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Fed

Cenizas en la marea

El tintineo de una taza de café contra la encimera de granito fue el único ruido que Ferran se permitió hacer en la cocina. El reloj digital del microondas marcaba las cuatro de la madrugada. Habían pasado casi cuatro horas desde que había cerrado la puerta del dormitorio principal con pestillo, dejándose caer en el sofá del salón para esperar a que la adrenalina disminuyera su pulso implacable.

Creía que la furia se había aplacado, sustituida por una frialdad satisfecha. Se convencía a sí mismo de que había hecho lo correcto: una lección dura, necesaria, para que el chiquillo entendiera que no se juega con quien tiene la potestad de protegerte. Se pasó una mano por el rostro áspero, suspiró con pesadez y decidió que ya era hora de volver a la cama. Entraría, taparía a Pedri con la manta limpia que había sacado del armario y lo abrazaría hasta que amaneciera. Todo volvería a estar bajo su orden.

Caminó por el pasillo en sombras. Con un movimiento mecánico, deslizó el pestillo exterior hacia atrás. El chasquido metálico resonó seco en el pasillo silencioso.

Ferran empujó la puerta despacio, esperando encontrar a Pedri acurrucado de espaldas, fingiendo dormir o mirándolo con ese rencor húmedo que tanto le encendía la sangre.

—Pedri —llamó en un susurro bajo, casi conciliador—. Ya pasó. Levántate un momento, que traigo una manta limpia.

No hubo respuesta. Ni un movimiento bajo las sábanas, ni el menor quejido.

Ferran frunció el ceño. Encendió la lámpara de la mesilla de noche con un toque rápido. La luz tenue y amarillenta inundó la estancia, y la imagen que se reveló frente a sus ojos hizo que todo el aire abandonara sus pulmones de golpe.

Pedri no se había movido. Estaba exactamente en la misma postura en la que Ferran lo había dejado cuatro horas atrás: encogido sobre el costado izquierdo, con la camiseta gris rota a la altura del pecho, las piernas dobladas contra el abdomen y la cabeza ladeada sobre la almohada deshecha. Tenía la piel de un tono ceniciento espeluznante, casi traslúcida bajo el resplandor de la bombilla, y los labios, hinchados y partidos por los dientes de Ferran, lucían azulados, secos, rodeados de una película mate de saliva y sangre coagulada.

Ferran se quedó de piedra. Por una fracción de segundo, sus pies se clavaron en las baldosas de mármol como si pesaran toneladas.

—¿Pedri? —repitió, y esta vez el tono perdió toda su dureza, quebrado por una duda punzante.

Dio dos pasos vacilantes hacia la cama. La inmovilidad del muchacho no era la del descanso; era una quietud rígida, antinatural, como la de un muñeco roto al que le han cortado los hilos.

El pánico detonó en el pecho de Ferran con la fuerza de una explosión subterránea.

Se abalanzó sobre el colchón de rodillas, cayendo pesadamente junto al cuerpo menudito. Estiró una mano temblorosa y tocó la mejilla del menor. La piel estaba ardiendo, consumida por una fiebre brutal que contrastaba de manera aterradora con la frialdad cadavérica de sus manos y pies.

—¡Pedri! ¡Mírame, despierta! —gritó Ferran, tomándolo de los hombros y sacudiéndolo suavemente.

La cabeza de Pedri rodó hacia atrás sin la menor resistencia. Los ojos castaños permanecían entornados, mostrando apenas una línea blanca y vidriosa, completamente desenfocada. Su pecho apenas se elevaba; la respiración era un hilo superficial, entrecortado, un estertor débil que parecía a punto de apagarse en cualquier instante.

—No, no, no... joder, no. —A Ferran se le quebró la voz. Una corriente helada le subió por la espina dorsal mientras sus manos grandes y torpes recorrían el cuerpo del chico, comprobando el pulso acelerado y errático en su cuello amoratado—. ¡Pedri, por favor! ¡Abre los ojos! ¡Soy yo, chiquillo, mírame!

Le dio un par de palmadas suaves en la mejilla, pero no hubo reflejo. Ni un parpadeo. El colapso del menor era absoluto: el shock emocional, el agotamiento extremo de días sin dormir ni comer apenas, el terror acumulado y la violencia de aquella noche habían terminado por quebrar el cuerpo frágil del adolescente, desconectándolo del mundo exterior.

Ferran intentó levantarlo en brazos, pero al sentir el peso muerto de Pedri contra su pecho, la magnitud de lo que había provocado cayó sobre él como un alud de rocas. Miró las marcas moradas que sus propios dedos habían grabado en la garganta del chico, las costillas magulladas, el labio reventado. El monstruo no era una sombra abstracta; el monstruo era él, con sus manos manchadas y su mente podrida por los celos.

Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Ferran. No fueron sollozos de rabia; fueron lágrimas de un terror primitivo, puro y asfixiante, el llanto de un hombre que comprende que ha destruido con sus propias manos la única cosa que amaba en la tierra.

—Perdóname... Dios mío, perdóname... —gimió Ferran contra el cabello sudoroso de Pedri, apretándolo contra su pecho mientras su cuerpo entero temblaba de forma incontrolable—. ¡No te mueras, por favor! ¡No me dejes solo, mi niño, te lo suplico!

Pensó en el hospital. Pensó en meterlo en el coche y conducir a toda velocidad hacia las urgencias de Los Cristianos. Pero la paranoia lo paralizó de inmediato: la policía, Fernando, la orden de búsqueda que ya debía de estar en marcha. Si entraba por esas puertas, se lo arrancarían para siempre. Lo encerrarían y jamás volvería a ver esos ojos castaños.

Tenía que salvarlo él. Tenía que devolverle la vida como fuera.

***

Los cuatro días siguientes se convirtieron en un purgatorio suspendido en el tiempo.

Ferran no durmió más de media hora seguida en noventa y seis horas. Transformó el dormitorio en una improvisada sala de cuidados intensivos, moviéndose por la casa con una desesperación febril. Conducía a farmacias lejanas en municipios vecinos, usando gorra y mascarilla, comprando sueros de rehidratación oral, paracetamol intravenoso que intentaba suministrar en gotas, gasas esterilizadas y pomadas cicatrizantes.

Pedri no despertaba. Yacía inmóvil sobre sábanas limpias que Ferran cambiaba dos veces al día, empapado en un sudor frío que no cedía. A veces, el chico balbuceaba palabras inconexas en mitad del delirio febril, llamando a su madre o suplicando en susurros inaudibles que no le pegaran más. Cada uno de esos lamentos era una puñalada directa al corazón de Ferran, que pasaba las noches arrodillado junto al colchón, sosteniendo la mano pálida del menor entre las suyas, besándole los nudillos y llorando en silencio hasta empapar las mantas.

Le limpiaba la cara con paños húmedos de agua tibia, le humedecía los labios partidos con una gasa empapada en suero y le hablaba en susurros rotos, rogándole que abriera los ojos, prometiéndole que jamás, ni aunque volviera a perder la cabeza, volvería a levantarle una mano o la voz.

—Vuelve conmigo, Pedri... —le suplicaba en la penumbra de la tercera noche, apoyando la frente contra el colchón, con la barba crecida y los ojos hinchados de tanto llorar—. Te juro que cambio. Te juro que seré quien tú quieras. Pero no te apagues, chiquillo. No me castigues así.

Al cuarto día, poco después de que el sol del mediodía calentara las celosías de la ventana, el milagro ocurrió.

Ferran estaba sentado en la silla de mimbre junto a la cama, sujetando un cuenco con agua limpia, cuando escuchó un suspiro entrecortado.

Dejó el cuenco sobre la mesilla con tanta prisa que derramó la mitad del líquido. Se inclinó sobre la cama.

Las pestañas oscuras de Pedri temblaron levemente. El chico arrugó la nariz, emitiendo un quejido agudo y lastimero que nació desde lo más profundo de su pecho. Con una lentitud agónica, sus párpados pesados comenzaron a levantarse, dejando ver unas pupilas castañas nubladas, desorientadas por la luz tenue de la habitación.

—¿Pedri? —susurró Ferran, conteniendo la respiración, con el corazón golpeándole la garganta.

El muchacho parpadeó un par de veces, intentando enfocar el techo blanco. En cuanto el mecanismo de su consciencia se activó, el dolor físico lo golpeó en oleadas brutales: le ardía la cabeza, los músculos del cuello se sentían como cuerdas a punto de reventar y cada articulación parecía oxidada por la inmovilidad prolongada.

El dolor trajo consigo la memoria, y la memoria desató el terror.

Pedri comenzó a llorar de inmediato. Fueron lágrimas amargas, silenciosas, que rodaron hacia sus sienes mientras intentaba encoger las piernas para protegerse, soltando gemidos entrecortados por el dolor que el movimiento le provocaba en el costado magullado.

—No... no me hagas nada... —balbuceó con la voz completamente ronca, raspada por la falta de uso—. Por favor... me duele todo...

Al ver el pánico puro en los ojos del chico, Ferran se derrumbó.

