. La sentó en su regazo y la rodeó con sus brazos, permitiendo que ella escondiera el rostro en su cuello. Le dio besos suaves en la frente, mimos en el cabello y palabras de aliento que Sakura devoraba como una náufraga. Fue una noche de caricias lentas y promesas susurradas al oído; Sasuke le dio todo el lado amoroso que Naruto había intentado despertar en él, pero se lo entregó a la persona que menos lo merecía.

— Eres lo único que tengo, Sasuke-kun —murmuró ella, aferrándose a su camisa como una niña asustada—. No me dejes nunca.

— No lo haré —respondió él, embriagado por la sensación de ser el protector de alguien tan "vulnerable"—. Estaremos juntos, de verdad esta vez.

Al día siguiente, la Universidad de Konoha fue testigo de un milagro o de una tragedia, según quién mirara.

Sasuke Uchiha entró por las puertas principales caminando con una ligereza que nadie recordaba. No había rastro de su ceño fruncido ni de su mirada intimidante. Iba de la mano con Sakura, cuyas mejillas estaban encendidas por un rubor natural y cuya sonrisa de oreja a oreja irradiaba una felicidad genuina. Sasuke incluso se reía de algo que ella le decía, un sonido bajo y aterciopelado que hizo que varios estudiantes se detuvieran en seco.

— ¡Mira eso! —susurró Suigetsu en la cafetería, dejando caer su pajita—. Sasuke está... ¿sonriendo? ¿Es el fin del mundo y no me avisaron?

— Parece que finalmente encontró lo que buscaba —añadió Juugo, aunque su mirada era de profunda preocupación—. Pero temo que sea un espejismo.

A lo lejos, oculto tras una de las columnas del pasillo de casilleros, Naruto observaba la escena. Su corazón, que ya estaba lleno de grietas, sintió el peso de una losa de concreto. Ver a Sasuke tan radiante, tan lleno de vida y cariño con la mujer que lo había destrozado, era un dolor que no podía describir. Naruto se miró las manos, las mismas manos que habían doblado mil estrellas de papel y que habían sido rechazadas con asco.

— Entonces... sí tenías ese lado amoroso, Sasuke-kun —susurró Naruto para sí mismo, con las lágrimas formándose en sus ojos azules—. Solo que no era para mí. Nunca fue para mí.

A pesar del dolor punzante, Naruto no pudo evitarlo. Su amor por Sasuke no era algo que pudiera apagar con un interruptor, era una enfermedad dulce y persistente. Mientras la pareja "dorada" se alejaba hacia sus clases, Naruto se acercó sigilosamente a la mesa donde Sasuke solía sentarse durante el primer periodo.

Con manos temblorosas, dejó una pequeña caja de chocolates artesanales que había comprado con sus últimos ahorros de la semana, y una carta escrita a mano en un sobre decorado con pegatinas de soles.

"Espero que hayas dormido bien. Te ves muy feliz hoy, y aunque me duela que no sea conmigo, me alegra ver que tu sonrisa ha vuelto. Por favor, come algo dulce, te ayuda a pensar mejor. Siempre tuyo, Naruto".

Naruto dejó los detalles y se retiró rápidamente, como un fantasma que no quiere ser descubierto. No podía superarlo. No podía simplemente aceptar que era un "bueno para nada" como Sakura decía, porque en el fondo, él sabía que lo que Sasuke sentía anoche y hoy no era amor real por Sakura, sino el eco de la ternura que él, Naruto, había sembrado en el desierto del Uchiha.

Unas horas más tarde, Sasuke y Sakura llegaron a la mesa. Sakura vio los regalos de inmediato y su expresión cambió de la dulzura infantil a una mueca de asco absoluto.

— ¿Otra vez este idiota? —exclamó ella, tomando la carta y rompiéndola en pedazos sin siquiera abrirla—. ¿Es que no entiende que ya no eres su "novio de mentira"? Es un acosador, Sasuke. Deberías llamar a seguridad de una vez.

Sasuke miró los trozos de papel esparcidos por el suelo. Por un segundo, la imagen de la noche anterior —Sakura llorando y pidiendo protección— chocó violentamente con la mujer cruel que tenía frente a él. La disonancia cognitiva fue dolorosa.

