Volver al resumen

Flecha arácnida

Flechas de plata y sombras de acero

La ciudad de Nueva York se había convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas no solo se movían, sino que sangraban y quemaban el suelo al pasar. Mientras las llamas del Ghost Rider seguían humeando en el asfalto de Central Park, un nuevo grupo de jugadores se movía por las azoteas de Hell’s Kitchen.

Kate Bishop ajustó la cuerda de su arco, sintiendo el frío metal contra sus dedos enguantados. A su lado, Clint Barton observaba a través de unos binoculares de alta tecnología, con el ceño fruncido y esa expresión de cansancio eterno que solo un hombre que se ha jubilado tres veces y ha regresado otras tantas puede tener.

—¿Ves algo, jefe? —preguntó Kate, balanceándose sobre sus talones con una energía que Clint encontraba a partes iguales refrescante y agotadora.

—Lo mismo de siempre, Kate. Guardias armados, camiones que entran con carga sospechosa y un olor a corrupción que se siente hasta aquí arriba —respondió Clint, bajando los binoculares—. Fisk se está moviendo rápido. Desde que el mundo volvió a la normalidad tras el "lapsus", ha estado llenando el vacío de poder. Si no cortamos la cabeza de la serpiente ahora, Nueva York será suya en un mes.

—Kingpin... —susurró Kate, con un brillo de determinación en sus ojos—. Suena a nombre de jefe final de videojuego. Me gusta.

—No es un juego —advirtió Clint con severidad—. Es una montaña de músculos que no siente dolor y que tiene a media policía en su bolsillo. Vamos con cuidado.

Mientras tanto, a unos kilómetros de allí, el ambiente era considerablemente más caótico. El grupo que Deadpool había bautizado alegremente como "The Savages" (Los Salvajes) caminaba por un callejón oscuro. La escena era surrealista: un hombre con garras de metal, un mercenario que no dejaba de hablar, un ciego con sentidos sobrehumanos, un ejecutor con el rostro de una calavera y un espíritu de la venganza que, por ahora, había decidido apagar sus llamas para no derretir el pavimento.

En el centro de ellos, Peter Parker caminaba con la máscara puesta. Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de la alegría habitual que solía caracterizar al trepamuros. El dolor de sus costillas era un recordatorio constante de que seguía vivo, pero el dolor en su pecho por la traición de MJ era lo que realmente lo mantenía en pie, transformado en una amargura que nunca antes había experimentado.

—Bien, equipo, ¡reunión de estrategia! —exclamó Deadpool, deteniéndose en seco y haciendo que Logan casi tropezara con él—. Primero, necesitamos un logo. He pensado en algo con muchas explosiones y quizá un unicornio. Segundo, ¿alguien tiene chimichangas? La depresión de Spidey me está dando hambre.

—Cierra la boca, Wade —gruñó Logan, encendiendo un puro que olía a tabaco barato y muerte—. Tenemos un problema de dimensiones. Estamos en un mundo que no es el nuestro, y según el tipo de la calavera llameante, hay mucho "pecado" que limpiar.

—Fisk —dijo de repente Daredevil, su cabeza girando hacia el oeste—. Siento el latido de esta ciudad, y hay un tumor creciendo en el centro. Wilson Fisk ha vuelto a su trono. Si queremos respuestas sobre cómo volver a casa, o al menos un lugar donde golpear algo, él es el objetivo.

Frank Castle recargó su rifle con un sonido metálico que hizo eco en el callejón.

—He matado a Fisk en mi mundo tres veces —dijo Punisher con voz monótona—. No me importa hacerlo una cuarta en este.

Peter, que hasta entonces había guardado silencio, dio un paso al frente. Su voz sonó fría, despojada de su usual tono juvenil.

—Fisk no es el único —dijo Spider-Man—. He lidiado con tipos como él. El Buitre, Mysterio... todos usan la misma táctica. Se esconden detrás de capas de tecnología, burocracia y peones. Si vamos a por Kingpin, no podemos entrar por la puerta principal. Necesitamos golpear sus suministros primero. Sé dónde tiene una de sus bases de distribución. Está cerca de los muelles.

Logan miró al chico, entrecerrando los ojos.

—Hueles diferente, niño. Menos a leche y más a pólvora. ¿Seguro que estás bien?

—Estoy perfecto —respondió Peter sin mirarlo—. Solo quiero terminar con esto.

—¡Esa es la actitud! —Deadpool le dio una palmada en la espalda que habría derribado a un hombre normal—. Nada como un corazón roto para convertirte en un vigilante psicópata. ¡Bienvenido al club! El carnet de socio te llega en tres días hábiles.

El grupo se puso en marcha, una procesión de violencia inminente que atravesaba las sombras de la ciudad. Johnny Blaze, en su forma humana pero con los ojos todavía brillando con una luz sobrenatural, caminaba al final, observando las almas de sus compañeros. Veía oscuridad en todos, pero en el chico de rojo y azul, veía algo nuevo: una red que se estaba tiñendo de negro.

Cerca de los muelles de Brooklyn, el almacén de Fisk bullía de actividad. Kate y Clint ya se habían posicionado en las vigas del techo, observando el cargamento de armas experimentales que los hombres de Kingpin estaban organizando.

—Esto es tecnología de Stark mezclada con algo más... —susurró Clint—. Kate, prepara las flechas de descarga. Vamos a inutilizar esos camiones.

—Entendido, Hawkeye —dijo Kate, apuntando con precisión—. ¿En tres?

—En tres.

Pero antes de que pudieran soltar la primera cuerda, la pared norte del almacén simplemente dejó de existir.

