Fedri
El brote de los lirios de invierno
El castillo de Tegueste ya no olía a humo ni a cenizas. Tras quince meses de incansable reconstrucción, el aroma a piedra recién cortada y a lavanda fresca volvía a recorrer los pasillos. Sin embargo, para Pedri, el ambiente de aquella tarde se sentía tan denso como el día de la invasión. Sus dedos, largos y finos, jugaban nerviosos con el borde de su túnica de seda verde, mientras sus ojos buscaban refugio en el jardín que florecía bajo su ventana.
La paz era un milagro que aún le costaba procesar. Sus hermanos pequeños, que habían estado al borde de la muerte por la inanición y el frío de las mazmorras, correteaban ahora por los pasillos con una energía que llenaba de vida el palacio. La medicina de los tres reinos, unida por primera vez en la historia, había logrado lo imposible. Incluso Sira, la hermana de Ferran, había recuperado el color en sus mejillas, aunque ahora pasaba la mayor parte del tiempo en Foios, ayudando a su madre con el nuevo heredero, un pequeño príncipe nacido hacía apenas unos meses que había llegado para asegurar el linaje y aliviar las preocupaciones del Rey de Foios sobre la sucesión.
—¿Otra vez perdido en tus pensamientos, pequeño caprichoso? —La voz de Ferran, ronca y cargada de una ternura que solo reservaba para él, lo sacó de su ensimismamiento.
Pedri sintió un vuelco en el corazón. Ferran se acercó por detrás y lo rodeó con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro. El príncipe de Foios había cambiado; sus hombros eran más anchos, su mirada más madura, y aunque el rencor por aquella noche en que Pedri casi muere todavía asomaba a veces en sus ojos cuando recordaba la herida, su amor se había vuelto una fuerza absoluta e inamovible.
—Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado todo —susurró Pedri, dejándose caer contra el pecho de Ferran—. A veces me da miedo despertar y que todo sea un sueño de la fiebre en la celda.
—No es un sueño —dijo Ferran, dándole un beso suave en el cuello—. Estamos aquí. Nuestros padres están bebiendo vino en el salón como si nunca hubieran querido cortarse la cabeza, e Isabella probablemente esté escribiéndole cartas de amor a su general en el Reino de las Brumas. Es real, Pedri.
Pedri sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Llevaba meses guardando un secreto que quemaba en sus entrañas. Desde aquella noche, tres meses atrás, en la que se entregaron el uno al otro sin las cadenas del miedo ni las sombras de la guerra, algo había cambiado en su cuerpo. Al principio pensó que era el cansancio de la recuperación, pero luego vinieron los mareos matutinos y esa extraña conexión con una chispa de vida que no debería existir, pero que latía con fuerza dentro de él. Un milagro imposible que desafiaba las leyes de la naturaleza y de los hombres.
Su madre, la Reina, lo había descubierto casi de inmediato. Las madres tienen un instinto que atraviesa cualquier muro. Ella lo había cuidado en silencio, dándole infusiones para las náuseas y ocultando su estado bajo túnicas más holgadas. Pero hoy, con las tres familias reunidas para celebrar el decimoquinto mes de paz, Pedri sabía que no podía callar más.
—Ferran... —empezó Pedri, girándose en sus brazos para mirarlo de frente—. ¿Me amas? A pesar de todo, ¿aún me amas con la misma fuerza que en la biblioteca?
Ferran frunció el ceño, confundido por la seriedad en el tono de Pedri. Acarició su mejilla con el pulgar, trazando la línea de su mandíbula.
—Te amo más que a mi propia vida, y lo sabes. ¿Por qué lo preguntas ahora?
—Porque hoy... hoy voy a decir algo que podría cambiarlo todo de nuevo —dijo Pedri, su voz temblando ligeramente—. Solo prométeme que no me soltarás.
—Nunca —juró Ferran, besando su frente—. Ni aunque el mundo vuelva a arder.
El gran salón de banquetes estaba decorado con los estandartes de los tres reinos entrelazados. La cena transcurría entre risas y anécdotas. El Rey de Foios, mucho más humilde desde el nacimiento de su nuevo hijo, brindaba con el padre de Pedri.
—Debo admitir, viejo amigo —dijo el Rey de Foios, alzando su copa—, que nunca pensé que el vino de Tegueste supiera mejor cuando se comparte en paz que cuando se roba en guerra.
—Es porque la paz le añade un dulzor que el acero no tiene —respondió el padre de Pedri con una carcajada—. Y ver a nuestros hijos felices... eso es el mejor tratado que jamás hayamos firmado.
La Reina de Tegueste miró a Pedri desde el otro extremo de la mesa y le hizo un leve gesto con la cabeza, dándole el valor que necesitaba. Pedri se levantó lentamente, atrayendo la atención de todos. Ferran, sentado a su lado, lo miró con curiosidad y una pizca de preocupación.
—Padres, amigos... —comenzó Pedri, sintiendo que el corazón le martilleaba en los oídos—. Estos quince meses han sido una bendición. Hemos visto cómo las heridas se cerraban y cómo la vida volvía a brotar donde solo había cenizas.
