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Entre el lino y el asfalto
La ciudad no dejaba de ser un monstruo rugiente para Megumi, pero ahora era un monstruo que empezaba a tener nombres. Las luces de neón, que antes le parecían ojos de demonios, ahora eran simplemente carteles de "Abierto" o anuncios de cigarrillos que Yuji le ayudaba a deletrear por las noches. Sin embargo, el miedo no se borraba con caligrafía. El miedo estaba cosido a su piel, una herencia de años de ser tratado como una porcelana fina que solo servía para ser exhibida y, eventualmente, usada.
Hacía una semana que Megumi no salía del apartamento tras el ataque de Hana. Se sentía seguro entre las paredes que olían a Yuji, pero el alfa sabía que el encierro no era libertad, sino otra forma de cautiverio.
—Megumi, hoy el cielo está despejado —dijo Yuji mientras se terminaba de abrochar el chaleco del uniforme del restaurante—. He pensado que podrías acompañarme a mitad de camino. Hay una librería que tiene cuentos con ilustraciones grandes. Te gustarían.
Megumi miró de reojo la puerta. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su falda blanca, la prenda reglamentaria del Conservatorio que aún usaba porque no tenía otra cosa. Era una falda de lino pesado, larga hasta los tobillos, diseñada para que los omegas caminaran con pasos cortos y gráciles, limitando su movimiento.
—¿Habrá mucha gente? —preguntó Megumi en su lengua natal, con la voz apenas por encima de un susurro.
—Es temprano, la mayoría está trabajando —Yuji le sonrió, extendiéndole la mano—. Estaré contigo todo el tiempo. Nadie va a tocarte.
Megumi aceptó la mano de Yuji. La calidez del alfa siempre lograba acallar los gritos de los guardias que aún resonaban en su memoria.
Caminaron por las calles empedradas. Megumi intentaba mantener la vista al frente, tal como Yuji le enseñaba, en lugar de mirar al suelo como un siervo. Sin embargo, el mundo exterior seguía siendo un lugar hostil para un omega que vestía los colores de una "institución de pureza". Para los alfas de la ciudad, ver a un omega con esa falda blanca y el cabello azabache era como ver una señal de vulnerabilidad absoluta.
Al cruzar una avenida concurrida, un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros y sombreros de copa se detuvo en una esquina. Eran alfas de clase alta, con aromas cargados de tabaco y una arrogancia que hacía que el aire pesara.
—Vaya, mira eso —dijo uno de ellos, con una voz pastosa—. Un pajarito que se ha escapado de su jaula blanca.
Megumi se tensó, pegándose al brazo de Yuji. Los hombres soltaron una carcajada. Mientras pasaban al lado de ellos, uno de los alfas, aprovechando la multitud, estiró la mano y enganchó el dobladillo de la falda de Megumi, levantándola con un tirón rápido para exponer sus piernas pálidas y delgadas.
—¡A ver qué tesoros esconde este conservatorio! —exclamó el hombre entre risas.
Megumi soltó un jadeo de terror, tropezando mientras intentaba bajarse la tela con manos temblorosas. Se sintió desnudo, expuesto, como si el asfalto se lo fuera a tragar. El sentimiento de humillación fue tan agudo que por un momento olvidó cómo respirar.
Yuji reaccionó en un parpadeo. Soltó la mano de Megumi y se interpuso entre él y los hombres, su aroma a sándalo tornándose picante y agresivo, una advertencia silenciosa que hizo que los alfas retrocedieran un paso, sorprendidos por la ferocidad del estudiante.
—Si vuelves a ponerle una mano encima —dijo Yuji con una voz que Megumi nunca le había escuchado, una voz que vibraba con el poder de un alfa que protege lo que más ama—, te aseguro que no necesitarás manos para volver a casa.
Los hombres, al ver que Yuji no era un omega fácil de intimidar y que su complexión atlética sugería que sabía pelear, murmuraron insultos sobre la "falta de modales de la juventud" y se alejaron rápidamente.
Yuji se giró hacia Megumi. El chico estaba temblando, abrazándose a sí mismo, con la falda blanca manchada de un poco de barro del suelo.
