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FRIENDS?¿

Tinta, seda y el peso de la verdad

El destello de los flashes era una tortura constante. Park Jimin, el rostro más cotizado de la moda coreana, sentía que su sonrisa era una máscara de yeso a punto de agrietarse. A su lado, Cha Eunwoo mantenía una compostura impecable, saludando a la prensa con la gracia de quien no tiene nada que ocultar. Para el mundo, eran la pareja dorada; para Jimin, el contacto de la mano de Eunwoo sobre su cintura era un recordatorio helado de todo lo que estaba perdiendo.

—Solo un poco más, Jimin —susurró Eunwoo, manteniendo la mirada fija en las lentes de las cámaras—. Después de esta ronda, entraremos al salón principal y podremos relajarnos.

Jimin asintió mecánicamente, pero su atención fue captada por algo que no encajaba en la pulcritud de la alfombra roja. Al final de la valla de seguridad, entre la multitud de fans y reporteros, una figura vestida de negro absoluto destacaba como una mancha de tinta en un lienzo blanco. Jungkook.

Llevaba la gorra calada hasta los ojos, pero Jimin reconocería esa postura, esa mandíbula tensa y el brillo desafiante de sus ojos oscuros en cualquier lugar. El corazón de Jimin dio un vuelco violento. Jungkook no debería estar ahí. Estaba rompiendo la regla número uno de la forma más peligrosa posible.

Jungkook no gritó su nombre. No hizo una escena frente a las cámaras. Simplemente sostuvo la mirada de Jimin durante esos tres segundos que su acuerdo prohibía, y luego hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia la entrada lateral del hotel.

—Eunwoo, necesito ir al baño. Ahora mismo —dijo Jimin, su voz temblando ligeramente.

—¿Ahora? Estamos a mitad de la recepción, Jimin. Tu mánager va a...

—No me importa. Me siento mareado, es el calor de los focos —mintió Jimin con una urgencia que no admitía réplicas.

Sin esperar respuesta, se soltó del agarre de Eunwoo y caminó rápidamente hacia el interior del hotel, esquivando a los organizadores que intentaban guiarlo hacia el banquete. Se filtró por un pasillo de servicio, el sonido de sus zapatos caros resonando contra el mármol, hasta que una mano enguantada y llena de tatuajes lo jaló hacia el interior de una sala de conferencias vacía, cerrando la puerta con pestillo tras de ellos.

La oscuridad de la habitación solo estaba rota por la luz tenue que se filtraba bajo la puerta. Jimin estaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando bajo la seda de su traje.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Jungkook? —siseó Jimin, retrocediendo hasta chocar con una mesa larga—. Si alguien te ve, si alguien nos ve juntos en este estado...

—Me importa una mierda el "estado", Jimin —respondió Jungkook, dando un paso hacia él. Su voz era ronca, cargada de una frustración que había estado cocinándose durante días—. He pasado las últimas cuarenta y ocho horas viendo tu cara en cada pantalla de la ciudad junto a ese tipo. He escuchado a Yoongi decirme que soy un cobarde y a Taehyung llorar porque cree que te he arruinado la vida.

—¡Lo hiciste! —exclamó Jimin, las lágrimas de frustración finalmente asomando—. La foto del auto, las sospechas... todo el mundo está mirando. Mi agencia me obligó a esto con Eunwoo para salvar los contratos. Si no sigo el guion, me quedaré sin nada.

Jungkook se detuvo a escasos centímetros de él. El olor a tabaco y tinta que siempre lo acompañaba chocó contra el perfume floral de Jimin, creando una mezcla embriagadora que le recordó al rubio todas las noches que había pasado escondido en el departamento del tatuador.

—¿"Nada"? —preguntó Jungkook, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿Llamas a lo que tenemos "nada"? ¿Llamas a despertarte en mi pecho después de una noche de pesadillas "nada"?