— Déjalo, Sakura —dijo Sasuke, su sonrisa flaqueando por primera vez en el día—. Solo son dulces.

— ¡Son dulces de un muerto de hambre! —Ella tomó la caja de chocolates y la lanzó con fuerza hacia el bote de basura más cercano—. No ensucies tu paladar con esto. Vámonos, Sasuke-kun, me prometiste que iríamos a almorzar a ese restaurante francés.

Sasuke se dejó llevar, pero antes de salir del salón, su mirada se desvió hacia el bote de basura. La caja de chocolates estaba allí, volcada. Sintió una punzada de náuseas. El "lado amoroso" que había mostrado anoche empezaba a sentirse como una armadura pesada que no encajaba bien.

Durante el almuerzo, Sakura volvió a su papel de niña mimada y frágil.

— Sasuke-kun, ¿me das un poco de tu postre? —preguntó ella con una voz aniñada, estirando los labios de forma exagerada.

— Claro —respondió él, llevándole una cucharada a la boca—. Toma.

— ¡Mmm! Qué rico. Eres tan bueno conmigo ahora. Antes eras tan aburrido y seco... me alegra que hayas aprendido a ser un hombre de verdad.

Sasuke forzó una sonrisa. "¿Aprendido?", pensó. No había aprendido nada con ella. Todo lo que estaba haciendo —los mimos, la paciencia, el tono suave— lo había extraído de los recuerdos de Naruto. Estaba usando el manual de instrucciones que el rubio le había entregado con tanta devoción para intentar salvar una relación que estaba muerta desde el principio.

Al salir del restaurante, se encontraron con Naruto en la acera. El rubio estaba entregando volantes para un trabajo de medio tiempo, tratando de ganar algo de dinero tras haber gastado lo suyo en los chocolates que ahora estaban en la basura. Cuando sus ojos se encontraron con los de Sasuke, Naruto se quedó paralizado.

— ¡Oh! Hola, Sasuke-kun... Sakura-san —dijo Naruto, tratando de mantener la compostura—. Espero que... que los chocolates estuvieran buenos.

Sakura soltó una carcajada estridente, apretando el brazo de Sasuke.

— ¿Chocolates? Estaban asquerosos, Uzumaki. Los tiramos donde pertenecen: a la basura. Y la carta también. ¿No te das cuenta de que das lástima? Sasuke finalmente tiene a una mujer de verdad a su lado, no necesita tus sobras de caridad.

Naruto bajó la mirada a sus zapatos gastados. El dolor fue tan intenso que sintió que le faltaba el aire.

— Lo siento —susurró—. Solo quería ser amable.

Sasuke sintió que la rabia bullía en su interior, pero no contra Naruto, sino contra sí mismo y contra la mujer que colgaba de su brazo. Sin embargo, el miedo a volver a la soledad, al vacío gélido de su mansión, lo mantuvo callado.

— Vámonos, Sakura —dijo Sasuke, tirando de ella—. Tenemos cosas que hacer.

Pasó al lado de Naruto sin mirarlo, pero el roce de sus hombros fue como una descarga eléctrica. Naruto se quedó allí, con los volantes en la mano, viendo cómo el hombre que amaba se alejaba con su verdugo.

Esa tarde, Naruto regresó a la universidad para recoger sus cosas de la biblioteca. Se sentía vacío, como si alguien hubiera drenado cada gota de esperanza de su cuerpo. Se sentó en un rincón apartado y sacó un trozo de papel naranja. Sus manos empezaron a moverse por instinto, doblando y marcando, hasta que una pequeña grulla tomó forma.

— Una más... —murmuró—. Solo novecientas noventa y nueve más para que mi deseo se cumpla. Aunque mi deseo sea que él sea feliz, incluso si no es conmigo.

De repente, una sombra se proyectó sobre él. Naruto levantó la vista, esperando ver a Sakura para otra ronda de humillaciones, pero se encontró con Sasuke. El Uchiha estaba solo, sin su máscara de felicidad, luciendo tan agotado como Naruto se siente.

— Sasuke-kun... ¿qué haces aquí? ¿Dónde está Sakura?

