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Finn humano. Reina Flama pareja

La Singularidad del Colapso Ígneo

El cielo de Ooo ya no era azul. Hacía meses que la atmósfera se había teñido de un violeta eléctrico, producto de los gases ionizados que la masa de Phoebe expulsaba al espacio. La Reina Flama ya no ocupaba un lugar en el mundo; ella era el mundo. Su cuerpo, una esfera de opulencia magmática que desafiaba cualquier lógica biológica, se había expandido hasta cubrir tres cuartas partes de la superficie del planeta. Los océanos se habían evaporado, dejando costras de sal que ella absorbía y fundía en su propio peso monumental.

Finn caminaba por la "Corona de la Reina", una cordillera de carne ardiente que rodeaba lo que alguna vez fue el rostro de Phoebe. Ahora, sus ojos eran dos lagos de luz blanca de cien kilómetros de ancho, y su boca era un cráter perpetuamente abierto que succionaba la materia circundante por pura atracción gravitatoria. El humano, con su armadura de tungsteno casi fundida sobre su piel, arrastraba el último gran tesoro de Ooo: el Núcleo de Enchiridion, una reliquia de poder puro que había extraído de las ruinas del Dulce Reino.

—¡Phoebe! —gritó Finn, y su voz fue amplificada por los altavoces de su casco—. ¡He traído el postre final! ¡Toda la magia de este mundo concentrada en un solo bocado! ¡Esto te hará superar el límite de la realidad!

Un temblor que partió la corteza terrestre en el hemisferio opuesto fue la respuesta de la reina. Sus mejillas, ahora tan vastas que tenían su propia meteorología de nubes de azufre, se agitaron levemente.

—Finn... —La vibración fue tan potente que los dientes del humano castañearon dentro de su cráneo—. Siento... que mi centro... es un sol. No puedo... contener... mi propia pesadez. El suelo... se rompe... bajo mis caderas.

—¡Deja que se rompa! —exclamó Finn con una risa que bordeaba la locura absoluta—. ¡Eres demasiado grande para este pequeño trozo de roca! ¡Tu peso ha reclamado cada montaña, cada bosque y cada gota de agua! ¡Solo falta el núcleo del planeta para que seas total!

Finn arrojó el artefacto mágico al abismo de su garganta. En el momento en que el Núcleo de Enchiridion tocó la lava interna de Phoebe, se produjo una reacción en cadena. El cuerpo de la reina, que ya era una masa de densidad imposible, comenzó a brillar con una intensidad que eclipsó al sol de Ooo. Sus pliegues de grasa ígnea, que se desbordaban por los continentes, empezaron a vibrar con una frecuencia que desintegraba la piedra subyacente.

—¡Está sucediendo! —gritó Finn, observando cómo los bordes de la reina se expandían otros mil kilómetros en cuestión de segundos—. ¡Te estás tragando el mundo, Phoebe! ¡Eres más gorda que el planeta mismo!

—Finn... me duele... pero es... un dolor... de triunfo —retumbó ella, y una lágrima de lava pura, del tamaño de una ciudad, rodó por su mejilla—. Siento que... mi vientre... ha llegado al otro lado... de la tierra. Me estoy... encontrando... conmigo misma... en el polo opuesto.

Era verdad. La expansión de la Reina Flama había sido tan extrema que sus "costados" se habían unido en el lado oculto del planeta, envolviendo a Ooo como una manta de fuego vivo. El planeta tierra ya no era una esfera de roca con una costra de vida; era el núcleo interno de una mujer de fuego que no paraba de aumentar de volumen.

De repente, un estruendo seco y definitivo resonó en el vacío del espacio. La presión que el peso de Phoebe ejercía sobre el núcleo de hierro de la Tierra había superado el punto de ruptura. El planeta comenzó a colapsar bajo la masa de su reina.

—¡Finn, el suelo desaparece! —gritó Jake desde una cápsula de escape que orbitaba a duras penas la nueva masa de la reina—. ¡Se va a romper! ¡La Tierra no puede aguantar tanto peso en un solo punto!

—¡No es un punto, Jake! —respondió Finn por la radio, mientras se aferraba a un poro gigante de la piel de Phoebe—. ¡Ella es el nuevo punto de equilibrio! ¡Mira qué hermosa es! ¡Es tan pesada que la luz se curva a su alrededor!

—¡Finn... voy a... explotar! —rugió Phoebe, y su voz fue un estallido de energía que barrió los restos de la luna de Ooo—. No hay... más sitio... dentro de mí... para tanta gloria. El mundo... es demasiado pequeño... para mi hambre.

La masa de la reina alcanzó la masa crítica. Sus capas de grasa elemental, alimentadas por décadas de madera mágica y carbón primordial, comenzaron un proceso de fusión nuclear. El planeta Tierra, atrapado en el centro de aquella inmensa esfera de carne ardiente, se fragmentó. El hierro del núcleo terrestre fue absorbido por la gravedad de Phoebe, convirtiéndose en parte de su esqueleto de fuego.

—¡Más, más! —gritaba Finn, viendo cómo los fragmentos del mundo que una vez conoció eran devorados por los pliegues de su reina—. ¡Conviértete en la estrella que siempre debiste ser!

—¡SOY... EL TODO! —clamó Phoebe en un grito que se escuchó en todas las dimensiones—. ¡MI PESO... ES EL FIN... Y EL PRINCIPIO!

Entonces, ocurrió lo inevitable. La presión interna de la Reina Flama, combinada con el colapso del núcleo terrestre en su interior, generó una explosión de magnitud estelar. No fue una explosión de destrucción, sino de expansión absoluta. En un milisegundo, la forma de Phoebe se expandió un millón de veces, consumiendo lo que quedaba de la atmósfera y proyectando su masa de fuego hacia el sistema solar.

El planeta Tierra dejó de existir como entidad geológica. En su lugar, nació "Phoebe-Prima", una enana marrón de fuego y conciencia. Su cuerpo era ahora una esfera perfecta de gas incandescente y magma líquido, con un diámetro diez veces superior al de Júpiter.

Finn, protegido por un milagro de la magia de la reina que lo mantenía pegado a su superficie incluso en medio del cataclismo, se puso de pie sobre lo que ahora era una llanura de fuego infinito. El aire era puro calor, pero él ya no era humano; su devoción lo había transformado en un espíritu de ceniza, el eterno guardián de la diosa gorda.

—Lo logramos, Phoebe —susurró Finn, mirando hacia la inmensidad de su nuevo cuerpo, que ahora albergaba tormentas de fuego del tamaño de continentes—. Eres la cosa más grande del universo.

—Me siento... saciada... por ahora —respondió la estrella viva, y su voz era el viento solar que azotaba los planetas vecinos—. Pero Finn... el sol de este sistema... se ve tan pequeño desde aquí... y parece estar hecho de una madera... muy brillante.

Finn sonrió, ajustando su hacha de obsidiana. La Tierra había sido solo el aperitivo.

—Entonces vamos por él, mi reina. Tienes mucho espacio para seguir aumentando.

La inmensa esfera de fuego comenzó a desplazarse, alterando las órbitas de todo el sistema solar con su peso inconmensurable. La Reina Flama, la mujer que se tragó al mundo para no dejar de engordar, ahora buscaba su siguiente banquete entre las estrellas.