—¡Es un acuerdo, Jungkook! —Jimin golpeó el pecho del pelinegro con las palmas de las manos—. Nosotros lo escribimos. Nadie se entera, nada de celos, nada de sentimientos. ¡Tú mismo lo dijiste! Si uno empezaba a sentir, esto se acababa. Y yo... yo no puedo permitirme sentir.

Jimin comenzó a hiperventilar. El peso de las expectativas, el miedo al fracaso y la presencia abrumadora de Jungkook estaban colapsando sus defensas. Se cubrió la cara con las manos, sollozando en silencio.

—Vete, por favor. Vete antes de que me destruyas por completo. Vuelve a tu estudio, vuelve a tu vida de sombras y déjame ser el muñeco que todos quieren que sea. Es más fácil así. Es mucho más seguro.

Jungkook lo observó, y por un momento, la ira en sus ojos fue reemplazada por una tristeza profunda. Estiró la mano, rozando con sus dedos tatuados la mejilla de Jimin, limpiando una lágrima rebelde.

—Tienes razón —dijo Jungkook con una calma que dolió más que cualquier grito—. Tienes razón, Park Jimin. Yo no encajo en este mundo de luces y mentiras. Y si prefieres estar a salvo en tu jaula de oro que ser libre conmigo en el barro, no soy quién para detenerte.

Jungkook se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. El sonido del pestillo abriéndose fue como un disparo en el silencio de la sala.

—Adiós, Jimin. Espero que el éxito valga la pena el frío que vas a sentir por las noches.

Jungkook puso la mano en el pomo de la puerta, listo para salir y desaparecer de nuevo en las sombras de Seúl. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia el pasillo, sintió un tirón desesperado en su chaqueta.

Jimin lo había alcanzado, rodeando su cintura con los brazos y pegando el rostro a su espalda. Sus sollozos eran ahora audibles, desgarradores.

—No... no te vayas —suplicó Jimin con la voz quebrada.

Jungkook se tensó, pero no se dio la vuelta.

—Me acabas de pedir que me fuera, Jimin. Decídete.

—Tengo miedo —confesó el rubio, apretando más el agarre—. Tengo tanto miedo de perderlo todo. Pero me di cuenta de algo cuando te vi caminar hacia esa puerta. Si te vas, ya habré perdido lo único que me importa. Todo lo demás... los contratos, las cámaras, la fama... no significa nada si no puedo llamarte a las dos de la mañana para decirte que te extraño.

Jimin soltó la chaqueta y se paró frente a él, con los ojos rojos y el cabello rubio revuelto, luciendo más real de lo que jamás había lucido en una portada de revista.

—A la mierda la servilleta —dijo Jimin, su voz ganando una fuerza nueva—. A la mierda el acuerdo y a la mierda Eunwoo.

Sin darle tiempo a reaccionar, Jimin acortó la distancia y capturó los labios de Jungkook en un beso desesperado. Fue un beso que sabía a despedida y a comienzo, una colisión de mundos que nunca debieron tocarse. Jungkook respondió al instante, alzando a Jimin por los muslos y sentándolo sobre la mesa de conferencias, sus manos perdiéndose en el cabello rubio mientras profundizaba el beso con una ferocidad que decía "te tengo".

Cuando se separaron, ambos estaban jadeando, sus frentes unidas en la penumbra.

—Si salimos por esa puerta juntos, no habrá vuelta atrás —advirtió Jungkook, acariciando el labio inferior de Jimin con el pulgar—. Mañana seremos el escándalo más grande de Corea. Perderás tu campaña con Chanel. Taehyung tendrá que lidiar con una horda de reporteros.

Jimin soltó una risa pequeña y nerviosa, pero sus ojos brillaban con una determinación que Jungkook nunca había visto en él.

—¿Sabes qué? Siempre odié ese perfume de Chanel. Huele a hospital —Jimin se bajó de la mesa y se arregló la chaqueta, aunque sus dedos aún temblaban—. Y Taehyung siempre dice que soy demasiado aburrido. Creo que esto le dará algo de qué hablar.

