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Fr

Tinta y refugio bajo la lluvia de neón

El pequeño apartamento de Yuji Itadori olía a lo que Megumi ahora identificaba como "hogar", aunque la palabra todavía le resultara ajena y pesada. Olía a curry instantáneo, a libros viejos y a ese rastro constante de sándalo que emanaba de la piel del alfa. Era un espacio reducido, atestado de apuntes de la universidad y ropa deportiva, pero para Megumi, era más vasto y seguro que cualquier salón del Conservatorio.

Habían pasado tres días desde el incidente en el callejón. Tres días en los que Megumi apenas se había atrevido a salir de la habitación que Yuji le había cedido, temeroso de que la omega de aroma punzante, Hana, apareciera de nuevo para reclamar su territorio.

—No tienes que esconderte cada vez que alguien pasa por el pasillo —dijo Yuji, entrando en la sala con una bandeja de madera—. Es el cartero, Megumi. No va a entrar aquí.

Megumi, que estaba sentado en el suelo junto a la mesa baja, se tensó y bajó la vista hacia sus manos. Sus dedos estaban manchados de grafito. Había pasado las últimas horas intentando replicar los trazos que Yuji le había dejado en un cuaderno antes de irse a sus clases matutinas.

—En el Conservatorio... si alguien que no debía entrar lo hacía, significaba que venían por uno de nosotros —susurró Megumi en su lengua materna—. Significaba que alguien había sido "seleccionado".

Yuji dejó la bandeja sobre la mesa. Contenía dos tazas de té y un plato con galletas. Se sentó frente al chico, cruzando las piernas con esa naturalidad que Megumi envidiaba. El alfa suspiró, sintiendo una punzada de dolor en el pecho al escuchar la palabra "seleccionado". Sabía lo suficiente sobre esos lugares para entender que no se referían a un premio, sino a una condena de servidumbre o algo peor.

—Aquí nadie va a seleccionarte para nada que tú no quieras —prometió Yuji, deslizando el cuaderno hacia él—. A ver, enséñame qué has hecho.

Megumi dudó, pero terminó girando el cuaderno. En la página, la letra "A" se repetía decenas de veces. Al principio eran trazos temblorosos, casi irreconocibles, pero hacia el final de la hoja, la forma era clara, firme y casi elegante.

—¡Vaya! —exclamó Yuji, con los ojos brillando de entusiasmo—. Megumi, esto es increíble. Tienes una caligrafía mucho mejor que la mía a tu edad. Mira esto, es perfecta.

Megumi sintió un calor súbito subirle por el cuello hasta las orejas. Nunca nadie lo había elogiado por algo que involucrara su intelecto. En el Conservatorio, los elogios eran para la suavidad de su piel, la docilidad de su carácter o la pureza de su aroma. Que alguien celebrara la forma en que su mano movía un lápiz era... abrumador.

—Es solo un dibujo —murmuró Megumi, aunque sus dedos acariciaron el papel con orgullo secreto.

—No es solo un dibujo, es comunicación —corrigió Yuji—. Hoy vamos a intentar algo más difícil. Vamos a escribir tu nombre.

Yuji tomó el lápiz y, con una lentitud paciente, trazó los caracteres en el papel.

—M-E-G-U-M-I —iba diciendo mientras escribía—. Significa "bendición". ¿Lo sabías?

Megumi negó con la cabeza.

—A nosotros no nos daban nombres con significado. Nos daban números de registro. Mi nombre... me lo puso una de las mayores antes de que la trasladaran. Me dijo que mi madre lo había susurrado antes de que se la llevaran.

Yuji apretó el lápiz con un poco más de fuerza de la necesaria, sintiendo una oleada de rabia contra el sistema que había tratado a este chico como mercancía. Sin embargo, suavizó su expresión rápidamente para no asustar al omega.

—Pues tu madre tenía razón. Es un nombre hermoso. Ahora, inténtalo tú.

Megumi tomó el lápiz. Sus dedos largos y pálidos se veían frágiles contra la madera oscura del instrumento. Empezó a copiar las curvas de la 'M', concentrándose tanto que la punta de su lengua asomaba entre sus labios. Yuji lo observaba en silencio, dejando que el aroma a lluvia y pino del omega —que empezaba a florecer ahora que no estaba bajo el efecto de los medicamentos del Conservatorio— llenara la habitación. Era un olor suave, pero profundo, que hacía que el instinto protector de Yuji rugiera suavemente en su interior.

