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Flecha arácnida

Lluvia, redes y el aroma del muérdago

Nueva York bajo la lluvia siempre había tenido un matiz melancólico para Peter Parker, pero esa noche el agua golpeando contra el cristal del refugio de Clint Barton se sentía diferente. No era la soledad punzante que lo había perseguido desde la traición de MJ; era algo más suave, un murmullo que acompañaba el ritmo de su propio corazón.

En la sala, el caos habitual de sus nuevos compañeros de equipo servía como un ruido blanco reconfortante. Logan estaba afilando sus garras con una piedra de amolar, produciendo un sonido rítmico y metálico. Frank Castle limpiaba sus armas en un silencio sepulcral, mientras que Deadpool, fiel a su naturaleza, intentaba decorar una pizza con malvaviscos y pepperoni.

—¡Spidey, mi arácnido amigo! —exclamó Wade, agitando una porción de su creación culinaria—. Tienes que probar esto. Se llama "La Dulce Muerte". Como tu vida amorosa anterior, pero con menos lágrimas y más diabetes.

Peter, que estaba sentado en el alféizar de la ventana, soltó una pequeña risa.

—Paso, Wade. Creo que mi metabolismo arácnido tiene un límite para el azúcar y el horror.

—Eres un aburrido —bufó el mercenario, antes de girarse hacia Kate Bishop, que caminaba por la habitación ajustando su carcaj—. ¡Oye, Ojo de Halcón Junior! El chico maravilla está ahí sentado pensando en el sentido de la vida. ¿Por qué no vas y le lanzas una flecha de amor? O al menos invítalo a una de esas salidas "tácticas" que tanto les gustan.

Kate se sonrojó, un tono carmesí que contrastaba con su traje morado.

—Cállate, Wade —respondió ella, aunque sus ojos buscaron de inmediato la figura de Peter.

Durante la última semana, algo había cambiado entre ellos. Kate, con su energía inagotable y su sarcasmo defensivo, había encontrado en Peter a alguien que entendía el peso de la máscara. Sus "patrullas" se habían convertido en excusas para compartir perritos calientes en las azoteas y hablar de cosas que no tuvieran que ver con Kingpin o el Multiverso.

Kate se acercó a Peter con una torpeza que rara vez mostraba en combate.

—Oye —dijo ella, apoyándose en la pared junto a la ventana—. Estaba pensando... hay una cafetería que todavía abre tarde cerca de la calle 42. Dicen que tienen el mejor café colombiano de la ciudad. Y, ya sabes, como tenemos que vigilar el perímetro...

Peter la miró. El miedo a ser traicionado de nuevo era una sombra constante en su mente, un eco que le recordaba el beso de MJ y Flash. Pero al ver la mirada sincera de Kate, ese brillo de genuina preocupación y afecto, sintió que el nudo en su pecho se aflojaba.

—Vigilar el perímetro suena a una misión muy importante —respondió Peter con una sonrisa tímida—. Sería irresponsable no ir.

—¡Eso! —gritó Deadpool desde la cocina—. ¡Vayan a polinizar, mis pequeños héroes! ¡He dejado una reserva a nombre de "Spider-Cupido" por si acaso!

—¡Wade! —gritaron ambos al unísono, antes de salir por la ventana hacia el aire fresco de la noche.

La salida fue, en esencia, tierna. Caminaron por las azoteas, saltando de edificio en edificio con una sincronía que parecía ensayada. En la cafetería, Kate bromeó sobre lo difícil que era beber café con una máscara puesta, mientras Peter le contaba anécdotas sobre las veces que Tony Stark intentó enseñarle a conducir un Audi sin éxito.

—¿Entonces me estás diciendo que el Hombre de Hierro casi muere de un infarto porque no sabías usar el embrague? —preguntó Kate, riendo con ganas.

—En mi defensa, ¡el coche costaba más que mi casa! —respondió Peter, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la cafeína.

Sin embargo, la paz en Nueva York siempre era efímera.

Dos noches después, la tensión con Wilson Fisk estalló. Kate había estado siguiendo el rastro de un cargamento de tecnología Stark robada cerca de los muelles. Se movía con sigilo entre los contenedores, pero Kingpin no era un aficionado. Había tendido una trampa.

—¡Te tengo, pajarito! —rugió una voz profunda.

Kate se giró justo a tiempo para ver a un grupo de diez "Limpiadores" emerger de las sombras. Estaba rodeada. Disparó tres flechas en rápida sucesión, pero los escudos de energía de los soldados las desviaron con facilidad. Un golpe de culata en la boca del estómago la mandó al suelo, dejándola sin aire.

