Feo
Puntadas en el ego y calor en el pecho
Tres días habían pasado desde la fatídica conversación en la cornisa, y Johnny Storm todavía no lo había superado por completo.
Bueno, siendo completamente honestos, no lo había superado en absoluto.
No era común que el rostro más cotizado de los Cuatro Fantásticos fuera descartado con semejante frialdad, y mucho menos que una civil a la que acababa de salvar de un par de criminales armados le dijera a la cara que era «feo». ¡A él! Al hombre que había sido votado en el top tres de los solteros más codiciados del planeta dos años consecutivos. Pero la herida en su descomunal orgullo se había transformado en algo mucho más retorcido e intrigante cuando, gracias a una discreta búsqueda facilitada por los archivos policiales que Reed guardaba en el Edificio Baxter, Johnny descubrió la identidad de la muchacha.
Se llamaba Chloe, era estudiante de diseño en la Universidad de Columbia y, para rematar la humillación, tenía las redes sociales atiborradas de fotos, pancartas y publicaciones dedicadas única y exclusivamente a Spider-Man. Era, sin atisbo de duda, la fanática número uno del arácnido. Tenía fundas de teléfono con su silueta, pósteres firmados en convenciones y tuits donde proclamaba a los cuatro vientos que el trepamuros era el verdadero héroe de Nueva York, «el más noble, el más gracioso y el único con verdadero atractivo».
Johnny se había pasado toda la mañana rumiando esa información en el gimnasio del Edificio Baxter mientras golpeaba un saco de arena con tanta fuerza que casi lo desintegra en cenizas.
Así que, cuando las frecuencias de la policía interceptaron una alerta de código rojo por un asalto a mano armada en el Chase Bank de la Quinta Avenida, Johnny no lo dudó ni un segundo. Se encendió en llamas con un rugido ensordecedor y salió disparado a través del hangar aéreo, cortando el viento otoñal de Manhattan a una velocidad que desafiaba cualquier límite de velocidad.
Y, como el destino parecía tener un sentido del humor bastante retorcido, no fue el único en responder a la llamada.
Cuando Johnny aterrizó frente a las puertas de vidrio blindado del banco, dejando una leve marca de hollín en el pavimento, una figura rojiazul descendió elegantemente desde un poste de luz, aterrizando en cuclillas sobre el capó de una patrulla vacía antes de brincar hacia él.
—¡Vaya, miren quién decidió salir de su cueva de lamentos! —bromeó Spider-Man con esa voz vibrante que Johnny conocía tan bien—. ¿Ya superaste la crisis existencial del espejo, fósforo?
—Estoy en mi mejor momento, bicho —respondió Johnny con una sonrisa descarada, apagando las llamas de su cuerpo para mostrar su uniforme impecable y su cabello rubio peinado a la perfección—. Aunque me alegra que hayas venido. No quería aburrirme noqueando a estos tipos yo solo.
—Adelante, pues. Después de ti, su alteza rubia.
Ambos irrumpieron en el vestíbulo principal del banco con una sincronía envidiable. Adentro, una banda de seis criminales armados con tecnología de contrabando —armas láser modificadas con restos de maquinaria chitauri— intentaba forzar la bóveda mientras mantenían a una docena de rehenes acurrucados en el suelo, temblando de terror.
En cuanto los villanos los vieron, el caos se desató. Rayos de energía púrpura cruzaron la amplia sala, rebotando contra las columnas de mármol y destrozando las pantallas informativas.
Spider-Man fue un torbellino de reflejos. Disparó hileras gemelas de telaraña hacia los cañones de dos rifles, tiró de ellos con una fuerza descomunal y los hizo estrellarse entre sí en el aire antes de propinar una patada giratoria en el pecho de un tercer asaltante. Johnny, por su parte, se deslizó entre las mesas de los ejecutivos con una agilidad felina, derritiendo los pestillos de las armas restantes con pequeñas ráfagas de calor concentrado y noqueando a los criminales con golpes limpios y precisos de boxeo.
Cuando un asaltante intentó tomar a un rehén por el cuello, Spidey se quedó completamente en silencio. Fue ese instante inquietante, esa fracción de segundo en la que el héroe carismático se transformaba en una figura casi mitológica y aterradora. Sin decir una sola palabra, el arácnido se deslizó por el techo a una velocidad invisible para el ojo humano, cayó sobre la espalda del tipo y lo estampó contra el suelo de baldosas con una brutalidad calculada que dejó al hombre fuera de combate al instante.
