FRIENDS?¿
Tinta, Mentiras y Pasarelas
El destello de los flashes era tan cegador que Jimin sentía que sus pupilas se quemarían en cualquier momento. A su lado, Cha Eunwoo mantenía una sonrisa perfecta, la clase de expresión que solo alguien nacido para la luz podía sostener durante dos horas seguidas. Eunwoo era impecable: su traje de Dior le quedaba como una segunda piel, su cabello oscuro estaba peinado con precisión milimétrica y, lo más importante, no tenía ni un solo tatuaje que contara historias prohibidas.
—Sonríe un poco más, Jimin —susurró Eunwoo sin mover los labios, manteniendo la pose frente a la horda de fotógrafos en la alfombra roja de la gala benéfica—. Tu representante dice que pareces un gato a punto de morder a alguien.
—Tal vez lo soy —respondió Jimin, apretando los dientes mientras posaba su mano sobre el antebrazo de Eunwoo.
Era una farsa. Una estrategia de control de daños diseñada por su agencia para enterrar las fotos borrosas de Jungkook y su auto negro. "Limpieza de imagen", lo llamaban. Nada mejor para calmar a los inversionistas de Chanel que ver al modelo estrella del brazo del "Hijo de la Nación".
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el ambiente en el estudio "Black Rabbit" era lo opuesto al glamour de la gala. Jungkook estaba sentado en su taburete, pero no estaba tatuando. Tenía la mirada fija en la pantalla del televisor colgado en la pared, donde un canal de noticias de entretenimiento transmitía en vivo la llegada de las celebridades.
—Apaga eso, Kook —dijo Yoongi desde el mostrador, sin levantar la vista de sus cuentas—. Te estás haciendo daño a propósito.
—Se ve bien —murmuró Jungkook, ignorando a su amigo. El pecho le ardía de una forma que ninguna aguja podría replicar—. Ese tipo... Eunwoo. Encaja con él. Mira cómo se mueven, parecen sacados de un cuento de hadas.
—Parecen dos muñecos de cera —escupió Yoongi, finalmente levantándose para arrebatarle el control remoto y apagar la pantalla—. Es una pantalla de humo, y tú lo sabes. Jimin te envió ese mensaje porque está asustado, no porque prefiera a ese modelo.
—Me dijo que la servilleta estaba en la basura, hyung. Eso no suena a miedo, suena a un final.
Jungkook se puso de pie bruscamente, agarrando su chaqueta de cuero. No podía quedarse allí, oliendo a antiséptico y escuchando el zumbido de las máquinas de otros tatuadores. Necesitaba aire, o quizás necesitaba cometer una estupidez.
***
La fiesta posterior a la gala se celebraba en un exclusivo club privado en Gangnam. El aire estaba saturado de perfumes caros y conversaciones superficiales sobre acciones y colecciones de temporada. Jimin se sentía asfixiado. Cada vez que Eunwoo le pasaba el brazo por la cintura para las fotos de redes sociales, Jimin sentía un rechazo físico que le recorría la columna. No era el toque rudo y seguro de Jungkook; era una caricia ensayada.
—Iré al baño —le dijo Jimin a su "pareja", escapando antes de que Eunwoo pudiera ofrecerse a acompañarlo.
Se refugió en el área de fumadores del balcón, un rincón oscuro que estaba inusualmente vacío. Apoyó las manos en el barandal de cristal y respiró el aire frío de Seúl. Su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón.
*Jungkook: "Estoy afuera. En el callejón de servicio. Sal ahora".*
El corazón de Jimin dio un vuelco violento.
—Idiota —susurró, pero sus pies ya se estaban moviendo.
Bajó por las escaleras de emergencia, esquivando a los guardias de seguridad con la agilidad de quien ha pasado meses escondiéndose. Cuando abrió la pesada puerta de metal que daba al callejón, lo vio. Jungkook estaba apoyado contra su auto, con la capucha de la sudadera puesta y un cigarrillo encendido entre los dedos. La luz de una farola parpadeante le daba un aspecto peligroso, casi irreal en comparación con el mundo de seda del que Jimin acababa de salir.
—¿Estás loco? —siseó Jimin, acercándose a él—. Hay fotógrafos en cada esquina. Si nos ven, ya no habrá Eunwoo que valga para salvar mi carrera.
Jungkook tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota. Sus ojos oscuros recorrieron a Jimin de arriba abajo, deteniéndose en el traje de alta costura y el maquillaje impecable.
