Fed
Donde mueren los ruegos
El bochorno del sur no daba tregua, ni siquiera cuando la medianoche cubrió la costa con un manto negro y denso. En el interior de la casa alquilada, el zumbido monótono del aire acondicionado no alcanzaba a disipar la sensación de asfixia que se adhería a las paredes como una capa invisible de brea.
Durante todo el día, Pedri había mantenido la cabeza baja. Había tragado cada cucharada de comida que Ferran le ponía delante, había asentido a cada comentario sobre lo bien que estarían allí y se había dejado guiar de una habitación a otra como una sombra dócil, hueca, sin voluntad propia. Había interpretado el papel de su vida, convenciendo al mayor de que el cansancio y la resignación habían ganado la batalla.
Pero era mentira. Una mentira desesperada que le quemaba las entrañas.
Ferran se había metido en la ducha del baño principal hacía diez minutos. El sonido del agua golpeando las baldosas de pizarra llegaba amortiguado a través del pasillo, constante y rítmico.
Pedri aprovechó ese efímero instante de soledad para levantarse del borde de la cama de matrimonio. Caminó descalzo, sin hacer el menor ruido sobre el suelo de mármol frío, hasta la gran cristalera corredera del dormitorio. Las celosías exteriores estaban bajadas a la mitad, pero entre las lamas de aluminio se filtraba una brisa salina que traía el rumor lejano de las olas rompiendo contra las rocas de Los Cristianos.
Apoyó ambas manos en el cristal templado, pegando la frente al vidrio frío. Afuera, el patio amurallado parecía el patio de una prisión privada: los focos halógenos bañaban los dos metros y medio de piedra blanca con una luz cruda y amarillenta, dejando en sombras los bordes de la piscina inmóvil. Más allá de ese muro no había nada que pudiera ver, solo la noche cerrada de una isla que no era la suya, en un pueblo donde nadie sabía su nombre.
El chico cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas, calientes y silenciosas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas, resbalando por la mandíbula hasta empapar el cuello de la camiseta gris de Ferran que aún llevaba puesta.
Apretó los dedos contra el cristal hasta que las yemas se le pusieron blancas.
—Por favor... —susurró, con un hilo de voz quebrado por una angustia que ya no cabía en su pecho—. Por favor, papá, dime que la viste. Dime que leíste la nota...
El eco de su propio ruego sonó diminuto, patético, aplastado por el silencio de la habitación.
—Tienes que estar buscándome —continuó murmurando, apretando los dientes para sofocar un sollozo espasmódico—. Tú y la policía... tienen que estar en camino. Vengan ya, por favor. No me dejen aquí... sáquenme de aquí antes de que...
—¿Antes de qué, Pedri?
La voz sonó a escasos centímetros de su nuca.
Una voz baja, pausada, desprovista de cualquier calidez.
A Pedri se le congeló la sangre en las venas. El aire se le escapó de los pulmones en un silbido seco y el corazón pareció detenerse en seco contra sus costillas, desplomándose en un abismo de terror puro y paralizante.
No había escuchado los pasos. No había escuchado el agua del grifo cerrarse ni la puerta del baño abrirse.
Lentamente, como si sus vértebras fueran de plomo, giró la cabeza hacia atrás.
Ferran estaba de pie en la penumbra del dormitorio, recortado contra la luz tenue del pasillo. Llevaba únicamente unos pantalones cortos negros, con el torso desnudo aún cubierto por gotas de agua que brillaban como sudor frío sobre sus músculos marcados. Tenía una toalla oscura colgando alrededor del cuello, pero sus manos no se movían; colgaban a los costados, con los puños cerrados a medias, revelando los nudillos amoratados y rotos por la violencia de los días pasados.
En su rostro no quedaba ni el más mínimo rastro de la ternura protectora con la que le había servido el desayuno horas antes. Sus facciones parecían esculpidas en granito: la mandíbula tan apretada que los tendones del cuello se dibujaban como cuerdas tensas, y unos ojos oscuros, dilatados, en los que ardía una furia homicida, gélida y despiadada.
