Friends?
Fragmentos de una lealtad invisible
La lluvia golpeaba con una cadencia hipnótica contra los ventanales del estudio de danza de la universidad. Eran pasadas las diez de la noche y el edificio estaba sumido en un silencio sepulcral, a excepción del eco rítmico de los pies de Jimin contra el suelo de madera. Sudado, con los músculos ardiendo y el cabello rubio pegado a la frente, el chico se detuvo un segundo para recuperar el aliento. Sus ojos se encontraron con su propio reflejo en el espejo, notando lo pequeño y frágil que se veía bajo las luces fluorescentes.
—Te vas a romper si sigues así, Jimin-ah.
Jimin no necesitó girarse para saber quién era. Esa voz, profunda y ligeramente ronca, era el ancla que lo mantenía unido a la realidad, incluso cuando sentía que flotaba en un mar de inseguridades. Jungkook estaba apoyado en el marco de la puerta, con una bolsa de deporte al hombro y una sudadera negra demasiado grande. Sus tatuajes asomaban por las muñecas, y su mirada, aunque cansada, conservaba esa calidez que solo reservaba para su círculo más íntimo.
—Solo una vez más, Kookie —respondió Jimin, secándose el sudor con el dorso de la mano—. El examen es el lunes y el giro todavía no sale limpio.
Jungkook suspiró y entró en la sala, dejando su mochila en un rincón. Se acercó a Jimin y, sin decir una palabra, puso sus manos grandes y firmes sobre los hombros del rubio. El contacto quemaba, pero era un calor reconfortante, uno que Jimin anhelaba cada segundo del día.
—Tu cuerpo tiene un límite —dijo Jungkook, bajando la voz mientras apretaba suavemente sus trapecios—. Si te lesionas ahora, no habrá examen que valga. Vámonos, te invito a cenar algo de ramen.
Jimin bajó la cabeza, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros bajo el toque de su amigo. A veces, Jungkook podía ser tosco y directo, pero en momentos como este, su preocupación era tan palpable que hacía que el corazón de Jimin diera un vuelco doloroso. Era en estos instantes de cercanía donde Jimin se preguntaba cómo Jungkook no podía escuchar los latidos desbocados de su pecho.
—Está bien —cedió Jimin con una pequeña sonrisa—. Pero tú pagas.
—Siempre pago yo, enano —bromeó Jungkook, dándole un empujoncito juguetón que hizo que Jimin riera.
Caminaron por las calles vacías de Seúl, compartiendo un paraguas que Jungkook sostenía sobre la cabeza de Jimin, ignorando que su propio hombro izquierdo se estaba empapando. Era una dinámica natural entre ellos: Jungkook protegía, Jimin iluminaba. Para el mundo exterior, eran simplemente mejores amigos inseparables. Para Jimin, era una tortura dulce y lenta.
—¿Cómo van las cosas con Soojin? —preguntó Jimin, intentando que su voz sonara casual, aunque mencionar ese nombre siempre le dejaba un sabor amargo en la boca.
Jungkook se encogió de hombros, mirando hacia el frente.
—Bien, supongo. Es agradable. Me hace reír y no me presiona. Creo que... creo que esto es lo que la gente llama "estabilidad", ¿sabes? —Jungkook hizo una pausa y miró a Jimin—. Deberías intentar salir con alguien también. Mingyu ha estado preguntando por ti otra vez.
Jimin sintió una punzada en el estómago. Mingyu era un buen chico, guapo y atento, pero no era Jungkook. Nunca sería Jungkook.
—No lo sé —murmuró Jimin—. No estoy seguro de estar listo para eso.
—Mingyu es un buen tipo, Jimin —insistió Jungkook, deteniéndose frente al puesto de ramen—. Es directo, no anda con juegos. Si le das una oportunidad, podría cuidarte bien.
"Yo no quiero que él me cuide", pensó Jimin con amargura. "Quiero que seas tú". Pero en lugar de decir eso, solo asintió y entró al local, buscando refugio en el vapor de la comida para ocultar la tristeza en sus ojos.
