Fedri
Entre el deber y el desgarro
La partida de las delegaciones reales dejó tras de sí un silencio sepulcral en los pasillos de Tegueste, un silencio que a Pedri le pesaba más que la corona que algún día heredaría. Ferran se había marchado a Foios, y con él se había ido la calidez de sus abrazos clandestinos en la biblioteca. Sin embargo, no todos se habían ido. La princesa Isabella, segunda hija del Reino de las Brumas, había prolongado su estancia bajo el pretexto de fortalecer los lazos culturales entre sus tierras.
Isabella no era una mujer que se conformara con las sobras de la historia. Como segunda en la línea de sucesión de su propio reino, sabía que su única forma de alcanzar el poder absoluto era sentarse en un trono extranjero. Y Pedri, con su naturaleza amable, su risa fácil y su aparente docilidad, era el objetivo perfecto.
Durante semanas, la princesa se encargó de rodear a Pedri con una atención asfixiante. Lo acompañaba en sus paseos por los jardines, le leía poemas en la terraza y le dedicaba sonrisas que el joven príncipe, en su ingenuidad y tristeza por la ausencia de Ferran, no sabía interpretar como una amenaza. Pedri, siempre tierno y un poco tímido, aceptaba su compañía porque le ayudaba a distraerse del dolor de la distancia. No se daba cuenta de que cada gesto de cortesía suyo era anotado por Isabella como una victoria romántica.
—Eres tan distinto a los demás hombres de la corte, Pedri —le dijo ella una tarde, mientras observaban el atardecer—. Tienes una luz que otros intentan apagar con guerras.
Pedri le sonrió con esa dulzura que le caracterizaba, pensando en realidad en cómo Ferran solía decirle algo similar, pero con una voz mucho más ronca y cargada de una pasión que Isabella nunca podría emular.
—Solo trato de ser justo con el mundo, princesa —respondió él con sencillez.
Esa misma noche, el destino, aquel que la mujer sin rostro había profetizado como un camino de destrucción, dio un giro cruel. El padre de Pedri y el rey de las Brumas, tras una cena regada con el mejor vino de la reserva, firmaron un pacto de alianza de sangre. No era solo un tratado comercial; era un compromiso matrimonial. Pedri se casaría con Isabella antes de que terminara el año.
Cuando su padre se lo comunicó a la mañana siguiente, Pedri sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¡Pero padre, yo no la amo! —protestó, con la voz quebrada y los ojos grandes llenos de una angustia que el rey confundió con nerviosismo juvenil.
—El amor es un lujo de campesinos, hijo mío —sentenció el monarca, ajustándose el anillo de sello—. Isabella es ambiciosa, fuerte y su reino nos proporcionará la flota que necesitamos para defendernos de Foios. Es tu deber. No hay vuelta atrás.
Pedri se encerró en sus aposentos, sintiéndose como un animal acorralado. Pensó en Ferran. Pensó en confesar la verdad, en gritar a los cuatro vientos que su corazón pertenecía al heredero del reino enemigo. Pero el miedo, ese viejo compañero, lo detuvo. Si revelaba su secreto, no solo él sería ejecutado por traición, sino que Ferran sería cazado como una bestia. Su sacrificio era la única forma de mantener a Ferran a salvo, aunque eso significara morir por dentro.
La noticia del compromiso se extendió por los reinos como un incendio forestal. Cuando llegó a Foios, Ferran casi destruye la mesa de roble de su despacho. Sus celos, siempre latentes y posesivos, estallaron en una furia ciega. ¿Cómo podía Pedri haber aceptado? ¿Acaso las promesas en la biblioteca no habían sido más que palabras al viento?
—"Todavía no", me dijo —rugió Ferran, lanzando su daga contra una diana en la pared—. ¡Y ahora se entrega a esa mujer por una estúpida alianza!
Su primera reacción fue montar a caballo y galopar hasta Tegueste para exigir una explicación, para llevarse a Pedri por la fuerza si era necesario. Pero luego, la frialdad del guerrero se impuso. Si Pedri había accedido, debía ser por una razón. O peor aún, quizás el "pequeño caprichoso" finalmente había decidido seguir el camino fácil del deber. El dolor de sentirse traicionado se transformó en una coraza de hielo.
Días después, la invitación para la Gran Gala de la Alianza llegó a Foios. Era una fiesta para celebrar el compromiso de Pedri. Ferran decidió asistir. No para felicitarlo, sino para demostrarle que él también podía jugar al juego de las apariencias, para herirlo con la misma indiferencia con la que se sentía tratado.
El salón de Tegueste estaba más brillante que nunca, pero para Pedri, las luces eran dagas y la música un réquiem. Vestido con sus mejores galas, con el rostro pálido y los ojos apagados, permanecía al lado de Isabella, quien lucía una sonrisa triunfal.
Entonces, lo vio entrar.
Ferran caminaba con la cabeza alta, su porte más imponente y duro que de costumbre. No buscó la mirada de Pedri. Al contrario, se dejó rodear de inmediato por un grupo de princesas y damas de honor que revoloteaban a su alrededor como polillas hacia una llama.
Pedri sintió un pinchazo en el pecho al ver a Ferran reírse —una risa falsa, pero convincente— con una princesa de los Reinos del Sur. El valiente guerrero que le había jurado amor eterno ahora parecía disfrutar de la atención de otras, ignorándolo por completo.
—Parece que el príncipe de Foios ha encontrado consuelo pronto —comentó Isabella con malicia, apretando el brazo de Pedri—. Dicen que es un hombre de pasiones volubles.
