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El abismo entre las sábanas
El aire en la cocina se había vuelto tan denso que Jimin sentía que podía cortarlo con la mano. La confesión de Jungkook todavía vibraba en las paredes, mezclándose con el zumbido del refrigerador y el latido desbocado de su propio corazón. Ya no había rastro del chico tímido que pedía consejos; frente a él estaba un Jungkook cuya mirada oscura reclamaba algo que Jimin no sabía si estaba listo para entregar, pero que deseaba con una intensidad aterradora.
— Jungkook, para... —susurró Jimin, aunque sus manos, traicioneras, se cerraban con más fuerza sobre los hombros del pelinegro—. Esto no es una práctica. Mingyu... él me está esperando para desayunar mañana. No podemos simplemente borrar lo que somos.
Jungkook no retrocedió. Sus manos tatuadas, grandes y cálidas, se deslizaron desde la cintura de Jimin hacia sus muslos, apretando la carne firme a través de la tela del pantalón.
— Que espere —gruñó Jungkook, su voz vibrando contra la clavícula de Jimin—. No me importa Mingyu. No me importa Chaeyung. Solo me importa que cuando te beso, el resto del mundo se apaga. ¿Tú no lo sientes, Jimin? ¿Vas a decirme que cuando él te toca, sientes este incendio?
Jimin cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera hacia atrás. La honestidad brutal de Jungkook era su debilidad. Siempre lo había sido.
— No —admitió en un jadeo—. No lo siento con él.
Esa fue la señal que Jungkook necesitaba. Sin romper el contacto, cargó a Jimin, obligándolo a enredar sus piernas alrededor de su cintura. Jimin era pequeño, pero su cuerpo encajaba perfectamente contra el torso sólido de Jungkook. El trayecto hacia la habitación fue un borrón de choques contra las paredes y besos hambrientos que sabían a desesperación y a años de palabras no dichas.
Cuando Jungkook lo depositó sobre la cama, el contraste de las sábanas frías contra la espalda de Jimin lo hizo estremecerse. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando la habitación en tonos plateados y sombras profundas. Jungkook se deshizo de su camiseta en un movimiento rápido, revelando el mapa de tinta que cubría su piel, músculos tensos por la adrenalina.
Jimin lo observó, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Había visto a Jungkook sin camisa miles de veces en el gimnasio, en la playa, en el departamento. Pero nunca así. Nunca con esa intención depredadora, con los ojos fijos en él como si fuera lo único que importaba en el universo.
— Todavía puedes decir que no —dijo Jungkook, arrodillándose sobre el colchón, atrapando a Jimin entre sus brazos—. Si me dices que me detenga, lo haré. Volveremos a ser amigos. Mañana desayunarás con él y yo... yo intentaré olvidar cómo sabes.
Jimin extendió una mano temblorosa y acarició el rostro de Jungkook, delineando la cicatriz en su mejilla con el pulgar.
— No quiero que te detengas —respondió Jimin con voz firme, a pesar del nudo en su garganta—. No quiero volver atrás.
Jungkook no esperó más. Se inclinó para besarlo, pero esta vez no hubo suavidad. Fue un reclamo. Sus lenguas se encontraron en una danza frenética, una lucha por el dominio que Jimin estaba más que dispuesto a perder. Las manos de Jungkook bajaron a los bordes del suéter de Jimin, tirando de la prenda hacia arriba hasta que el rubio quedó expuesto.
El contacto de piel contra piel fue como una descarga eléctrica. Jimin soltó un gemido ahogado cuando el pecho de Jungkook rozó el suyo. Era una sensación abrumadora; el calor, el peso, el aroma a madera y sudor limpio que emanaba de su mejor amigo.
— Eres tan hermoso, Jimin —susurró Jungkook contra su oído, su aliento caliente provocándole escalofríos—. Siempre pensé que eras etéreo, pero tenerte así... es mucho mejor de lo que imaginé.
— Cállate y bésame —rogó Jimin, tirando del cabello pelinegro para atraerlo de nuevo.
La ropa fue desapareciendo, dejada de lado como los restos de la vida que conocían hasta hace una hora. Jungkook se tomó su tiempo, explorando cada centímetro de la piel de Jimin con una devoción que rozaba lo religioso. Sus labios viajaron por el cuello, los hombros y el pecho del rubio, dejando marcas rosadas que gritaban posesión. Jimin, por su parte, se sentía como si estuviera flotando y hundiéndose al mismo tiempo. Sus dedos se clavaban en la espalda de Jungkook, trazando los relieves de sus músculos, buscando anclarse en la realidad.
