Volver al resumen

Fedri

El llanto ausente y el peso del destino

La paz era una mentira tejida con hilos de seda demasiado finos. Durante meses, el Reino de Tegueste se había convertido en un oasis de esperanza. Los jardines, una vez calcinados, ahora desbordaban lirios blancos y rosas rojas, simbolizando la unión de las dos casas. En el centro de todo ese florecimiento estaba Pedri. Su embarazo, un fenómeno que desafiaba la lógica de los sabios y los rezos de los sacerdotes, se había convertido en el faro de una nueva era.

Pedri caminaba por los pasillos con una mano siempre apoyada en su vientre, que ahora lucía prominente y pesado. Ferran no se alejaba de él más de lo estrictamente necesario para sus deberes como futuro soberano. Lo observaba con una mezcla de adoración y un miedo latente que no lograba sacudirse del todo. A menudo, en la quietud de la noche, Ferran recordaba las palabras de la mujer sin rostro en el bosque: *«Su destino los condena a amarse y a destruirse»*.

—¿En qué piensas? —preguntó Pedri una tarde, notando la sombra en los ojos de su amante mientras descansaban en la biblioteca, el lugar donde todo había dejado de ser odio para convertirse en refugio.

—En que eres demasiado hermoso para este mundo, Pedri —respondió Ferran, arrodillándose ante él para besar la curva de su vientre—. Y en que a veces siento que los dioses nos han dado demasiado. Tengo miedo de que nos cobren el precio.

Pedri le acarició el cabello con ternura, soltando una pequeña risa risueña que iluminó la estancia.

—Eres un guerrero valiente, Ferran, pero te asustas de las sombras —dijo Pedri con suavidad—. Este bebé es el "algo bonito" que ella vio. Es nuestra redención. No puede haber destrucción en algo tan puro.

Ferran quiso creerle. Quiso pensar que el espectro se había equivocado o que la destrucción ya había pasado con la guerra y las cenizas. Pero el destino no olvida las deudas de sangre.

La noche del parto llegó con una tormenta que pareció arrancar los cielos. No era una lluvia común; los truenos retumbaban contra las murallas del castillo como si los gigantes de piedra estuvieran despertando. Dentro de la habitación real, el ambiente era asfixiante. Pedri, que siempre había sido cálido y radiante, estaba pálido, con la piel empapada en un sudor frío que no cedía ante los paños húmedos.

—¡Duele! —gritó Pedri, arqueando la espalda mientras sus dedos se clavaban en las sábanas de lino—. ¡Ferran, algo no está bien! ¡Siento que me quemo por dentro!

Ferran estaba a su lado, sosteniendo su mano con una fuerza desesperada, sintiendo cómo los huesos de Pedri crujían bajo la presión. Su rostro estaba desencajado por la angustia. Ver al ser que más amaba en el mundo retorcerse de dolor era una tortura que superaba cualquier campo de batalla.

—¡Hagan algo! —rugió Ferran, volviéndose hacia los médicos y las parteras que se movían con urgencia—. ¡Lleva horas así! ¡Dénle algo para el dolor!

—Príncipe Ferran, por favor, mantenga la calma —dijo el médico principal, cuya frente también estaba perlada de sudor—. Las complicaciones son severas. El cuerpo del príncipe Pedri está luchando contra una naturaleza que no estaba preparada para esto. Si usted se altera, él se alterará más.

Pedri soltó un alarido que pareció desgarrar el aire. Sus ojos, antes llenos de risa, estaban nublados por las lágrimas y el agotamiento.

—No puedo... Ferran, no puedo más —sollozó, su voz rompiéndose en un susurro ronco—. Me estoy yendo... siento que me apago.

—¡No digas eso! —Ferran se inclinó sobre él, pegando su frente a la de Pedri, mezclando sus lágrimas—. Mírame, Pedri. Mírame a los ojos. No te voy a dejar ir. Tú eres más fuerte que cualquier profecía. ¡Puja, mi amor, puja por nosotros!

Afuera, en el salón contiguo, los Reyes de Tegueste y Foios caminaban de un lado a otro. El silencio que seguía a cada grito era más aterrador que el grito mismo. El padre de Pedri rezaba ante un pequeño altar, mientras el padre de Ferran mantenía la mano sobre el pomo de su espada, como si pudiera combatir a la muerte misma si esta se atrevía a cruzar el umbral.