De repente, el sonido estridente del teléfono en la pared rompió el silencio. Megumi dio un respingo, dejando caer el lápiz.

Yuji se levantó con un gesto de disculpa.

—Tranquilo, debe ser mi abuelo o... —se detuvo al ver el identificador—. Es Hana.

El ambiente en la habitación cambió instantáneamente. El aroma de Megumi se volvió agrio, cargado de miedo. Yuji contestó el teléfono, tratando de mantener la voz neutral.

—Hola, Hana. Sí, estoy en casa. No, no puedo ir al cine hoy, tengo que estudiar para el examen de anatomía... No, no es una excusa... Hana, por favor, no empieces otra vez.

Megumi escuchaba los gritos amortiguados que salían del auricular. No entendía las palabras, pero el tono era universal: posesión, desconfianza, ira. Se sintió como un intruso, una grieta en la vida perfecta de este alfa que lo había rescatado.

—Tengo que colgar, Hana. Hablamos mañana —Yuji colgó el teléfono y se frotó las sienes con frustración.

—Debería irme —dijo Megumi en voz baja, levantándose del suelo—. Ella tiene razón. Soy un problema. Tú tienes una vida, tienes una... omega. Yo solo soy un animal que no sabe leer.

Yuji cruzó la habitación en dos zancadas y tomó a Megumi por los hombros. No fue un gesto brusco, sino uno lleno de una urgencia desesperada por hacerse entender.

—Escúchame bien, Megumi Fushiguro. No eres un animal. Y no eres un problema. Mi relación con Hana... es complicada, y lo era mucho antes de que tú llegaras. Ella no tiene derecho a decidir a quién ayudo o quién entra en mi casa.

—Pero ella es tu pareja —insistió Megumi, con los ojos empañados—. Los alfas y los omegas... están hechos para pertenecerse. Eso nos enseñaron. Tú le perteneces a ella.

Yuji soltó una carcajada amarga, soltando los hombros del chico pero quedándose muy cerca, invadiendo su espacio personal de una forma que, extrañamente, a Megumi no le molestaba.

—Eso es lo que dicen los libros viejos y la gente que quiere que el mundo sea una jaula. Yo no le pertenezco a nadie, Megumi. Y tú tampoco. Eres libre. ¿Entiendes lo que significa esa palabra?

Megumi procesó la pregunta. "Libre". La había escuchado en los susurros de las otras omegas en el dormitorio del Conservatorio. La había visto en el vuelo de los pájaros a través de las ventanas enrejadas.

—Significa que puedo decir "no" —respondió Megumi con voz trémula.

Yuji sonrió, y esta vez la sonrisa no llegó solo a sus labios, sino a sus ojos, iluminándolos.

—Exacto. Significa que puedes decir "no". Y significa que puedes elegir quedarte aquí hasta que aprendas a leer, a escribir y a caminar por esta ciudad sin tener miedo de las sombras.

Megumi volvió a sentarse, con las piernas temblando un poco. Tomó el lápiz de nuevo. Su nombre seguía allí, a medio terminar en el papel. "Bendición".

—¿Por qué me enseñas tú? —preguntó Megumi después de un rato—. Podrías llevarme a un refugio, o a una iglesia.

—Porque el idioma que hablas es raro en esta ciudad —dijo Yuji, sentándose de nuevo a su lado—. Y porque si te dejo en un refugio, te tratarán como a un paciente o como a una víctima. Yo quiero que seas mi amigo. Y los amigos se ayudan.

Amigo. Otra palabra nueva. Megumi la guardó en su mente junto a las letras que estaba aprendiendo.

El resto de la tarde transcurrió en una paz frágil pero reconfortante. Yuji le enseñó los sonidos de las vocales, riendo cuando Megumi intentaba pronunciar las consonantes más duras de la lengua local, que sonaban extrañas en su garganta acostumbrada a los dialectos suaves del norte.

—Mañana tengo que trabajar en el restaurante doble turno —dijo Yuji mientras cerraban los libros al anochecer—. Te dejaré comida en la nevera. No abras la puerta a nadie, ¿de acuerdo? Ni siquiera si dicen que vienen de mi parte. Si no escuchas mi voz, no abras.

Megumi asintió con seriedad.

—Yuji... —llamó el omega cuando el alfa se levantaba para ir a la cocina.

—¿Sí?

—Gracias. Por... por la 'A'.

Yuji le guiñó un ojo, un gesto tan lleno de vitalidad que Megumi sintió un extraño vuelco en el estómago, una sensación que no tenía nada que ver con el hambre o el miedo.

