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FRIENDS?¿

El Desayuno de los Cobardes

El silencio en el baño de visitas se volvió denso, interrumpido únicamente por la respiración agitada de ambos y el eco lejano de la música *techno* que retumbaba contra las paredes de mármol. Jungkook sentía el pulso de Jimin contra sus palmas, una vibración constante que parecía rogarle que se quedara, aunque sus palabras dijeran lo contrario.

—Está bien —cedió Jungkook en un susurro, rindiéndose ante la mirada suplicante que Jimin intentaba camuflar con arrogancia—. Me quedo. Pero me iré antes de que el sol termine de salir.

Jimin sonrió, una curva lenta y victoriosa que hizo que a Jungkook se le apretara el pecho.

—Trato hecho, tatuador.

Salieron del baño con minutos de diferencia. Jungkook regresó a la barra, donde Yoongi lo observó con una ceja levantada y una expresión que gritaba que no era estúpido. Taehyung, por su parte, estaba demasiado ocupado intentando convencer a Yoongi de que probara un cóctel de color azul eléctrico como para notar la ausencia prolongada de su mejor amigo.

La fiesta se arrastró durante dos horas más. Para Jungkook, cada minuto fue una prueba de resistencia. Ver a Jimin moverse entre la élite de Seúl, permitiendo que manos extrañas rozaran su cintura o que labios desconocidos se acercaran a su oído para susurrar banalidades, era como recibir pequeñas descargas eléctricas en la base de la nuca. La regla número dos quemaba: *nada de escenas de celos en público*.

Cuando finalmente los invitados empezaron a dispersarse y el alcohol comenzó a pasar factura a los presentes, Yoongi se acercó a Jungkook, tambaleándose ligeramente.

—Vámonos, Kook. Taehyung ya se quedó dormido en el sofá de la terraza y yo tengo una cita con mi almohada.

Jungkook fingió revisar su teléfono, evitando el contacto visual.

—Adelántate, hyung. Perdí las llaves del auto, creo que se me cayeron en algún lugar del balcón. Voy a buscarlas y tomo un taxi después.

Yoongi lo miró fijamente durante cinco segundos que parecieron una eternidad. Sus ojos pequeños y afilados analizaron cada rasgo del rostro de Jungkook, buscando la mentira.

—No te metas en problemas, Jeon —dijo finalmente, dándole una palmada pesada en el hombro—. Mañana tenemos tres citas de cobertura completa. No llegues tarde al estudio.

—No lo haré.

Jungkook esperó a que el ascensor se cerrara tras Yoongi antes de soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. El penthouse de Jimin ahora estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido del sistema de aire acondicionado. Caminó hacia la habitación principal, empujando la puerta doble con cautela.

Jimin ya se había deshecho de la camisa de seda. Estaba sentado al borde de la enorme cama, quitándose los botines de cuero con movimientos lentos y cansados. La luz de la luna bañaba su espalda desnuda, revelando la elegancia de sus músculos y la suavidad de su piel.

—Pensé que te habías arrepentido —dijo Jimin sin darse la vuelta.

—Dije que me quedaría —respondió Jungkook, cerrando la puerta con pestillo.

Se quitó la chaqueta de mezclilla y las botas, quedando solo en una camiseta negra que dejaba ver sus brazos completamente tatuados. Se sentó a su lado, sintiendo el calor que el cuerpo de Jimin desprendía. El modelo se inclinó hacia él, apoyando la cabeza en su hombro.

—Hueles a cigarrillos y a la tinta de tu estudio —murmuró Jimin, cerrando los ojos.

—Y tú hueles a perfume caro y a problemas.

Se acostaron en silencio. No hubo sexo, no hubo la urgencia desesperada del baño. Fue algo mucho más peligroso: fue íntimo. Jimin se acurrucó contra el pecho de Jungkook, entrelazando sus piernas con las de él, y Jungkook, rompiendo inconscientemente la barrera de la frialdad, pasó un brazo por debajo de su cuello y lo atrajo hacia sí.

Jungkook pensó que no podría dormir. Su mente estaba en una alerta constante, recordándole las cuatro cláusulas de la servilleta. *Cero cursilerías al día siguiente*. Pero el peso de Jimin sobre él, el ritmo tranquilo de su respiración y el aroma a cereza de su cabello terminaron por arrastrarlo a un sueño profundo y sin sueños.

El error ocurrió a las 8:30 de la mañana.

Jungkook despertó sobresaltado por el sonido de una cafetera funcionando. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales del piso al techo, iluminando el desorden de ropa de la noche anterior. Se sentó de golpe, maldiciendo en voz baja. Se suponía que debía haberse ido a las seis.

