Friends?
El eco de las verdades no dichas
La música en el departamento de Namjoon vibraba con una intensidad que golpeaba directamente en las sienes de Jimin. El ambiente estaba cargado de vapor, risas estruendosas y el olor penetrante del alcohol barato mezclado con perfumes caros. Hacía apenas una hora que los chicos habían comenzado a beber en serio, intentando disipar la tensión que había quedado flotando en el aire tras la última pelea grupal. Jin contaba chistes mediocres que Hoseok celebraba con carcajadas exageradas, mientras Taehyung, sentado al lado de Jimin, le pasaba un brazo por los hombros en un gesto de apoyo silencioso que el rubio agradecía profundamente.
Jimin se sentía extraño. Había aceptado salir esa noche bajo la promesa de que "todo volvería a la normalidad", pero la normalidad se sentía como un traje que ya no le quedaba. Cada vez que miraba la pantalla de su celular y veía un mensaje de Mingyu preguntándole si estaba bien, una punzada de alivio y culpa lo atravesaba. Mingyu era bueno. Mingyu era seguro. Mingyu no lo hacía sentir como si fuera un problema que necesitaba ser resuelto.
—Deberías dejar de mirar el teléfono, Jimin-ah —murmuró Yoongi, quien estaba sentado al otro lado, observándolo con esos ojos felinos que parecían leerle el alma—. Si estás aquí para "calmar las aguas", al menos finge que te estás divirtiendo.
—Lo intento, hyung —respondió Jimin, dejando el vaso de plástico sobre la mesa ratona—. Solo... me siento cansado.
—Estás cansado de esperar algo que no va a llegar —sentenció Yoongi antes de darle un trago largo a su cerveza.
Jimin no tuvo tiempo de replicar. La puerta del departamento se abrió de golpe y el aire pareció succionarse de la habitación. Jungkook entró con el cabello negro alborotado, vistiendo una chaqueta de cuero que acentuaba su figura imponente y esa expresión de autosuficiencia que Jimin tanto amaba y odiaba a la vez. No venía solo; Soojin caminaba tras él, sonriendo con esa amabilidad genuina que hacía que Jimin se sintiera doblemente miserable. No podía odiarla, y eso era lo peor de todo.
—Llegamos tarde, lo siento —dijo Jungkook, aunque su voz no sonaba arrepentida en absoluto. Sus ojos recorrieron la sala hasta detenerse en Jimin. La frialdad en su mirada fue como un balde de agua helada—. Veo que ya empezaron sin nosotros.
—¡Kook! ¡Soojin! Pasen, pasen —exclamó Namjoon, tratando de romper el hielo que se acababa de formar—. Hay bebidas en la cocina.
La noche transcurrió en un desorden de copas y conversaciones cruzadas. Jimin intentó mantenerse al margen, refugiándose en el alcohol para anestesiar la opresión en su pecho. Sin embargo, Jungkook parecía decidido a ignorarlo por completo, enfocando toda su atención en Soojin, rodeando su cintura con su brazo tatuado y riendo de cosas que Jimin no alcanzaba a escuchar.
El punto de quiebre llegó dos horas después, cuando el alcohol ya había hecho estragos en el juicio de todos. Taehyung se había quedado dormido en el sofá, y los demás estaban en la cocina discutiendo sobre música. Jimin se levantó para ir al baño, tambaleándose un poco por el mareo, pero una mano firme lo sujetó del antebrazo antes de que pudiera alejarse.
—¿A dónde vas tan rápido? —La voz de Jungkook era baja, áspera, cargada de una hostilidad contenida.
Jimin se soltó del agarre con un movimiento brusco, enfrentándolo. Sus mejillas estaban encendidas por el alcohol y sus ojos rubíes brillaban con una mezcla de embriaguez y dolor.
—Al baño, Jungkook. ¿También tengo que pedirte permiso para eso?
—Sigues con esa actitud —Jungkook dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Desde que empezaste a salir con ese tipo, Mingyu, te crees que puedes ir por ahí haciendo lo que quieras sin que nadie te diga nada.
—Es que nadie tiene por qué decirme nada —siseó Jimin, bajando la voz para no atraer la atención de los demás—. No eres mi padre, ni mi dueño. Eres mi amigo... se supone.