Pedri no respondió. Sentía que se asfixiaba. Cada vez que intentaba acercarse a Ferran, este se movía hacia otro lado de la sala, entablando conversaciones animadas con cualquiera que no fuera él. Era un castigo silencioso, una tortura diseñada para recordarle que el hilo de seda que los unía se estaba deshilachando.
La noche avanzó entre brindis hipócritas y bailes forzados. Isabella, sintiéndose la reina de la velada, se alejó un momento con sus amigas para presumir de su nuevo anillo de compromiso, dejando a Pedri solo cerca de la salida que daba a los jardines.
Fue entonces cuando vio su oportunidad. Ferran se había quedado momentáneamente solo tras despedir a una joven condesa con una inclinación de cabeza. Pedri, olvidando su timidez y su orgullo, caminó hacia él con el corazón en la mano.
—Ferran... —susurró, con la voz temblorosa.
Ferran no se giró de inmediato. Tensó los hombros, su mandíbula marcada por la presión. Cuando finalmente lo miró, sus ojos no tenían ni rastro de la calidez de antaño. Eran dos pozos de acero frío.
—Príncipe Pedri —dijo con una formalidad cortante—. Mis felicitaciones por su compromiso. La princesa es... encantadora. Una elección muy pragmática.
—No lo entiendes, por favor... —Pedri dio un paso hacia él, buscando su mano, pero Ferran retrocedió como si el contacto pudiera quemarlo.
—Entiendo perfectamente. Entiendo que cuando las cosas se pusieron difíciles, elegiste el trono y la seguridad de un matrimonio arreglado antes que luchar por lo que decías sentir.
—¡No tuve opción! —exclamó Pedri en un susurro desesperado, sus ojos llenándose de lágrimas que amenazaban con desbordarse—. Mi padre firmó el pacto. Si me negaba, si decía por qué no podía casarme con ella... nos matarían a los dos, Ferran. Lo hice por ti.
Ferran soltó una carcajada amarga, una que dolió más que cualquier insulto.
—¿Por mí? No me hagas reír, Pedri. Lo hiciste porque eres un cobarde. Porque prefieres vivir una mentira cómoda que una verdad peligrosa. Me dijiste que el hilo de seda era fuerte, pero se rompió al primer tirón de tu padre.
—¡Eso no es verdad! —Pedri estaba al borde del llanto, sus mejillas se tiñeron de un rojo doloroso—. Te amo, Ferran. Cada noche desde que te fuiste he deseado que este maldito castillo se derrumbara para no tener que enfrentar este día. Pero no puedo permitir que te hagan daño. Eres lo único bueno que tengo en este mundo de cenizas.
Ferran lo miró fijamente. Por un segundo, la máscara de frialdad flaqueó. Vio la desesperación en los ojos grandes y risueños de Pedri, ahora nublados por la tristeza. Vio al chico valiente que se había enfrentado a un espectro en el bosque, reducido a un joven que cargaba con el peso de dos reinos sobre sus hombros. Pero el orgullo era una herida abierta.
—El amor no es suficiente, Pedri —dijo Ferran, aunque su voz ya no era tan firme—. La mujer sin rostro tenía razón. Estamos destinados a destruirnos. Y tú acabas de dar el primer paso.
—Ferran, por favor, escúchame... —Pedri intentó acercarse de nuevo, pero en ese momento, un grupo de guardias pasó cerca, y ambos tuvieron que recuperar la compostura.
—No hay nada más que hablar —sentenció Ferran, dándole la espalda—. Disfruta de tu boda. Yo me encargaré de que Foios nunca olvide esta traición.
Ferran se alejó con paso firme, dejando a Pedri solo en la penumbra del pasillo lateral. El joven príncipe se apoyó contra la pared fría de piedra, dejando que las primeras lágrimas rodaran por su rostro. Se sentía pequeño, caprichoso y miserable. Había intentado salvar a Ferran del destino, pero al hacerlo, solo había logrado que el hombre que amaba lo odiara con la misma intensidad con la que antes lo adoraba.
Mientras tanto, en el salón, la música seguía sonando, ajena al drama que se desarrollaba en las sombras. Isabella regresaba buscando a su prometido, con la mirada de quien ya se siente dueña de un imperio.
Pedri se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo. Su naturaleza valiente, esa que Ferran solía elogiar, empezó a arder bajo su pecho. No aceptaría este final. Si el destino quería destrucción, él le daría una guerra, pero no la que sus padres esperaban.
—Si quieres que sea un cobarde, Ferran, te demostraré lo equivocado que estás —susurró Pedri para sí mismo, mirando hacia donde el príncipe de Foios acababa de desaparecer—. El hilo de seda no se ha roto. Solo está enredado.
Esa noche, mientras los reinos celebraban una paz ficticia basada en mentiras y contratos, dos corazones sangraban en direcciones opuestas. La profecía del espectro seguía su curso, y la destrucción parecía más cercana que nunca, pero en el alma de Pedri, la calidez de aquel primer beso en la biblioteca todavía guardaba una chispa de rebelión.
La guerra no solo estaba en los mapas de los generales; estaba en los ojos de un príncipe que amaba demasiado y en el despecho de otro que no sabía cómo perdonar. Y en la oscuridad del bosque de los Lamentos, el eco de una risa sin rostro pareció burlarse una vez más de los mortales que creían que podían escapar de lo que ya estaba escrito en las estrellas.