Se levantó y caminó hacia la cocina, esperando encontrar a un Jimin distante o quizás ya listo para su sesión de fotos. Lo que encontró fue mucho peor para su estabilidad emocional.

Jimin estaba de espaldas, vistiendo solo unos pantalones de pijama de seda y una sudadera gris que Jungkook reconoció como propia; la había dejado en el auto de Jimin semanas atrás. Estaba tarareando una melodía suave mientras servía dos tazas de café y colocaba unos platos con tostadas y fruta en la isla de la cocina.

—Te despertaste tarde —dijo Jimin, girándose con una sonrisa suave, sin rastro de la soberbia de la noche anterior. Tenía el cabello rubio alborotado y los ojos un poco hinchados por el sueño. Se veía... humano. Se veía real.

Jungkook se quedó paralizado en el umbral.

—Jimin, tengo que irme. Yoongi me espera en el estudio.

—El café ya está hecho, Jungkook. Son diez minutos. Siéntate.

—La regla tres, Jimin —recordó Jungkook, aunque sus pies ya se movían hacia la barra—. Dijimos nada de esto. Desayunar juntos es... es de parejas.

Jimin dejó la cafetera sobre el mármol con un golpe un poco más fuerte de lo necesario. Sus ojos se oscurecieron.

—Es solo comida, Jeon. No le pongas etiquetas a un pedazo de pan tostado. Si tienes tanto miedo de que una taza de café arruine tu preciado acuerdo, entonces vete ahora mismo sin decir una palabra.

Jungkook suspiró y se sentó. El café estaba negro, tal como a él le gustaba. Jimin se sentó frente a él, observándolo mientras bebía. El silencio ya no era tenso como en el auto, era algo diferente. Era una calma doméstica que resultaba aterradora.

—Taehyung me envió un mensaje hace media hora —dijo Jimin, rompiendo el silencio—. Preguntó si sabía dónde estabas porque Yoongi dice que no respondes el teléfono.

—Mierda —Jungkook sacó su celular del bolsillo trasero. Tenía doce llamadas perdidas de Yoongi y cinco mensajes de texto que iban desde la confusión hasta la amenaza de muerte—. Tengo que llamarlo.

—Dile que te quedaste en un hotel porque estabas demasiado borracho para conducir —sugirió Jimin, jugando con una uva en su plato—. O dile la verdad.

Jungkook lo miró fijamente.

—¿La verdad? ¿Quieres que le diga a Yoongi que estoy desayunando en tu penthouse después de pasar la noche contigo? ¿Quieres que la regla número uno se vaya al caño hoy mismo?

Jimin se encogió de hombros, pero Jungkook notó cómo sus dedos temblaban ligeramente.

—Tal vez estoy cansado de las reglas, Jungkook. Tal vez la servilleta era una estupidez desde el principio.

—La servilleta era para protegernos —replicó Jungkook, bajando la voz—. Para protegerme a mí de terminar con el corazón roto cuando te canses de jugar al tatuador y el modelo, y para protegerte a ti de un escándalo que arruine tu contrato con Chanel.

—¿Crees que esto es un juego para mí? —Jimin se puso de pie, rodeando la mesa hasta quedar frente a Jungkook. Se inclinó, apoyando las manos en los hombros del pelinegro—. ¿Crees que dejo que cualquiera use mi baño, duerma en mi cama y me vea así, sin maquillaje y con el alma expuesta?

—No lo sé, Jimin. Eres un modelo profesional. Actuar es parte de tu trabajo.

El golpe no fue físico, pero dolió igual. Jimin retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. Su expresión se volvió fría, la máscara de porcelana regresando a su sitio en un instante.

—Tienes razón. Soy un excelente actor. Y ahora mismo, estoy actuando como si me importara que te quedaras.

Jimin caminó hacia el fregadero, dándole la espalda.

—Vete, Jungkook. La sesión de fotos empieza en una hora y no quiero que mi "calentador humano" me distraiga del trabajo de verdad.

Jungkook se levantó, sintiendo un nudo de frustración y arrepentimiento en la garganta. Quiso acercarse, rodearlo con sus brazos y pedirle perdón, pero la regla número cuatro resonaba en su cabeza como una alarma de incendio: *Si uno empieza a sentir cosas de verdad, la servilleta se rompe y esto se acaba*.

Y él estaba sintiendo demasiado.

—Jimin...

—Vete —repitió el rubio, su voz ahora firme y desprovista de emoción.

Jungkook recogió sus botas y su chaqueta. Salió del penthouse sin mirar atrás, sintiendo que cada paso que daba hacia el ascensor era una traición a sí mismo.

Cuando llegó al estudio, Yoongi estaba esperándolo en la entrada, fumando un cigarrillo con una expresión sombría.

