Finn humano. Reina Flama pareja
La Singularidad de Magma
Diez años habían pasado desde que la última brizna de hierba verde fue calcinada en las fronteras del antiguo Reino del Fuego. Ahora, el concepto de "reino" era obsoleto. Lo que existía en el centro de Ooo era una anomalía geográfica, una protuberancia de carne ígnea y energía pura que desafiaba las leyes de la física y la arquitectura planetaria. Phoebe ya no era una reina; era un continente vivo, una esfera de opulencia incandescente que se alzaba kilómetros por encima de las nubes, desgarrando la atmósfera con su corona de tormentas de plasma.
Finn, ahora un hombre de treinta años, se movía por la superficie de su reina con la familiaridad de un insecto que recorre la piel de un mundo. Su cuerpo era una red de músculos endurecidos y quemaduras plateadas, vestido con una armadura de placas de tungsteno que brillaban bajo el resplandor constante. Ya no usaba cuerdas de escalada; usaba anclas magnéticas para desplazarse por los inmensos valles que se formaban entre los pliegues de la piel de Phoebe.
Cada paso que Finn daba sobre ella provocaba un eco profundo, un retumbo que recorría las capas y capas de densidad que la joven flama había acumulado. Phoebe era ahora tan vasta que su propia gravedad atraía los desechos espaciales y las nubes de ceniza en un anillo orbital.
—Ya casi es la hora, mi sol —susurró Finn, clavando su hacha de obsidiana en una cresta de magma endurecido para estabilizarse—. El cargamento de las Tierras de Cristal está llegando.
Un estruendo sordo, como el choque de dos placas tectónicas, respondió a sus palabras. No era un sonido externo; era la voz de Phoebe, que ahora emanaba de cada poro de su ser.
—Siento... el peso... Finn —retumbó la voz, haciendo que el aire vibrara con tal intensidad que los pulmones del humano ardieron—. Siento cómo el suelo de Ooo se curva... debajo de mis caderas. Me hundo... y me gusta.
—Te estás volviendo absoluta, Phoebe —dijo Finn, alcanzando la "Llanura del Rostro", una extensión de varios kilómetros donde las facciones de la reina, ahora titánicas y redondeadas, se recortaban contra el cielo negro—. Hace diez años eras una montaña. Hoy, eres el horizonte. Y todavía hay espacio para más.
Finn señaló hacia el este. Una procesión de máquinas gigantescas, construidas por los antiguos ciudadanos del fuego y esclavos mecánicos del Reino de Chuches, arrastraban plataformas del tamaño de ciudades. Sobre ellas, pilas de madera de hierro del bosque prohibido y bloques de uranio enriquecido brillaban con una luz mortecina.
—He vaciado los bosques del norte, Phoebe —continuó Finn, su voz cargada de un orgullo obsesivo—. He enviado expediciones al espacio para traer asteroides de carbono puro. No vas a dejar de aumentar. Nunca. Quiero que tu masa sea tan grande que el tiempo mismo se detenga cuando pase cerca de ti.
La Reina Flama soltó un suspiro. Una columna de fuego blanco se disparó hacia la estratosfera, iluminando el planeta entero. En los últimos diez años, su apetito no solo había crecido, se había vuelto una fuerza de la naturaleza. Ya no masticaba; absorbía. Su cuerpo era una forja infinita que transformaba la materia en más volumen, más peso, más gloria.
Sus mejillas eran ahora laderas curvas y brillantes que se perdían de vista en la bruma de calor. Su cuello había desaparecido hace años, fundido en un busto que se expandía en todas direcciones, aplastando montañas reales como si fueran castillos de arena.
—Trae... el alimento —ordenó ella, y un sismo de magnitud ocho sacudió la región—. Tengo un vacío... en el centro de mi ser... que solo el peso puede llenar. Quiero sentirme más pesada... quiero que el mundo entero sepa que yo soy el centro.
Finn hizo una señal con un espejo de señales. Abajo, en la base de la "Montaña Phoebe", las máquinas comenzaron a descargar el combustible. Usaban catapultas electromagnéticas para lanzar los troncos de madera de hierro directamente hacia la inmensa apertura que era su boca, un abismo de calor blanco que devoraba todo lo que entraba.