Cuando Jungkook bajó la mano para tocarlo con una intimidad que nunca habían compartido, Jimin arqueó la espalda, soltando un grito que fue silenciado por la boca de Jungkook.
— Mírame, Jimin —pidió Jungkook, su voz rota por el deseo—. Quiero que veas que soy yo.
Jimin abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer y la confusión emocional. Vio la intensidad en la mirada de Jungkook, una mezcla de lujuria y algo mucho más profundo, algo que lo asustaba porque sabía que no tenía vuelta atrás.
— Jungkook... —el nombre salió como un suspiro, una súplica.
El acto físico fue una extensión de esa urgencia. Cuando finalmente se unieron, el dolor inicial fue rápidamente eclipsado por una plenitud que Jimin nunca había experimentado con nadie más. No era solo sexo; era la culminación de una vida entera de cercanía, de secretos compartidos, de una lealtad que ahora se transformaba en algo carnal.
Jungkook se movía con una mezcla de fuerza y cuidado, sus ojos siempre fijos en los de Jimin, buscando cualquier signo de incomodidad. Pero Jimin solo sentía que el mundo se reducía a ese espacio, a ese ritmo, a la forma en que Jungkook susurraba su nombre como si fuera un mantra.
— Te tengo —decía Jungkook entre jadeos—. Jimin, eres mío. Siempre has sido mío.
El clímax los alcanzó como una ola violenta, dejándolos exhaustos y temblando en los brazos del otro. El silencio que siguió no fue incómodo, sino pesado, cargado con el peso de la realidad que empezaba a filtrarse de nuevo en la habitación.
Jungkook se dejó caer a su lado, atrayendo a Jimin hacia su pecho. El rubio apoyó la cabeza en el hombro tatuado, escuchando el latido errático del corazón de su amigo. Por unos minutos, el mundo exterior no existía. No existía Mingyu, ni la culpa, ni el miedo al qué dirán los demás.
Pero entonces, el teléfono de Jimin, que se había quedado en el suelo dentro de su pantalón, vibró. Un mensaje. Luego otro.
Jimin se tensó, la realidad golpeándolo como un balde de agua fría.
— No lo mires —dijo Jungkook, apretando el agarre sobre su cintura—. Quédate aquí.
— Tengo que hacerlo, Kook —susurró Jimin, separándose con reticencia. Se estiró para alcanzar el aparato.
La pantalla iluminó su rostro cansado. Eran mensajes de Mingyu.
"¿Ya estás dormido, bebé? No puedo dejar de pensar en lo guapo que estabas hoy. Nos vemos mañana para el desayuno. Te quiero".
Jimin sintió una náusea repentina. "Te quiero". Esas palabras, que deberían haberlo hecho feliz, ahora se sentían como una condena. Miró a Jungkook, que lo observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de celos y tristeza.
— ¿Es él? —preguntó Jungkook, su voz volviendo a ser fría.
— Sí —respondió Jimin, dejando caer el teléfono como si quemara—. Jungkook, ¿qué hemos hecho? Mañana tenemos que ver a los chicos. Mañana tengo que ver a Mingyu. Jin va a notar que algo pasa en cuanto nos vea entrar a la misma habitación.
Jungkook se sentó en la cama, pasando una mano por su cabello alborotado.
— ¿Te arrepientes? —preguntó, su mirada clavada en Jimin.
Jimin dudó. Miró su cuerpo, aún marcado por los besos de Jungkook, y recordó la sensación de plenitud de hace unos momentos.
— No me arrepiento de lo que sentí —dijo Jimin con sinceridad—. Pero tengo miedo, Kook. Eres mi mejor amigo. Si esto sale mal, no solo pierdo a un novio o a un amante. Te pierdo a ti.
Jungkook se acercó, tomando el rostro de Jimin entre sus manos. Sus pulgares acariciaron las mejillas del rubio con una ternura que dolía.
— No me vas a perder. Nunca. Pero no me pidas que te vea con él mañana y actúe como si nada hubiera pasado. No después de esto.
— Pero tú tienes a Chaeyung —recordó Jimin, sintiendo una punzada de celos que ya no podía ocultar—. Ella cree que vas a volver a verla. Ella fue la razón por la que empezó todo esto.
Jungkook soltó una risa amarga.
— Chaeyung no es nada. Se lo diré mañana. No puedo besarla pensando en ti, Jimin. Lo intenté y fue un desastre.
Jimin suspiró, cerrando los ojos. La maraña de mentiras y sentimientos encontrados era cada vez más grande.