El silencio se adueñó del banco. Los seis criminales estaban desarmados, inconscientes o pegados firmemente a las paredes con telaraña reforzada.
—Bueno, eso fue un agradable calentamiento matutino —dijo Spidey, recuperando de inmediato su tono jovial y sacudiéndose el polvo de las rodillas—. Todos están a salvo. La policía ya viene en camino, así que por favor mantengan la calma.
Johnny sonrió, complacido con el resultado. Sin embargo, mientras giraba la cabeza para evaluar el estado de los rehenes, su mirada se detuvo en seco.
Allí, entre un grupo de tres personas que se levantaban lentamente del suelo con las manos en el pecho, estaba ella.
Cabello castaño recogido en una coleta, abrigo verde musgo y una bufanda con el patrón clásico de una telaraña roja. Chloe. La misma chica del callejón del Soho. La que le había puesto la mano en el pecho para llamarlo feo.
La chica no tenía ojos para el rascacielos humano de cabello dorado. Sus pupilas estaban completamente dilatadas, fijas en Spider-Man. Llevaba en las manos un teléfono móvil con una carcasa desgastada llena de estampas del arácnido y comenzó a dar pasos apresurados hacia él, con el rostro iluminado por una devoción casi mística.
—¡Spider-Man! —exclamó con la voz temblorosa de emoción—. ¡Dios mío, eres tú! ¡Eres increíble! Yo... siempre quise decirte que...
Una chispa de picardía pura y venganza infantil se encendió en el cerebro de Johnny Storm.
*Oh, no. Ni hablar de que te salgas con la tuya*, pensó el rubio, entrecerrando sus ojos claros con una satisfacción maliciosa.
Antes de que la chica pudiera dar tres pasos más hacia su ídolo, Johnny dejó escapar un quejido agudo y teatral, llevándose una mano al costado del pecho y doblándose sobre sí mismo como si acabara de recibir un disparo a quemarropa.
—¡Agh...! —gimió Johnny, tambaleándose de manera dramática y dejándose caer sobre una rodilla justo en la trayectoria entre la chica y Peter—. ¡Maldición...!
El efecto fue instantáneo.
Peter, cuya naturaleza noble y protectora rozaba lo patológico, se olvidó por completo del entorno, de los rehenes y de la chica que intentaba hablarle. Su sentido arácnido no había vibrado, pero ver a su amigo desplomarse de esa manera encendió todas las alarmas de su corazón hipersensible.
—¡¿Johnny?! —gritó Peter, cruzando el vestíbulo con un impulso desesperado y arrodillándose frente a él en menos de un segundo—. ¡Johnny, ¿qué pasa?! ¿Te dio un rayo láser? ¡No vi ningún disparo residual!
Johnny apretó los párpados, respirando entrecortadamente mientras se agarraba el uniforme azul con fuerza, justo sobre el pecho.
—No... no lo sé —jadeó el rubio con una voz que sonaba rota, fingiendo una debilidad que merecía una nominación a los premios de la Academia—. Son... como puntadas. Puntadas horribles en el pecho, Spidey. Me arde por dentro, pero no es mi fuego... se siente... frío. No puedo respirar bien.
—¡¿Puntadas?! ¡Reed me dijo una vez que tu metabolismo puede entrar en fibrilación si absorbes radiación extraña! —la voz de Peter se quebró en un tono lleno de genuino pánico.
El chico universitario debajo de la máscara, el muchacho de ojos avellana que pasaba las noches desvelado estudiando anatomía y bioquímica para sus clases, tomó el control absoluto de la situación. Suspiró tembloroso y, sin dudarlo un solo instante, colocó ambas manos enguantadas sobre los pectorales de Johnny.
Presionó con firmeza, palpando la masa muscular bajo el tejido elástico del traje para buscar arritmias, fracturas en las costillas o anomalías en la temperatura de su núcleo.
—Tranquilo, quédate quieto —le rogó Peter con una suavidad desesperada, inclinándose tanto hacia él que Johnny podía sentir la respiración agitada del castaño chocando contra su cuello—. Concéntrate en mí. Voy a revisar tu pulso. Respira profundo, Johnny, por favor. Dime si te duele cuando presiono aquí.