No hubo altanería, no hubo posesión violenta. El mayor cayó de rodillas al suelo junto a la cama, apoyando los brazos sobre el colchón y escondiendo el rostro entre sus manos mientras un llanto desesperado, ronco y culpable sacudía sus hombros anchos.

—Perdóname... perdóname, mi niño —suplicaba Ferran entre sollozos, con la voz destrozada, sin atreverse a tocarlo por miedo a lastimarlo—. Estuviste cuatro días sin despertar... creí que te perdía, te lo juro por mi vida que creí que te habías muerto por mi culpa. Perdóname, Pedri. Soy un monstruo, un puto imbécil...

Pedri se quedó inmóvil sobre la almohada, respirando con dificultad. Miró al hombre arrodillado a sus pies. Jamás, en los diez años que llevaba conociéndolo, había visto a Ferran así. El hombre orgulloso, dominante y seguro de sí mismo había desaparecido; en su lugar solo había un ser destrozado por la culpa, con ojeras violáceas hundidas en las cuencas y las manos temblando de forma patética.

El miedo en el pecho de Pedri no desapareció del todo —la memoria del estrangulamiento seguía fresca como fuego en su piel—, pero una extraña y retorcida sensación de alivio comenzó a abrirse paso entre sus costillas. Seguía vivo. Y seguía allí, con Ferran. A pesar de los golpes, a pesar de las amenazas y la pesadilla, el amor ciego e insano que llevaba alimentando desde niño continuaba latiendo en sus entrañas, aferrándose a la rendición del mayor como a un náufrago.

—Ferran... —logró susurrar Pedri, estirando con dificultad dos dedos débiles hasta rozar la coronilla del hombre.

Al sentir el contacto diminuto, Ferran levantó la cabeza de golpe. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas y la mirada desbordada de una devoción rota. Con una lentitud infinita, como si estuviera tratando con una figura de cristal a punto de quebrarse, Ferran se incorporó despacio y rodeó el cuerpo menudito de Pedri con sus brazos.

El abrazo fue suave, cálido, desprovisto de cualquier rastro de fuerza bruta. Ferran acomodó la cabeza del menor contra su pecho desnudo, acariciándole la nuca con dedos trémulos mientras mecía su cuerpo con una ternura casi desesperada.

—Ya pasó, chiquillo —susurraba contra sus cabellos, dejando besos húmedos y castos en su frente—. Ya pasó todo. Nunca más te voy a poner una mano encima. Te lo juro por mi vida, Pedri. Nunca más.

Pedri enterró el rostro en el hueco del cuello de Ferran, aspirando su aroma conocido. Rompió a llorar con más fuerza, dejando que todo el dolor acumulado, la angustia y la extraña felicidad de ser amado con semejante locura se fundieran en un solo lamento contra la piel del mayor.

***

Con el paso de los días, la dinámica dentro de la casa amurallada dio un giro radical, transformándose en una realidad nueva, dulce y callada.

Ferran parecía haber sido purgado de su propia violencia a través del terror de casi perderlo. La agresividad se había evaporado, sustituida por una timidez casi infantil y una necesidad constante de reparar el daño causado. Ya no había gritos, ni órdenes cortantes, ni encierros con llave.

Por las mañanas, Ferran preparaba el desayuno con una dedicación meticulosa: tostadas suaves con mermelada, frutas peladas y cortadas en trozos pequeños para que a Pedri no le doliera la mandíbula al masticar, y zumos naturales recién exprimidos. Se sentaba a su lado en el sofá, observándolo comer en silencio, y cada vez que sus miradas se cruzaban, el mayor bajaba los ojos con una sombra de vergüenza y dejaba escapar un murmullo involuntario:

—¿Te duele todavía el labio? Perdóname, chiquillo. De verdad, perdóname.

Pedri tardó casi una semana en poder caminar con normalidad por la casa sin sentir pinchazos en las costillas, pero el cambio en Ferran actuó sobre él como una medicina adictiva. Al principio, el chico mantenía una distancia prudencial, con los ojos alerta ante cualquier movimiento brusco. Pero la constante sumisión de Ferran, su paciencia infinita para cambiarle las vendas y la reverencia con la que lo trataba terminaron por desarmar las últimas defensas de su corazón.

En algún momento de la segunda semana, Pedri preguntó por su padre.

Estaban sentados en la terraza trasera al atardecer, protegidos del viento por los muros altos.

—Ferran... ¿sabes algo de mi papá? —preguntó Pedri en un susurro, mirando hacia el horizonte donde el sol teñía el océano de tonos cobrizos—. ¿Los has visto? ¿Crees que siguen en Tegueste?

Ferran se tensó levemente, pero no hubo ira en su reacción. Se limitó a tragar saliva, mirando sus propias manos entrelazadas sobre las rodillas.