—Te ves increíble —dijo Jungkook, su voz cargada de un sarcasmo doloroso—. El "Hijo de la Nación" tiene buen gusto. ¿Ya te olvidaste de cómo huele mi estudio o necesitas que te lo recuerde?
—No vine aquí para que me insultes, Jungkook. Viniste tú a buscarme.
—Vine porque no puedo creer que te hayas prestado a este circo —Jungkook dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Salir en la televisión de la mano de ese tipo, sonriendo como si no hubieras pasado la noche en mi cama hace tres días. ¿Esa es tu forma de tirar la servilleta a la basura?
Jimin soltó una risa amarga, empujando el pecho de Jungkook con las manos.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que confirmara los rumores? ¿Que les dijera que el modelo del año se acuesta con un tatuador que ni siquiera es capaz de decir "te quiero" sin temblar de miedo? Mi carrera estaba en juego, Jungkook. Mi vida entera.
—¡Tu vida es una mentira! —exclamó Jungkook, bajando la voz solo un poco cuando un coche pasó por la calle principal—. Estás ahí arriba pretendiendo ser alguien que no eres para que gente que no conoces no se ofenda. Yo soy el único que te conoce de verdad. Yo sé qué marca de café tomas, sé que odias el frío y sé dónde tienes ese pequeño lunar que nadie más ve.
—¡Pues ese conocimiento no paga mis contratos! —gritó Jimin, las lágrimas de frustración empezando a nublar su vista—. Tú no entiendes lo que es tener a miles de personas esperando que cometas un error. Eunwoo es seguro. Eunwoo es lo que el mundo quiere para mí.
Jungkook lo agarró por los hombros, sacudiéndolo levemente.
—¿Y qué es lo que TÚ quieres, Jimin? Porque te aseguro que no lo vi en tus ojos cuando posabas con él.
—Quiero dejar de esconderme —sollozó Jimin, rompiendo finalmente su fachada—. Pero contigo, siempre es a las dos de la mañana. Siempre es en un callejón o en un baño. Me pides que sea valiente, pero tú fuiste el primero que puso reglas para no involucrar el corazón.
—Rompí las reglas, Jimin. Las rompí todas —Jungkook pegó su frente a la del rubio—. Me quedé a desayunar. Te miré más de tres segundos. Y ahora estoy aquí, arriesgándome a que me arresten o algo peor, solo porque no soporto la idea de que ese idiota te toque.
Jimin cerró los ojos, disfrutando del calor que emanaba de Jungkook. Por un momento, el ruido de la fiesta y la presión de la fama desaparecieron. Pero entonces, el sonido de una puerta abriéndose los hizo saltar.
—¿Jimin? ¿Estás aquí? —era la voz de Eunwoo, llamándolo desde la salida de emergencia.
Jimin palideció. Miró a Jungkook con desesperación.
—Vete. Por favor, vete ya.
—¿Vas a volver con él? —preguntó Jungkook, con la mandíbula tensa.
—Tengo que hacerlo. Es solo por un tiempo, hasta que las aguas se calmen.
Jungkook soltó un suspiro pesado y se alejó, subiéndose a su auto. Antes de arrancar, bajó la ventanilla y miró a Jimin una última vez.
—La servilleta decía que si uno sentía cosas, esto se acababa —dijo Jungkook con voz ronca—. Pero no decía qué hacer cuando esas cosas son lo único que te mantiene vivo. Disfruta tu gala, Jimin.
El auto rugió y salió disparado del callejón, dejando a Jimin solo en la oscuridad, justo cuando Eunwoo salía al exterior.
—¿Jimin? Te estaba buscando. Tu mánager dice que es hora del brindis principal. ¿Estás bien? Pareces... agitado.
Jimin se limpió rápidamente las lágrimas, compuso su mejor sonrisa de modelo y se arregló la chaqueta.
—Estoy bien, Eunwoo. Solo necesitaba un poco de aire. Vamos.
Caminó de regreso al club, del brazo de un hombre al que no amaba, hacia una vida que empezaba a sentir como una jaula de oro.
***
Dos días después, el ambiente en el estudio de tatuajes era insoportable. Jungkook no hablaba con nadie y se dedicaba a tatuar diseños agresivos y oscuros. Yoongi lo observaba desde lejos, preocupado por la intensidad con la que su amigo manejaba la aguja.
La puerta del estudio se abrió y Taehyung entró, luciendo agotado. Se sentó en el sofá de espera y suspiró profundamente.
—Vengo de ver a Jimin —dijo Taehyung, captando de inmediato la atención de Jungkook, aunque este no dejó de tatuar—. No ha salido de su habitación en cuarenta y ocho horas. Dice que está enfermo, pero yo sé que ha estado llorando.
