Feo
El ángulo más cálido de Manhattan
Soportar a Johnny Storm cuando se le metía una idea fija en la cabeza era una prueba de paciencia que ni los monjes tibetanos más devotos habrían superado.
Durante las últimas setenta y dos horas, Spider-Man había tenido que escuchar, en no menos de cuatro patrullas conjuntas, variaciones infinitas de la misma frase: «¿Así que tengo una estructura ósea envidiable, eh, Spidey?». Johnny lo soltaba mientras derretía el armamento de unos asaltantes, lo susurraba con una sonrisita presumida mientras compartían un hot dog en lo alto del puente de Brooklyn, e incluso se lo había gritado desde el cielo a través del comunicador justo cuando Peter intentaba atrapar a un ladrón de autos.
Peter había optado por la estrategia de la evasión absoluta. Cada vez que el rubio abría la boca para alardear de sus facciones esculpidas por los dioses, el arácnido simplemente le lanzaba una plasta de telaraña a las botas o se balanceaba en dirección contraria fingiendo una urgencia radiofónica de vida o muerte.
El problema era que Peter Parker no podía balancearse lejos de sus problemas cuando no llevaba puesta la máscara. Y mucho menos cuando su cuenta bancaria tenía un saldo tan miserable que amenazaba con hacerle comer fideos instantáneos durante el resto del semestre universitario.
—¡Parker! —el rugido de J. Jonah Jameson todavía resonaba en los oídos de Peter mientras se abría paso entre la multitud congregada en la plaza frente al Edificio Baxter—. ¡Si no me traes fotos decentes de los Cuatro Fantásticos inaugurando ese nuevo generador geotérmico, no te molestes en volver a asomar tus patéticas narices por el Bugle! ¡Quiero primeros planos, Parker! ¡Quiero drama, heroísmo y nada de esa basura desenfocada que sueles venderme!
Con un suspiro cansado, Peter se ajustó la pesada correa de su cámara réflex al cuello. El viento de octubre soplaba con una brisa cortante, haciendo bailar las hojas secas de los árboles por la acera y obligándolo a encogerse dentro de sus capas de ropa. Llevaba puesto un suéter de lana color mostaza dos tallas más grande, una camisa de franela a cuadros asomando por el cuello y una gastada chaqueta de pana marrón que disimulaba por completo la musculatura tensa y fibrada que había desarrollado como vigilante nocturno. Con su cabello castaño ligeramente desordenado y esos enormes ojos avellana que lo hacían parecer perpetuamente indefenso ante el mundo, nadie en esa plaza habría imaginado jamás que el tímido muchacho de aspecto universitario era el mismo héroe que esquivaba misiles por las noches.
Un murmullo de emoción colectiva recorrió la marea de civiles y periodistas. Los flashes comenzaron a detonar como fuegos artificiales.
En el estrado decorado con tecnología futurista y banderas de la ciudad, aparecieron ellos. Reed Richards explicaba con calma científica los beneficios del generador; Sue Storm saludaba con su elegancia maternal y serena; Ben Grimm bromeaba con un grupo de niños en primera fila; y, por supuesto, acaparando toda la atención de las cámaras, estaba Johnny.
La Antorcha Humana no llevaba su fuego encendido, pero su sola presencia parecía emitir luz propia. Su cabello rubio estaba impecablemente peinado hacia atrás con esa mezcla de rebeldía y sofisticación tan suya; su uniforme azul marino abrazaba sus anchos hombros y sus pectorales con una precisión milimétrica, y esa sonrisa radiante, descarada y arrebatadora no dejaba de brillar mientras saludaba a los fanáticos.
Peter levantó la cámara y pegó el visor a su ojo derecho.
En teoría, su trabajo consistía en documentar el evento: el generador, a Reed cortando la cinta inaugural, al equipo completo simbolizando el progreso de la ciencia moderna. Eso era lo que Jameson le pagaría.
En la práctica, los dedos de Peter ignoraron cualquier indicio de lógica periodística.
Ajustó el anillo de enfoque manual. La imagen borrosa de la multitud se desvaneció, dando paso a una nitidez cristalina centrada únicamente en un hombre. En Johnny.
*Clic. Clic. Clic.*
A través del lente de cristal de veinticuatro milímetros, Johnny Storm se veía ridículamente bien. La luz del mediodía delineaba su perfil afilado, atrapando el tono translúcido de sus ojos claros, tan brillantes que parecían retar al propio sol. Peter contuvo la respiración. Sus dedos se movían por puro reflejo sobre el disparador, pero su mente se había quedado completamente en blanco, suspendida en una especie de trance involuntario.