—No sé nada, Pedri —respondió con voz apagada, con un tono sincero y derrotado—. No he encendido el móvil personal desde que llegamos. No he vuelto a mirar las noticias ni me he acercado al norte. Si... si quieres que te lleve con ellos, dímelo. No te voy a retener a la fuerza nunca más. Si me dices que quieres irte, te subo al coche ahora mismo y te dejo en la puerta de su casa.

Pedri lo miró fijamente. La sinceridad en los ojos de Ferran era aplastante; estaba dispuesto a perderlo con tal de no volver a ser el monstruo que casi lo mata.

El chico bajó la vista hacia sus propias zapatillas. Pensó en Fernando, en su madre, en la vida tranquila que le esperaba en el norte rodeado de reproches silenciosos, de terapeutas y de la vergüenza constante de haber sido rescatado. Y luego miró a Ferran: el hombre que había cruzado el mar por él, que había llorado arrodillado a sus pies durante cuatro días y que ahora lo miraba como si fuera lo más valioso del universo.

—No —dijo Pedri con suavidad, y la palabra salió de su boca con una certeza aterradora y dulce a la vez—. No quiero que me lleves.

No volvió a preguntar por su padre. La idea de una búsqueda policial o del dolor de su familia se fue desvaneciendo en su mente como la niebla de Anaga bajo el sol del sur, sustituida por la comodidad asfixiante y cálida de su encierro voluntario.

Las risas regresaron poco a poco, tímidas al principio, naciendo de tonterías cotidianas mientras cocinaban juntos o veían películas viejas en la televisión del salón. El humor de Ferran volvió a asomar, pero despojado de sarcasmo; era el Ferran de hacía cinco años, el vecino atento y bromista que le despeinaba el pelo en el porche, solo que ahora había una devoción palpable en cada uno de sus gestos.

Con el paso de los días, fue el propio Pedri quien comenzó a buscar el contacto físico.

La necesidad de sentirse querido, de comprobar que el calor del mayor era real y no un espejismo, lo empujaba a acurrucarse contra el costado de Ferran en el sofá, pasando un brazo tímido por su cintura. Ferran se quedaba rígido por una milésima de segundo, conteniendo la respiración, antes de rodearlo con una lentitud reverencial, apoyando la barbilla sobre la cabeza del chico con un cuidado exquisito.

—¿Estás cómodo? —preguntaba Ferran siempre, como un eco constante de su arrepentimiento—. Si te aprieto, me lo dices.

—Estoy bien —respondía Pedri, cerrando los ojos, buscando con la nariz la piel del cuello del mayor—. No me aprietas.

Los besos también cambiaron de naturaleza. Ya no eran asaltos desesperados ni mordiscos marcados por la rabia. Ahora eran contactos suaves, breves, que Ferran daba casi con miedo, rozando apenas los labios curados del chico antes de apartarse un centímetro con una mirada interrogante, pidiendo permiso sin palabras.

Pedri, a veces, sollozaba en mitad de esos besos. No de dolor, sino por la intensidad abrumadora de un sentimiento que sabía que estaba mal ante los ojos del mundo, pero que en el aislamiento de aquella casa se sentía como lo único real. Lloraba porque lo amaba, porque siempre lo había amado, y porque ver a su carcelero convertido en su más fiel devoto le provocaba un alivio que rayaba en la locura.

—Te quiero, Ferran —susurró Pedri una noche, acostado en la cama de matrimonio, con las piernas entrelazadas a las del mayor.

Ferran lo miró en la penumbra, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla antes de ocultar el rostro en el hueco del cuello de Pedri.

—Yo más, chiquillo. Mucho más de lo que te mereces.

Afuera, en el resto de la isla y en la península, el rastro de la fuga se había enfriado. La policía buscaba en vano en los puertos, en los aeropuertos y en las listas de pasajeros hacia el extranjero, sin imaginar jamás que el menor permanecía a escasos kilómetros de los hoteles turísticos, tras unos muros blancos que no llamaban la atención de nadie. Sus padres jamás lograron dar con la casa de Los Cristianos. La nota de auxilio se convirtió en un misterio sin resolver en los archivos de la comandancia.

Pero para Pedri, nada de eso existía ya.

Acurrucado en el centro de la cama, sintiendo el latido firme y acompasado del corazón de Ferran bajo su mejilla y el peso tibio de sus brazos protegiéndolo de la noche, Pedri cerró los ojos y se quedó dormido, completamente en paz, sabiendo que finalmente estaba a salvo en el único lugar del mundo al que sentía que pertenecía.

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