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Finn humano. Reina Flama pareja

La Ascensión de la Montaña Ardiente

El paisaje del Reino del Fuego ya no era el que los mapas antiguos de Ooo describían. Las cavernas que antes servían de techo se habían derretido o habían sido reclamadas por la presión de un crecimiento imparable. El centro del reino ya no era un palacio, sino un cráter titánico ocupado por una sola entidad. Phoebe, la Reina Flama, ya no poseía una forma que pudiera considerarse remotamente humana. Tres años de alimentación ininterrumpida, de devoción maníaca y de toneladas de madera de hierro, carbón primordial y esencias mágicas la habían transformado en una esfera de lava viva del tamaño de una montaña.

Su cuerpo era una masa colosal de energía naranja y blanca que pulsaba con el ritmo de un corazón volcánico. Sus extremidades se habían hundido en su propia opulencia, convirtiéndose en pliegues de fuego líquido que se desbordaban sobre los restos de la obsidiana del antiguo trono, ahora aplastado bajo miles de toneladas de peso soberano. Su rostro, inmenso y majestuoso, coronaba aquella cumbre de calor, con ojos que brillaban como supernovas.

A lo largo de las laderas de su cuerpo, pequeñas figuras se movían con la precisión de hormigas en un hormiguero. Eran los ciudadanos del fuego, convertidos ahora en meros sirvientes de mantenimiento para la inmensidad de su reina. Pero por encima de todos ellos, escalando por los pliegues de lava endurecida que formaban la "piel" exterior de Phoebe, estaba Finn.

El humano ya no vestía su túnica azul. Su piel estaba curtida, permanentemente enrojecida y cubierta de cicatrices de quemaduras que ya ni siquiera sentía. Llevaba arneses de cadena y ganchos de grafito diseñados para resistir temperaturas extremas. En sus manos, cargaba un tronco de madera de ébano estelar, una sustancia tan densa que un solo metro cúbico pesaba tanto como un elefante.

—¡Casi estoy ahí, mi reina! —gritó Finn, su voz apenas audible sobre el rugido constante de la combustión que emanaba de ella.

Finn clavó sus botas reforzadas en una grieta de magma semisólido y se impulsó hacia arriba. Sus músculos estaban tensos, llevados al límite por el esfuerzo de transportar el sustento de la diosa en la que había convertido a su antigua novia. Finalmente, alcanzó la "meseta" que formaba el labio inferior de Phoebe. El calor era tan intenso que el aire mismo se distorsionaba, creando espejismos de fuego.

Phoebe movió sus inmensos ojos hacia abajo. El simple movimiento de sus globos oculares generó un sismo que sacudió los cimientos del reino.

—Finn… —Su voz ya no era un sonido, sino una vibración tectónica que resonaba en los huesos del humano—. Puedo sentirte… Eres tan pequeño, pero tu voluntad es lo que me mantiene expandiéndome.

—Nunca voy a dejar que te sientas vacía —respondió Finn, jadeando, mientras levantaba el pesado tronco con un esfuerzo sobrehumano—. Mira esta pieza. La encontré en las profundidades de las Tierras de Cristal. Es madera que ha absorbido luz durante mil años. Es pesada, Phoebe. Es densa. Es justo lo que necesitas para ganar otro kilómetro de circunferencia.

Finn caminó con dificultad sobre la superficie ardiente de su mentón y, con un grito de esfuerzo, arrojó el tronco directamente hacia la inmensa cavidad de su boca, que se abrió como una puerta al núcleo de un sol. En cuanto la madera tocó el interior, se produjo una explosión de luz blanca.

Phoebe cerró los ojos y un gemido de satisfacción profunda sacudió la montaña de lava. Su vientre, que se extendía por kilómetros hacia las fronteras del reino, se expandió visiblemente, empujando las paredes de roca natural y haciéndolas crujir hasta el colapso.

—Más… —susurró ella, y una columna de humo negro brotó de sus fosas nasales—. Siento cómo mis capas se vuelven más gruesas. Siento el peso de mi propia existencia aplastando la realidad. Finn, es glorioso. Ya no puedo recordar lo que era caminar. Ya no puedo recordar lo que era ser pequeña.