—Fisk quiere tu cabeza en un plato —dijo el líder de los mercenarios, apuntando con su rifle a la frente de la chica.

—Entonces tendrá que esperar a los postres —dijo una voz gélida desde arriba.

Peter cayó del cielo como un meteorito de justicia roja y azul. No hubo chistes, no hubo advertencias. El primer mercenario salió volando antes de que pudiera apretar el gatillo. Spider-Man se movía con una brutalidad que Kate solo había visto cuando se enfrentaron al Ghost Rider.

—¡No la toquen! —rugió Peter.

Las balas rebotaban en el suelo mientras Peter tejía una danza de destrucción. Recibió un disparo en el hombro, pero ni siquiera parpadeó. Un mercenario lo golpeó con una porra eléctrica en las costillas, y Peter respondió con un puñetazo que agrietó el casco del soldado.

Kate logró ponerse en pie y disparar una flecha de red para inmovilizar a los dos últimos, pero la pelea ya había terminado. Peter estaba de pie en medio de los cuerpos inconscientes, respirando con dificultad.

—Kate... —dijo él, tambaleándose—. ¿Estás... estás bien?

—¡Peter! —Kate corrió hacia él, atrapándolo justo antes de que sus rodillas cedieran—. Estás sangrando. Dios, ese hombro... y tienes un corte enorme en la frente.

—No es nada —susurró él, aunque el dolor era evidente en su voz—. Karen dice que no hay órganos dañados... solo duele un poco.

Con dificultad, Kate lo ayudó a subir a la azotea de un edificio cercano, un lugar apartado de las sirenas de la policía que ya se acercaban a los muelles. Lo sentó contra un conducto de ventilación y sacó un pequeño kit de primeros auxilios de su cinturón.

—Quédate quieto —le ordenó ella, con las manos temblando ligeramente mientras limpiaba la sangre de su rostro—. Eres un idiota, Peter Parker. Podrías haber esperado a los demás.

—No podía —respondió él, mirándola mientras ella le aplicaba un desinfectante—. No si eso significaba que te hicieran daño.

Kate se detuvo, con una gasa en la mano. La luz de la luna bañaba la azotea, dándole a la escena un aire irreal.

—Te han dado una paliza por mi culpa —dijo ella en un susurro, con los ojos empañados—. Debes sentir un dolor horrible.

Peter alcanzó la mano de Kate y la sostuvo contra su mejilla. Sus ojos, ahora visibles porque se había subido la máscara hasta la nariz para que ella pudiera curarlo, brillaban con una intensidad nueva.

—El dolor no lo siento —dijo Peter con una sinceridad que le cortó el aliento a Kate—, porque estás a salvo. Nada de esto duele si tú estás bien.

Kate Bishop sintió que algo se rompía y se reconstruía dentro de ella en ese mismo instante. Todas las bromas, los coqueteos torpes y las dudas se desvanecieron ante la cruda honestidad del chico que tenía delante. Ya no pudo aguantar más.

Se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él.

Al principio, el beso fue torpe. Peter, sorprendido, tardó un segundo en reaccionar, y sus labios se encontraron con una presión incierta. Pero luego, el instinto y el sentimiento tomaron el mando. Peter rodeó la nuca de Kate con su mano sana, atrayéndola más hacia él.

El beso se volvió tierno, un intercambio de promesas silenciosas y consuelo mutuo. Era el sabor de la lluvia, del café compartido y de la esperanza recuperada. Y finalmente, se transformó en un beso de amor verdadero, profundo y desesperado, como si ambos estuvieran intentando sellar las grietas de sus almas con ese único contacto.

Cuando finalmente se separaron, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. El aire de la noche se sentía más cálido.

—Eso... —susurró Peter, con una sonrisa que por fin llegaba a sus ojos—. Eso definitivamente dolió menos que la porra eléctrica.

Kate se rió, limpiándose una lágrima de felicidad.

—Cállate y déjame terminar de vendarte, Spider-Man. Tenemos una cena de Deadpool que ignorar y un futuro que planear.

Peter asintió, dejando que ella cuidara de él. Por primera vez en mucho tiempo, el vacío en su corazón estaba lleno. MJ era un recuerdo de una vida pasada, pero Kate Bishop era su presente. Y mientras la ciudad de Nueva York seguía rugiendo debajo de ellos, Peter Parker supo que, pasara lo que pasara con Kingpin o el Multiverso, ya no tendría que luchar solo.