—Ha pasado demasiado tiempo —murmuró el Rey de Tegueste—. Mi hijo es valiente, pero su cuerpo es frágil.

De repente, dentro de la habitación, el ritmo de la urgencia cambió.

—¡Ya viene! —exclamó la partera—. ¡Un último esfuerzo, príncipe Pedri! ¡Ahora!

Pedri reunió las últimas fuerzas que le quedaban en su ser. Con un grito que se convirtió en un gemido agónico, dio el pujo final. Ferran sintió cómo la mano de Pedri se relajaba de golpe, perdiendo toda tensión.

El bebé salió. Ferran vio la cabeza, los hombros... pero no hubo sonido.

El silencio que siguió fue absoluto, más pesado que la piedra de las mazmorras. Ferran miró al médico, esperando el llanto, el primer aliento que confirmara que el milagro era real. Pero el bebé estaba de un blanco marmóreo, sin el rubor de la vida, sin el movimiento de los pulmones. Estaba quieto, terriblemente quieto.

—¿Por qué no llora? —preguntó Ferran, su voz temblando como una hoja al viento—. ¡¿Por qué no llora?!

Los médicos no respondieron. Uno de ellos tomó al niño rápidamente y lo llevó a una mesa lateral, comenzando a realizar maniobras desesperadas para insuflar vida en ese pequeño cuerpo. Ferran se volvió hacia Pedri, pero su corazón se detuvo al ver que los ojos de su amante estaban cerrados.

—¿Pedri? —Ferran lo sacudió levemente por los hombros—. ¡Pedri, despierta! ¡Ya terminó! ¡Mírame!

Pero Pedri no respondió. Su rostro, antes tan lleno de calidez, estaba blanco y frío. Su respiración era tan superficial que apenas movía el aire. Se había desmayado por el agotamiento y el shock hemorrágico, quedando en un limbo donde la vida y la muerte se daban la mano.

Ferran sintió que el mundo desaparecía. Se dejó caer sobre el pecho de Pedri, sollozando sin control. La profecía había regresado con toda su crueldad. El amor los había llevado a ese momento, y la destrucción estaba reclamando su parte del trato.

Afuera, los reyes se detuvieron en seco. El cese repentino de los gritos y la ausencia absoluta de un llanto de bebé los golpeó como un mazazo físico. El padre de Pedri fue el primero en reaccionar, empujando las puertas dobles con una fuerza nacida del pánico.

—¡Pedri! —gritó al entrar.

Lo que vieron los detuvo en el sitio. Ferran estaba derrumbado sobre el cuerpo inerte de Pedri, sus hombros sacudidos por sollozos roncos. Los médicos rodeaban una mesa al fondo, donde un pequeño bulto estaba cubierto con una manta de seda blanca. No había movimiento. No había esperanza en el aire.

La Reina de Tegueste soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la boca mientras sus piernas cedían. El Rey de Foios se acercó a su hijo, poniendo una mano temblorosa en su hombro, pero Ferran lo apartó con un movimiento violento.

—¡No lo toquen! —rugió Ferran, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de una locura dolorosa—. ¡Ella lo dijo! ¡Dijo que nos destruiríamos! ¡Es mi culpa! ¡Yo permití que esto pasara!

—Ferran, cálmate —dijo su padre con voz quebrada—. Los médicos están haciendo lo que pueden.

—¡Está muerto! —gritó Ferran, señalando la mesa—. ¡Mi hijo está muerto y Pedri se está muriendo! ¡¿Esta es vuestra paz?! ¡¿Este es el precio de vuestros malditos reinos?!

El Rey de Tegueste se acercó a la cama de su hijo, tomando la mano fría de Pedri. Las lágrimas corrían por sus mejillas curtidas.

—Hijo mío... mi pequeño Pedri... no nos dejes —suplicó el monarca.

En ese momento de desesperación absoluta, cuando la oscuridad parecía haber ganado la partida, el médico que estaba con el bebé se detuvo. Miró a los demás con una expresión de asombro y terror.

—Esperen... —susurró el médico.

Todos en la habitación se congelaron. Ferran contuvo el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Un sonido pequeño, casi imperceptible, rompió el silencio. Fue como el roce de un ala de pájaro contra un cristal. Luego, un gemido débil. Y finalmente, un llanto fino y agudo que, aunque frágil, cortó la atmósfera de muerte como una espada de luz.