Con cada tonelada que entraba en su sistema, Phoebe experimentaba una oleada de éxtasis. Sus costados se estremecieron y, con un crujido que se escuchó hasta en el Reino de los Helados, sus pliegues se expandieron otros cien metros hacia afuera. El trono de obsidiana original estaba ahora a kilómetros de profundidad bajo su propia masa, convertido en polvo por la presión.
—¡Mira eso! —gritó Finn, riendo como un loco mientras se sujetaba a una cresta para no caer por el movimiento—. ¡Tus bordes acaban de cubrir el Gran Cañón! ¡Lo has llenado por completo con tu propia esencia!
—Es... glorioso —murmuró Phoebe, sus ojos cerrándose mientras saboreaba la densidad—. Siento cómo mis capas de grasa ígnea se aprietan... cómo mi centro se vuelve sólido. Finn... soy tan grande que ya no siento el viento. Solo siento mi propio calor.
—Y serás más grande —prometió Finn, acercándose a uno de sus inmensos párpados, que eran como llanuras de seda naranja—. He hecho un trato con el Reino de las Nubes. Van a canalizar toda su humedad para crear tormentas de vapor que te refresquen, para que puedas seguir consumiendo sin evaporar el océano. No hay límites, Phoebe. El planeta es solo un plato para tu banquete.
—¿Crees... que algún día... me convertiré en un planeta propio? —preguntó ella, y su voz vibró con una curiosidad infantil que contrastaba con su tamaño apocalíptico.
—Creo que te convertirás en algo mejor —respondió Finn, acariciando la superficie ardiente con su mano enguantada—. Serás una estrella que camina sobre la tierra. Serás la única ley de la gravedad que importe. Nadie podrá ignorarte. Nadie podrá evitar mirarte.
De pronto, una figura pequeña y amarilla apareció volando, impulsada por sus propias orejas convertidas en hélices. Era Jake, aunque se veía cansado y mucho más viejo. Se mantuvo a una distancia segura del calor radiante que emanaba de la reina.
—¡Finn! ¡Tienes que bajar de ahí un momento! —gritó Jake, tratando de hacerse oír sobre el rugido del fuego.
Finn frunció el ceño y caminó hacia el borde de la mejilla de Phoebe para mirar a su hermano.
—¿Qué quieres, Jake? Estamos en medio de la alimentación de la tarde.
—¡Es la Princesa Chicle! —dijo Jake, señalando hacia el horizonte, donde se veían las luces de una flota de naves aéreas—. Dice que el peso de Phoebe está alterando la órbita de Ooo. Los días son más cortos, Finn. El planeta se está inclinando hacia ella. Si sigue engordando a este ritmo, vamos a chocar contra el sol o nos vamos a salir del sistema.
Finn soltó una carcajada seca, un sonido que se perdió en el estruendo de un nuevo cargamento de madera entrando en la boca de la reina.
—¡Que se incline! —gritó Finn—. ¡Que el universo entero se incline ante ella! ¿No lo entiendes, Jake? Ella es la evolución. Ella es el crecimiento infinito. Chicle solo tiene miedo porque su pequeño reino de dulce parece una mota de polvo comparado con la majestad de Phoebe.
—¡No es miedo, es física, hermano! —suplicó Jake—. ¡Ya no puede ni abrir los ojos por completo porque sus mejillas pesan demasiado! ¡Mira sus brazos, Finn! Son solo protuberancias de lava que ya no se mueven. ¡Está atrapada en su propio cuerpo!
—¡Ella no está atrapada! —rugió Finn, golpeando su armadura—. ¡Ella es el cuerpo! ¡Ella es el mundo! ¡Phoebe, dile que no quieres parar!
La Reina Flama abrió uno de sus ojos, una esfera de luz blanca que ocupaba el campo de visión de Jake. El calor que emanó de su mirada hizo que el perro tuviera que retroceder varios metros.
