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El peso de la verdad invisible
El aire en la sala de estar se volvió gélido a pesar del sol matutino que entraba por el ventanal. Jimin sintió un sudor frío recorriéndole la nuca, justo donde la piel todavía palpitaba por los besos de Jungkook. La mirada de Taehyung era un escáner implacable; él no era como Hoseok, que podía distraerse con el olor de las donas recién horneadas. Taehyung tenía un instinto casi animal para detectar cuando las piezas del rompecabezas no encajaban, y en ese momento, Jimin y Jungkook eran un caos de piezas rotas.
— ¿De qué hablas, Tae? —intentó decir Jimin, pero su voz salió un octava más aguda de lo normal. Se aclaró la garganta y forzó una risa nerviosa—. Es una irritación por el roce de la bufanda. Ya sabes que tengo la piel sensible.
Taehyung arqueó una ceja, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el respaldo del sofá.
— No hace frío suficiente para una bufanda de lana, Jimin. Y esa marca tiene forma de... bueno, dejémoslo en que Mingyu debe de haber estado muy entusiasta anoche —soltó Taehyung, aunque sus ojos no se apartaron de Jungkook, que permanecía apoyado en el marco de la puerta de su habitación, demasiado rígido, demasiado silencioso.
— Mingyu es un tipo apasionado, supongo —intervino Hoseok, tratando de aligerar el ambiente mientras abría la caja de donas—. ¡Vengan a comer! Jungkook, te ves como si hubieras corrido un maratón. Siéntate antes de que te desplomes.
Jungkook caminó hacia la mesa con pasos lentos. Su mirada se cruzó con la de Jimin por un segundo, un contacto visual cargado de una electricidad que amenazaba con hacer saltar los fusibles del departamento. Jimin apartó la vista de inmediato, sintiendo que la culpa le apretaba el pecho. La imagen de Jungkook sobre él, de sus manos tatuadas recorriendo su cuerpo con una familiaridad nueva y prohibida, se proyectaba en su mente como una película que no podía apagar.
— No tengo mucha hambre —dijo Jungkook, su voz sonando más ronca de lo habitual—. Me quedé despierto hasta tarde... estudiando unas cosas.
— ¿Estudiando? —Taehyung soltó una carcajada seca—. Tú no estudias nada un viernes por la noche a menos que sea el manual de una nueva motocicleta. ¿Seguro que no estabas practicando tus "habilidades sociales" para Chaeyung?
Jimin sintió una punzada de celos tan aguda que casi se dobla sobre sí mismo. El nombre de la chica rubia actuó como un recordatorio brutal de cómo había empezado todo: una estúpida lección de besos.
— Chaeyung y yo no vamos a salir más —soltó Jungkook de repente, su tono cortante y definitivo.
Hoseok dejó de masticar su dona de chocolate, sorprendido.
— ¿Qué? Pero si estabas entusiasmadísimo. Dijiste que Jimin te estaba ayudando a... ya sabes, a no ser tan tronco. ¿Qué pasó en la cita? ¿Tan mal te fue?
Jungkook apretó los puños sobre sus muslos. Jimin podía ver la tensión en sus antebrazos, donde la tinta de sus tatuajes parecía oscurecerse con su estado de ánimo.
— Simplemente no funcionó —respondió Jungkook, mirando fijamente a Jimin—. Me di cuenta de que estaba buscando algo que ella no podía darme. Y que lo que realmente quería... ya lo tenía cerca.
El silencio que siguió fue sepulcral. Jimin sintió que el corazón le martilleaba en los oídos. Era una confesión a medias, un desafío lanzado al aire que solo él podía entender del todo, pero que Taehyung estaba empezando a descifrar.
— Qué profundo —comentó Taehyung, entrecerrando los ojos—. Me alegra que hayas tenido esa epifanía, Kook. Es una pena por Jimin, que tuvo que esforzarse tanto en "entrenarte" para nada.
— No fue para nada —susurró Jimin, casi sin darse cuenta.
Antes de que alguien pudiera preguntar a qué se refería, el timbre del departamento sonó. Jimin dio un respingo, sabiendo perfectamente quién era. Era la hora acordada con Mingyu.
— Debe ser mi desayuno —dijo Jimin, moviéndose hacia la puerta con la urgencia de alguien que huye de una casa en llamas.
Al abrir, se encontró con la sonrisa radiante de Mingyu. El chico era la viva imagen de la perfección: cabello castaño ordenado, una chaqueta de cuero impecable y una bolsa de papel con el logo de la cafetería favorita de Jimin.
— Hola, precioso —dijo Mingyu, inclinándose para darle un beso rápido en los labios.
Jimin se tensó instintivamente. El contacto de Mingyu, que ayer le resultaba agradable, hoy se sentía como una intrusión. Sus labios le recordaban a los de Jungkook; su aroma, al de Jungkook. Todo en Mingyu se sentía como una copia barata de la intensidad que había vivido horas antes en esa misma sala.