Hizo una pausa, buscando la mano de Ferran bajo la mesa. Ferran la apretó con fuerza, transmitiéndole su estabilidad.
—Pero la vida tiene formas extrañas de manifestarse —continuó Pedri, mirando directamente a Ferran—. Ferran, tú siempre dices que somos un milagro por haber sobrevivido a la profecía. Pero el verdadero milagro es lo que el amor puede crear, incluso cuando parece imposible.
El salón se quedó en un silencio sepulcral. Los reyes dejaron sus copas en la mesa, presintiendo que algo trascendental estaba por ocurrir.
—Estoy encinta —soltó Pedri, con la voz clara a pesar del temblor.
El silencio se volvió aún más denso, si es que eso era posible. El Rey de Foios abrió la boca sin emitir sonido, y el padre de Pedri se quedó petrificado con la copa a medio camino de los labios. Ferran, por su parte, soltó la mano de Pedri, pero no por rechazo, sino porque sus dedos perdieron la fuerza ante la impresión.
—¿Qué has dicho, hijo? —preguntó su padre, con la voz apenas en un susurro.
—Que llevo un hijo de Ferran en mi interior —repitió Pedri, esta vez con más firmeza, sintiendo el apoyo silencioso de su madre, que asintió suavemente desde su asiento—. No sé cómo ha ocurrido, los médicos dirán que es magia o una bendición de los antiguos dioses, pero es real. Llevo tres meses ocultándolo, pero ya no puedo más.
Ferran se puso en pie, con el rostro pálido. Miró a Pedri, luego a su vientre, y de nuevo a los ojos de Pedri, que estaban llenos de lágrimas de miedo.
—¿Un hijo? —susurró Ferran.
—Nuestro hijo, Ferran —dijo Pedri, temiendo su reacción—. Si me odias por esto, si crees que es una maldición...
—¿Odiarte? —Ferran rodeó la mesa en dos zancadas y tomó el rostro de Pedri entre sus manos—. ¡Pedri, es lo más increíble que he oído en toda mi existencia!
Ferran lo abrazó con una desesperación dulce, sollozando de alegría contra su hombro. El Rey de Foios se levantó, mirando a su hijo y a Pedri.
—Esto... esto cambia todas las leyes de la naturaleza —dijo el monarca de Foios, acercándose a ellos—. Pero si algo hemos aprendido es que las leyes de los hombres nos llevaron a la ruina. Si este niño es el fruto de vuestra unión, entonces es el heredero de ambos reinos. El puente definitivo.
El padre de Pedri se acercó también, poniendo una mano en el hombro de su hijo.
—Parece que la mujer sin rostro no vio toda la historia —dijo el Rey de Tegueste con una sonrisa emocionada—. Vio destrucción, sí, pero no vio que de esa destrucción nacería una vida capaz de unir dos linajes para siempre.
La tensión en el salón se disolvió en una ola de emoción. Los hermanos pequeños de Pedri, aunque no entendían del todo la magnitud del anuncio, celebraron al ver a sus padres felices. Sira, que estaba de visita, corrió a abrazar a su hermano y a Pedri, entusiasmada con la idea de tener otro sobrino al que cuidar.
Esa noche, después de que las celebraciones terminaran y los reyes se retiraran a discutir, con una mezcla de asombro y pragmatismo, cómo anunciarían este nuevo milagro al pueblo, Ferran y Pedri se quedaron solos en los jardines. La luna llena iluminaba los lirios que Pedri había replantado.
—Tenía tanto miedo de tu reacción —confesó Pedri, apoyado en el pecho de Ferran mientras caminaban entre las flores.
—A veces olvido que todavía me ves como ese príncipe guerrero lleno de rencor —dijo Ferran, deteniéndose para besarle las manos—. Pedri, ese hombre murió en las mazmorras. El que está aquí solo vive para ti y para lo que sea que construyamos juntos. Un hijo... un pequeño milagro nuestro.
—¿Crees que será valiente como tú? —preguntó Pedri con una sonrisa traviesa.
—Espero que sea tierno y caprichoso como tú —respondió Ferran, acariciando con extrema delicadeza el vientre de Pedri—. Y espero que nunca tenga que conocer el peso de una espada, solo el de una corona llevada con amor.
Se quedaron en silencio, escuchando el susurro del viento entre los árboles. La profecía del espectro ya no era una condena, sino un recuerdo lejano de un pasado que habían logrado trascender. Habían sido destinados a amarse y a destruirse, y en efecto, el odio que los rodeaba se había destruido, dejando paso a una vida nueva que florecía en el lugar más inesperado.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Pedri, recostando la cabeza en el hombro de Ferran.
—¿Qué?
—Que ahora el hilo de seda ya no es solo algo que nos une a nosotros dos —dijo Pedri, cerrando los ojos con paz—. Ahora es un hilo que se extiende hacia el futuro.
Ferran lo apretó contra sí, sintiendo el latido de dos corazones contra su pecho. La paz de Tegueste era real, su amor era invencible y, por primera vez en sus vidas, el mañana no era una amenaza, sino una promesa dorada que empezaba a cumplirse bajo la luz de las estrellas.