—De nada, Megumi. Mañana iremos a por la 'B'.

Sin embargo, la seguridad del apartamento se sintió mucho más pequeña al día siguiente, cuando Yuji se marchó temprano. Megumi se quedó solo con el cuaderno y el eco de las palabras del alfa. Intentó leer las etiquetas de los botes en la cocina, comparando las letras con las de su cuaderno.

"S-A-L", deletreó con dificultad, sintiendo una pequeña chispa de triunfo cuando entendió que ese polvo blanco servía para sazonar la comida.

Pero la calma se rompió al mediodía. Unos golpes rítmicos y fuertes resonaron en la puerta. Megumi se quedó helado en medio de la sala, con el cuaderno apretado contra el pecho.

—¡Yuji! ¡Sé que estás ahí! ¡Abre de una vez! —era la voz de Hana.

Megumi retrocedió, buscando el rincón más oscuro de la habitación, tal como hacía en el barco.

—¡No me ignores! ¡Ese mozo del restaurante me dijo que te fuiste temprano! ¡Abre la puerta o llamaré a la policía de omegas para informar sobre un fugitivo!

El corazón de Megumi martilleaba contra sus costillas. "Policía de omegas". Esas palabras eran su mayor pesadilla. Si lo atrapaban, lo devolverían al Conservatorio, o peor, lo subastarían como un omega "rebelde" que necesitaba ser domado.

—¡Sé que el bicho ese está ahí dentro! —gritó Hana desde el otro lado de la madera—. ¡Huelo su rastro desde el pasillo! ¡Es un olor asqueroso, huele a campo y a suciedad!

Megumi se tapó los oídos con las manos, tratando de bloquear los insultos. No era suciedad, era su aroma natural, el que Yuji había dicho que era agradable. Pero las palabras de Hana se clavaban como agujas. Ella era una omega "correcta", una que sabía cómo comportarse, cómo vestir, cómo hablar. Él era solo un error del sistema.

De repente, el sonido de una llave girando en la cerradura hizo que Megumi soltara un grito ahogado. Había olvidado que Hana, como novia de Yuji, podría tener una copia de la llave.

La puerta se abrió de golpe y Hana entró, luciendo un vestido rojo ajustado que contrastaba con su rostro desencajado por la envidia. Al ver a Megumi acurrucado junto al sofá, su expresión se transformó en una mueca de puro desprecio.

—Mírate —dijo ella, cerrando la puerta tras de sí—. Eres patético. ¿Crees que Yuji te quiere aquí? Solo siente lástima por ti. Él es un alfa de ciudad, un estudiante con futuro. Tú eres... un analfabeto. Un objeto roto.

Hana caminó hacia él, y Megumi, por primera vez, no se encogió del todo. Recordó lo que Yuji le había dicho el día anterior.

"Libre significa que puedes decir no".

—Vete —dijo Megumi en el idioma local, con una pronunciación torpe pero clara.

Hana se detuvo, sorprendida por un momento, antes de soltar una carcajada estridente.

—¿Qué has dicho, mascota? ¿Yuji te ha enseñado a ladrar?

—Vete —repitió Megumi, poniéndose de pie. Aunque era delgado y estaba pálido, era más alto que ella, y sus ojos verdes brillaban con una intensidad que Hana no esperaba—. Esta no es tu casa. Es la casa de Yuji.

Hana, enfurecida por el desafío, vio el cuaderno sobre la mesa. Lo tomó antes de que Megumi pudiera reaccionar.

—¿Qué es esto? ¿Tus deberes? —empezó a hojearlo con desdén—. "M-E-G-U-M-I"... ¡Qué ridículo! ¿Crees que por escribir tu nombre ya eres alguien?

Con un movimiento rápido y cruel, Hana empezó a rasgar las páginas del cuaderno. El sonido del papel rompiéndose fue como el de huesos quebrándose para Megumi. Eran sus "A", sus sueños de entender el mundo, su conexión con Yuji.

—¡No! —Megumi se lanzó hacia ella, tratando de recuperar el cuaderno.

Hana lo empujó con fuerza. Ella era más fuerte, estaba bien alimentada y su rabia le daba una energía violenta. Megumi cayó contra la mesa, golpeándose el costado, pero no se rindió. Se levantó y forcejeó con ella, sus manos buscando desesperadamente los trozos de papel que caían al suelo como nieve sucia.