Una explosión de fuego azul derribó el hormigón, y a través del humo, una figura en una motocicleta envuelta en llamas entró derrapando, quemando a dos guardias al instante. Tras él, una sombra saltó desde lo alto: Spider-Man, pero no el que Clint recordaba. Este bajó con una agresividad brutal, usando sus redes no para inmovilizar, sino para estampar a los enemigos contra las columnas de acero con una fuerza innecesaria.

—¿Qué demonios...? —exclamó Kate, casi soltando su arco por la sorpresa—. ¿Ese es Spider-Man? ¿Y quiénes son los otros?

Logan y Deadpool entraron a continuación, un torbellino de garras y katanas que convirtió el almacén en una carnicería en cuestión de segundos. Punisher se quedó en la entrada, disparando con una precisión quirúrgica que no dejaba margen al error.

—¡Eh! ¡Esos son nuestros objetivos! —gritó Kate, olvidando la discreción y saltando desde la viga hacia el suelo del almacén.

Clint maldijo en voz baja y la siguió, rodando al caer y desenfundando su arco.

—¡Alto! —gritó Clint, apuntando a Logan, quien acababa de atravesar el pecho de un matón—. ¡Somos de los buenos! ¡Vengadores!

Logan se detuvo, oliendo el aire, y gruñó.

—Hueles a pájaro y a sudor viejo. Quítate de en medio, arquero.

En medio del caos, Peter Parker se detuvo. Había derribado a tres hombres y estaba a punto de lanzar un puñetazo a un cuarto cuando una flecha pasó rozando su máscara, clavándose en el hombro del criminal y soltando una descarga eléctrica que lo dejó inconsciente.

Peter giró la cabeza con rapidez. Sus ojos se encontraron con los de una chica vestida de morado que sostenía un arco con una elegancia natural.

Kate Bishop se quedó congelada por un segundo. Había visto a Spider-Man en las noticias, por supuesto. Todo el mundo lo conocía. Pero verlo de cerca, envuelto en el polvo de la batalla, con los hombros tensos y esa aura de melancolía que parecía rodearlo como una segunda piel, fue diferente. A pesar de la máscara, sintió una conexión instantánea, un chispazo que no tenía nada que ver con las flechas eléctricas.

—Podría haberlo hecho yo solo —dijo Peter, aunque su voz no tenía el veneno que le había dedicado a los demás.

—De nada, por cierto —respondió Kate, bajando un poco el arco pero manteniendo la guardia—. Soy Kate. Kate Bishop. La "mejor arquera del mundo", según yo misma.

Peter la observó. Había algo en su sonrisa, una mezcla de confianza y genuina preocupación, que hizo que el muro de hielo alrededor de su corazón crujiera por un instante.

—Spider-Man —respondió él, brevemente—. Y ellos son... bueno, es complicado.

—¡Es un crossover, preciosa! —gritó Deadpool mientras decapitaba a un guardia—. ¡Estamos en el episodio donde todos se conocen y luego nos vamos de copas! ¡Por cierto, me encanta el morado, resalta tus ojos y tu probable trauma parental!

—¿Quién es el payaso? —preguntó Clint, acercándose a Daredevil, a quien reconoció de inmediato—. ¿Murdock? ¿Qué haces con esta gente?

—Es una larga historia, Barton —respondió Daredevil, limpiándose la sangre de los nudillos—. El Multiverso está roto, y estos hombres han caído por las grietas. Estamos aquí para detener a Fisk.

—Nosotros también —dijo Kate, sin apartar la vista de Peter—. Parece que tenemos los mismos enemigos.

Peter sintió que su sentido arácnido hormigueaba, pero no por un peligro inminente, sino por la presencia de la chica. Era extraño. Después de lo de MJ, pensó que nunca volvería a sentir nada que no fuera vacío. Pero Kate Bishop irradiaba una luz que era difícil de ignorar, incluso para alguien que quería hundirse en las sombras.

—Fisk no está aquí —dijo Punisher, caminando sobre los cuerpos—. Esto era solo un cebo. Se ha movido a su torre principal.

—Entonces vamos allí —sentenció Peter, mirando a Kate—. ¿Vienes?

Kate sonrió, y por primera vez en días, Peter sintió que el peso en su pecho se aligeraba un poco.

—No me lo perdería por nada —respondió ella—. Además, alguien tiene que asegurarse de que no te rompas más costillas, Spidey. Hueles un poco a hospital.

—Es el encanto del superhéroe —murmuró Peter, permitiéndose una pequeña, casi imperceptible sonrisa detrás de la máscara.

—¡Oh, por favor! —exclamó Deadpool, fingiendo llorar—. ¡El amor joven florece en medio de un charco de sangre! ¡Es tan poético que voy a vomitar! Logan, dame un abrazo.

—Tócame y te corto los brazos —gruñó el mutante.

El grupo, ahora reforzado por los dos arqueros, salió del almacén mientras las llamas de Ghost Rider consumían lo que quedaba de la operación de Fisk. "The Savages" habían crecido en número, y aunque eran una mezcla imposible de asesinos, héroes y almas atormentadas, tenían un objetivo común.

Mientras se columpiaba hacia los rascacielos, con Kate siguiéndolo de cerca usando un gancho de agarre, Peter Parker se dio cuenta de que el destino tenía una forma muy extraña de cerrar puertas y abrir ventanas. MJ se había ido, y el dolor seguía ahí, pero en la mirada de Kate Bishop había una promesa de algo nuevo.

La guerra contra Kingpin estaba a punto de escalar, y Nueva York nunca volvería a ser la misma. Pero por ahora, en medio del viento gélido de la noche, Spider-Man ya no se sentía tan solo.