— Tenemos que hablar con los demás en algún momento —dijo Jimin—. Taehyung sospecha algo, lo sé. Me conoce demasiado bien.
— Que sospechen —respondió Jungkook, volviendo a tumbarse y arrastrando a Jimin con él—. Por ahora, solo duerme. Mañana enfrentaremos el desastre.
Jimin se acomodó contra él, pero el sueño no llegó fácilmente. En su mente, las imágenes de la noche se mezclaban con el rostro decepcionado de Mingyu y las posibles reacciones de sus amigos. Sabía que Yoongi probablemente les diría que eran unos idiotas por arriesgar su amistad de esa manera. Sabía que Namjoon intentaría mediar, pero que la tensión en el grupo sería inevitable.
Pero sobre todo, Jimin sentía el peso de su propia hipocresía. Había criticado a la gente que engañaba, se había enorgullecido de su honestidad, y ahora estaba en la cama de su mejor amigo mientras su novio le enviaba mensajes de amor.
— Kook... —susurró Jimin en la oscuridad.
— ¿Dime?
— ¿Realmente crees que esto puede funcionar? ¿O solo estamos confundidos por la cercanía?
Jungkook guardó silencio por un momento, su respiración calmándose.
— No sé si puede funcionar de la manera tradicional —admitió—. Pero sé que no quiero estar con nadie más. Y sé que si tengo que pelear con Mingyu, con los chicos o con el mundo entero para volver a tenerte así, lo haré.
Jimin no respondió, pero apretó la mano de Jungkook bajo las sábanas. El deseo físico se había saciado, pero la crisis emocional apenas comenzaba. La línea se había cruzado, y el camino de regreso estaba borrado por las sombras de una pasión que amenazaba con cambiar sus vidas para siempre.
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana con una crueldad innecesaria. El sonido de la puerta del departamento abriéndose los despertó a ambos.
— ¡Hola! ¿Hay alguien vivo aquí? —era la voz animada de Hoseok—. ¡Traje donas!
Jimin se sentó de golpe, el pánico reflejado en sus ojos.
— Mierda —susurró Jungkook, buscando su ropa frenéticamente.
— ¡Jimin! ¡Jungkook! —la voz de Taehyung se unió a la de Hoseok—. Sé que están ahí, el auto de JK está afuera. ¡Abran o entraremos con la llave de repuesto!
Jimin miró a Jungkook, que ya se estaba poniendo los pantalones. La realidad no había esperado a que estuvieran listos. El juego de las escondidas había terminado antes de empezar.
— No salgas todavía —le dijo Jimin a Jungkook, tratando de controlar su respiración mientras se ponía su suéter—. Déjame salir a mí primero.
— Jimin, no podemos escondernos para siempre —dijo Jungkook, deteniéndolo por el brazo.
— Solo dame cinco minutos para inventar una excusa de por qué mi cara parece la de alguien que no ha dormido y por qué tengo el cuello lleno de marcas —replicó Jimin, con un tono de desesperación.
Jimin salió de la habitación, tratando de adoptar una expresión de cansancio normal. En la sala, Hoseok y Taehyung ya estaban acomodando las cajas de comida en la mesa.
— Vaya, te ves... terrible —dijo Taehyung, entrecerrando los ojos mientras observaba a su amigo—. ¿Mala noche con Mingyu?
Jimin evitó la mirada de Taehyung, dirigiéndose directamente a la cocina para servirse agua.
— Algo así —murmuró.
— ¿Y Jungkook? —preguntó Hoseok, ajeno a la tensión—. Le escribí y no contestó.
En ese momento, la puerta de la habitación de Jungkook (que estaba vacía, aunque ellos no lo sabían) se abrió, y Jungkook salió de ella, habiendo logrado cruzar por el pasillo en un momento de distracción. Se veía impecable, aunque sus ojos estaban fijos en Jimin.
— Aquí estoy —dijo Jungkook, su voz sonando extrañamente plana—. No escuché el teléfono.
Taehyung miró a Jimin, luego a Jungkook, y luego al pasillo que conectaba las habitaciones. El silencio se prolongó un segundo de más.
— Qué raro —dijo Taehyung, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Jimin tiene una marca en el cuello que juraría que no estaba ahí ayer en la cena. Y tú, Jungkook, tienes exactamente la misma expresión que pones cuando has hecho una travesura y no quieres que Namjoon te descubra.
Jimin sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La culpa, los celos y el deseo se mezclaron en un cóctel explosivo. La lección de besos se había convertido en una guerra de la que nadie saldría ileso.