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Fed

Jaula de sal

El portón metálico se cerró con un chasquido pesado, amortiguado por la goma de los topes automáticos. El eco rebotó entre los muros blancos de más de dos metros de altura que rodeaban la propiedad, aislando la vivienda de cualquier mirada indiscreta desde la calle sin salida.

Ferran apagó el motor del sedán. La repentina ausencia de vibración dejó un silencio espeso, casi tangible, en el que solo se escuchaba el crepitar del metal enfriándose y la respiración superficial y contenida de Pedri. A través de los cristales tintados, la casa se alzaba como una estructura moderna y aséptica: líneas rectas, piedra volcánica pulida en la base y grandes ventanales protegidos por celosías de aluminio que impedían ver hacia el interior.

—Vamos, chiquillo —dijo Ferran con una suavidad desconcertante.

El mayor bajó del coche, rodeó el capó y abrió la puerta del copiloto. Antes de que Pedri pudiera hacer el amago de desabrocharse el cinturón, Ferran ya se había inclinado sobre él para liberar el anclaje metálico con un clic seco. Sus dedos rozaron el muslo del menor, una caricia prolongada a través de la tela de los vaqueros que hizo que a Pedri se le erizara la piel de la nuca.

—No tiembles —susurró Ferran, tomándolo de la mano para ayudarlo a descender—. Ya terminó la carretera. Ya estamos donde nadie nos va a joder la vida.

Pedri apoyó los pies en el suelo embaldosado del patio delantero. El aire del sur de Tenerife era más cálido, más seco que la bruma húmeda de Tegueste, impregnado de un ligero olor a salitre y a tierra calcinada por el sol que comenzaba a despuntar sobre la cresta de las montañas. Sin embargo, el muchacho sentía un frío glacial instalado en el fondo de sus huesos, un entumecimiento que no lograba sacudirse.

Ferran sacó la pequeña mochila de Pedri del maletero, se la colgó de un solo hombro y rodeó la cintura del chico con su brazo derecho, atrayéndolo con fuerza contra su costado. Caminaron hacia la puerta principal. Ferran tecleó un código de seis dígitos en la cerradura electrónica, la luz verde parpadeó y la pesada hoja de seguridad cedió hacia adentro.

El interior de la vivienda olía a pintura fresca, a desinfectante industrial y a aire acondicionado recién encendido. Los muebles eran mínimos, impersonales, propios de un alquiler de lujo destinado a turistas adinerados que buscaban privacidad absoluta: sofás de cuero blanco, suelos de mármol grisáceo y una cocina americana de superficies de acero pulido.

Ferran cerró la puerta, pasó el pestillo manual adicional y se giró para contemplar el espacio con una satisfacción evidente. Dejó la mochila sobre la isla de la cocina y se quitó la chaqueta impermeable oscura, revelando los brazos anchos y las venas marcadas bajo la piel.

—Es amplia —comentó Ferran, mirándolo con una sonrisa diminuta que no lograba disimular la tensión residual en su mandíbula—. Tenemos terraza arriba, piscina privada en la parte trasera y el muro es lo bastante alto para que nadie vea nada desde fuera. Aquí vamos a estar bien, Pedri. Te lo prometí.

Pedri se quedó de pie en mitad del recibidor, con los brazos apretados contra su propio pecho, frotándose los codos con las palmas de las manos. Tenía la mirada perdida en las baldosas. Calculaba cada minuto con una desesperación silenciosa: eran poco más de las siete de la mañana. En Tegueste, la rutina familiar estaría a punto de estallar en pedazos.

—Tienes frío —observó Ferran, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos y seguros.

Se detuvo frente al chico. Con una paciencia casi paternal que resultaba aterradora tras la violencia de las últimas horas, Ferran llevó ambas manos a la capucha de la sudadera de Pedri y se la bajó con cuidado. Luego, sujetó el dobladillo inferior de la prenda de algodón.

—Quítate esto —le ordenó en un murmullo—. Está húmedo por la niebla del norte. Vas a coger una neumonía.

