Fedri
El ocaso de los lirios y el acero
La noche de la gala no terminó con el portazo de Ferran, sino con un veneno que comenzó a filtrarse por las grietas de los muros de Tegueste. Ferran, con el pecho ardiendo por una mezcla de despecho y una agonía que no lograba sofocar, caminaba por los pasillos exteriores del castillo, buscando el aire frío para enfriar su sangre. Fue entonces cuando, oculto tras la sombra de una estatua de mármol, escuchó el susurro de la traición.
Eran tres. El príncipe del Reino de las Rocas y dos emisarios de las tierras del Norte. Hablaban con una frialdad que helaba los huesos, trazando sobre el aire rutas de invasión y puntos ciegos en la defensa del padre de Pedri.
—El compromiso con Isabella es la distracción perfecta —decía uno de ellos, con una sonrisa que se adivinaba cruel en la penumbra—. Tegueste bajará la guardia celebrando una boda que nunca ocurrirá. Los aplastaremos antes de que puedan decir "sí, quiero".
Ferran apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Su instinto inicial, el que todavía respondía al calor de los labios de Pedri, fue irrumpir y degollarlos allí mismo. Pero el recuerdo de Pedri de pie junto a Isabella, su aparente sumisión y las palabras de desprecio que se habían lanzado minutos antes, actuaron como un freno de hielo. "Que arda", pensó con una amargura que le supo a hiel. "Que arda su reino, sus flores y su hipocresía". Se dio la vuelta y se marchó, dejando que la conspiración siguiera su curso, cegado por un dolor que le impedía ver que el fuego que permitía encender terminaría por consumirlo a él también.
Pasaron dos meses. Dos meses de un silencio sepulcral entre los reinos.
En Foios, la atmósfera se había vuelto pesada. El Rey, padre de Ferran, llamó a su hijo a una reunión privada en el sótano del torreón, un lugar reservado para los secretos que manchan el linaje. Cuando Ferran entró, se encontró con las caras que había visto aquella noche en Tegueste. Su padre presidía la mesa, con un mapa desplegado donde el reino de Pedri estaba marcado con cruces rojas.
—Hijo mío —dijo el Rey, con una voz que no admitía réplica—, ha llegado el momento de reclamar lo que la historia nos debe. La alianza está sellada. Marcharemos al amanecer.
Ferran sintió un vuelco en el estómago. Una cosa era dejar que otros conspiraran, y otra muy distinta era liderar la carga contra el hogar del hombre que, a pesar de todo, seguía habitando sus sueños.
—Padre, esto no es una guerra de honor —dijo Ferran, intentando mantener la voz firme—. Es una emboscada. Atacar un reino que cree estar en paz es un acto de cobardía.
—¿Cobardía? —El Rey se levantó, su sombra proyectándose gigante sobre la pared—. Es supervivencia. Y tú, como mi heredero, irás al frente. Si te niegas, Ferran, no solo serás despojado de tu título, sino que serás considerado un traidor a la corona. Y sabes cómo tratamos a los traidores.
Las miradas de los otros príncipes aliados se clavaron en él como alfileres. Estaba acorralado. La amenaza era clara: o cabalgaba hacia la destrucción de Pedri, o moría antes de poder ver el sol de nuevo.
A los dos días, el estruendo de miles de cascos de caballo golpeando la tierra anunció el fin de la paz.
En Tegueste, la mañana había comenzado con la calma engañosa de los días de primavera. Pedri estaba en el balcón, observando los preparativos de una boda que sentía como su propia ejecución. Isabella estaba a su lado, hablando de encajes y banquetes, cuando el primer centinela hizo sonar la campana de alarma.
El sonido era errático, desesperado. Pedri sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Isabella, su rostro perdiendo el color.
Pedri no respondió. Corrió hacia la torre de vigilancia, empujando a los guardias que intentaban detenerlo. Cuando llegó a la cima, la vista le robó el aliento. En el horizonte, donde el sol solía besar las colinas verdes, una marea de acero y estandartes avanzaba inexorable.
—No puede ser... —susurró Pedri.
Su padre, el Rey, llegó poco después, con la armadura a medio poner.
—¡Preparen las defensas! —gritó el monarca—. ¡Cierren las puertas! ¡Envíen un mensajero al Reino de las Brumas! ¡Isabella, tu padre debe cumplir su pacto!
Pedri miraba fijamente las banderas que ondeaban al frente. Reconoció el emblema del Reino de las Rocas, los estandartes del Norte... y entonces, su mundo se hizo añicos. En el centro, presidiendo la vanguardia, ondeaba la bandera de Foios. El halcón plateado sobre fondo azul.
—Ferran... —el nombre salió de sus labios como un lamento.
