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Flecha arácnida

El despertar de la Bestia y el Vuelo del Halcón

—¡Mírame a los ojos! —rugió la voz de ultratumba de Ghost Rider, agarrando al último guardia que quedaba en pie por la solapa de su uniforme de kevlar.

El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar. El fuego infernal que emanaba de las cuencas vacías de Johnny Blaze no quemaba la piel, quemaba el alma. En un proceso grotesco que desafiaba las leyes de la biología, el guardia comenzó a deshacerse como cera bajo un soplete. Sus pecados, sus miedos y su esencia misma se evaporaron en un grito silencioso mientras su cuerpo se convertía en un charco de lodo negro y ceniza sobre el suelo del almacén.

Kate Bishop, que hasta ese momento se consideraba una chica dura que había visto lo suficiente en las calles de Nueva York, sintió que sus rodillas fallaban. El horror visual de una ejecución mística era demasiado diferente a una pelea de callejones. Sin pensarlo, su instinto de supervivencia tomó el control y dio un salto lateral, buscando refugio en lo único que parecía sólido y confiable en ese caos.

Peter Parker, cuyos reflejos arácnidos estaban en alerta máxima, reaccionó antes de que su mente procesara quién se le encimaba. Sus brazos rodearon la cintura de Kate y la levantaron en vilo, sosteniéndola contra su pecho mientras ella se aferraba a su cuello como si fuera un náufrago agarrado a un madero en medio de una tormenta de fuego.

—¿Ves las cosas que haces, cabeza de antorcha? —gritó Deadpool, rompiendo el silencio sepulcral mientras señalaba con una de sus katanas al esqueleto llameante—. ¡Si no fueras Nicolas Cage detrás de todo ese fuego, ya te hubiera echado del grupo por arruinar el ambiente! ¡Has asustado a la chica nueva y ahora el Spider-Boy tiene que hacer de guardaespaldas emocional!

Todos se giraron. La imagen era, como mínimo, digna de una portada de cómic que Peter jamás querría protagonizar: Spider-Man, con el traje sucio y el aura de un soldado cansado, sosteniendo a una Kate Bishop que temblaba levemente, con su arco aún colgando de un brazo.

Clint Barton entrecerró los ojos. Su mandíbula se tensó y su mano derecha bajó instintivamente hacia su carcaj. El "instinto de padre celoso" se activó con la fuerza de un reactor nuclear. Conocía a Peter, sabía que era un buen chico, pero ver a su protegida en los brazos de un desconocido (aunque fuera un héroe local) hacía que quisiera dispararle una flecha de humo al medio de la máscara.

Wade Wilson, por el contrario, soltó un suspiro dramático que se escuchó a través de su máscara roja.

—¡Oh, el amor! —exclamó Deadpool, uniendo sus dedos índice y pulgar en forma de corazón—. ¡Miren esa química! ¡Es como Romeo y Julieta, pero con menos veneno y más traumas multiversales! ¡Spidey, no la sueltes, es tu oportunidad de olvidar a la pelirroja traidora!

Kate, al escuchar la voz chillona de Deadpool, pareció recuperar la conciencia de su entorno. Sintió el calor que emanaba del traje de Peter, la firmeza de sus músculos y el latido acelerado de su corazón. El miedo al Ghost Rider fue reemplazado súbitamente por una vergüenza abrasadora.

—¡Yo... eh... instinto! —exclamó Kate, soltándose de golpe y aterrizando de pie con una agilidad algo torpe—. ¡Fue un movimiento táctico! La luz de... de esa cosa me deslumbró. Es una técnica de defensa, Clint, te lo juro.

—Sí, claro —gruñó Clint, acercándose y poniéndose físicamente entre Peter y Kate—. Una técnica de defensa muy "abrazable". Parker, mantén las manos en tus redes.

Peter bajó los brazos, sintiendo un vacío repentino donde antes estaba el peso de Kate.