—Puedo... puedo quedármela un rato más —atinó a murmurar Pedri, con un hilo de voz tembloroso, intentando retrasar el momento en que su cuerpo volviera a quedar expuesto a la mirada del mayor.

Ferran no aceptó la objeción. Tiró de la tela hacia arriba con un movimiento firme pero controlado, obligando a Pedri a levantar los brazos. La sudadera salió por su cabeza, arrojándola Ferran al suelo sin mirarla.

Pedri se quedó únicamente con la camiseta interior blanca de tirantes. A la luz blanquecina de los focos empotrados en el techo, los cardenales en sus muñecas y la sombra violácea en su clavícula destacaban con una crudeza desgarradora. Pero lo que atrajo la atención inmediata de Ferran fue la boca del muchacho: el labio inferior, hinchado, con el corte aún fresco y una costra fina de sangre seca en la comisura izquierda.

La expresión del mayor se endureció. Deslizó los dedos ásperos por la barbilla de Pedri, levantándole el rostro para examinar la herida.

—Aún te duele —dijo Ferran, y por un segundo, un destello de genuina culpa cruzó por el fondo de sus pupilas oscuras, antes de ser enterrado por la justificación habitual—. Si no me hubieras desobedecido en el parque, nada de esto habría pasado, chiquillo. Sabes que odio tener que ponerme duro contigo.

Pedri tragó saliva, sintiendo el ardor en su garganta.

—Lo sé... —susurró, bajando las pestañas para ocultar el pánico que amenazaba con desbordarse—. Sé que te preocupas por mí.

La mentira salió suave, moldeada por la necesidad imperiosa de mantener al depredador en calma. Ferran pareció saborear las palabras como si fueran un elixir esperado durante años. Una sombra de alivio relajó sus hombros tensos. Inclinó la cabeza y apoyó los labios con una delicadeza reverente sobre la frente de Pedri, cerrando los ojos para aspirar el aroma de su cabello.

—Ven al baño —dijo Ferran, tomándolo de la muñeca sin apretar, guiándolo por el pasillo hacia el dormitorio principal—. Te darás una ducha caliente. Te voy a buscar ropa limpia y prepararé algo de desayunar. Necesitas dormir doce horas seguidas.

El baño era una estancia amplia revestida de pizarra oscura, con una ducha de lluvia tras una mampara de cristal templado. Ferran abrió el grifo monomando, reguló la temperatura del agua hasta que el vapor comenzó a empañar los espejos y dejó dos toallas grandes sobre el toallero térmico.

—Métete —le indicó, apoyándose en el marco de la puerta—. Yo estaré en la cocina. No cierres con seguro.

—No hay seguro —respondió Pedri en un susurro, señalando el picaporte liso de la puerta.

Ferran esbozó una sonrisa ladeada, fría y calculadora.

—Mejor así.

El mayor dio media vuelta y sus pasos resonaron alejándose por el corredor.

Pedri esperó a escuchar los ruidos metálicos de la cocina antes de dejarse caer contra el lavabo, apoyando ambas manos sobre la porcelana fría. El vapor del agua caliente lo envolvía, pero él no podía dejar de temblar. Se miró en el espejo empañado: tenía el rostro desencajado, sombras oscuras bajo los ojos y una expresión de terror que apenas reconocía como suya.

«Por favor, papá», rogó en silencio, cerrando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. «Por favor, sube ya a la habitación».

***

En Tegueste, la bruma matinal comenzaba a deshacerse lentamente bajo el primer rayo de sol que lograba perforar la panza de burro sobre el macizo de Anaga.

Fernando González subió las escaleras de madera crujiente sosteniendo una taza de café humeante en la mano derecha. El hombre apenas había dormido tres horas tras el agotador viaje nocturno desde la península, pero el alivio de saber a su hijo a salvo bajo el techo de la vieja casona familiar le había devuelto una fracción de su vitalidad habitual.

—Pedri, mi amor —llamó con voz suave, empujando la puerta entreabierta del dormitorio con el codo—. Te traje un poco de...

La frase se le murió en la garganta.

La taza se resbaló de sus dedos, precipitándose contra el suelo de madera y estallando en mil pedazos, esparciendo el líquido oscuro y caliente sobre las tablas desnudas.