Durante la cena, Jungkook fue el de siempre. Le robó trozos de carne de su plato, le contó anécdotas graciosas sobre los tatuajes nuevos que quería hacerse y se aseguró de que Jimin terminara toda su ración. Había una ternura en la forma en que Jungkook apartaba el cabello de Jimin cuando este se inclinaba sobre el cuenco, un gesto automático y desprovisto de malicia que, sin embargo, destruía las defensas del rubio.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Jungkook, con la boca medio llena.
—Por nada —mintió Jimin rápidamente, bajando la vista a sus palillos—. Solo pensaba en lo mucho que has crecido. Antes eras un niño que me seguía a todas partes.
Jungkook soltó una carcajada, una de esas que hacían que sus ojos se arrugaran.
—Y ahora soy el que tiene que arrastrarte fuera del estudio para que no te desmayes. Las vueltas que da la vida, ¿eh?
Al terminar, Jungkook insistió en acompañar a Jimin hasta la puerta de su apartamento. El aire nocturno era frío, y Jimin se abrazó a sí mismo, tiritando ligeramente. Sin pensarlo dos veces, Jungkook se quitó su sudadera negra y se la puso a Jimin, cubriéndolo casi por completo con la prenda que aún conservaba el aroma a su perfume y a tabaco suave.
—Te ves ridículo, parece un vestido —se burló Jungkook, pero sus ojos brillaban con afecto.
—Gracias, Kook —susurró Jimin, aferrándose a la tela.
Se quedaron en silencio frente a la puerta del edificio. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Jungkook dio un paso adelante y puso su mano sobre la cabeza de Jimin, revolviéndole el cabello rubio. Sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario, rozando la oreja de Jimin.
—Descansa, Jimin-ah. No pienses tanto en el baile. Estás hecho para esto, vas a brillar.
—Tú también descansa —respondió Jimin, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir—. Gracias por... por estar siempre.
Jungkook le dedicó una última sonrisa, una de esas que llegaban a sus ojos y los suavizaban por completo, antes de darse la vuelta y caminar hacia la oscuridad de la calle.
Jimin subió a su apartamento, se dejó caer contra la puerta cerrada y aspiró profundamente el aroma de la sudadera. Era en noches como esta cuando más dolía. Jungkook no era un monstruo; no era el chico frío y distante que a veces aparentaba ser frente a los demás. Con Jimin, era atento, era dulce, era protector. Y eso era precisamente lo que hacía que soltarlo fuera una tarea imposible.
¿Cómo puedes dejar ir a alguien que te trata como si fueras lo más valioso de su vida, pero que nunca te verá de la forma en que tú lo ves a él?
Esa noche, Jimin no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, envuelto en la ropa de Jungkook, sintiéndose el ser más afortunado y el más miserable del mundo al mismo tiempo. Sabía que Soojin estaba en la vida de Jungkook ahora, y sabía que Mingyu estaba esperando en las sombras una oportunidad que Jimin no quería dar.
Días después, la atmósfera cambió. La llegada de Soojin al círculo de amigos no fue traumática al principio. Ella era encantadora, integrada fácilmente por Jin y Hoseok. Pero para Jimin, cada risa de Soojin era un recordatorio de lo que él nunca podría tener. Jungkook empezó a pasar menos tiempo en el estudio y más tiempo en citas. Las llamadas nocturnas se volvieron mensajes breves y distantes.
La tensión alcanzó su punto álgido una tarde en la que el grupo se reunió en un parque. Jungkook estaba sentado en el césped con Soojin apoyada en su pecho. Él le acariciaba el cabello con la misma distracción con la que solía hacerlo con Jimin.
—Jimin, ¿por qué no vienes con nosotros el viernes? —preguntó Soojin con una sonrisa genuina—. Mingyu también vendrá, sería una cita doble genial.
Jimin sintió que el aire se le escapaba. Miró a Jungkook, esperando que dijera algo, que pusiera alguna excusa, que lo salvara. Pero Jungkook solo asintió, mirando a Jimin con una expresión indescifrable.
—Sí, deberías venir, Jimin. Te vendría bien salir de la burbuja del estudio. Mingyu se muere por pasar tiempo contigo a solas.
—No sé si Mingyu sea mi tipo —logró decir Jimin, con la voz apenas audible.