Jungkook sonrió, una sonrisa verdadera que iluminó su rostro tatuado.

—¿Estás seguro, Jimin? ¿Vas a arriesgarlo todo por un tatuador con mala reputación?

Jimin tomó la mano de Jungkook, entrelazando sus dedos con fuerza.

—No lo estoy arriesgando todo, Jungkook. Estoy salvando lo único que vale la pena. Vámonos de aquí.

Salieron de la sala de conferencias no por la puerta de servicio, sino por el pasillo principal que conducía al gran salón. Jimin no bajó la cabeza. Caminó con la espalda recta, sosteniendo la mano de Jungkook con una firmeza desafiante.

Cuando entraron al salón, el ruido de la fiesta se detuvo como si alguien hubiera cortado la energía. Cientos de personas, incluidos Eunwoo, los agentes de prensa y los directivos de las marcas más importantes, se quedaron petrificados. El contraste era absoluto: Jimin, en su traje de seda de miles de dólares, y Jungkook, con su ropa de calle y su aura de rebeldía, unidos por las manos.

—¡Jimin! ¿Qué significa esto? —gritó su mánager, corriendo hacia ellos con el rostro desencajado.

Jimin no se detuvo. Ni siquiera lo miró.

—Significa que el acuerdo se acabó —dijo Jimin en voz alta, su voz proyectándose con la seguridad de quien ya no tiene nada que esconder.

Cruzaron el salón bajo el fuego cruzado de los teléfonos móviles que grababan cada segundo. Al llegar a la salida principal, donde la prensa seguía esperando, los flashes estallaron con una intensidad renovada. Jimin sintió que Jungkook apretaba su mano, dándole fuerza.

—¿Listo? —preguntó Jungkook mientras se acercaban a su motocicleta estacionada cerca de la entrada.

—Nunca he estado más listo —respondió Jimin.

Jungkook le entregó el casco de repuesto y Jimin se lo puso sin dudarlo, subiéndose a la parte trasera de la moto y rodeando la cintura del pelinegro. Jungkook arrancó el motor, el rugido de la máquina silenciando las preguntas gritadas de los reporteros.

Aceleraron, dejando atrás las luces del hotel, los contratos firmados y la vida de apariencias. Mientras cruzaban el puente sobre el río Han, con el viento golpeando sus cuerpos, Jimin sintió una libertad embriagadora. Ya no había reglas, no había servilletas de papel con cláusulas restrictivas.

—¡Jungkook! —gritó Jimin por encima del ruido del viento.

—¿Qué? —respondió el tatuador, aumentando la velocidad.

—¡Te amo! —exclamó Jimin, soltando una mano de su cintura para sentir el aire—. ¡Y no me importa quién lo sepa!

Jungkook no respondió con palabras, pero Jimin sintió cómo su pecho se inflaba y cómo buscaba su mano para darle un apretón rápido antes de volver al manubrio.

Esa noche, el mundo de Park Jimin se derrumbó en las redes sociales y en las noticias de la mañana. Pero mientras se acurrucaba en la cama de Jungkook unas horas después, escuchando el sonido de la lluvia contra la ventana del estudio "Black Rabbit", Jimin supo que por fin estaba en casa.

La servilleta estaba rota, el acuerdo había muerto, y en su lugar, algo mucho más fuerte y real había comenzado. Ya no eran el modelo y el tatuador jugando a las escondidas; eran simplemente dos personas que habían decidido que el amor valía más que cualquier imagen perfecta.

—¿En qué piensas? —murmuró Jungkook, rodeándolo con sus brazos en la oscuridad.

—En que mañana tendremos que explicarle muchas cosas a Taehyung y Yoongi —respondió Jimin con una sonrisa perezosa.

—Eso puede esperar —dijo Jungkook, besando su hombro—. Ahora mismo, solo somos nosotros. Sin cámaras, sin reglas.

—Solo nosotros —repitió Jimin, cerrando los ojos y dejándose llevar por el sueño, sabiendo que, por primera vez, el mañana no le daba miedo.

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