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fanfic 5 B.W

La Arquitectura del Miedo y el Despertar de la Sangre

La mañana siguiente al incidente en la fiesta de Daniel, el instituto de East Highland no era el mismo. El aire estaba saturado de una mezcla de hormonas adolescentes y un pánico gélido que solo la muerte violenta puede provocar. Benjamin caminaba por los pasillos, con la capucha de su sudadera gris cubriendo parte de su rostro. Sus ojos, sin embargo, trabajaban a una velocidad que ningún procesador moderno podría igualar.

[Nombre: Estudiante promedio] [Estado emocional: Ansiedad aguda / Paranoia] [Frecuencia cardíaca media detectada: 88 lpm]

Para Benjamin, el mundo se había fragmentado en capas de metadatos. Podía oler el café rancio en el aliento de los profesores y el rastro químico del miedo —una mezcla de cortisol y sudor frío— que emanaba de cada rincón. Su mente, bajo los efectos permanentes de su hipermente natural, ya había descartado a 412 sospechosos potenciales del asesinato de la noche anterior basándose en la falta de precisión motriz necesaria para realizar los cortes que había visto en el cuerpo.

Se detuvo frente a su taquilla. A través de la madera y el metal, sus oídos captaron el susurro de dos personas a seis metros de distancia, detrás de una esquina.

—Dicen que le sacaron los ojos y los reemplazaron con canicas de vidrio —susurraba una voz femenina. Era Kat Hernandez.

—No digas estupideces, Kat. Fue un ajuste de cuentas de la droga. Fezco debe saber algo —respondió una voz más profunda. Maddy Perez.

Benjamin cerró los ojos, visualizando la escena del crimen en su "palacio mental", una construcción arquitectónica perfecta donde almacenaba cada milisegundo de su existencia. No hubo canicas. Muse no era tan burdo. Los cortes eran una oda a la anatomía humana, una disección artística que buscaba resaltar la belleza del sistema muscular bajo la luz de la calle.

—Benjamin.

La voz lo sacó de su trance. Se giró lentamente, ajustando su máscara de timidez. Era Cassie. Su apariencia era desastrosa: ojeras profundas, el cabello rubio ligeramente enredado y una vulnerabilidad que emitía una frecuencia de color azul eléctrico en la sinestesia de Ben.

[Nombre: Cassie Howard] [Fuerza de levantamiento: 42 kg] [Velocidad: 5.5 m/s] [Inteligencia: Promedio] [Estado: Trauma post-evento / Dependencia emocional]

—Hola, Cassie —dijo él, suavizando sus rasgos—. No pareces haber dormido mucho.

—¿Cómo podría? —Ella se acercó, buscando instintivamente su espacio personal—. Esa imagen... el hombre en la farola. No puedo sacármelo de la cabeza, Ben. Cada vez que cierro los ojos, veo el color de esa... esa pintura.

—No era solo pintura, Cassie —respondió Benjamin en voz baja, su carisma sobrehumano actuando como un bálsamo—. Pero no dejes que eso te consuma. El mundo es un lugar caótico, pero hay patrones en el caos. Si entiendes el patrón, dejas de tener miedo.

—Tú no pareces asustado —observó ella, mirándolo con una mezcla de fascinación y extrañeza—. Anoche, frente a McKay... y luego frente a ese cuerpo. Parecías más... despierto que el resto de nosotros.

—Es una técnica de supervivencia —mintió él con una sonrisa triste—. Si me asusto, mi cerebro se bloquea. Y necesito mi cerebro para no perderme en los pasillos, ¿recuerdas?

Cassie soltó una risa nerviosa y se apoyó contra la taquilla de al lado. Benjamin pudo oler su perfume, "Flowerbomb" de Viktor & Rolf, mezclado con el aroma metálico del pasillo. Su análisis instantáneo le indicó que ella necesitaba contacto físico para estabilizar su sistema nervioso. Sin pensarlo mucho, puso una mano sobre su hombro. El contacto envió una descarga de datos a su cerebro: temperatura cutánea 36.8°C, un ligero temblor muscular en el deltoides.

—Vas a estar bien —le aseguró—. Te acompañaré a clase.

Mientras caminaban, Benjamin notó una presencia pesada a sus espaldas. No necesitaba girarse. El desplazamiento del aire y el ritmo de las pisadas —pesadas, seguras, agresivas— le indicaron quién era.

—Winchester.