—¿La policía, chiquillo? —repitió Ferran, dando un paso lento hacia adelante. El sonido sordo de su pie descalzo sobre el mármol fue como el disparo de un cañón en la habitación—. ¿De verdad estabas rezando para que la policía venga a sacarte de mi lado?
Pedri retrocedió por puro instinto, pero su espalda chocó de inmediato contra la cristalera. No había espacio. No había escapatoria.
—Ferran... no... —el balbuceo de Pedri fue inútil, roto por un castañeo incontrolable de sus dientes—. Yo no... no estaba diciendo eso...
Ferran ladeó la cabeza despacio, mirándolo con un desprecio tan afilado que cortaba el aliento. En su mente, las piezas encajaron de golpe con una precisión matemática y demoledora. La caracola sobre la cómoda de Tegueste. La prisa de Pedri al doblar el papel. La sumisión repentina durante el viaje en coche, el silencio dócil durante todo el día...
—La nota —escupió Ferran, y una sonrisa torcida, desquiciada y sin una pizca de humor se curvó en sus labios—. La maldita nota que dejaste sobre la mesa. No escribiste lo que te dije, ¿verdad?
—¡Sí lo hice! —gritó Pedri, levantando las manos abiertas en un gesto patético de defensa mientras el llanto se desbordaba por completo—. ¡Te lo juro, Ferran! ¡Escribí lo que me pediste! ¡Dije que me iba porque quería!
—¡Mientes! —rugió Ferran.
El bramido fue tan brutal que hizo vibrar el cristal a espaldas del menor.
En una fracción de segundo, Ferran devoró la distancia que los separaba. No hubo advertencia, no hubo vacilación; cualquier vestigio de la paciencia o la contención que había intentado mantener se hizo pedazos. Su mano grande y áspera se disparó hacia adelante, cerrándose con violencia alrededor de la garganta de Pedri.
El impacto empujó al chico hacia arriba, haciéndole perder el equilibrio hasta que sus talones apenas rozaban el suelo, inmovilizándolo contra la cristalera fría.
—¡Me mentiste en la cara! —siseó Ferran, acercando su rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron en un choque ardiente—. ¡Te metiste en mi cama, te dejaste besar, fingiste que te rendías y me dejaste un rastro de pólvora en la espalda para que tu viejo me mande a la Guardia Civil!
Pedri intentó aferrarse a la muñeca de Ferran con ambas manos, tirando con todas sus fuerzas para aflojar la presión que le cerraba la tráquea. El aire entraba en silbidos agónicos y la vista comenzó a nublársele por la falta de oxígeno, teñida por los destellos rojizos de su propia sangre latiendo en las sienes.
—Ferran... por... favor... —gimió el chico con un hilo de voz ahogada.
—¿Por favor qué? —Ferran apretó un milímetro más, disfrutando de la vulnerabilidad absoluta de la presa entre sus dedos—. ¿No decías que me querías? ¿No me dijiste llorando que llevabas diez años esperando que te tocara? ¡Pues mírame! ¡Esto es lo que querías! ¡Querías a un hombre, no a un hermano!
Ferran aflojó el agarre de golpe, soltando el cuello del chico.
Pedri cayó de rodillas sobre el mármol, tosiendo con desesperación, llevándose una mano temblorosa a la garganta mientras intentaba llenar sus pulmones vacíos con bocanadas desordenadas de aire frío. Tenía el cuerpo sacudido por espasmos violentos y las lágrimas caían en gotas pesadas sobre las baldosas.
—Eres una rata traicionera —continuó Ferran, cerniéndose sobre él como una sombra gigantesca—. Creíste que podías engañarme. Creíste que con tu carita de ángel asustado podías comprar tiempo hasta que alguien viniera a salvarte. Pero no te vas a salvar, Pedri. De mí no te va a salvar ni tu padre, ni la policía, ni Dios.
Antes de que Pedri pudiera gatear para alejarse, Ferran lo agarró por el pelo.
Fue un tirón seco, brutal, que obligó al menor a arquear el cuello hacia atrás, arrancándole un grito agudo de dolor. Ferran lo levantó del suelo con una fuerza implacable, arrastrándolo dos pasos hacia el centro del dormitorio antes de arrojarlo sin contemplaciones sobre la cama de matrimonio.