Las palmas de Peter se movieron sobre el pecho firme y esculpido del rubio, masajeando levemente la zona del esternón mientras el arácnido acercaba la cabeza a la caja torácica de Johnny para intentar escuchar los latidos de su corazón a través de la máscara.
Johnny sintió una oleada de calor genuino recorrerle la columna vertebral. El contacto físico con Peter era peligrosamente agradable; las manos del arácnido, aunque cubiertas por la tela, eran cálidas, seguras y firmes. Por un segundo, Johnny casi olvidó su farsa, atrapado por la cercanía de ese cuerpo atlético que habitualmente se ocultaba bajo suéteres holgados y bufandas baratas.
Pero el orgullo pudo más.
Aprovechando que la cabeza enmascarada de Peter estaba inclinada sobre su pecho, buscando desesperadamente cualquier signo de daño físico, Johnny abrió un ojo.
Miró directamente a Chloe.
La chica se había quedado congelada a escasos dos metros de distancia. Su expresión de adoración hacia Spider-Man se había transformado en una mueca de absoluta frustración, celos e incredulidad. Tenía la boca entreabierta, viendo cómo el héroe de sus sueños acariciaba y sostenía con infinita ternura el torso desnudo de tela del hombre al que ella había insultado apenas unos días atrás.
Johnny sostuvo la mirada de la muchacha. La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa victoriosa y descarada. Y luego, con toda la inmadurez de la que un superhéroe de talla internacional era capaz, Johnny le sacó la lengua de manera infantil y le guiñó un ojo.
Chloe jadeó de indignación, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Sientes eso? —preguntó Peter, completamente ajeno a la guerra silenciosa que ocurría sobre su coronilla, mientras deslizaba sus dedos un poco más arriba, comprobando la clavícula—. Tu corazón está latiendo muy rápido, Johnny. Demasiado rápido. ¿Hay opresión? ¿Sientes que se irradia hacia el brazo izquierdo?
Johnny carraspeó, bajando la mirada hacia la máscara roja con una ternura repentina que no esperaba sentir.
—Bueno... —murmuró el rubio, suavizando la voz—, ahora que tienes tus manos sobre mí, creo que me siento bastante mejor, Spidey. De hecho, tus manos hacen maravillas. Deberías considerar cambiar la telaraña por la medicina.
Peter se quedó paralizado.
Lentamente, el arácnido dejó de presionar. Levantó la cabeza, fijando los lentes blancos de su máscara en los ojos claros de Johnny. Los ojos del rubio estaban brillantes, llenos de vida, sin el menor rastro del dolor agónico que había manifestado hacía apenas cuarenta segundos. No había sudor frío, no había palidez y su temperatura corporal era la misma de siempre: perfectamente cálida y radiante.
Peter giró la cabeza levemente hacia un lado y vio a la chica del abrigo verde, quien miraba a Johnny con una furia asesina mientras sostenía un bolso lleno de pines con la araña roja.
Las piezas encajaron en la brillante mente de Peter con la velocidad de un rayo.
*La chica del callejón. El rechazo. El ego herido. La supuesta fan*.
—Tú... —susurró Peter con un tono peligroso que hizo que una gota de sudor frío bajara por la nuca de Johnny—. Eres un imbécil.
—¡Tenía dolor, lo juro! —se defendió Johnny de inmediato, levantando las manos con una sonrisa culpable mientras se ponía de pie con una agilidad que desmentía cualquier problema cardíaco—. Bueno, tal vez no un infarto, pero el dolor era real. En el alma, Spidey. En el alma.
—¡Casi me da un paro cardíaco a mí por tu culpa! —estalló Peter, poniéndose de pie de un salto y empujando el hombro musculoso de Johnny con ambas manos—. ¡Estaba a punto de llevarte cargado hasta la enfermería del Baxter! ¡Creí que te estabas muriendo, idiota con cerillos en el cerebro!
—¡Pero te preocupaste por mí! —replicó Johnny, riéndose a carcajadas mientras retrocedía un paso, deleitándose con la frustración del arácnido—. Admítelo, te importo. Estabas a punto de darme respiración boca a boca frente a todos los rehenes.
—¡Te iba a dar un puñetazo en la mandíbula para reanimarte, que es muy diferente! —gruñó Peter, cruzándose de brazos, aunque las puntas de sus orejas bajo la tela roja estaban ardiendo de vergüenza y alivio a partes iguales.
Desde un lado, Chloe dio un paso adelante, aparentemente harta del espectáculo.