—¿Qué dices, hijo? —preguntó el Rey, sin prestarle atención mientras daba órdenes de batalla.
—Es Ferran, padre. Él está ahí.
El pánico se apoderó de Pedri. No era solo el miedo a la muerte, era la comprensión devastadora de que la profecía se estaba cumpliendo palabra por palabra. El amor los había condenado, y ahora la destrucción llamaba a sus puertas con el rostro de la persona que más amaba. Pensó en sus hermanos pequeños, que jugaban ajenos al peligro en los jardines interiores; pensó en su madre, en su pueblo que no sabía manejar una espada.
—¡Padre, tenemos que parlamentar! —suplicó Pedri, agarrando el brazo del Rey—. Si Foios está con ellos, no tenemos oportunidad. Déjame ir, déjame hablar con él.
—¿Hablar? —El Rey lo apartó con brusquedad—. Han venido a degollarnos mientras dormíamos, Pedri. No hay palabras para esto, solo sangre. ¡Ve con tu esposa a los refugios, ahora!
Pero Pedri no fue a los refugios. Mientras Isabella se retiraba escoltada, prometiendo que los refuerzos de su padre llegarían en días —días que no tenían—, Pedri se escabulló hacia las caballerizas. Su timidez se había evaporado, reemplazada por una valentía desesperada y suicida. Si iba a morir, lo haría mirando a Ferran a los ojos.
Fuera, el ejército aliado ya rodeaba las murallas. Ferran, montado en su corcel negro, sentía que el aire le quemaba los pulmones. Estaba corrompido por dentro. La furia de los últimos meses se había transformado en una resolución oscura. Su padre le había dado una misión clara: entrar al castillo, ejecutar al Rey y capturar al príncipe heredero para asegurar la rendición total.
—¿Estás listo, muchacho? —le preguntó el príncipe de las Rocas, cabalgando a su lado—. Hoy enterraremos a los lirios de Tegueste bajo nuestras botas.
Ferran no respondió. Desenvainó su espada, el acero brillando con una luz siniestra bajo el sol de la tarde.
—¡Carguen! —gritó Ferran, y su voz sonó como si viniera de ultratumba.
El choque fue brutal. Las flechas oscurecieron el cielo y el olor a metal y tierra removida llenó el aire. Las defensas de Tegueste, improvisadas y escasas, comenzaron a ceder casi de inmediato. Ferran lideró la brecha en la puerta sur, abriéndose paso entre los soldados con una ferocidad que asustaba incluso a sus propios hombres. No era un guerrero luchando por su patria; era un hombre intentando matar el dolor a través de la violencia.
Llegó al patio central, donde la resistencia era más feroz. La sangre salpicaba las flores que Pedri tanto cuidaba. Ferran desmontó, buscando con la mirada la entrada al salón del trono. Fue entonces cuando lo vio.
En medio del caos, sin armadura, vestido solo con su túnica de príncipe ahora manchada de hollín y sangre ajena, Pedri estaba allí, sosteniendo una espada corta que le temblaba en las manos.
—¡Ferran! —gritó Pedri, y su voz logró cortar el estruendo de la batalla.
Ferran se detuvo en seco. Sus hombres se movieron para rodear al príncipe, pero Ferran levantó una mano, deteniéndolos.
—Atrás —ordenó Ferran, con una frialdad que hizo que sus soldados retrocedieran—. Este es mío.
Caminó hacia Pedri, cada paso resonando en las piedras del patio. Pedri no se movió. A pesar del pánico que brillaba en sus ojos, se mantuvo firme, con esa terquedad que Ferran solía encontrar adorable y que ahora le resultaba insoportable.
—Viniste —dijo Pedri, con una sonrisa triste que le partió el alma a Ferran—. Realmente viniste a destruir todo lo que amo.
—Tú destruiste lo nuestro primero —escupió Ferran, apuntándole con la punta de su espada al pecho—. Te vendiste a una princesa y a una alianza. Ahora, asume las consecuencias.
—¡Lo hice por ti, maldito idiota! —gritó Pedri, dando un paso adelante, ignorando la punta del acero que rozaba su túnica—. ¡Lo hice para que tu padre no tuviera una excusa para invadirnos! ¡Y mira lo que has hecho! Has traído el horror a mi casa.
—¡Tu casa es una mentira! —rugió Ferran, perdiendo el control—. ¡Toda tu vida es una mentira!
—¿Y esto? —Pedri soltó su espada, que cayó al suelo con un tintineo metálico. Abrió los brazos, exponiendo su pecho—. ¿Esto también es una mentira? Si has venido a matarme, hazlo. Si crees que mi muerte sanará tu orgullo, adelante. Pero no toques a mi familia. No toques a mi pueblo.