—Llegas tarde —dijo Yoongi, exhalando el humo—. Y traes la misma ropa de ayer.

—Me quedé en un motel cerca de la zona de fiestas —mintió Jungkook, pasando por su lado—. Se me acabó la batería del teléfono.

Yoongi no dijo nada. Simplemente lo siguió al interior del estudio. Jungkook se preparó para su primera cita, pero sus manos no estaban firmes. Mientras desinfectaba la mesa de trabajo, el olor del café de Jimin parecía seguir impregnado en su piel.

A media mañana, Taehyung entró al estudio como un torbellino. No traía su habitual sonrisa radiante; se veía pálido y sostenía su tableta con fuerza.

—¿Dónde está Jungkook? —preguntó Taehyung, ignorando el saludo de Yoongi.

Jungkook salió del cubículo de tatuaje, quitándose los guantes de látex.

—Aquí estoy, Tae. ¿Qué pasa?

Taehyung giró la tableta hacia él. Era una página de chismes de celebridades de gran alcance. La foto era granulada, tomada desde un ángulo bajo, pero la silueta era inconfundible. Era el auto negro de Jungkook estacionado frente al edificio de Jimin a las 4:00 a.m. de hace dos semanas, y otra foto, más reciente, de Jungkook saliendo del mismo edificio esa misma mañana, con el rostro parcialmente cubierto por la capucha de su sudadera, pero con los tatuajes de su mano derecha claramente visibles.

El titular decía: *¿El ángel de las pasarelas tiene un amante secreto del lado oscuro de la ciudad?*

El silencio en el estudio fue absoluto. Yoongi se acercó para ver la pantalla, soltando una maldición entre dientes.

—Jungkook, dime que esto tiene una explicación lógica —dijo Taehyung, su voz temblando de preocupación y una pizca de traición—. Dime que no has estado usando a mi mejor amigo para... para lo que sea que estés haciendo.

Jungkook sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Miró a Yoongi, quien le devolvió una mirada cargada de decepción.

—Taehyung, yo...

—¿Tú qué, Jungkook? —intervino Yoongi—. ¿Es este el "motel" donde te quedaste?

Jungkook no pudo responder. Su mente voló hacia Jimin. Si él estaba viendo esto, su agente probablemente ya estaría gritándole. Su carrera, su imagen de pureza y elegancia, todo estaba en riesgo por culpa de un descuido, por culpa de haber querido quedarse a desayunar.

—No fue nada serio —soltó Jungkook, las palabras saliendo de su boca antes de que pudiera procesarlas. Era un mecanismo de defensa, la misma mentira que se contaba a sí mismo todas las noches—. Solo fue un acuerdo. Nada de qué preocuparse.

Taehyung frunció el ceño, sus ojos llenándose de lágrimas.

—¿Un acuerdo? ¿Estás hablando de Jimin como si fuera un contrato de negocios? Él es mi familia, Jungkook. Y si lo que dices es cierto, eres un imbécil por pensar que él puede separar sus sentimientos de algo así.

Taehyung salió del estudio dando un portazo. Yoongi se quedó allí, mirando a Jungkook con una lástima que era peor que cualquier grito.

—Felicidades, Jeon. Acabas de romper la regla más importante de todas.

—¿Cuál? —preguntó Jungkook con la voz rota.

—La que no estaba escrita en la servilleta: no lastimar a la única persona que te mira como si fueras el centro del universo.

Jungkook se dejó caer en su silla de tatuador, cubriéndose la cara con las manos. El teléfono en su bolsillo vibró. Era un mensaje de texto de un número desconocido, pero sabía perfectamente quién era.

*Jimin: "Taehyung lo sabe. La servilleta está en la basura. No vengas hoy".*

Jungkook sintió un vacío gélido expandiéndose en su pecho. El juego se había acabado, pero no había ganadores. La adrenalina de los encuentros a escondidas había sido reemplazada por el peso sofocante de la realidad. Había intentado jugar con fuego siguiendo un manual de instrucciones impreso en una servilleta, y ahora, lo único que quedaba eran cenizas y el sabor amargo de un desayuno que nunca debió haber aceptado.

Miró sus manos, las mismas manos que habían trazado mapas sobre la piel de Jimin y que ahora temblaban violentamente. Sabía que debía hacer algo, que debía correr hacia él y explicarle que sus palabras en el estudio habían sido el producto del miedo, no de la verdad. Pero la regla número cuatro era clara.

*Si uno empieza a sentir cosas de verdad, esto se acaba.*

Y Jungkook, por primera vez en su vida, estaba aterrorizado de lo mucho que sentía. El caos apenas comenzaba.

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