—Disculpa... ¿Spider-Man? —interrumpió la chica con un hilo de voz, tratando de recuperar la compostura—. ¿Estás bien? Este tipo... este payaso te estaba usando para...
Peter se giró hacia ella. Su postura se tensó ligeramente, perdiendo de inmediato la confianza y la insolencia con la que le hablaba a Johnny. A través de la máscara, sus ojos de ciervo parpadearon con timidez, recordando que esta chica era una civil y, al parecer, alguien que lo admiraba profundamente.
—Ah... sí, hola —dijo Peter rascándose la nuca con torpeza—. Sí, estoy bien. Gracias por... por preocuparte. Pero, sinceramente, la policía ya está afuera y sería mejor que salieran ordenadamente.
Chloe sonrió de oreja a oreja, ignorando por completo a la Antorcha Humana.
—Eres tan humilde —suspiró ella, juntando las manos—. No como otros que solo buscan llamar la atención. Eres el mejor héroe de esta ciudad. Y además... se nota que eres increíblemente lindo debajo de eso.
Johnny bufó sonoramente, rodando los ojos con fastidio.
Peter, en cambio, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El cumplido no hizo más que revivir la conversación que había tenido con Johnny en la cornisa. El arácnido miró de reojo al rubio, quien lo observaba con una ceja alzada y una sonrisita burlona que parecía decir: *«¿Ves? Te lo dije»*.
—Eh... bueno, gracias, señorita, pero de verdad, la belleza es relativa y esas cosas —tartamudeó Peter, retrocediendo hacia la salida destrozada del banco—. Johnny es... bueno, él es genial también. Cuando no está fingiendo ataques al corazón.
—No lo defiendas, Spidey —dijo la chica, lanzándole una mirada despectiva al rubio—. Ese rubio es un pesado engreído. Y bastante feo, para ser honesta.
Peter se detuvo. Algo en su pecho se apretó de manera incómoda. No le gustaba ver a Johnny actuando como un niño engreído, pero tampoco soportaba que alguien menospreciara a su amigo de esa manera tan gratuita.
Sin pensarlo demasiado, Peter dio un paso hacia Johnny, acortando la distancia entre ambos.
—En realidad —dijo Peter con una voz mucho más firme y segura, alzando la barbilla—, Johnny es una de las personas más valiosas que conozco. Y objetivamente hablando... está muy lejos de ser feo. Tiene una estructura ósea que cualquier modelo envidiaría y unos ojos que... bueno, que son bastante impresionantes. Debería tener un poco más de respeto por alguien que arriesga la vida por usted todos los días.
El vestíbulo quedó en silencio por segunda vez en la mañana.
Chloe parpadeó, atónita, sin saber qué responder ante la reprimenda de su héroe.
Johnny, por su parte, se quedó petrificado. Sus ojos claros se abrieron de par en par, fijos en la máscara de Peter. El rubio sintió que la temperatura de su cuerpo se elevaba de verdad, pero esta vez no era una combustión heroica; era un calor dulce, denso y abrumador que le subió directamente al rostro, tiñendo sus mejillas de un tono carmesí que no pudo disimular.
Peter pareció darse cuenta de lo que acababa de decir medio segundo después.
—¡Y con eso me refiero a que todos los héroes merecen respeto! —añadió el arácnido con una voz dos tonos más aguda, entrando en pánico total—. ¡La policía ya entró! ¡Adiós a todos! ¡Buen día!
Sin esperar un segundo más, Peter disparó una línea de telaraña hacia el marco superior de la entrada, se impulsó con fuerza y salió disparado hacia la avenida, balanceándose a toda velocidad para escapar de la situación más vergonzosa de su vida.
Johnny se quedó allí, viéndolo desaparecer entre los rascacielos.
Una sonrisa gigantesca, brillante y completamente desprovista de burla se dibujó en su rostro. Miró a Chloe por última vez, se encogió de hombros con una elegancia deslumbrante y encendió sus botas en fuego, elevándose suavemente sobre el suelo.
—Ya la escuchaste, preciosa —le dijo Johnny a la chica con un guiño triunfal—. Tengo una estructura ósea envidiable. Y Spider-Man tiene prisa.
Con una risa ligera y el corazón latiendo con una fuerza renovada, Johnny se cubrió de llamas y salió tras la estela del arácnido, decidido a cobrarle cada una de esas palabras al tímido chico de los suéteres de otoño.