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Fed

El rastro que no viste

La punta del bolígrafo azul temblaba tanto que amenazaba con rasgar el papel amarillento de la libreta vieja.

Pedri estaba encorvado sobre la pequeña cómoda de madera, de espaldas a la habitación, sintiendo cómo el frío que se colaba por el balcón abierto le helaba la nuca empapada en sudor. Detrás de él, el sonido rítmico y apagado de Ferran cerrando la cremallera de la mochila marcaba los segundos con la precisión implacable de un reloj de arena.

—Date prisa, chiquillo —murmuró Ferran en la penumbra. Su voz no era violenta ahora; tenía esa cadencia suave, casi arrulladora, que utilizaba cuando creía haber recuperado el control absoluto de la situación—. No quiero que nos pille la claridad del alba en esta carretera. La niebla se está disipando abajo en el valle.

Pedri tragó saliva, conteniendo un sollozo que le quemaba la garganta como ácido.

Bajo la tenue luz que entraba por la ventana, sus ojos se fijaron en el trozo de papel. Ferran le había ordenado que escribiera que se marchaba por voluntad propia, que no soportaba la vergüenza, que necesitaba alejarse de todo y que no lo buscaran. Quería una excusa limpia, un muro de silencio que mantuviera a Fernando y a María paralizados por la culpa durante días, dándole tiempo suficiente para esconderlo en el sur de la isla.

Pero cuando la tinta tocó la superficie rugosa, la mano de Pedri desobedeció cada una de las órdenes grabadas a fuego por el miedo.

*«Papá, mamá, por favor, ayúdenme»*, escribió con trazos apresurados, torcidos, casi ilegibles por el temblor espasmódico de sus dedos. *«Ferran está aquí. Entró por el balcón de mi cuarto. Me tiene amenazado y me está obligando a irme con él. Tiene un coche abajo en el camino de los viñedos y dice que me lleva al sur. Tengo muchísimo miedo. No lo confronten solos, por favor, llamen a la policía. No me dejen solo con él. Los quiero.»*

El corazón le martilleaba las costillas con una fuerza tan descomunal que temió que Ferran pudiera escucharlo. Las lágrimas cayeron directamente sobre la última línea, emborronando ligeramente la tinta azul sobre la palabra «policía».

—¿Ya está? —la voz de Ferran sonó de pronto justo detrás de él, a escasos centímetros de su oreja.

Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. En un acto puramente reflejo, nacido del más primitivo instinto de supervivencia, Pedri dobló la hoja por la mitad con un movimiento rápido, casi espasmódico, y luego la dobló una vez más, ocultando el texto en el interior del pliegue. Dejó el bolígrafo sobre la madera y se giró despacio, pegando la espalda a la cómoda, con las manos temblorosas ocultas tras sus muslos.

Ferran lo miraba desde arriba. La penumbra resaltaba las sombras duras de su rostro: la mandíbula tensa, las ojeras marcadas por las horas de viaje y esa mirada oscura, cargada de una ternura absorbente y peligrosa que lo envolvía todo. Sus ojos descendieron hacia la hoja doblada que descansaba sobre el mueble.

A Pedri se le detuvo la respiración. La sangre se le congeló en las venas. Si Ferran estiraba el brazo, si abría el papel aunque fuera por simple curiosidad...

El mayor dio un paso al frente, acortando la escasa distancia que los separaba. Levantó una mano —la misma que horas antes había descargado golpes brutales en el parque, con los nudillos todavía cubiertos de costras rojizas— y acunó la mejilla pálida de Pedri con una delicadeza desconcertante. La aspereza de sus dedos contrastaba con la suavidad de la piel del muchacho.

—Buen chico —susurró Ferran, mirándolo a los ojos con una intensidad que rozaba la devoción—. Sabía que entrarías en razón. No tenía sentido seguir peleando contra esto, Pedri. Tú y yo estábamos destinados a esto desde el primer día que me miraste por encima de la valla.

Ferran no tocó el papel. No se molestó en desdoblarlo. En su mente enferma de arrogancia y posesión, el beso desgarrado que acababan de compartir sobre el colchón, el llanto de Pedri entre sus brazos y la sumisión del chico eran pruebas más que suficientes de su victoria. Estaba convencido de que Pedri, roto y vulnerable, había claudicado ante la única fuerza a la que jamás había sabido resistirse.

Con dos dedos, Ferran empujó el papel doblado hacia el centro de la cómoda, dejándolo a la vista, y colocó encima una pequeña caracola de mar que Pedri guardaba desde su niñez para que el viento de la ventana no se la llevara.

—Ahí la encontrarán en cuanto suban a llamarte para desayunar —dijo Ferran, apartando la mano y tomando la mochila del suelo—. Vámonos. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Pedri soltó el aire en un suspiro entrecortado que disfrazó como un quejido de cansancio. Las piernas apenas le respondían. Asintió mecánicamente, temiendo que cualquier palabra que saliera de su boca traicionara el fuego que le devoraba el pecho.