—¿Por qué querrías recordarlo? —preguntó Finn, sentándose al borde de su labio, mirando hacia abajo, hacia el abismo de fuego que era el resto del cuerpo de la reina—. Eras una chispa. Ahora eres el incendio que consumirá el mundo. Mira tus costados, Phoebe. Has cubierto las minas del norte. Has absorbido las forjas del este. Eres el Reino del Fuego. Literalmente.

—Mi padre decía que el exceso me consumiría —dijo ella, y una risa profunda hizo que borbotones de lava saltaran desde sus pliegues—. Pero no me estoy consumiendo. Me estoy convirtiendo en la única cosa que importa. Soy la gravedad, Finn. Siento que el mundo entero empieza a inclinarse hacia mí.

—Y así debe ser —afirmó Finn con una sonrisa febril—. He enviado a las legiones de fuego a buscar los bosques de madera de hierro del Reino de los Muertos. Si podemos traer esa madera aquí, tu peso se duplicará en un mes. Quiero que seas tan grande que el Dulce Reino parezca un grano de arena a tu lado. Quiero que la Princesa Chicle tenga que mirar al cielo y solo vea tu resplandor.

Phoebe expandió sus fosas nasales, inhalando el calor que ella misma generaba. Su masa era tan vasta que generaba su propio microclima; nubes de ceniza y chispas orbitaban alrededor de su cabeza como satélites.

—A veces —comenzó Phoebe, su voz volviéndose más lenta, más pesada—, me pregunto si hay un límite. Si llegará un punto en el que el suelo de Ooo no pueda sostenerme y simplemente me hundiré hasta el corazón del planeta.

—Si eso pasa, entonces el corazón del planeta será tuyo —respondió Finn sin dudar—. Serás el nuevo núcleo. Pero no te detendrás. Te alimentaré con cada bosque, con cada mina, con cada brizna de materia que pueda cargar. Si te vuelves demasiado pesada para este mundo, entonces este mundo tendrá que crecer contigo.

—Eres un humano extraño, Finn —dijo ella, y una de sus inmensas manos, que ahora parecían colinas de lava viscosa, se movió apenas unos centímetros, un esfuerzo que causó un terremoto de magnitud seis—. Otros héroes querrían "salvarme" de esto. Querrían que volviera a ser esa chica delgada que podía saltar y luchar.

—Ellos no entienden la belleza de la magnitud —dijo Finn, acariciando la superficie incandescente sobre la que estaba parado—. Ellos tienen miedo del poder real. Yo no. Yo quiero ver hasta dónde puede llegar una diosa. Quiero ver cuánta masa puede contener una sola alma antes de convertirse en una estrella.

—Me siento tan… densa —murmuró Phoebe, cerrando los ojos mientras saboreaba la madera de ébano estelar que aún se desintegraba en su interior—. Cada gramo de peso que añades es como una nueva capa de seguridad. Nadie puede herirme ahora. Nadie puede moverme. Soy inamovible, Finn. Soy absoluta.

—Y vas a serlo más —prometió él—. Voy a bajar ahora. Los suministros del sur deberían estar llegando. Dicen que encontraron un depósito de carbón ancestral que arde diez veces más fuerte que el carbón normal. Voy a subirlo yo mismo.

—Ve, mi pequeño campeón —dijo la Reina Flama—. Trae todo lo que encuentres. No dejes que mi hambre se apague ni un segundo. Quiero sentir que mis bordes se estiran hasta que no quede nada más que yo.

Finn comenzó el descenso. Bajar por el cuerpo de Phoebe era tan peligroso como subir. Tenía que navegar por cascadas de lava que brotaban de sus poros y evitar las zonas donde el calor era tan intenso que derretiría sus cadenas. A mitad de camino, se encontró con Jake, quien lo esperaba en una de las pocas plataformas de roca sólida que quedaban en la periferia.

Jake ya no se veía como el perro alegre de antes. Estaba estirado, manteniendo la plataforma estable mientras el suelo temblaba constantemente por el crecimiento de la reina.

—Finn, esto tiene que parar en algún momento —dijo Jake, su voz llena de preocupación—. Mira a tu alrededor. El Reino del Fuego ya no existe. Solo es ella. Está aplastando todo. Si sigue aumentando de peso, va a romper la corteza terrestre.