Miró cómo Johnny ladeaba la cabeza, cómo una carcajada genuina hacía que sus ojos se achinaran apenas un milímetro, cómo mordía ligeramente su labio inferior en un gesto de distracción mientras su hermana hablaba por el micrófono. Peter sintió un nudo tibio y pesado formarse en la boca del estómago. El corazón le latió con una fuerza sorda contra las costillas, bombeando sangre caliente directo hacia sus mejillas frías por el viento otoñal.
*Dios santo*, pensó Peter, fascinado, incapaz de apartar la cámara. *De verdad es hermoso. Es insoportablemente guapo. ¿Cómo hace para verse así en un evento aburrido sobre geotermia?*
Peter bajó un milímetro el aparato, sólo para comprobar que la realidad coincidía con el visor, y se quedó allí, congelado entre la multitud de fotógrafos empujones, con la boca entreabierta y los ojos de ciervo clavados en el héroe rubio.
Y fue en ese preciso instante cuando Johnny miró hacia abajo.
Harto del discurso técnico de su cuñado, el rubio había estado buscando algo interesante entre la prensa para no quedarse dormido. Pero su mirada no se detuvo en las cámaras de televisión ni en los periodistas de trajes caros. Se detuvo en un muchacho.
Un chico de cabello castaño revuelto por la brisa, envuelto en un suéter enorme que parecía devorarlo por completo, con una chaqueta desgastada y la nariz ligeramente enrojecida por el frío. Pero lo que realmente capturó la atención de Johnny fueron sus ojos: dos orbes avellana descomunales, suaves, vulnerables y cargados de una devoción tan honesta y transparente que le quitó el aire. El chico no le estaba gritando por una primicia; simplemente lo miraba, completamente embobado, como si Johnny fuera la única cosa en toda la ciudad de Nueva York que merecía ser vista.
A Johnny se le escapó una sonrisa ladeada, diferente a la sonrisa comercial que les dedicaba a las revistas. Fue una sonrisa suave, genuina y cargada de una repentina curiosidad.
*Vaya, qué cosita tan adorable*, pensó el rubio, sintiendo una chispa de calor recorrerle la piel.
Consciente de que el fotógrafo aficionado no dejaba de mirarlo, Johnny acomodó su postura, ensanchó sutilmente los hombros, apoyó una mano en la cadera para resaltar su silueta y, clavando sus ojos claros directamente en el castaño, le dedicó un guiño lento, cómplice y absolutamente letal.
El chasquido del sentido arácnido no fue necesario para advertirle a Peter del peligro: la vergüenza pura bastó.
Peter dio un respingo visible. La sangre le subió al rostro con tanta violencia que sintió arder hasta la punta de las orejas. Dio un paso en falso hacia atrás, tropezando con los cables de una unidad móvil de televisión, bajó la cámara a toda prisa pegándola contra su pecho como si fuera un escudo y se agachó entre la multitud.
—¡Tierra, trágame! —gimió Peter para sus adentros, con el corazón galopando a trescientos kilómetros por hora.
Sin atreverse a levantar la vista de nuevo hacia el estrado, Peter se escabulló entre la marea de gente, huyendo como un criminal que acababa de ser descubierto con las manos en la masa.
***
Tres días después, la ciudad de Manhattan amaneció con un cielo azul pálido y un aire helado que anunciaba la cercanía de noviembre.
Johnny Storm caminaba por las inmediaciones de Washington Square Park con un par de gafas de sol oscuras, una chaqueta de cuero forrada en borrego y las manos metidas en los bolsillos. Su objetivo original para esa mañana había sido encontrar a Spider-Man. Llevaba patrullando por los tejados un par de horas en su forma humana, con la esperanza de que el bicho apareciera columpiándose para seguir atormentándolo con lo de su «estructura ósea», pero el arácnido parecía haber sido tragado por la tierra.
—Ese cobarde me está evitando —murmuró Johnny para sí mismo con una sonrisa divertida.
Se detuvo frente a un quiosco de periódicos en la esquina de la Quinta Avenida y la calle 8. Su mirada cayó de inmediato sobre la portada del *Daily Bugle*.
Johnny parpadeó, deteniéndose en seco.
No era la habitual foto sensacionalista y desenfocada. En la esquina superior derecha, bajo el titular del generador de Reed, había una fotografía suya. Era un primer plano en blanco y negro, con un juego de sombras y luz natural tan magistral que Johnny parecía una estrella de cine clásico de los años cincuenta. Se veía imponente, pero al mismo tiempo humano, con una calidez en la mirada que casi ningún fotógrafo lograba capturar jamás.