—Megumi, lo siento... —Yuji intentó acercarse, pero se detuvo al ver el pánico en los ojos verdes del otro.
—Me miraron —susurró Megumi—. Me tocaron como si fuera... como si no estuviera aquí. La falda... siempre es la falda. En la escuela nos decían que era nuestra protección, pero es solo un asa para que nos agarren.
Yuji sintió una opresión en el pecho. Odiaba las leyes no escritas de esta sociedad. Odiaba que un trozo de tela definiera quién era una presa y quién no.
—No vamos a la librería —dijo Yuji con firmeza, tomando a Megumi de los hombros—. Vamos a volver a casa. Tengo una idea.
De regreso en el apartamento, Yuji empezó a rebuscar en su propio armario. Sacó un par de pantalones de algodón oscuro, algo desgastados en las rodillas pero limpios. Eran pantalones que él usaba para entrenar o para estar por casa.
—Póntelos —dijo Yuji, extendiéndoselos.
Megumi los miró como si fueran un artefacto de otro planeta.
—Los omegas no usan pantalones, Yuji. Es... está prohibido. Las leyes de decencia dicen que nuestras piernas deben estar cubiertas por faldas para no incitar a los alfas y para...
—Al diablo con las leyes de decencia —lo interrumpió Yuji, arrodillándose frente a él—. Esas leyes solo sirven para que seas un blanco fácil. Si llevas pantalones, puedes correr. Si llevas pantalones, nadie puede levantarte la ropa para burlarse de ti. Quiero que te sientas seguro, Megumi. No me importa lo que diga la gente en la calle.
Megumi tomó la prenda. El tejido era áspero comparado con la seda y el lino del Conservatorio, pero se sentía sólido. Con manos torpes, se quitó la falda blanca —ese símbolo de su antigua vida— y se puso los pantalones de Yuji. Le quedaban grandes en la cintura, por lo que Yuji tuvo que usar un cordón de cuero para ajustárselos.
—Mírate —dijo Yuji, dándole un pequeño espejo de mano.
Megumi se observó. Se veía diferente. Sus piernas ya no estaban ocultas tras metros de tela que lo hacían parecer una estatua. Ahora se veía más ágil, más real. Se sentía extraño, pero era una extrañeza que sabía a libertad.
—¿No se enfadarán? —preguntó Megumi, refiriéndose a las personas de fuera.
—Que se enfaden —respondió Yuji con una sonrisa desafiante—. Si alguien tiene un problema con cómo te vistes, tendrá que hablar conmigo primero.
Los días siguientes fueron una prueba de fuego. Megumi empezó a salir con los pantalones de Yuji, a veces acompañados de una camisa ancha que también pertenecía al alfa. El contraste era evidente: un omega de facciones delicadas y piel de porcelana vistiendo ropa de hombre, algo que en esa época era considerado casi un acto de rebelión política.
Las miradas en la calle eran constantes. Algunas mujeres omega cuchicheaban y se tapaban la boca con horror, mientras que los alfas lanzaban miradas de desaprobación o confusión. Pero Megumi notó algo importante: ya no lo tocaban. Ya no era el "pajarito de blanco". Ahora era algo que no lograban clasificar, y el ser humano siempre teme o respeta lo que no entiende.
Una tarde, mientras Yuji estaba en clase, Megumi se atrevió a ir solo a la pequeña tienda de la esquina para comprar pan. Era la primera vez que salía sin su protector. Llevaba puestos los pantalones oscuros y una gorra que Yuji le había dado para ocultar un poco su rostro.
En el camino, se encontró con un oficial de control de omegas, un hombre mayor con un uniforme azul oscuro y una porra colgada al cinto. Megumi sintió que el corazón se le subía a la garganta. El oficial lo miró de arriba abajo, deteniéndose en sus piernas.
—Oye, muchacho... o lo que seas —dijo el oficial, acercándose—. ¿Sabes que hay ordenanzas sobre la vestimenta adecuada para los de tu casta?