Ferran se puso en pie de un salto, tropezando hacia la mesa. El médico apartó la manta y allí estaba: el bebé, cuya piel empezaba a teñirse de un rosa pálido, agitaba sus pequeños puños, reclamando su lugar en el mundo.

—Está vivo —dijo el médico, con la voz temblorosa—. Es un milagro... su corazón se había detenido, pero ha vuelto.

Ferran no pudo articular palabra. Cayó de rodillas ante la mesa, mirando a esa pequeña criatura que era la viva imagen de Pedri, con sus mismos rasgos suaves y delicados. Pero la alegría fue efímera, pues se volvió hacia la cama.

—¡Pedri! —gritó Ferran—. ¡Escúchalo! ¡Está vivo! ¡Tienes que despertar por él!

Pedri no se movió, pero una sola lágrima rodó por su mejilla cerrada. El médico se apresuró a atender al príncipe, administrándole esencias fuertes y suturando las heridas del parto. El Rey de Tegueste y el de Foios se abrazaron, olvidando por completo sus títulos y su historia, unidos por el alivio más puro que un hombre puede sentir.

Pasaron horas de angustia e incertidumbre. Ferran no permitió que se llevaran al bebé; lo mantuvo envuelto en sus propios brazos mientras se sentaba al borde de la cama de Pedri, esperando.

Cerca del amanecer, cuando los primeros rayos de sol empezaban a filtrarse por las ventanas, Pedri soltó un suspiro largo. Sus párpados temblaron y, muy lentamente, sus ojos se abrieron. Estaban nublados y cansados, pero cuando enfocaron a Ferran, una chispa de reconocimiento volvió a ellos.

—¿Ferran? —susurró Pedri, su voz apenas un soplo de aire.

—Aquí estoy, mi vida —respondió Ferran, acercándose a él, con cuidado de no despertar al pequeño bulto que dormía en su pecho.

—El bebé... —Pedri cerró los ojos un momento, como si recordara el vacío y el silencio—. Lo perdí, ¿verdad? Recuerdo el silencio...

—No, Pedri. Míralo —Ferran se inclinó, mostrándole al niño—. Es nuestro. Es fuerte como tú. Se negó a dejarnos.

Pedri miró al bebé y una sonrisa radiante, aunque débil, transformó su rostro. Extendió una mano temblorosa para rozar la mejilla del niño, y en ese contacto, toda la frialdad de la noche pareció disiparse.

—Es... es lo más bonito que he visto —murmuró Pedri, las lágrimas de felicidad desbordándose—. Tenía razón. Ella tenía razón.

—¿Sobre la destrucción? —preguntó Ferran con tristeza.

—No —respondió Pedri, mirando a Ferran con una intensidad que le quemó el alma—. Sobre que estábamos destinados a amarnos. La destrucción fue necesaria para que este mundo nuevo pudiera nacer. Ya no hay reinos enemigos, Ferran. Solo hay esto.

Ferran besó la frente de Pedri y luego la del bebé. El hilo de seda, que tantas veces había estado a punto de romperse bajo el peso del odio y la muerte, ahora se sentía más fuerte que nunca. No era un hilo que los ataba a una maldición, sino uno que tejía la manta que protegería a su hijo.

Los reyes entraron en la habitación en silencio, viendo la estampa de la nueva familia. Ya no eran soberanos planeando guerras; eran abuelos mirando el futuro.

—¿Cómo se llamará? —preguntó el Rey de Tegueste con suavidad.

Pedri miró a Ferran, y Ferran asintió, dejando que Pedri eligiera.

—Se llamará Lir —dijo Pedri—, como los lirios que crecen después de la tormenta. Para que nunca olvidemos que, incluso en la oscuridad más profunda, la vida siempre encuentra el camino de regreso.

Esa mañana, el Reino de Tegueste no celebró una victoria militar, ni un tratado comercial. Celebró el llanto de un niño que no debería haber nacido, y el despertar de un príncipe que se había negado a morir. La profecía del espectro se había cumplido: se habían amado y se habían destruido, pero de sus cenizas había surgido algo que ni siquiera el destino podía controlar.

Ferran se recostó al lado de Pedri, con el bebé entre ambos, y por primera vez en años, cerró los ojos sin miedo. El eco de las cenizas se había apagado, y en su lugar, solo quedaba el suave y rítmico sonido de la respiración de su hijo, la música más dulce que jamás se hubiera escuchado en los dos reinos.

Entrar con Telegram

Confirma el acceso en el bot.