—¡Eres un animal! —gritó Hana, dándole un bofetón que dejó la mejilla de Megumi ardiendo—. ¡Deberías estar en una jaula!

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Yuji estaba allí, jadeando, con el uniforme de mesero desordenado. Había tenido un mal presentimiento y había pedido permiso para salir antes, corriendo todo el camino desde el restaurante.

La escena que encontró hizo que su sangre hirviera: Hana con el cuaderno destrozado en las manos y Megumi en el suelo, con la cara roja por el golpe y lágrimas de frustración en los ojos.

—Hana. Sal. De. Aquí. Ahora —la voz de Yuji no fue un grito, fue un rugido vibrante, la voz de un alfa que ha llegado a su límite.

Hana retrocedió, soltando lo que quedaba del cuaderno.

—¡Yuji, este bicho me ha atacado! ¡Mira lo que me ha hecho! —dijo ella, señalando un rasguño inexistente en su brazo.

—He dicho que te vayas —Yuji dio un paso hacia ella, y el aura de poder que desprendía era tan sofocante que Hana palideció—. No vuelvas a acercarte a mi puerta. No vuelvas a llamarme. Hemos terminado, Hana. Dame las llaves.

—¿Me dejas por esto? —chilló ella, lanzando las llaves al suelo—. ¡Te arrepentirás! ¡Es un omega defectuoso! ¡No sabe ni leer su propio nombre!

—Él sabe más sobre la dignidad de lo que tú sabrás jamás —sentenció Yuji.

Cuando Hana salió dando un portazo, el silencio que quedó en la habitación era pesado, roto solo por los sollozos entrecortados de Megumi. El chico estaba de rodillas, tratando de juntar los trozos de papel roto.

—Lo siento... lo siento —repetía Megumi en su idioma—. El nombre... se ha roto. Mi nombre se ha roto.

Yuji se arrodilló a su lado y, con una suavidad infinita, tomó las manos de Megumi entre las suyas.

—El papel se ha roto, Megumi. Pero tu nombre no. Tu nombre está aquí —dijo, tocando suavemente el pecho del omega, justo sobre su corazón—. Y aquí —señaló su propia frente.

Megumi levantó la vista, con los ojos anegados en llanto.

—Ella tiene razón... no sé nada. El mundo es demasiado difícil.

—El mundo es difícil porque hay gente que rompe cosas —dijo Yuji, ayudándolo a levantarse—. Pero nosotros somos de los que las arreglan. Compraremos otro cuaderno. Uno más grande. Y esta vez, no solo escribiremos tu nombre. Escribiremos todo lo que quieras decir.

Yuji llevó a Megumi hacia el sofá y lo envolvió en una manta. Luego, se sentó a su lado y empezó a recoger los trozos de papel. Con paciencia, buscó cinta adhesiva en un cajón y empezó a reconstruir la página donde Megumi había escrito su nombre.

—Mira —dijo Yuji después de unos minutos, mostrando la página remendada—. Sigue diciendo "Megumi". Las cicatrices no cambian el significado, solo muestran que sobreviviste.

Megumi tomó la página reconstruida. Las líneas de cinta adhesiva cruzaban su nombre como las marcas de una batalla, pero las letras seguían siendo claras. "Bendición".

Esa noche, mientras la lluvia de la ciudad golpeaba los cristales y las luces de neón pintaban de colores extraños las paredes del apartamento, Megumi no se escondió en el rincón. Se quedó sentado junto a Yuji, escuchando cómo el alfa le leía un cuento en voz alta, traduciendo las palabras difíciles y guiando su dedo por las líneas del libro.

Megumi Fushiguro todavía no sabía leer una frase completa, y todavía tenía miedo de los oficiales de control, pero mientras sostenía la mano de Yuji, comprendió algo que no estaba en ningún libro de texto del Conservatorio.

La libertad no era solo poder correr. La libertad era tener a alguien que te ayudara a recoger tus pedazos rotos y te enseñara que, sin importar cuántas veces intentaran borrarte, tu nombre siempre tendría un lugar donde ser escrito.

—Mañana —susurró Megumi, apoyando su cabeza en el hombro de Yuji.

—Mañana —asintió el alfa, cerrando el libro—. Mañana será un día mejor.

Y por primera vez en su vida, Megumi le creyó a un alfa sin dudar. Porque Yuji no era su dueño, era su maestro, su refugio y, quizás muy pronto, algo que todavía no tenía una palabra en su cuaderno, pero que ya latía con fuerza en su aroma a lluvia y esperanza.