— Se fue de compras con sus amigas —respondió Sasuke, sentándose frente a él sin pedir permiso—. Naruto... ¿por qué lo haces? ¿Por qué sigues dejando esas cosas en mi mesa? Te dije que se acabó. Te dije que me das asco.

Naruto miró la grulla en sus manos.

— Porque no puedo evitarlo —confesó con una honestidad que desarmó a Sasuke—. Porque te vi anoche a través de la ventana de tu despacho. Te vi dándole a ella el cariño que yo siempre soñé. Y me di cuenta de que no eres un hielo. Eres fuego, Sasuke. Pero estás quemando tu luz con alguien que solo quiere usarla para brillar ella misma.

— Cállate —siseó Sasuke, aunque no había convicción en su voz—. Ella me necesita. Está vulnerable.

— Ella no está vulnerable, Sasuke. Ella es una actriz —dijo Naruto, levantándose—. Tú estás usando lo que yo te enseñé para intentar amarla, pero el amor no se puede fingir eternamente. Algún día te quedarás sin nada que darle, y ese día ella te llamará "bueno para nada" otra vez.

Sasuke se levantó también, invadiendo el espacio de Naruto. Su respiración era agitada.

— ¡Y qué si es así! ¡Al menos ella es alguien de mi mundo! Tú... tú eres solo un contrato que salió mal.

— Entonces, ¿por qué viniste a buscarme ahora que ella no está? —preguntó Naruto, con una lágrima rodando por su mejilla—. ¿Por qué no estás con ella celebrando tu "felicidad"?

Sasuke no supo qué responder. La verdad era que, después de cada beso con Sakura, sentía la necesidad imperiosa de ver a Naruto, de asegurarse de que el rubio seguía allí, de que su fuente de calidez real no se había agotado. Estaba usando a Naruto como una estación de recarga emocional para poder seguir fingiendo con Sakura.

— Vete a casa, Naruto —dijo Sasuke finalmente, dándose la vuelta—. Y deja de dejar cartas. No las leo.

— Mientes —dijo Naruto a su espalda—. Sé que guardas la estrella azul en tu maletín. La vi esta mañana cuando abriste tu bolso.

Sasuke se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas. No dijo nada. Salió de la biblioteca a paso rápido, huyendo de la verdad que los ojos azules de Naruto le gritaban.

Al llegar a su coche, Sakura lo esperaba, ya con su actitud de reina del campus recuperada.

— ¡Tardaste mucho, mi amor! —dijo ella, dándole un beso rápido y superficial en los labios—. ¿Dónde estabas?

— En la biblioteca —mintió él—. Olvidé un libro.

— Ay, qué aplicado eres. Por eso te amo —ella se rió, una risa que a Sasuke ahora le sonaba a metal chocando contra metal—. Mañana hay una fiesta en casa de Ino. Tenemos que ir y demostrarles a todos quién es la pareja más poderosa de Konoha.

— Sí... la más poderosa —repitió Sasuke mecánicamente.

Esa noche, Sasuke volvió a abrazar a Sakura cuando ella fingió otro ataque de ansiedad por la presión de sus padres. Le dio los mismos mimos, los mismos besos y la misma ternura que había perfeccionado. Pero mientras Sakura se quedaba dormida con una sonrisa de suficiencia, Sasuke se quedó mirando al techo, con la mano metida en el bolsillo de su pantalón, acariciando los bordes afilados de una pequeña estrella de papel azul.

El infierno de Sasuke no era la frialdad, era vivir en una mentira que él mismo había construido usando los ladrillos del amor de otra persona. Y a lo lejos, en un pequeño apartamento, un chico rubio doblaba su grulla número quinientos, rezando para que el hombre que amaba despertara de su pesadilla dorada antes de que el papel se terminara.

— Aguanta un poco más, Sasuke-kun —susurró Naruto a la oscuridad—. Yo no me voy a ir a ninguna parte. Incluso si me rompes mil veces más, yo siempre seré tu lugar seguro.

La luna fue testigo de dos soledades: una que fingía estar acompañada en un palacio, y otra que, en su soledad, era más real que todo el imperio de los Uchiha. La guerra entre el eco de una ternura prestada y la verdad de un corazón de papel apenas estaba comenzando.