En la esquina inferior de la imagen se leía en letras pequeñas: *Fotografía: Peter Parker*.
—Maldición... —susurró Johnny, quitándose las gafas de sol con lentitud para apreciar los detalles—. Esto es arte.
Metió la mano al bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y se lo arrojó al vendedor sin esperar el cambio, tomando un ejemplar recién impreso.
—Quédese con la propina, buen hombre.
Justo cuando doblaba el periódico para examinarlo mejor, Johnny alzó la vista y su respiración se cortó.
Sentado en una banca de madera bajo un roble cuyas hojas doradas caían suavemente, estaba él.
El mismo chico del estrado. El de los suéteres gigantescos.
Esa mañana llevaba un suéter de punto trenzado color café con leche, una bufanda verde musgo enrollada al cuello con descuido y unos pantalones oscuros. Tenía un vaso de cartón humeante entre las manos enguantadas y leía concentrado unos apuntes universitarios llenos de fórmulas químicas que Johnny no entendía ni de lejos. Con la luz dorada de la mañana bañando su cabello castaño y esa expresión tranquila, parecía sacado de una pintura otoñal.
Johnny miró la firma del periódico: *Peter Parker*. Miró al chico de la banca, quien tenía una cámara fotográfica descansando a su lado.
Las piezas encajaron con una facilidad deslumbrante en la mente del rubio.
*Peter Parker. Conque así te llamas.*
Una sonrisa traviesa, radiante y llena de confianza floreció en los labios de Johnny. Enrolló el periódico en una mano, se acomodó la chaqueta de cuero y caminó con paso decidido y elegante hacia la banca, cortando la distancia con la seguridad de quien está acostumbrado a que el mundo se rinda a sus pies.
Peter estaba a punto de darle un sorbo a su té cuando una sombra alta y ancha bloqueó la luz del sol. El aroma inconfundible a sándalo, aire caliente y ozono golpeó sus sentidos medio segundo antes de que su sentido arácnido hiciera un tímido y confuso «clic» de advertencia.
Peter levantó lentamente la vista, con los ojos de ciervo abriéndose en una expresión de pánico absoluto.
Johnny Storm estaba de pie justo frente a él, con una pierna ligeramente flexionada, inclinándose hacia adelante con una presencia física tan abrumadora que el aire pareció desaparecer del parque.
—Hola —saludó Johnny con una voz suave, aterciopelada y peligrosamente cercana.
Peter se atragantó con su propia saliva.
—Ho... ¿hola? —consiguió balbucear el castaño, apretando el vaso de cartón hasta casi deformarlo.
Johnny desplegó el periódico con un movimiento fluido de muñeca y lo sostuvo frente al rostro de Peter, señalando con un dedo enguantado la fotografía en blanco y negro.
—Estaba caminando por aquí cuando vi esta obra de arte —dijo el rubio, sin apartar sus ojos claros del rostro del chico—. He salido en miles de portadas, niño. En *Time*, en *Rolling Stone*, en revistas de moda de Milán y París... pero nadie me había capturado de esta manera. Es brillante. Casi parece que el fotógrafo estaba enamorado de mi rostro mientras disparaba la cámara.
Peter sintió que la temperatura de su cuerpo alcanzaba niveles nucleares. Un rojo carmesí furioso le tiñó desde el cuello de la camisa de franela hasta las raíces del cabello. La taza de té comenzó a temblar ligeramente en sus manos.
—Yo... bueno, es que... la luz... la luz de las once de la mañana era muy difusa —empezó a tartamudear Peter a una velocidad absurda, agitando una mano libre en el aire sin ninguna coordinación—. O sea, la apertura del diafragma estaba en f/2.8 y el sensor captó... digo, Reed Richards estaba hablando de geotermia, pero el contraste con la sombra del estrado generaba una sobreexposición y... y yo solo apreté el botón porque Jameson me gritó y si no traigo fotos me despiden y...
Johnny no pudo contener una risa baja y cálida. El rubio dio un paso más, apoyando una bota sobre el borde de la banca y apoyando el codo sobre su rodilla, reduciendo la distancia entre sus rostros a escasos centímetros. La calidez natural que Johnny desprendía envolvió a Peter como una manta térmica en medio del frío.