Ferran le tomó la mano, entrelazando sus dedos con fuerza, una fuerza posesiva que no admitía distancia, y lo guio hacia la ventana del balcón.

El aire exterior los recibió con una bofetada húmeda y fría. La bruma de Tegueste cubría el jardín trasero como un manto fantasmagórico, amortiguando cualquier sonido. Ferran saltó primero sobre la barandilla de madera, descendiendo con la agilidad silenciosa de una fiera hacia la pérgola de parras que conectaba el piso superior con el suelo de tierra.

—Baja —le indicó en un susurro desde abajo, alzando los brazos hacia él—. Salta, yo te cojo.

Pedri miró hacia atrás por última vez. A través del marco de la ventana, sobre la cómoda en penumbra, la pequeña nota blanca brillaba tenuemente bajo la caracola. Si su padre madrugaba, si su madre subía temprano con una taza de leche como solía hacer... era su única oportunidad.

Cerró los ojos, apoyó las manos en la madera helada y se dejó caer.

Los brazos de Ferran lo atraparon en el aire con una seguridad implacable. El impacto fue seco; el mayor amortiguó la caída pegando el cuerpo de Pedri contra su propio pecho, envolviéndolo en un abrazo que olía a lluvia, a tabaco frío y a esa colonia amaderada que antes representaba su mayor anhelo y que ahora se sentía como una condena. Ferran hundió la nariz en el cuello del muchacho por un segundo, respirando hondo, antes de dejarlo sobre la hierba húmeda.

—No te sueltes de mí —le ordenó en voz baja.

Cruzaron el viñedo a paso rápido. La tierra negra y volcánica se pegaba a las zapatillas de Pedri, haciéndolo trastabillar en más de una ocasión, pero el agarre de Ferran en su muñeca era un ancla que lo arrastraba hacia adelante sin tregua. La casa familiar de los González fue desvaneciéndose a sus espaldas, devorada por la niebla blanca, hasta convertirse en un recuerdo lejano.

Al final del camino de servidumbre, oculto bajo la sombra densa de unos eucaliptos gigantes, descansaba un sedán gris oscuro de cristales tintados. Ferran desactivó la alarma con un chasquido casi imperceptible, abrió la puerta del copiloto y empujó a Pedri suavemente hacia el interior.

—Entra y ponte el cinturón —dijo, cerrando la puerta con un golpe sordo antes de rodear el capó.

Pedri se dejó caer sobre el asiento de tela fría. El habitáculo olía a vehículo de alquiler, a plástico nuevo y a encierro. Se quedó inmóvil, mirando sus manos crispadas sobre el regazo, sintiendo cómo el temblor de sus músculos no disminuía.

Ferran subió al asiento del conductor, cerró su puerta y de inmediato presionó el botón del cierre centralizado. El chasquido metálico de los cuatro seguros bajando al unísono sonó en los oídos de Pedri como el cierre definitivo de una celda.

El motor cobró vida con un zumbido bajo y constante. Ferran encendió la calefacción al máximo, orientando las rejillas de aire caliente directamente hacia el cuerpo empapado del chico, y puso el coche en marcha sin encender las luces largas hasta haber salido a la carretera comarcal.

El vehículo comenzó a descender las curvas cerradas que bajaban desde Tegueste hacia la autopista del Norte. Afuera, la isla dormía bajo la noche cerrada; apenas unas pocas farolas amarillentas rompían la oscuridad en los cruces desiertos.

Ferran estiró el brazo derecho, cruzando la consola central, y apoyó su mano grande sobre el muslo de Pedri, apretando con una familiaridad que le cortaba la respiración al menor.

—Estás helado, chiquillo —dijo Ferran, mirándolo de reojo con una sonrisa ladeada, relajada, casi feliz—. Tranquilo. En una hora estaremos en el sur. Allí no hay niebla ni hace este frío de mierda. La casa tiene terraza, da directo a la costa. Podrás tomar el sol, descansar... olvidarte de todo este desastre.

Pedri no apartó la vista de la ventanilla. A través del cristal empañado, veía las sombras de los barrancos deslizarse a toda velocidad.

—Ferran... —murmuró con un hilo de voz, apenas audible sobre el rumor del motor—. Mis padres van a enloquecer. Mi madre no tiene el corazón para esto.

Ferran endureció un poco los dedos sobre su pierna, dando un suave apretón de advertencia.

—Tus padres aprenderán a vivir con ello, Pedri —respondió con una tranquilidad escalofriante—. Les dejaste una carta. Saben que estás bien, que te fuiste porque quisiste. Con el tiempo lo aceptarán. Y si no lo hacen, me da igual. Lo que me importa eres tú. Te he protegido desde que tenías siete años, cuando los chicos mayores del barrio te quitaban la merienda y venías llorando a mi porche. Siempre he sido yo quien ha cuidado de ti. No ellos.

Pedri cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas volvieron a quemarle los párpados.