—Un amigo que se preocupa porque no termines tirado en una zanja por irte con cualquiera cuando estás borracho —escupió Jungkook. Sus palabras hirientes cortaron el aire como cuchillos—. Lo que hiciste la otra noche fue patético, Jimin. Solo buscas atención.
El impacto de las palabras hizo que Jimin retrocediera un paso, sintiendo como si le hubieran dado un golpe físico en el estómago. El nudo en su garganta amenazaba con asfixiarlo.
—¿Patético? —Jimin soltó una risa amarga que terminó en un quiebre de voz—. ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Que busco atención?
—¿Qué otra cosa puede ser? —Jungkook se cruzó de brazos, su altura intimidando al rubio—. Estás saliendo con alguien que no te interesa solo para demostrar... ¿qué? ¿Que ya no eres el pequeño Jimin que depende de nosotros?
—¡Estoy saliendo con él porque él sí me ve! —gritó Jimin, olvidándose de la discreción. En la cocina, las voces se detuvieron, pero a él ya no le importaba—. ¡Él me mira como si yo fuera lo único que importa en el mundo! ¡Él no me trata como un estorbo o como un niño tonto!
—¡Él solo quiere aprovecharse de ti! —rugió Jungkook, cerrando la distancia entre ambos hasta que sus pechos casi se tocaban. Jimin podía oler el alcohol y el perfume de Jungkook, una combinación que siempre lo volvía loco—. No lo conoces, no sabes quién es.
—Lo conozco mejor de lo que tú me conoces a mí, claramente —replicó Jimin, con lágrimas rodando finalmente por sus mejillas—. Tú no sabes nada de lo que yo siento, Jungkook. No tienes la menor idea de lo que ha sido para mí estar a tu lado todos estos años.
—¿De qué hablas? —La expresión de Jungkook se suavizó por un segundo, confundida, pero Jimin estaba demasiado herido para detenerse.
—Hablo de que estoy harto —sollozó Jimin, golpeando el pecho de Jungkook con las palmas de sus manos—. Estoy harto de que me juzgues, de que me des órdenes y de que actúes como si te importara lo que hago cuando pasas todo el tiempo con Soojin, ignorándome, olvidándote de que existo a menos que sea para regañarme.
—Eso no es cierto, Jimin...
—¡Es cierto! —Jimin lo empujó de nuevo, pero esta vez Jungkook no se movió. El rubio estaba fuera de sí, el alcohol eliminando cualquier filtro que le quedara—. Te odio. Te odio por hacerme esto. Te odio porque no te das cuenta... porque nunca te vas a dar cuenta.
—¿Darme cuenta de qué? —Jungkook lo sujetó por los hombros, sacudiéndolo levemente—. ¡Dímelo de una vez!
—¡Que te amo, maldito idiota! —gritó Jimin, y el silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el zumbido del refrigerador en la habitación contigua.
Jimin jadeaba, con el rostro empapado en lágrimas y el corazón latiendo desbocado contra sus costillas. La confesión, esa que había guardado bajo llave durante años, acababa de estallar en medio de una sala llena de gente, frente al hombre que menos quería que la escuchara en esas circunstancias.
Jungkook se quedó paralizado. Sus manos, que aún sujetaban los hombros de Jimin, temblaron imperceptiblemente. Sus ojos negros recorrieron el rostro deshecho de su amigo, buscando alguna señal de que fuera una broma de borracho, pero solo encontró una verdad cruda y devastadora.
—Jimin... —susurró Jungkook, su voz apenas un hilo.
—No digas nada —dijo Jimin, su voz ahora apagada y sin fuerzas—. No digas absolutamente nada. Ya lo dije. Ya puedes reírte o decirme lo asqueroso que te parece. Ya puedes volver con Soojin y fingir que esto no pasó.
Jimin intentó zafarse, pero Jungkook apretó el agarre. El ambiente estaba cargado de una electricidad peligrosa. Los demás amigos asomaron la cabeza desde la cocina; Namjoon tenía una expresión de puro dolor, y Yoongi simplemente cerró los ojos, sabiendo que el desastre finalmente había ocurrido.
—Suéltame, Jungkook —pidió Jimin en un susurro quebrado.