Ferran tembló. La punta de su espada vaciló. Los celos y la rabia que lo habían impulsado durante dos meses chocaron de frente con la realidad de Pedri: el chico tierno, el príncipe risueño que se perdía en los bosques, estaba dispuesto a morir por su gente, incluso a manos de quien amaba.
—Mátame, Ferran —susurró Pedri, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Cumple la profecía. Destrúyeme. Pero hazlo mirándome a los ojos, para que sea lo último que veas antes de convertirte en el monstruo que tu padre quiere que seas.
El silencio se hizo en el patio, a pesar de que la batalla continuaba en los alrededores. Ferran miró a Pedri, y por un instante, el acero de sus ojos se quebró. Vio el hilo de seda, ese que Pedri decía que era más fuerte que el acero. Estaba ahí, tenso, a punto de romperse, pero brillando con una luz que ninguna guerra podía apagar.
—¡Príncipe Ferran! —gritó uno de sus generales desde la distancia—. ¡El Rey de Tegueste ha sido localizado! ¡Proceda con la ejecución del heredero!
Ferran apretó los dientes. Su mano derecha quería obedecer, quería terminar con el tormento. Pero su mano izquierda, la que había acariciado el rostro de Pedri en la biblioteca, se cerró en un puño de agonía.
—No puedo —susurró Ferran, tan bajo que solo Pedri pudo oírlo.
—¿Qué has dicho? —preguntó Pedri, su voz quebrada.
—¡Dije que no puedo! —gritó Ferran, bajando la espada con violencia—. ¡Maldita sea, Pedri! ¡Te odio por hacerme esto! ¡Te odio por ser lo único que me impide ser el guerrero que debería ser!
En ese momento, una explosión en la torre principal sacudió el suelo. El humo negro comenzó a cubrir el cielo. Ferran agarró a Pedri por los hombros, no con delicadeza, sino con la urgencia del que intenta salvar algo de un incendio.
—Escúchame bien —dijo Ferran, clavando sus ojos en los de él—. Mi padre no tendrá piedad. Los otros reinos no se detendrán hasta que Tegueste sea ceniza. Isabella no vendrá a salvarte; su padre ya ha pactado con el mío el reparto de tus tierras.
Pedri sintió que el frío lo invadía. La traición era absoluta.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó Pedri, el pánico regresando—. Mis hermanos... mis padres...
—Tienes que huir —dijo Ferran, empujándolo hacia el pasadizo secreto que sabía que existía tras las caballerizas—. Llévate a quien puedas. Yo... yo ganaré tiempo. Diré que te escapaste, que te perseguí y te perdí en el bosque.
—¿Y tú? —Pedri lo sujetó de la túnica—. Si se enteran, te matarán.
Ferran soltó una risa seca, desprovista de alegría.
—Ya estoy muerto, Pedri. Morí el día que te vi aceptar ese anillo. Ahora vete. ¡Vete antes de que cambie de opinión!
Pedri dudó un segundo, el corazón debatiéndose entre el deber de quedarse y la necesidad de sobrevivir. Se acercó a Ferran y, en medio del humo y los gritos de guerra, le plantó un beso rápido y desesperado en los labios. Un beso que sabía a despedida y a promesa rota.
—Encuéntrame —susurró Pedri—. En el lugar donde el espectro nos vio. Si sobrevivimos a esta noche, encuéntrame allí.
Pedri se dio la vuelta y corrió hacia las sombras del pasadizo, desapareciendo justo cuando los soldados de Foios irrumpían en el patio buscando su cabeza.
Ferran se quedó solo en el centro de la destrucción. Recogió la espada corta de Pedri del suelo y la guardó en su cinturón. Se volvió hacia sus hombres, su rostro transformándose de nuevo en la máscara de piedra del príncipe guerrero.
—¡Se ha escapado por las murallas! —mintió Ferran, su voz resonando con autoridad—. ¡Dividan las tropas! ¡Yo iré tras él hacia el norte! ¡Que nadie desvíe su atención del castillo central hasta que el Rey se rinda!
Mientras sus soldados se dispersaban siguiendo sus órdenes falsas, Ferran miró hacia la torre que ardía. La destrucción había llegado, tal como se predijo. Pero mientras veía la silueta de Pedri desaparecer en la espesura del bosque, Ferran supo que la segunda parte de la profecía —la del amor que condena— todavía tenía un capítulo por escribir.
Él no mataría al príncipe de Tegueste. Él quemaría el mundo entero si era necesario para asegurarse de que el hilo de seda, aunque manchado de sangre, nunca llegara a cortarse del todo. La guerra acababa de empezar, pero no era la guerra de los reyes. Era la guerra de dos príncipes contra el destino mismo.