—Esto no es cuidarme —susurró, con un destello de dolor que no pudo contener—. Me arrancaste de mi casa en mitad de la noche. Me estás obligando a esconderme como si fuera un delincuente.

Ferran soltó el volante con una mano por un segundo para sujetar con firmeza la barbilla de Pedri, obligándolo a girar el rostro hacia él. A pesar de ir conduciendo a más de ochenta kilómetros por hora por la autopista vacía, apartó la vista de la calzada el tiempo suficiente para clavar sus ojos oscuros en los del muchacho.

—Te estoy salvando de ti mismo —sentenció Ferran con un tono áspero, envenenado de una gravedad incuestionable—. Si te dejaba en esa casa, te habrías marchitado. O peor: habrías vuelto a meter a cualquier imbécil en tu cama para intentar sacarme de tu cabeza. Ya viste de lo que eres capaz cuando te da por hacer tonterías. No voy a permitir que te vuelvas a degradar de esa manera, Pedri. Tú eres demasiado puro para terminar en manos de una rata como la del parque.

Soltó su mentón despacio, deslizando el dorso de la mano por su cuello, rozando deliberadamente la marca morada que seguía viva bajo la piel del chico.

—Eres mío —añadió en un susurro ronco, casi inaudible—. Y mientras respires, nadie más va a ponerte una mano encima. Si para protegerte tengo que esconderte del mundo entero, lo haré sin pestañear.

Pedri volvió a mirar al frente, sintiendo una náusea pesada revolviéndole el estómago. Comprendió, con una lucidez aterradora, que cualquier intento de razonar con él era inútil. Ferran no operaba bajo las reglas de la cordura común; para él, la violencia, el secuestro y el aislamiento no eran crímenes, sino las mayores expresiones de su afecto. Estaba completamente cegado por una mezcla tóxica de amor infantil distorsionado y una posesividad enfermiza que lo consumía desde dentro.

El coche devoró los kilómetros en silencio. Dejaron atrás Santa Cruz, con las grúas del puerto recortadas contra las primeras luces pálidas que comenzaban a teñir el horizonte oriental sobre el mar. La autopista del Sur se abrió ante ellos, ancha y desierta, bordeando la costa árida de la isla.

Ferran no dejaba de tocarlo. Si no era su muslo, era su nuca; si no, buscaba sus dedos fríos sobre el asiento para entrelazarlos con los suyos, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar con una ternura obsesiva que a Pedri le provocaba ganas de gritar. Cada caricia se sentía como un recordatorio constante de que no había escape, de que su cuerpo ya no le pertenecía.

«Encuentra la nota, papá», rogaba Pedri en el silencio de su mente, apretando la tela de sus vaqueros hasta que las uñas le dolieron. «Por favor, despiértate ya. Sube las escaleras. Mira la cómoda.»

Calculó la hora mentalmente: debían de ser cerca de las seis y media de la mañana. Su padre siempre se levantaba a las siete para preparar el café. Faltaba apenas media hora para que la verdad saliera a la luz en Tegueste. Treinta minutos para que Fernando leyera aquellas líneas desesperadas y comprendiera que el monstruo al que tanto temía no se había quedado en la península, sino que había cruzado el océano para arrebatarles a su hijo de su propia habitación.

El vehículo tomó la salida hacia Los Cristianos. Las carreteras secundarias se internaban en urbanizaciones residenciales alejadas del bullicio turístico, flanqueadas por muros altos de piedra blanca y urbanizaciones privadas que garantizaban la discreción absoluta.

Ferran aminoró la marcha al llegar a una calle sin salida, protegida por una hilera densa de palmeras y buganvillas que ocultaban las viviendas de la vista exterior. Se detuvo frente a un portón metálico de color negro, accionó un mando a distancia y el coche se deslizó hacia el interior de una propiedad aislada, rodeada por muros de más de dos metros de altura.

El portón se cerró tras ellos con un chasquido pesado y definitivo.

Ferran apagó el motor. La quietud volvió a envolver el habitáculo, rota únicamente por el sonido crepitante del tubo de escape enfriándose. El mayor se quitó el cinturón, se giró hacia Pedri en el asiento y lo contempló con una expresión que desbordaba alivio, triunfo y una adoración oscura.

—Llegamos a casa, mi niño —dijo Ferran suavemente, inclinándose hacia él para dejarle un beso lento y posesivo sobre la comisura lastimada de sus labios—. Aquí nadie nos va a molestar. Nadie sabe dónde estamos.

Pedri mantuvo los ojos fijos en la entrada de la casa blanca que se alzaba frente a ellos, sintiendo el peso del frío matutino calándole los huesos.

—Nadie —repitió Pedri en un susurro casi inaudible, forzando una pequeña sombra de sumisión en su rostro para que Ferran no viera el brillo ardiente de esperanza que, contra todo pronóstico, aún resistía en el fondo de sus ojos castaños.

Ferran sonrió, completamente ajeno al rastro de pólvora que había dejado encendido a sus espaldas, y abrió la puerta del coche para empezar su nueva vida juntos.

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