El colchón amortiguó el golpe, pero Pedri se revolvió de inmediato, preso de un pánico salvaje, intentando deslizarse hacia el otro extremo de la cama para caer al suelo y correr hacia la puerta.
—¡No, no, por favor! —suplicaba a gritos, sin importarle que la voz se le quebrara en un lamento histérico—. ¡Déjame! ¡Ferran, para!
Ferran subió al colchón con la agilidad de un depredador que acorrala a un animal herido. Se abalanzó sobre él, atrapando a Pedri por la cintura y tirando de su cuerpo hacia atrás con violencia. El menor pateó inútilmente, clavando las uñas en las sábanas, pero Ferran giró su peso y se dejó caer sobre él, aplastándole las piernas con los muslos e inmovilizándole los brazos contra el pecho con una sola mano.
—¿A dónde vas? —se burló Ferran en un susurro áspero, soltando una risa corta, venenosa y fría que le congeló el alma al chico—. ¿Vas a salir a buscar a la patrulla, mi amor? ¿Vas a pedir auxilio en la calle?
—¡Estás loco! —sollozó Pedri, girando la cabeza hacia los lados para evitar el contacto, empujando con el hombro libre con la fuerza inútil de la desesperación—. ¡Estás enfermo, Ferran! ¡Me das asco! ¡Te odio!
La palabra «odio» cayó sobre el rostro de Ferran como una gota de plomo fundido.
Sus ojos, ya oscurecidos por la locura, se encendieron con una furia desmedida. Con la mano libre, atrapó la mandíbula de Pedri con tanta fuerza que los dedos se le clavaron en los huesos de las mejillas, obligándolo a mantener la cara quieta.
—¿Me odias? —gruñó Ferran, inclinándose sobre él—. Vamos a ver si me odias cuando termine de enseñarte a quién le perteneces.
Bajó la cabeza y estampó su boca contra la de Pedri.
No hubo nada de la devoción que a veces teñía sus encuentros. Fue un asalto despiadado, brutal, cargado de un castigo metódico. Ferran forzó los labios heridos del chico con una violencia aplastante, hundiendo los dientes sin piedad en el corte inferior que apenas había comenzado a cicatrizar. El sabor metálico y caliente de la sangre fresca inundó la boca de ambos de inmediato.
Pedri soltó un alarido sordo contra la garganta del mayor, sintiendo el dolor punzante abrirse paso por sus labios, pero Ferran no se detuvo. Introdujo la lengua con brusquedad, invadiéndolo, sofocando sus quejidos, reclamando el espacio con un hambre salvaje que ignoraba por completo el llanto desesperado del menor.
Con la mano que le sujetaba la mandíbula, Ferran bajó hasta el cuello de la camiseta gris. Tiró de la tela con fuerza bruta. El sonido de las costuras rasgándose resonó en la habitación cuando la prenda cedió de arriba a abajo, dejando el pecho pálido de Pedri expuesto a la frialdad del aire acondicionado.
Ferran rompió el beso apenas un centímetro, jadeando, con la comisura de sus propios labios manchada con la sangre del chico.
—Llora todo lo que quieras —susurró con voz ronca, mirando las lágrimas que corrían sin freno por el rostro destrozado de Pedri—. Cuanto más lloras, más claro me queda que no sabes cuidar de ti mismo. Eres un crío estúpido. Si te dejo suelto, te destruyes. Así que te vas a quedar aquí abajo, donde yo pueda verte sangrar si hace falta, pero conmigo.
—¡Por favor... no me hagas esto...! —suplicaba Pedri entre espasmos, con la voz completamente rota, temblando tanto que la cama entera parecía vibrar bajo su peso—. Ferran, te lo ruego... por lo que vivimos... por los diez años... ¡por favor!
—Los diez años se acabaron, chiquillo —respondió Ferran con una frialdad demoledora—. Ahora estamos en mi terreno.
Ferran bajó la boca hacia la clavícula de Pedri. No besó; mordió con saña sobre la piel tierna, justo encima del moratón anterior, apretando la mandíbula hasta que Pedri arqueó la espalda en un grito desgarrador, clavando las uñas en las sábanas hasta desgarrar el tejido.