—No —respondió Jungkook. Sus ojos estaban fijos en los labios de Jimin, y por un momento, la rabia en su mirada fue reemplazada por algo mucho más oscuro y confuso.
—¿Qué haces? —preguntó Jimin, asustado por la intensidad en el rostro del más alto.
—Dijiste que no me doy cuenta de nada —dijo Jungkook, su voz volviéndose peligrosamente grave—. Dijiste que no me importas.
—Porque es la verdad... —Jimin no pudo terminar la frase.
Jungkook acortó la distancia de golpe, estrellando sus labios contra los de Jimin con una fuerza que les hizo chocar los dientes. No fue un beso dulce, ni una reconciliación romántica. Fue un choque de frustración, de años de tensión no resuelta y de una confusión que Jungkook no sabía cómo procesar de otra manera.
Jimin soltó un jadeo de sorpresa, sus manos subiendo instintivamente para empujar el pecho de Jungkook, pero sus dedos terminaron enredándose en la tela de su camiseta, atrayéndolo más cerca. El sabor del alcohol y la desesperación llenó sus bocas. Era un beso amargo, cargado de todo el resentimiento que se habían lanzado minutos antes.
Cuando Jungkook se separó, ambos estaban sin aliento. Jimin lo miraba con los ojos muy abiertos, el labio inferior temblando.
—¿Por qué...? —susurró Jimin.
Jungkook no respondió. Miró hacia la cocina, donde Soojin estaba de pie, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas. Ella lo había visto todo. El grupo de amigos estaba en completo silencio, viendo cómo la estructura de su círculo se desmoronaba en un solo instante.
—Jungkook... —llamó Soojin con voz trémula.
Jungkook miró a Jimin una última vez, una mirada llena de conflicto, antes de soltarlo como si le quemara la piel. Sin decir una sola palabra, caminó hacia la salida, pasando por el lado de Soojin sin siquiera mirarla, y desapareció tras la puerta principal, dejándola abierta tras de sí.
Jimin se dejó caer al suelo, sus piernas cediendo finalmente. El silencio en el departamento era ensordecedor. Taehyung corrió hacia él, envolviéndolo en un abrazo, pero Jimin no sentía nada. Estaba vacío. Había soltado su verdad, había obtenido el beso que tanto había soñado, y sin embargo, nunca se había sentido tan solo en toda su vida.
—Lo siento, Jimin —murmuró Taehyung contra su cabello—. Lo siento tanto.
Soojin, todavía en la entrada, miró a Jimin con una mezcla de lástima y horror antes de salir corriendo tras Jungkook.
—Esto no va a terminar bien —dijo Yoongi desde la cocina, su voz resonando como una sentencia de muerte—. Nada de esto va a terminar bien.
Jimin cerró los ojos, deseando que la oscuridad lo tragara. El drama apenas comenzaba, y el sufrimiento que había intentado evitar al darle una oportunidad a Mingyu ahora se sentía como una sombra gigante que lo devoraría a todos. Había roto el frágil equilibrio de su mundo, y no había vuelta atrás.
—Quiero irme a casa —susurró Jimin, su voz perdiéndose entre los sollozos de los demás—. Por favor, llévenme a casa.
Namjoon se acercó y ayudó a Taehyung a levantar a Jimin. El grupo, antes unido por risas y planes futuros, ahora caminaba sobre cristales rotos. La noche, que se suponía que debía calmar las aguas, se había convertido en la tormenta que finalmente los hundiría.
Mientras bajaban por las escaleras, Jimin solo podía pensar en el calor de los labios de Jungkook y en la frialdad con la que lo había soltado. Se dio cuenta de que confesar su amor no lo había liberado; solo le había dado a Jungkook un arma nueva para destruirlo. Y lo peor de todo era que, a pesar de los gritos y los insultos, Jimin todavía deseaba estar en los brazos del hombre que acababa de romperle el corazón frente a todos sus amigos.
La calle estaba fría y el cielo amenazaba lluvia. Jimin miró hacia la esquina por donde Jungkook se había ido y supo, con una certeza dolorosa, que nada volvería a ser igual. El precio de la verdad había sido demasiado alto, y apenas estaban empezando a pagarlo.