—¡Esa es la idea, Jake! —gritó Finn, con los ojos brillando de una forma que asustó a su hermano—. Ella no es una reina de un reino de piedra. Ella es la reina de la materia. ¿No lo ves? Cada vez que come, se vuelve más perfecta. Su luz es más pura. Su peso es su majestad.

—¡Es una montaña de lava que no puede moverse, Finn! —replicó Jake—. ¿Qué tipo de vida es esa?

—Es la vida de una deidad —respondió Finn, soltándose de sus arneses y caminando hacia las carretas que esperaban—. Ella no necesita moverse. El mundo se moverá alrededor de ella. Ahora ayúdame con este carbón. Phoebe tiene hambre y no voy a dejar que su crecimiento se detenga.

Jake suspiró, viendo a su hermano cargar sacos de carbón con una fuerza que no debería poseer un humano de su edad. La obsesión de Finn había transformado al héroe en un servidor de la glotonería elemental. Pero al mirar hacia arriba, hacia la cumbre de aquella montaña de fuego, Jake no pudo evitar sentir un escalofrío. Phoebe se veía pacífica. Se veía monumental.

De vuelta en la cima, Phoebe sintió cómo Finn comenzaba de nuevo el ascenso. Podía sentir cada paso de sus botas sobre su piel ardiente. Era una sensación diminuta, pero significativa. Se concentró en su propio cuerpo, en la inmensa esfera en la que se había convertido. Sentía el peso de sus caderas expandiéndose hacia el horizonte subterráneo, sentía su vientre presionando contra la base misma del mundo.

Era gorda. Era pesada. Era colosal. Y, sobre todo, quería más.

—Más —susurró para sí misma, y su aliento provocó un incendio en una caverna a kilómetros de distancia—. Que el peso me reclame. Que la gravedad me adore. Finn tiene razón… el mundo es demasiado pequeño para mí.

Cuando Finn llegó de nuevo a su boca, cargado con el carbón ancestral, Phoebe lo recibió con una expectación casi religiosa. El humano arrojó el combustible y, tras él, varios troncos de madera de hierro.

—¡Eso es, Phoebe! ¡Come! ¡Crece! —gritaba Finn, eufórico—. ¡Siente cómo tus bordes empujan la realidad! ¡Eres la montaña que camina, la esfera que consume!

La reina tragó, y esta vez, el impacto fue tal que el techo de la gran caverna central finalmente cedió. Toneladas de roca cayeron sobre ella, pero no la hirieron; simplemente se derritieron al contacto con su piel, añadiendo más masa, más volumen, más peso a su forma. Por primera vez en siglos, la luz del Reino del Fuego salió a la superficie de Ooo a través del enorme agujero en la tierra.

Phoebe miró hacia arriba y vio las estrellas. Eran pequeñas chispas en un manto negro.

—Finn… —dijo ella, señalando el firmamento con la mirada—. Esas luces… parecen tan pequeñas comparadas con lo que siento dentro de mí.

—Lo son, Phoebe —respondió Finn, trepando hasta su mejilla para mirar el cielo junto a ella—. Son pequeñas porque están lejos. Pero tú estás aquí. Y pronto, serás tan grande que ellas parecerán hormigas a tu lado. No vamos a parar. El Reino del Fuego fue solo el comienzo. Ahora, el mundo entero es tu banquete.

Phoebe sonrió, y su sonrisa fue un tajo de luz blanca que iluminó la noche de Ooo por miles de kilómetros. El hambre no se había ido; al contrario, con cada kilo de peso ganado, su apetito se volvía más voraz, más absoluto.

—Trae más madera, Finn —ordenó la reina, cuya forma ya empezaba a asomar por el cráter recién abierto—. Quiero que el mundo sienta mi peso. Quiero que la tierra se hunda bajo mi gloria.

—A tus órdenes, mi gigante —dijo Finn, preparándose para una nueva expedición—. Nunca vas a dejar de crecer. Te lo prometo.

Y así, bajo la luz de las estrellas que pronto palidecerían ante su brillo, la Reina Flama continuó su expansión. Una esfera de lava infinita, alimentada por la madera de un mundo que pronto no sería suficiente para contener su inmensidad. Finn, el pequeño humano en la cima de la montaña viviente, solo podía sonreír mientras planeaba el siguiente banquete que haría a su reina aún más grande, aún más pesada, aún más eterna.