Al mismo tiempo, la mano pesada de Ferran descendió con agresividad por el costado del muchacho, apretando la carne de sus costillas con una fuerza que dejaría hematomas nuevos a la mañana siguiente. Siguió bajando, atrapándole la cadera con rudeza, estrujando la piel a través del pantalón corto con una posesividad enfermiza, como si quisiera moldear los huesos de Pedri a su antojo, recordándole con cada gramo de dolor quién era el dueño indiscutible de su cuerpo.
—Esta piel es mía —murmuraba Ferran contra su cuello, lamiendo la sangre que brotaba de la mordida fresca con una devoción perturbadora—. Cada maldito centímetro de ti me pertenece. ¿Me oyes, Pedri? ¡Dilo!
Pedri no podía hablar. El dolor, la humillación y el colapso absoluto de sus fuerzas lo habían reducido a un montón de carne trémula. Apenas podía emitir sollozos entrecortados mientras Ferran continuaba besándolo a la fuerza, bajando por su pecho con labios abrasadores y manos que quemaban como hierro candente, estrujando, marcando, reclamando cada rincón sin concederle un solo segundo de piedad.
La burla constante en el tono del mayor era lo que terminaba de destrozarlo por dentro:
—¿Dónde están las sirenas, eh? —susurraba Ferran, mordisqueándole el lóbulo de la oreja con desprecio mientras mantenía sus caderas inmovilizadas—. ¿Dónde está la policía de papá? No vienen, Pedri. Nadie viene. En esta casa solo estamos tú y yo. Y tú vas a aprender a callarte la boca antes de que me obligues a hacerte algo peor.
Pedri cerró los ojos, sintiendo que una parte de su alma se apagaba definitivamente bajo el peso de aquel cuerpo imponente. El chico de la casa de al lado, el que le arreglaba la cadena de la bicicleta, el que le sonreía desde el porche... había muerto. Solo quedaba este monstruo, y él estaba atrapado en sus fauces sin posibilidad de rescate.
El tormento continuó en la penumbra durante lo que a Pedri le pareció una eternidad sin fin, entre caricias que lastimaban, besos sofocantes que sabían a salitre y sangre, y susurros cargados de una posesión despiadada que le arrebataba hasta el último vestigio de dignidad.
Cuando Ferran finalmente se detuvo, el silencio que cayó sobre la estancia era fúnebre.
El mayor se incorporó despacio sobre el colchón, respirando con pesadez, pasándose el dorso de la mano por la frente perlada de sudor. Miró hacia abajo.
Pedri yacía de costado, encogido sobre sí mismo en posición fetal, con la camiseta desgarrada colgando de sus hombros. Tenía el rostro hinchado por el llanto ininterrumpido, los labios ensangrentados y la piel del cuello y el torso salpicada de marcas rojizas y moradas que latían con furia en la oscuridad. El chico no se movía; solo sus hombros temblaban débilmente al compás de una respiración superficial y rota.
Ferran contempló la escena durante unos segundos interminables. La rabia ciega parecía haberse aplacado, sustituida por una calma pesada, casi satisfecha, del vencedor que ha sofocado una rebelión en sus dominios.
Se inclinó una última vez sobre el muchacho, acariciándole los cabellos sudorosos con una mano que volvía a fingir una suavidad repugnante.
—Buenas noches, chiquillo —susurró Ferran al oído de Pedri, depositando un beso helado en su sien—. Mañana va a ser un día mejor. Ya aprendiste la lección.
Ferran se levantó de la cama, caminó hacia la puerta del dormitorio y la cerró tras de sí.
El sonido seco del pestillo exterior encajándose en el marco resonó en la oscuridad como una sentencia definitiva. Luego, los pasos pesados del mayor se alejaron hacia la cocina, dejándolo encerrado en la negrura absoluta.
En la cama deshecha, Pedri apretó los ojos con fuerza, mordiéndose el brazo para ahogar el llanto silencioso que amenazaba con despedazarle el pecho. Con la mirada perdida en las lamas de la ventana que daban a la nada, comprendió la amarga verdad: la noche se cerraba sobre la isla, y sus ruegos habían muerto mucho antes de poder alcanzar el mar.