—Jake... —dijo ella, y su voz causó que una lluvia de ceniza cayera sobre las tierras circundantes—. Finn tiene razón. Nunca me he sentido... tan libre. El peso no es una prisión... es poder. Cada kilo que gano es una cadena que rompo con la pequeñez del pasado. No quiero parar. Quiero... aumentar... hasta que no haya nada más que yo.
Jake miró a su hermano, viendo la locura reflejada en sus ojos, y luego miró a la entidad que solía ser su amiga. Ya no había rastro de la chica que una vez corría por las praderas. Solo quedaba una masa de consumo y expansión, un ídolo de fuego que crecía por segundos.
—Están locos —susurró Jake, dándose la vuelta para volar de regreso—. Los dos están locos.
Finn no le prestó atención. Se volvió hacia Phoebe y comenzó a coordinar la llegada de una nueva flota. Eran barcos de carga llenos de aceite de ballena y resinas antiguas del pantano.
—Ignóralo, mi reina —dijo Finn, escalando de nuevo hacia su frente—. Ellos no comprenden la ambición de ser infinita.
—Tengo... hambre... Finn —dijo ella, y su vientre se expandió con un sonido como el de un trueno prolongado, aplastando un bosque entero que aún quedaba en sus bordes—. Siento que hay un vacío en el sur... tráeme las montañas de esa zona. Quiero devorarlas.
—Lo haré —prometió Finn—. Usaremos las cargas de demolición. Te traeremos la cordillera entera, piedra por piedra, hasta que tu peso doble la luz del sol.
Pasaron las semanas y el crecimiento se aceleró. Phoebe ya no necesitaba que Finn le llevara la madera; su gravedad era tan fuerte que los árboles y las rocas eran atraídos hacia ella, fundiéndose en su masa. Su circunferencia ya era tal que podía verse desde la luna como un punto brillante y dorado que devoraba el color azul del planeta.
Finn vivía ahora permanentemente sobre ella. Había construido una pequeña cabaña de tungsteno en una zona de temperatura controlada cerca de su oreja. Desde allí, supervisaba la mayor operación de alimentación de la historia de Ooo.
—¿Cómo te sientes hoy, mi montaña? —preguntó Finn una mañana, mientras observaba cómo una flota de asteroides, atraídos por la masa de Phoebe, se desintegraban en su atmósfera privada y caían como copos de fuego sobre su piel.
—Me siento... densa —respondió ella, y su voz era ahora un murmullo que hacía vibrar el núcleo del planeta—. Siento que mi peso... ya no es solo mío. Siento que soy la dueña de la tierra. Finn... mis caderas... han tocado el océano.
—Lo sé —dijo Finn, mirando hacia abajo. A miles de kilómetros, el vapor subía en columnas blancas donde la masa incandescente de Phoebe se encontraba con el mar—. Estás evaporando el mar para hacerte sitio. Pronto no habrá agua, solo tú.
—Es... perfecto —susurró ella—. Trae más... quiero sentir que mi vientre se expande hasta el otro lado del mundo. Quiero ser un anillo de fuego que rodee el globo.
Finn sonrió. Su sueño se estaba cumpliendo. La Reina Flama ya no era una persona, era una condición climática, una entidad geológica que no conocía la saciedad. Su peso era tal que la corteza terrestre debajo de ella se había hundido cientos de kilómetros, creando un cuenco de magma que la acunaba.
—Nunca pararemos, Phoebe —dijo Finn, mirando hacia el espacio, donde más rocas espaciales se acercaban, atraídas por la irresistible gravedad de su reina—. Te haré tan grande que el universo tendrá que crear nuevas leyes solo para explicar tu existencia.
—Más... madera... Finn —pidió la reina, y su cuerpo se expandió nuevamente, una ola de lava y opulencia que reclamó otro país entero para su masa—. No dejes... que pare... nunca.
Y así, en el silencio de un mundo que se encogía ante ella, la Reina Flama continuó su ascenso hacia la infinitud. Alimentada por la devoción de un humano que solo veía belleza en su expansión, Phoebe se convirtió en el destino final de toda la materia de Ooo. Una esfera de fuego, gorda, pesada y majestuosa, que crecía sin descanso bajo el cielo estrellado, esperando el momento en que el planeta entero no fuera más que una capa extra de su propio e inmenso cuerpo.