—No tienes que darme una clase de fotografía técnica, dulzura —murmuró Johnny, inclinando la cabeza con una ternura infinita mientras admiraba el sonrojo descomunal del muchacho—. Ya sabía que eras tú. Te vi en la plaza. Con tu cámara, tus suéteres enormes y esos ojos preciosos mirándome como si fuera lo único en el mundo.
El cerebro de Peter Parker experimentó un apagón masivo del sistema. Todas sus funciones motoras y cognitivas quedaron reducidas a cenizas. Debajo de la ropa holgada, sus músculos estaban tensos como cuerdas de violín, debatiéndose entre usar sus reflejos de araña para saltar por encima de los árboles y huir a Queens, o simplemente derretirse en la banca y aceptar su muerte por combustión espontánea de vergüenza.
—Tú... me viste —dijo Peter con un hilo de voz ridículamente agudo.
—Claro que te vi —respondió Johnny, ensanchando su sonrisa ladina, fascinado por la forma en que las pestañas castañas del chico temblaban—. ¿Cómo no iba a ver a un chico tan lindo mirándome con tanta devoción? De hecho, me hiciste el día. Estaba teniendo una semana terrible con mi ego, pero verte a ti embobado con mi cara me devolvió la vida.
—¡No estaba embobado! —protestó Peter por puro instinto de supervivencia, intentando sonar indignado pero sonando más bien como un cachorro acorralado—. Fue... fue un cálculo de composición visual. Simetría áurea. Tu... tu estructura facial encajaba con el tercio superior del encuadre.
Johnny arqueó una ceja dorada, y un brillo travieso y familiar iluminó su mirada.
—¿«Estructura facial»? —repitió el rubio con sorna—. Vaya. Tienes un vocabulario extrañamente parecido al de cierto amigo mío enmascarado. Él también mencionó algo sobre mi estructura hace poco. Aunque debo admitir que tú lo dices con un sonrojo mucho más encantador.
Peter tragó saliva con un sonido audible.
*Maldita sea. Maldita sea mi suerte, maldito seas tú, Johnny Storm, y maldito sea mi estúpido alter ego.*
—Peter Parker —leyó Johnny en voz alta, bajando la mirada hacia el periódico y luego volviéndola a clavar en los enormes ojos avellana del castaño—. Así te llamas, ¿verdad?
—S-sí. Peter. Solo Peter. O Parker. Como quieras. O no me llames, también está bien, no hay problema, soy un fantasma, no existo... —Peter cerró la boca de golpe, apretando los labios con fuerza, deseando que una invasión alienígena destruyera Manhattan en ese preciso segundo solo para tener una excusa para marcharse.
Johnny soltó una carcajada abierta, brillante y musical que hizo que varias personas en el parque voltearan a mirarlos. El rubio dobló el periódico con cuidado, se inclinó un poco más hacia él y, con una suavidad inesperada, extendió dos dedos enguantados para tocar con delicadeza la punta de la bufanda verde de Peter, rozando apenas la tela de su suéter holgado.
—Bueno, Peter Parker —dijo Johnny, bajando la voz a un tono íntimo y confidencial que le envió un escalofrío eléctrico por toda la columna vertebral al arácnido—, voy a quedarme con esta foto. Y la próxima vez que los Cuatro Fantásticos salgan en las noticias, más te vale estar en primera fila con esa cámara. Me gusta cómo me veo a través de tus ojos.
Johnny se enderezó, colocándose de nuevo las gafas de sol con un movimiento lleno de estilo. Dio un paso hacia atrás, sin dejar de mirar al chico que seguía sentado en la banca, tieso como una estatua y rojo como una manzana madura.
—Nos vemos pronto, chico de los suéteres —se despidió Johnny con un guiño descarado antes de darse la vuelta y alejarse con su andar seguro y arrogante, perdiéndose entre la multitud del parque.
Peter se quedó completamente inmóvil durante dos minutos enteros.
El vapor de su té ya había dejado de salir. El viento frío le soplaba en el rostro, pero sus mejillas seguían ardiendo con la fuerza de una supernova.
Lentamente, Peter dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la banca, cubriéndose la cara con ambas manos enguantadas y dejando escapar un gemido ahogado de pura desesperación.
—Estoy muerto —susurró Peter para sí mismo a través de sus dedos—. Estoy oficialmente muerto. Si se entera de que Spidey y el fotógrafo del suéter son la misma persona... voy a tener que mudarme a Nueva Jersey. No hay otra opción.
A lo lejos, elevándose discretamente en una estela de llamas invisibles hacia el cielo otoñal, Johnny Storm sonreía como un idiota, pensando que Nueva York acababa de volverse un lugar infinitamente más interesante.