—¿Y cuál es tu tipo entonces? —preguntó Jungkook, con un tono que bordeaba lo tosco, casi como si estuviera irritado—. Llevas años solo, rechazando a todo el mundo. Mingyu es un buen partido. Deja de ser tan difícil.
El comentario dolió. No fue por las palabras en sí, sino por la frialdad repentina en la voz de Jungkook, una barrera que levantaba cada vez que el tema de los sentimientos de Jimin (o la falta de ellos hacia otros) salía a la luz. Era como si Jungkook quisiera empujarlo hacia otra persona para aliviar una culpa que no terminaba de entender.
—No soy difícil, Jungkook. Simplemente no quiero forzar algo que no siento —replicó Jimin, levantándose del césped.
—A veces hay que forzarlo para que funcione —sentenció Jungkook, volviendo su atención a Soojin.
Ese fue el día en que Jimin decidió que ya no podía más. El dolor de ser el "mejor amigo" mientras su corazón se desangraba era insoportable. Cuando Mingyu lo llamó esa noche, Jimin no ignoró la llamada.
—Hola, Mingyu —dijo, con la voz temblorosa—. ¿Sigue en pie lo de ir a tomar algo?
La primera cita con Mingyu fue extraña. Mingyu era todo lo que Jungkook había dicho: romántico, directo y absolutamente dedicado. Lo llevó a un lugar tranquilo, lo escuchó hablar durante horas y lo trató con una delicadeza que Jimin casi había olvidado que existía. Pero al final de la noche, cuando Mingyu lo dejó en su puerta y le dio un beso suave en la mejilla, Jimin no sintió las chispas que sentía con un simple roce de la mano de Jungkook. Sintió paz, sí, pero una paz vacía.
Lo peor vino después. La noticia de que Jimin estaba saliendo con Mingyu corrió como la pólvora en el grupo. Taehyung y Yoongi lo miraban con una mezcla de lástima y comprensión, sabiendo perfectamente lo que Jimin estaba intentando hacer. Pero Jungkook... Jungkook reaccionó de una manera que nadie esperaba.
En lugar de alegrarse por su amigo, se volvió errático. Empezó a hacer comentarios sarcásticos sobre Mingyu cada vez que estaban todos juntos.
—¿Otra vez con el "caballero perfecto"? —soltó Jungkook una noche en casa de Namjoon, después de que Jimin mencionara que Mingyu lo pasaría a buscar—. Cuidado, Jimin. Los tipos que parecen tan perfectos suelen esconder algo. No seas tan ingenuo de irte con cualquiera solo porque te dice cuatro palabras bonitas.
—Mingyu no es cualquiera —respondió Jimin, sintiendo que la rabia empezaba a burbujear—. Y tú fuiste el que me dijo que le diera una oportunidad. ¿Ahora qué te pasa?
—Me pasa que te veo comportarte como un desesperado —escupió Jungkook, ignorando las miradas de advertencia de Namjoon y Jin—. Te vas con él a todas partes, incluso cuando estás borracho. ¿Tienes idea de lo peligroso que es eso?
—¡Él me cuida! —gritó Jimin—. ¡Él no me trata como si fuera una carga!
—¡Te trata como un trofeo! —rugió Jungkook, levantándose del sofá—. Y tú, como siempre, no te das cuenta de nada porque tienes la cabeza en las nubes.
Esa discusión dejó una grieta profunda en el grupo. Jimin se marchó llorando, y Jungkook se quedó allí, con los puños cerrados y una expresión de furia que no encajaba con la situación. Soojin intentó calmarlo, pero él la apartó bruscamente, sumiéndose en un silencio hosco que duró días.
Los amigos intentaron mediar. Organizaron una reunión en el apartamento de Namjoon para "limar asperezas". Todos aceptaron, excepto Jungkook, que dijo que llegaría tarde por un compromiso con Soojin.
La noche comenzó de manera tensa, pero el alcohol fluyó rápido. Jimin, sintiéndose miserable y presionado por la situación, bebió más de la cuenta. Se sentía mareado, con la risa fácil y el corazón pesado. Taehyung intentaba distraerlo, contándole historias absurdas, mientras Yoongi vigilaba desde la esquina, sabiendo que la calma era solo el preludio de la tormenta.