— Hola, Gyu —respondió Jimin, tratando de sonreír—. Pasa, los chicos están aquí.
Mingyu entró con confianza, saludando a Hoseok y Taehyung con un choque de manos. Cuando llegó a Jungkook, el ambiente volvió a tensarse. Jungkook no se levantó de la silla. Se limitó a asentir con la cabeza, sus ojos oscuros brillando con una hostilidad que apenas lograba ocultar.
— ¡Hey, Jungkook! —dijo Mingyu, ignorando o no notando la frialdad—. Escuché que Jimin te estuvo dando clases de seducción. Espero que te hayan servido con esa chica, aunque Jimin es tan perfeccionista que seguro te hizo repetir cada movimiento mil veces.
Jungkook soltó una risa nasal, desprovista de humor.
— No tienes idea de cuánto repetimos, Mingyu. Jimin es un maestro muy... dedicado.
Jimin sintió que se le subían los colores a la cara. Se acercó rápidamente a la mesa y tomó la bolsa de comida de las manos de Mingyu.
— Deberíamos irnos, ¿no? Dijiste que tenías planes para el mediodía —dijo Jimin, tratando de empujar a Mingyu hacia la salida.
— Pero si acabo de llegar —se quejó Mingyu, riendo—. Déjame al menos saludar bien a los chicos. Por cierto, Jimin, ¿qué tienes en el cuello?
La pregunta cayó como una bomba. Taehyung se tapó la boca con la mano, fingiendo toser, mientras Hoseok miraba al techo con repentino interés en las molduras.
— Ya te lo dije por mensaje, es una alergia —mintió Jimin, sintiendo que la red de engaños lo asfixiaba—. Vamos, Mingyu, por favor.
Jungkook se puso de pie bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
— Sí, Mingyu, llévatelo —dijo Jungkook, su voz cargada de una amargura que hizo que Hoseok se pusiera serio—. Aquí ya no hay nada que ver.
Jimin no se atrevió a mirar atrás mientras sacaba a Mingyu del departamento. Bajaron las escaleras en silencio, y solo cuando estuvieron en el auto de Mingyu, Jimin pudo soltar el aire que contenía. Pero la paz duró poco. El sentimiento de traición le quemaba el estómago. Miró sus propias manos y recordó cómo Jungkook las había entrelazado con las suyas mientras sus cuerpos se volvían uno solo.
***
El desayuno con Mingyu fue una tortura china. Jimin apenas probó su bagel de salmón, respondiendo con monosílabos a las anécdotas de Mingyu sobre su entrenamiento de baloncesto. Cada vez que Mingyu intentaba ser cariñoso, Jimin encontraba una excusa para moverse.
— Jimin, ¿pasa algo? —preguntó Mingyu finalmente, dejando los cubiertos—. Estás distante. Si hice algo que te molestó anoche...
— No, no es eso —interrumpió Jimin rápidamente—. Es solo que... no dormí bien. Tengo muchas cosas en la cabeza con la academia de baile.
— Sabes que puedes decirme lo que sea, ¿verdad? —Mingyu tomó su mano sobre la mesa. Su tacto era cálido, seguro. Era todo lo que Jimin debería querer—. Te quiero, Jimin. Y me importa que estés bien.
Ese "te quiero" fue la gota que colmó el vaso. Jimin sintió que el mundo se le venía encima. No podía seguir así. No podía mirar a Mingyu a los ojos mientras su piel aún guardaba el rastro de Jungkook.
— Mingyu, yo... necesito tiempo —soltó Jimin, retirando su mano—. Creo que nos estamos moviendo muy rápido y yo... estoy confundido.
La expresión de Mingyu pasó de la confusión al dolor en un segundo.
— ¿Confundido sobre qué? ¿Sobre nosotros? ¿Hay alguien más?
Jimin quiso gritar que sí, que su mejor amigo de toda la vida lo había besado hasta dejarlo sin aliento y que ahora nada tenía sentido. Pero no pudo. El miedo a perderlo todo, a destruir su círculo de amigos, le cerró la garganta.
— Solo necesito pensar. Por favor, llévame a casa.
***
Cuando Jimin regresó al departamento, esperaba encontrar a los chicos todavía allí, pero solo estaba Jungkook. La sala estaba en penumbra, con las cortinas medio cerradas. Jungkook estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá, con una botella de cerveza en la mano.
— Se fueron hace media hora —dijo Jungkook sin mirarlo—. Taehyung me dio un discurso sobre la "lealtad" antes de irse. Creo que lo sabe, Jimin.
Jimin cerró la puerta y se dejó caer en el sofá, justo encima de donde estaba Jungkook.