Nate Jacobs se interpuso en su camino. Hoy no llevaba su chaqueta del equipo. Vestía una camisa oscura que acentuaba su envergadura. Sus estadísticas flotaron sobre él, estables pero con un nuevo marcador de "Hostilidad incrementada".

—Jacobs —asintió Benjamin, sin soltar el hombro de Cassie—. ¿Necesitas ayuda con tus tareas de trigonometría o vienes a decirme otra advertencia críptica?

Nate ignoró el sarcasmo. Miró a Cassie y luego a la mano de Benjamin en su hombro. Sus ojos eran dos pozos de odio contenido.

—Mi padre quiere hablar contigo —dijo Nate. El tono no era una invitación, sino una orden.

Benjamin procesó la información en microsegundos. Cal Jacobs. El hombre que sostenía los hilos de media ciudad y cuyos secretos eran el motor de la mitad de los dramas de East Highland. ¿Por qué querría hablar con el "chico nuevo"? La respuesta era obvia: el incidente con el hombre de Fisk. Cal debía de estar vinculado a los intereses inmobiliarios o criminales que Kingpin intentaba infiltrar.

—Dile a tu padre que mi agenda está bastante llena de "ser un adolescente normal" —respondió Benjamin, manteniendo una calma que desquiciaba a Nate—. Pero quizás pueda hacerle un hueco entre el almuerzo y mi siesta existencial.

—No juegues conmigo, Ben —gruñó Nate, dando un paso adelante—. No tienes idea de en qué te estás metiendo. Este pueblo tiene reglas.

—Las reglas son solo algoritmos creados por gente que tiene miedo al desorden —replicó Benjamin, su voz volviéndose gélida—. Y yo soy muy bueno reprogramando algoritmos.

Nate estuvo a punto de reaccionar, pero la presencia de varios profesores en el pasillo lo detuvo. Se limitó a lanzar una mirada de advertencia a Cassie antes de marcharse.

—Deberías tener cuidado con él —susurró Cassie, visiblemente aterrada—. Nate no olvida.

—Yo tampoco, Cassie. Y mi memoria es perfecta —sentenció él.

Después de las clases, Benjamin no fue a casa. Su instinto sobrehumano lo llevó hacia los muelles de carga en la periferia de la ciudad. Necesitaba probar algo. Había estado analizando sus propias estadísticas y sentía que el "bloqueo" en su potencial físico estaba empezando a agrietarse.

Se adentró en un callejón oscuro, un lugar que su mapa mental identificaba como un punto ciego para las cámaras de la policía. Allí lo esperaban. Tres hombres con chaquetas de cuero y el rostro curtido por la violencia callejera. No eran estudiantes. Eran profesionales enviados para "darle un mensaje".

[Nombre: Matón 1] [Fuerza de levantamiento: Humano — Superior al promedio: 100 kg] [Velocidad: Humano Atlético: 7.8 m/s] [Inteligencia para combate: Callejeros]

—El jefe dice que hablas demasiado, niñato —dijo el más alto, sacando una navaja automática.

Benjamin cerró los ojos un segundo. Su hipermente empezó a trazar líneas de trayectoria en la oscuridad. El sonido de la lluvia golpeando los cubos de basura le proporcionaba un mapa de ecolocalización rudimentario. Podía oír el mecanismo de la navaja abrirse, el roce de la tela contra la piel de los atacantes.

—Tres contra uno —murmuró Benjamin—. Las probabilidades están a vuestro favor en un modelo físico estándar. Lástima que yo no sea estándar.

El primer matón se lanzó con un tajo descendente. Benjamin no se limitó a esquivar. Usó su destreza sobrehumana para realizar un movimiento que solo había visto una vez en un video de artes marciales mixtas a cámara lenta. Giró sobre su eje, atrapó la muñeca del hombre y, usando la fuerza de palanca Clase 1 que su mente calculó instantáneamente, le rompió el cúbito con un golpe seco de su palma.

—¡Agh! —El grito fue cortado cuando Benjamin le propinó un golpe en el nervio vago, dejándolo inconsciente en el acto.

Los otros dos vacilaron. No esperaban esa velocidad. Benjamin sintió un calor abrasador recorriendo su columna vertebral. Sus latidos aumentaron, pero no por miedo, sino por una descarga de adrenalina que empezó a mutar su percepción.