La habitación estaba vacía.

Las dos hojas del ventanal de madera que daban al balcón trasero permanecían abiertas de par en par, mecidas por una corriente de aire helado que agitaba las cortinas blancas con un aleteo espectral. La cama estaba deshecha, con las mantas arrancadas y arrojadas en un montón desordenado a los pies del colchón.

—¿Pedri? —el grito de Fernando salió desgarrado, quebrado por un pánico repentino que le heló la sangre.

Avanzó dos zancadas rápidas hacia el centro de la estancia. Sus ojos se fijaron de inmediato en la pequeña cómoda de madera oscura que descansaba junto a la pared lateral.

Encima del mueble, una caracola marina de tonos rosados sujetaba un trozo de papel doblado en dos.

Fernando apartó la caracola de un manotazo que la hizo rodar por el suelo. Con dedos temblorosos y empapados en sudor frío, desdobló la hoja arrancada de una libreta vieja.

La caligrafía torcida, apresurada y manchada por gotas de lágrimas secas le golpeó la vista como un disparo a quemarropa:

*«Papá, mamá, por favor, ayúdenme. Ferran está aquí. Entró por el balcón de mi cuarto. Me tiene amenazado y me está obligando a irme con él. Tiene un coche abajo en el camino de los viñedos y dice que me lleva al sur. Tengo muchísimo miedo. No lo confronten solos, por favor, llamen a la policía. No me dejen solo con él. Los quiero.»*

El aire abandonó los pulmones de Fernando en un estertor seco. El papel tembló entre sus manos mientras el horror más puro y visceral se instalaba en su pecho, bloqueándole la razón por una fracción de segundo.

—¡María! —bramó el hombre con una fuerza salvaje que hizo vibrar las vigas del techo—. ¡María, sube aquí ahora mismo! ¡Llama a la policía! ¡Llama a la Guardia Civil ya!

El estruendo de los pasos apresurados de su esposa subiendo la escalera resonó en la casa vacía. Fernando se asomó al balcón, mirando con desesperación la pérgola de parras con las ramas partidas por un peso reciente y las huellas profundas marcadas en el barro del viñedo que se perdían hacia el camino comarcal.

El monstruo no se había quedado en la península. Los había seguido a través del mar, había profanado el refugio de su infancia y se había llevado a su hijo en mitad de la noche.

—Hijo de puta... —masculló Fernando con los ojos inyectados en sangre, bajando los escalones de cuatro en cuatro mientras sacaba su teléfono del bolsillo—. Te voy a matar con mis propias manos.

***

El agua caliente caía sobre los hombros encogidos de Pedri, resbalando por su espalda y llevándose consigo el sudor frío y la mugre acumulada de la noche de fuga. El chico mantenía la frente apoyada contra los azulejos de pizarra, dejando que el chorro le golpeara la nuca, intentando que el ruido blanco apagara los latidos desbocados de su propio corazón.

Cuando cerró el grifo, el silencio de la casa volvió a caer sobre él como una losa de plomo.

Se envolvió rápidamente en una de las toallas grandes y salió al dormitorio principal. Sobre la cama de matrimonio, extendida con un cuidado meticuloso, había ropa limpia: una camiseta gris de Ferran que le quedaría por las rodillas, unos pantalones cortos de chándal y un par de calcetines gruesos.

Pedri se vistió con prisa, sintiendo que la tela de la camiseta aún desprendía ese aroma penetrante a madera y ámbar que Ferran usaba a diario. Era como colocarse una segunda piel impuesta, una marca visible de propiedad que lo asfixiaba por dentro.

Caminó descalzo hacia la cocina.

Ferran estaba junto a la encimera, sirviendo dos platos con tortillas francesas humeantes y rodajas de tomate aliñado con aceite de oliva. Llevaba una camiseta negra limpia y el pelo corto todavía húmedo de haberse lavado la cara en el fregadero. Al escuchar los pasos ligeros de Pedri, se giró despacio.

Su mirada se clavó en la figura del muchacho, recorriéndolo con una

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