Megumi apretó los puños. Recordó las lecciones de caligrafía, recordó la cara de Hana cuando Yuji la echó, y recordó el peso de los pantalones que le permitían moverse con libertad.
—Tengo frío —dijo Megumi en el idioma local, esforzándose por que su voz no temblara—. Y mi alfa me ha pedido que use esto.
Mencionar a un "alfa" siempre era la mejor defensa. El oficial frunció el ceño, pero al ver la marca de la ropa —que aunque vieja, era de buena calidad— y la seguridad con la que Megumi hablaba, simplemente bufó.
—Dile a tu alfa que tiene gustos muy extraños. Sigue tu camino.
Megumi caminó rápido, pero no corrió. No necesitaba correr. Cuando llegó a la tienda y compró el pan, el tendero lo miró con curiosidad, pero le entregó el cambio sin decir nada.
Al volver al apartamento, Yuji ya estaba allí, sentado a la mesa con un libro abierto. Al ver entrar a Megumi, se levantó de un salto.
—¿Has ido solo? —preguntó, entre preocupado y orgulloso.
—He comprado el pan —dijo Megumi, dejando la bolsa sobre la mesa—. Y un oficial me ha hablado.
Yuji se tensó de inmediato.
—¿Te ha hecho algo? ¿Te ha tocado?
—No —Megumi sonrió, una sonrisa pequeña pero auténtica que iluminó su rostro—. Le he dicho que tú me pediste que los usara. No ha podido decir nada. Tenías razón, Yuji. Los pantalones son como una armadura.
Yuji soltó un suspiro de alivio y se echó a reír, una risa clara que llenó el pequeño espacio. Se acercó a Megumi y, por primera vez, se atrevió a rodearlo con un abrazo firme. Megumi no se tensó; al contrario, hundió el rostro en el pecho de Yuji, aspirando el aroma a sol y seguridad.
—Eres muy valiente, Megumi —susurró Yuji contra su cabello—. Mucho más de lo que crees.
—Quiero aprender más palabras hoy —dijo Megumi, separándose un poco pero manteniendo sus manos sobre el pecho del alfa—. Quiero aprender a escribir "pantalón", "calle" y... "libertad".
—Empezaremos por "libertad" entonces —asintió Yuji, tomando el cuaderno—. Es una palabra larga, pero creo que ya sabes lo que significa.
Esa tarde, bajo la luz dorada que entraba por la ventana, Megumi Fushiguro no se sintió como una víctima del Conservatorio ni como un objeto perdido en una ciudad extraña. Se sintió como un joven de quince años que, por primera vez, decidía qué piel quería habitar.
Sentados en el suelo, con el cuaderno entre ambos, Yuji guio la mano de Megumi para trazar la letra 'L'.
—L-I-B-E-R-T-A-D —deletreó Yuji.
—Libertad —repitió Megumi, sintiendo que la palabra sabía a aire fresco y a la tela resistente de sus pantalones.
A fuera, la ciudad seguía siendo ruidosa y llena de gente que juzgaba, pero dentro de esas cuatro paredes, un omega estaba aprendiendo que su cuerpo no era un territorio de otros, sino su propio hogar. Y mientras Yuji estuviera allí para sostener la vela, Megumi ya no tendría miedo de la oscuridad del mundo exterior.
—Yuji —dijo Megumi de repente, mirando al alfa a los ojos—. ¿Tú crees que algún día todas las omegas podrán usar pantalones?
Yuji guardó silencio por un momento, mirando por la ventana hacia la ciudad que empezaba a encender sus luces.
—No lo sé, Megumi. El mundo cambia despacio. Pero tú ya has empezado el cambio. Y eso es lo que importa.
Megumi asintió, volviendo su atención al papel. Escribió su nombre justo debajo de la palabra libertad. "Megumi". "Bendición".
Quizás no era una bendición para los alfas que querían dominarlo, pero era una bendición para sí mismo. Por primera vez, Megumi Fushiguro estaba aprendiendo a leer su propio destino, trazo a trazo, paso a paso, con los pies bien plantados en el suelo y sin ninguna falda que le impidiera correr hacia el futuro.