[Alerta: Estrés de combate detectado] [Habilidad latente: Fisiología Hanma — Despertar al 5%]

De repente, los movimientos de los atacantes se volvieron absurdamente lentos. Benjamin podía ver los poros de su piel, la dilatación de sus pupilas. Esquivó una cadena con un movimiento de cabeza de apenas dos centímetros. Lanzó un puñetazo al plexo solar del segundo hombre. El impacto no fue el de un chico de 65 kg; fue como si un pistón hidráulico golpeara al sujeto. El hombre salió despedido dos metros hacia atrás, chocando contra una pared de ladrillos.

El tercero intentó huir, pero Benjamin apareció frente a él en un parpadeo. Su velocidad de carrera había aumentado momentáneamente, superando los 7 m/s.

—¿Quién os ha enviado? —preguntó Benjamin, agarrándolo por el cuello con una mano. Su fuerza de levantamiento estaba fluctuando, superando su límite previo.

—F... Fisk... dijo que eras una variable que debía ser eliminada o controlada —balbuceó el hombre.

Benjamin lo soltó y lo dejó caer al suelo. Se miró las manos. Estaban temblando, pero no de debilidad. Sentía una fuerza bruta que pedía ser liberada. Sus músculos se sentían más densos, su estructura ósea más sólida.

[Estadísticas actualizadas] [Fuerza de levantamiento: Humano Atlético: 155 kg] [Velocidad: Humano Atlético: 8.5 m/s] [Inteligencia para combate: Dotado (Nivel alto)]

—Fisiología Hanma... —susurró, recordando los datos que su mente había recopilado sobre leyendas urbanas y genéticas imposibles—. Así que este es el precio de la evolución.

Regresó a su casa bajo la lluvia, pero no se sentía cansado. Se sentía eléctrico. Al entrar, notó un olor diferente. No era el de su casa. Era un olor a pintura al óleo fresca y a carne en descomposición.

En la pared de su salón, alguien había pintado un mural. Era un retrato de él, Benjamin, pero con los ojos vendados y rodeado de flores marchitas que parecían estar hechas de sangre real. En la esquina, una firma elegante: Muse.

—Ha estado aquí —dijo Benjamin, su sinestesia mostrándole el rastro del asesino como una estela de color carmesí vibrante que salía por la ventana trasera—. Ha estado en mi santuario.

Siguió el rastro con sus sentidos mejorados. El olor era persistente, una mezcla de trementina y algo mucho más oscuro. Saltó por la ventana con una agilidad que antes no poseía, aterrizando sin hacer ruido. El rastro lo llevó hacia el centro de la ciudad, hacia un edificio en construcción que pertenecía a las empresas de Cal Jacobs.

Allí, en el último piso, bajo la luz de la luna, lo vio. No era Muse. Era una figura imponente, vestida con un traje blanco impecable que contrastaba con la oscuridad de la obra. Wilson Fisk estaba de pie, mirando hacia el horizonte de East Highland.

—Tienes un talento fascinante, Benjamin Winchester —dijo Fisk sin girarse. Su voz era como el rugir de un motor lejano—. Mi asociado, el señor Muse, está muy impresionado contigo. Dice que tu rostro tiene la proporción áurea perfecta para su próxima obra maestra.

Benjamin se mantuvo en las sombras, su mente calculando todas las posibles rutas de escape y ataque.

—Fisk. Esta ciudad es demasiado pequeña para tus ambiciones —dijo Benjamin, su voz firme a pesar de la presencia imponente del Rey del Crimen.

—Las ciudades pequeñas son las que tienen las raíces más profundas, muchacho —Fisk se giró lentamente. Sus estadísticas eran abrumadoras—. He venido a ofrecerte una posición. Un joven con tu... capacidad de procesamiento es un activo que no puedo permitirme desperdiciar. O trabajas para mí calculando mis rutas de suministro y eliminando a la competencia, o te conviertes en el lienzo de Muse.

—Elijo la opción C —respondió Benjamin, una sonrisa irónica apareciendo en su rostro—. La opción donde yo desmantelo tu imperio pieza por pieza mientras saco mejores notas que Nate Jacobs.

Fisk soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor.

—La arrogancia de la juventud. Es una lástima. Ibas a ser una pieza magnífica en mi tablero.

Fisk hizo una señal y de las sombras surgieron más hombres, pero esta vez estaban armados con rifles de asalto. Benjamin no esperó. Su instinto de supervivencia se activó al máximo.

—¡Abajo! —gritó una voz femenina desde el otro lado de la estructura.