—Lo siento, señor Barton —dijo Peter, su voz recuperando un poco de la timidez habitual, aunque todavía teñida de esa nueva oscuridad—. Solo intentaba que no se cayera.

—El chico está bien, arquero —intervino Logan, pasando por su lado mientras guardaba sus garras con un chasquido metálico—. Al menos tiene reflejos. Tú, en cambio, pareces una gallina protegiendo un huevo. Movámonos antes de que el resto de la ciudad se entere de que el infierno se mudó a Brooklyn.

Los ocho caminaron en una formación tensa hacia la salida del complejo de almacenes. Era una procesión extraña: un ciego, un arquero veterano, una aprendiz entusiasta, un mercenario bocazas, un mutante gruñón, un ejecutor silencioso, un espíritu demoníaco y un joven héroe con el corazón roto.

Mientras avanzaban por un pasillo estrecho flanqueado por contenedores de carga, Daredevil se detuvo en seco. Sus orejas se movieron, captando el siseo de la respiración a través de máscaras de gas y el clic de percutores siendo amartillados.

—Vienen por arriba y por los flancos —susurró Matt Murdock, sacando sus bastones—. Soldados de élite. No son simples matones de Fisk.

—Son los "Limpiadores" —dijo Clint, reconociendo el patrón táctico—. Mercenarios de alta gama con equipo Stark robado.

No terminaron de hablar cuando el techo de cristal del pasillo estalló. Una lluvia de fragmentos cayó sobre ellos mientras una docena de soldados con trajes tácticos negros y visores rojos descendían en rápel.

—¡Kate, abajo! —gritó Peter.

Antes de que la arquera pudiera reaccionar, Spider-Man se lanzó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo mientras una ráfaga de balas de gran calibre impactaba en el contenedor justo detrás de donde ella había estado un segundo antes. Peter usó su fuerza para empujarla detrás de un pilar de acero.

—¡Quédate aquí! —le ordenó Peter. Su tono ya no era el de un adolescente asustado, era el de un guerrero que no tenía nada que perder.

—¡Puedo ayudar! —protestó Kate, pero Peter ya se había lanzado al aire.

Lo que siguió fue una sinfonía de violencia coordinada y brutal.

Logan fue el primero en chocar contra la línea enemiga. No esquivaba las balas; simplemente las recibía, dejando que su factor de curación hiciera el trabajo mientras sus garras de adamantium cortaban rifles y extremidades con la facilidad de un cuchillo caliente en mantequilla.

A su lado, Deadpool se movía como un bailarín psicótico. Disparaba sus pistolas en ángulos imposibles mientras soltaba chistes sobre la seguridad social de los mercenarios.

—¡Toma esto, secuaz número cuatro! —gritó Wade, cortándole la pierna a un soldado—. ¡Espero que tengas un buen plan de pensiones, porque vas a necesitar una prótesis de titanio!

Clint Barton y Kate Bishop, una vez que ella logró salir de su asombro, comenzaron a disparar flechas con una sincronización perfecta. Kate lanzaba flechas de gas lacrimógeno para cegar a los grupos, mientras Clint remataba con flechas explosivas que desarticulaban las posiciones de cobertura de los soldados.

Frank Castle, el Punisher, no se movía con la elegancia de los demás. Se mantenía firme, apoyado en una rodilla, disparando ráfagas cortas y controladas. Cada bala encontraba un punto vital. Para Frank, esto no era una pelea de superhéroes; era una ejecución masiva.

—¡Culpables! —rugió Ghost Rider en el centro del pasillo.

El Espíritu de la Venganza azotó su cadena de hierro, que ahora brillaba con un calor blanco. La cadena se extendió metros, envolviendo a tres soldados a la vez y reduciéndolos a cenizas antes de que pudieran siquiera soltar sus armas. El olor a ozono y carne quemada inundó el aire.