— Todos lo van a saber tarde o temprano si seguimos actuando así —dijo Jimin, cubriéndose la cara con las manos—. Le pedí tiempo a Mingyu. Me siento como la peor persona del mundo, Kook. Él es bueno conmigo. Él no se merece esto.
Jungkook dejó la botella a un lado y se giró, apoyando sus brazos sobre las rodillas de Jimin. Su rostro estaba marcado por la fatiga y una tristeza que Jimin rara vez veía en él.
— Yo tampoco me merezco esto —dijo Jungkook en un susurro—. No me merezco verte irte con él después de lo que pasó aquí. No me merezco ser el "entrenador" mientras él es el que te lleva a desayunar.
— Tú fuiste el que pidió la lección, Jungkook —le recordó Jimin, con lágrimas asomando en sus ojos—. Tú fuiste el que dijo que eras heterosexual y que esto no significaba nada.
Jungkook soltó una risa amarga y se puso de pie, obligando a Jimin a mirarlo desde abajo.
— ¡Fui un idiota! —exclamó, su voz retumbando en la sala—. Estaba asustado, Jimin. Estaba asustado de lo que sentía cada vez que te veía bailar, cada vez que te reías de mis chistes malos. Pensé que si lo llamaba "práctica", si le ponía una etiqueta técnica, podría manejarlo. Pero en cuanto te toqué... en cuanto te besé de verdad... toda esa mentira se cayó.
Jimin se levantó también, quedando a pocos centímetros del pecho de Jungkook. La tensión física seguía ahí, intacta, devorándolos.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Jimin, con la voz quebrada—. ¿Qué se supone que hagamos? No podemos ser novios, Jungkook. Somos mejores amigos. Vivimos juntos. Si esto sale mal, nos destruimos el uno al otro.
— Ya nos estamos destruyendo, Jimin —respondió Jungkook, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron—. ¿No lo ves? Moriría de celos si vuelves a salir por esa puerta con él. Y tú... tú no puedes ni mirar a Mingyu sin pensar en mí.
Jungkook tomó la mano de Jimin y la puso sobre su propio corazón. El latido era errático, potente.
— Enséñame otra cosa, Jimin —susurró Jungkook, sus labios rozando los del rubio—. Enséñame cómo hacer que esto funcione. Porque no voy a dejarte ir. No ahora que sé cómo se siente tenerte.
Jimin no pudo resistirse más. Se empinó y capturó los labios de Jungkook en un beso que sabía a desesperación y a una verdad inevitable. Jungkook lo rodeó con sus brazos, levantándolo del suelo como si fuera lo más preciado y, al mismo tiempo, lo más peligroso de su vida.
Se movieron hacia la habitación de Jimin, tropezando con los muebles, sin dejar de besarse. La culpa seguía ahí, acechando en las esquinas, pero el deseo era un monstruo mucho más grande. Cuando cayeron sobre la cama, Jimin supo que el punto de no retorno había quedado atrás hacía mucho tiempo.
Sin embargo, en medio del ardor, el teléfono de Jungkook comenzó a sonar en su bolsillo. Él lo ignoró, pero el aparato insistió. Jimin, con la respiración entrecortada, lo sacó del bolsillo de los jeans de Jungkook para apagarlo.
La pantalla mostraba un mensaje de un grupo de chat. Era de Yoongi.
"Tenemos que hablar. Todos. En casa de Jin a las ocho. Y más les vale a ustedes dos tener una buena explicación para lo que Taehyung nos contó".
Jimin dejó caer el teléfono sobre el colchón. El mundo exterior estaba llamando a la puerta, y esta vez, no podían simplemente ignorarlo.
— ¿Qué les vamos a decir? —preguntó Jimin, mirando a Jungkook con miedo.
Jungkook se incorporó, pasando un brazo protector sobre los hombros de Jimin. Miró el teléfono y luego a su mejor amigo, su amante, su crisis personal.
— La verdad —dijo Jungkook con una determinación fría—. Les diremos que la teoría terminó y que la práctica se nos fue de las manos. Y que, pase lo que pase, no voy a dejar que nadie te quite de mi lado. Ni siquiera Mingyu.
Jimin asintió, aunque el pánico seguía ahí. Sabía que esa noche sería el fin de su vida tal como la conocían. Los celos de Jungkook, su propia culpa hacia Mingyu y la mirada juiciosa de sus amigos eran una tormenta perfecta que estaba a punto de estallar.
Pero mientras Jungkook volvía a besarlo, marcando su piel con una posesividad que le quitaba el aliento, Jimin decidió que, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a dejar que todo se quemara con tal de quedarse en ese incendio.
La crisis apenas comenzaba, y el precio de su deseo físico estaba a punto de cobrarse en lealtades rotas y corazones destrozados. Pero en el silencio de la habitación, rodeados por el eco de sus propios suspiros, Jimin y Jungkook solo podían pensar en una cosa: que nunca nadie les había enseñado que el amor podía doler tanto como un beso perfecto.