Una explosión de luz y sonido cegó a los hombres de Fisk. Benjamin aprovechó la distracción para lanzarse al vacío, usando una cuerda de construcción para deslizarse hacia el suelo con una destreza sobrehumana. Mientras caía, vio a una figura ágil moviéndose entre las vigas. No pudo ver su rostro, pero sus estadísticas le dieron una pista.

[Nombre: Desconocido (Alias: Elektra?)] [Fuerza de levantamiento: Humano Atlético] [Velocidad: Sobrehumana]

Benjamin aterrizó en el asfalto y corrió hacia el bosque cercano. Sus pulmones trabajaban con una eficiencia perfecta, su corazón bombeaba sangre enriquecida por la adrenalina. Se detuvo cuando estuvo a salvo, apoyado contra un árbol.

—Esto se está saliendo de control —dijo jadeando—. Mafiosos, asesinos artistas y ahora vigilantes en las sombras.

Sacó su teléfono y vio un mensaje de Cassie. "Ben, tengo miedo. ¿Puedes venir a mi casa? Mi madre no está y oigo ruidos fuera".

Benjamin apretó el teléfono. Su análisis instantáneo le dijo que era una trampa de Nate o de Fisk, pero su parte humana, esa que aún era un adolescente de 16 años enamorado, no podía ignorarlo.

—Algoritmo de prioridad —susurró—. 1: Cassie. 2: Muse. 3: Fisk.

Empezó a correr hacia la casa de los Howard. Mientras lo hacía, sintió que su visión empezaba a cambiar. Los colores se volvían más intensos, los sonidos más nítidos. El mundo de Euphoria estaba a punto de chocar con el mundo de la sangre y el poder, y Benjamin Winchester era el único puente entre ambos.

Al llegar a la casa de Cassie, todo estaba en silencio. La puerta principal estaba abierta. Benjamin entró con cautela, sus sentidos en alerta máxima. El olor a vainilla de Cassie estaba allí, pero también el olor a metal oxidado de Nate Jacobs.

Subió las escaleras. En la habitación de Cassie, la encontró sentada en la cama, llorando. Nate estaba de pie junto a la ventana, sosteniendo un sobre.

—Mira lo que encontré, Winchester —dijo Nate, lanzando el sobre a los pies de Benjamin—. Fotos de tus padres. Y de cómo murieron realmente. No fue un accidente de coche, Ben.

Benjamin recogió las fotos. Su memoria perfecta grabó cada detalle del informe policial que no debería haber existido. En las fotos, el coche de sus padres no estaba destrozado por un choque común. Tenía marcas de disparos de alta precisión. Y en el suelo, junto al cuerpo de su padre, había un naipe: un as de picas.

—Bullseye —susurró Benjamin, su mente conectando los puntos a una velocidad aterradora—. El asesino de Fisk.

—Mi padre me dio esto para que entendieras con quién te estás metiendo —dijo Nate con una sonrisa cruel—. No eres un genio, Ben. Solo eres el hijo de dos personas que le debían mucho dinero a la gente equivocada.

Benjamin levantó la vista. Sus ojos ya no eran los de un adolescente tímido. Eran dos orbes de zafiro frío, desprovistos de emoción humana. La fisiología Hanma en su interior rugió, y por un segundo, su espalda se tensó, formando la silueta de un rostro demoníaco bajo su sudadera.

—Nate —dijo Benjamin, su voz sonando como el acero chocando contra el hielo—. Tienes tres segundos para salir de esta habitación antes de que descubra cuántos huesos del cuerpo humano puedo romper sin matarte.

Nate, por primera vez, sintió un miedo primitivo. No era el miedo a una pelea; era el miedo a un depredador que estaba en la cima de la cadena alimenticia. Sin decir una palabra, salió de la habitación.

Cassie se lanzó a los brazos de Benjamin, sollozando. Él la abrazó, pero su mirada estaba fija en la distancia.

—Lo siento, Cassie —susurró él—. Pero el chico que conociste en el pasillo... acaba de morir.

Esa noche, bajo la luna de East Highland, Benjamin Winchester aceptó su destino. No sería un estudiante, ni un genio, ni un hijo. Sería el arquitecto de la venganza. El NZT en su sangre, su herencia Hanma y su intelecto de supergenio se fusionaron en una sola voluntad.

—Próxima parada: el infierno —murmuró Benjamin, mientras el rastro de Muse empezaba a brillar de nuevo en su visión, guiándolo hacia la oscuridad donde el arte y la muerte se daban la mano.