Spider-Man, sin embargo, era el que más sorprendía a Clint. Peter no estaba usando su estilo habitual de "golpear y enredar". Se movía con una furia fría. Cuando un soldado intentó dispararle a quemarropa, Peter le arrebató el arma con una red, la aplastó con sus manos desnudas y luego le propinó una patada en el pecho que lo lanzó diez metros hacia atrás, rompiendo el metal del contenedor contra el que impactó.

—¡Spider-Man, cuidado a tu derecha! —gritó Kate.

Peter giró en el aire, esquivando un misil de hombro que pasó a centímetros de su máscara. Sin tocar el suelo, disparó una red al proyectil, lo balanceó en un arco perfecto y lo devolvió hacia el grupo de soldados que lo habían disparado. La explosión resultante sacudió todo el almacén.

—El chico está desatado —murmuró Clint, lanzando una flecha sónica que aturdió a dos rezagados—. Nunca lo había visto pelear así. Es... aterrador.

—Es el dolor, Barton —dijo Daredevil, apareciendo a su lado tras noquear a un mercenario con un golpe preciso en la carótida—. Está usando la rabia para no sentir el vacío. Tenemos que vigilarlo. Si cruza la línea, no habrá vuelta atrás para él.

La batalla terminó tan rápido como empezó. El pasillo, antes limpio y ordenado, era ahora un cementerio de metal retorcido y cuerpos humeantes. Los pocos soldados que sobrevivieron huyeron hacia las sombras, pero nadie intentó perseguirlos.

Peter se quedó de pie en medio del caos, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Sus guantes estaban manchados de hollín y algo de sangre que no era suya. Kate se acercó lentamente, bajando su arco.

—Oye... —dijo ella en voz baja—. Eso fue... intenso. Gracias por protegerme. Otra vez.

Peter se giró hacia ella. A través de los lentes blancos de su máscara, Kate no podía ver sus ojos, pero podía sentir la intensidad de su mirada. La rabia de la batalla parecía desvanecerse, dejando paso a esa vulnerabilidad que la había cautivado antes.

—No dejaré que te pase nada —dijo Peter, y su voz sonó como una promesa solemne—. No hoy.

Kate sintió un vuelco en el corazón. Había algo en la forma en que él decía esas palabras, una mezcla de protección y desesperación por aferrarse a algo bueno, que la hacía querer abrazarlo de nuevo, pero esta vez sin la excusa del Ghost Rider.

—¡Basta de momentos Disney! —interrumpió Deadpool, caminando sobre un cadáver mientras recargaba sus armas—. Tenemos una torre que asaltar y un Kingpin que convertir en puré de papa. Además, siento que el Doctor Strange está a punto de aparecer para regañarnos por romper su multiverso, y no quiero que me pille sin haber matado al menos a un jefe final.

Logan escupió el resto de su puro y miró hacia la salida.

—El bocazas tiene razón. Fisk sabe que estamos aquí. Ya no hay sorpresas. Solo queda la guerra.

Punisher pasó al lado de Peter, deteniéndose un segundo.

—Buen trabajo, chico —dijo Castle con una voz que era casi un cumplido—. Pero la próxima vez, no dudes tanto al golpear. En este mundo, el que duda termina bajo tierra.

Peter asintió en silencio. Miró a Kate, quien le dedicó una pequeña sonrisa de apoyo, y luego miró a sus manos. El camino hacia la redención o la perdición estaba justo frente a él, y con este nuevo y extraño equipo a su lado, Nueva York estaba a punto de presenciar algo que ni siquiera los Vengadores habrían podido predecir.

—Vamos —dijo Spider-Man, tomando la delantera—. Terminemos con esto.

Los ocho héroes (y antihéroes) salieron a la noche de Brooklyn, bajo la sombra de los rascacielos que ocultaban al hombre que gobernaba la ciudad. El rugido de la motocicleta de Ghost Rider volvió a encenderse, marcando el inicio del fin para Wilson Fisk.