—Tiene a Eunwoo para que lo cuide, ¿no? —soltó Jungkook con amargura.
Taehyung se levantó y caminó hacia el cubículo de Jungkook, obligándolo a detener la máquina.
—Eunwoo es un buen tipo, pero no es tú. Y Jimin... Jimin está rompiéndose, Jungkook. La agencia lo está presionando para que anuncie una relación formal el próximo mes. Quieren un compromiso falso para la campaña de primavera.
Jungkook sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Un compromiso?
—Él no quiere hacerlo. Pero cree que tú ya te rendiste. Cree que el "acuerdo" era lo único que te mantenía cerca y que, ahora que se rompió, no tienes razones para quedarte.
Jungkook dejó la máquina sobre la mesa y se quitó los guantes. Miró sus manos, manchadas de tinta negra, y luego miró a Taehyung.
—Dile que no se atreva a firmar nada —dijo Jungkook, su voz recuperando una firmeza que no había tenido en días.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Yoongi desde el mostrador.
—Voy a romper la regla número uno —respondió Jungkook, agarrando las llaves de su auto—. Voy a dejar de esconderme. Si el mundo quiere una historia, les voy a dar una que no van a olvidar.
***
Esa noche, Jimin tenía una cena de gala en un hotel de lujo. Era el evento donde supuestamente se darían más "pistas" sobre su relación con Eunwoo. El lugar estaba rodeado de prensa. Jimin bajó del auto oficial, sintiéndose como un prisionero camino al cadalso. Eunwoo lo esperaba en la entrada, extendiendo su mano.
Justo cuando Jimin iba a tomarla, el sonido ensordecedor de una motocicleta cortó el aire. Una moto negra se detuvo justo frente a la alfombra roja, bloqueando el paso de los fotógrafos.
El conductor se quitó el casco, revelando el cabello negro azabache y los ojos intensos de Jeon Jungkook. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y sus tatuajes eran visibles en su cuello y manos, desafiando la elegancia del entorno.
La prensa enloqueció. Los flashes estallaron como ráfagas de ametralladora.
Jungkook bajó de la moto y caminó directamente hacia Jimin, ignorando a los guardias de seguridad que intentaban detenerlo y la mirada atónita de Eunwoo. Se detuvo a centímetros de Jimin, quien lo miraba con la boca abierta y el corazón galopando.
—¿Qué haces aquí? —susurró Jimin, entre el terror y la esperanza.
—Vine a recoger lo que es mío —dijo Jungkook lo suficientemente alto para que los micrófonos cercanos lo captaran—. Se acabó el tiempo de las servilletas, Jimin.
Sin esperar respuesta, Jungkook acortó la distancia y lo besó. No fue un beso de modelo, ni un beso ensayado para las cámaras. Fue un beso cargado de tinta, de noches a las dos de la mañana, de verdades gritadas en callejones y de un amor que ya no cabía en ningún escondite.
Jimin se tensó por un microsegundo, consciente de que ese acto acababa de destruir la imagen que tanto le había costado construir. Pero luego, recordó el frío del lado derecho de su cama y la calidez del pecho de Jungkook, y se aferró al cuello del tatuador, respondiendo al beso con una desesperación que dejó a toda la prensa de Seúl en un silencio sepulcral.
Eunwoo dio un paso atrás, comprendiendo que no había lugar para él en esa historia. Los flashes seguían disparando, pero a Jimin ya no le cegaban. Por primera vez en mucho tiempo, podía ver con total claridad.
Jungkook se separó apenas unos milímetros, manteniendo sus manos en las mejillas de Jimin.
—Vámonos de aquí —dijo Jungkook.
Jimin asintió, soltando la mano de la fama y la seguridad para tomar la mano llena de tinta de Jungkook. Subió a la parte trasera de la moto, rodeó la cintura del pelinegro con fuerza y escondió el rostro en su espalda.
Mientras la moto se alejaba a toda velocidad, dejando atrás el escándalo del siglo, Jimin supo que la regla número cuatro se había cumplido de la manera más devastadora y hermosa posible. Ya no había acuerdo. Ya no había secretos. Solo quedaban ellos dos, acelerando hacia un futuro incierto, pero finalmente real.
—Te amo —susurró Jimin contra el cuero de la chaqueta, aunque el viento se llevara las palabras.
Jungkook apretó sus manos sobre las de Jimin, dándole la única respuesta que necesitaba. El juego había terminado, y por fin, habían empezado a vivir.