Y entonces, la puerta se abrió.
Jungkook entró, pero no venía con la sonrisa amable de otras veces. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su mandíbula apretada y el aura de hostilidad que desprendía era casi física. Soojin venía tras él, visiblemente incómoda.
Jimin, borracho y con las defensas por el suelo, cometió el error de mirarlo.
—Vaya, llegó el rey —balbuceó Jimin, con una sonrisa amarga—. Pensé que estarías demasiado ocupado siendo "estable" con tu novia perfecta.
Jungkook no respondió de inmediato. Caminó hacia la mesa, se sirvió un vaso de whisky puro y se lo bebió de un trago. Luego, se giró hacia Jimin.
—Estás borracho, Jimin. Das pena.
El insulto fue como un látigo. Los demás se quedaron en silencio absoluto. Hoseok intentó intervenir, pero Jungkook lo cortó con una mirada gélida.
—Siempre lo mismo contigo —continuó Jungkook, acercándose a Jimin—. Haciendo escenas, buscando que todos te miren, que todos te compadezcan. ¿Es por eso que sales con Mingyu? ¿Para que tengamos que rescatarte de él también?
—¡Yo no necesito que nadie me rescate! —gritó Jimin, tambaleándose al ponerse de pie—. ¡Y mucho menos tú! ¡Tú eres el último que tiene derecho a decirme nada!
—Soy el único que te dice la verdad —siseó Jungkook, rodeando a Jimin como un depredador—. Los demás te miman, pero yo veo lo que eres. Un niño caprichoso que no sabe lo que quiere.
—¡Sé perfectamente lo que quiero! —Jimin le dio un empujón en el pecho, pero Jungkook ni se inmutó—. ¡Lo que quiero es que me dejes en paz! ¡Que dejes de actuar como si te importara cuando me tratas como basura!
Fue en ese momento cuando la cuerda se rompió. La confesión de Jimin, cargada de años de dolor, estalló en la sala.
—¡Te amo, maldito idiota! —El grito de Jimin desgarró el aire, dejando tras de sí un vacío aterrador.
El silencio que siguió fue absoluto. Jimin jadeaba, con lágrimas cayendo por sus mejillas, viendo cómo el rostro de Jungkook pasaba de la furia al shock absoluto. Los amigos en la cocina eran estatuas de sal. Soojin, en la puerta, parecía haberse marchitado.
Jungkook no dijo nada. Dio un paso adelante, sus manos temblando mientras sujetaba los hombros de Jimin. La confusión en sus ojos era una tormenta propia.
—Jimin... —susurró, pero su voz se quebró.
—No digas nada —dijo Jimin, su voz ahora un susurro roto—. Ya lo sabes. Ya puedes terminar de destruirme.
Pero Jungkook no lo destruyó con palabras. Lo destruyó con un beso.
Fue un choque violento, desesperado. Jungkook estrelló sus labios contra los de Jimin con una necesidad que parecía haber estado contenida por siglos. No había ternura, solo una lucha de lenguas y alientos, un intento desesperado de callar la verdad con el cuerpo. Jimin sollozó contra su boca, sus manos enredándose en la chaqueta de cuero de Jungkook, atrayéndolo hacia sí con la fuerza de quien se está ahogando.
El beso sabía a whisky, a lágrimas y a una traición inminente. Cuando Jungkook se separó, sus ojos buscaron los de Jimin, pero no encontró paz, solo más caos. Miró a Soojin, que lloraba en silencio, y luego volvió a mirar a Jimin, cuyos labios estaban rojos e hinchados.
Sin una palabra, Jungkook soltó a Jimin y salió del apartamento, dejando la puerta abierta al frío de la noche.
Jimin se desplomó en el suelo, rodeado de sus amigos, pero nunca se había sentido tan solo. Había cruzado la línea. Había quemado el puente. Y mientras Taehyung lo abrazaba, Jimin solo podía pensar en que el beso de Jungkook no había sido una promesa, sino una despedida. El drama que tanto había temido acababa de comenzar, y el sufrimiento apenas estaba calentando motores. La tormenta no se había calmado; acababa de arrasar con todo lo que Jimin alguna vez consideró su hogar.