Fuera de control
Cicatrices de Fuego y Silencio
El despertar de Johnny Storm no fue, en absoluto, lo que él esperaba. No hubo el habitual estiramiento perezoso entre sábanas de seda, ni el brillo del sol entrando por el ventanal de su habitación en el Edificio Baxter. En su lugar, lo primero que sintió fue el frío metálico contra su espalda y una restricción absoluta en sus muñecas y tobillos.
Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. El techo del laboratorio de Reed, con sus paneles de luz blanca y fría, lo cegó momentáneamente. Intentó mover un brazo, pero un sonido metálico y seco le recordó que estaba anclado.
—¿Qué demonios...? —Su voz sonó ronca, como si hubiera estado gritando durante horas.
Miró hacia abajo y se dio cuenta de que estaba casi desnudo, vistiendo únicamente sus calzoncillos de algodón. Las correas de polímero reforzado mantenían sus extremidades pegadas a la camilla médica. A unos metros, Reed Richards estaba de espaldas, revisando una serie de hologramas que mostraban fluctuaciones químicas y niveles hormonales.
—¡Reed! ¡Oye, estirado! —exclamó Johnny, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Sé que a veces me paso de la raya con las bromas, pero esto de los juegos de ataduras no es lo mío. Y menos contigo de espectador. ¿Podrías soltarme?
Reed no se dio la vuelta de inmediato. Sus hombros estaban tensos, una postura que Johnny reconoció como la señal de que algo andaba terriblemente mal. Cuando finalmente se giró, el rostro de Reed no mostraba la habitual irritación científica; estaba pálido, con ojeras profundas y una expresión de decepción que golpeó a Johnny como un puñetazo en el estómago.
—Johnny —dijo Reed con voz plana—, no es una broma.
—Vale, vale, estás enfadado —Johnny soltó una risa nerviosa—. Lo último que recuerdo es que estábamos en el laboratorio, me hiciste probar ese compuesto para los trajes ignífugos y... luego nada. Pantalla en negro. ¿Me desmayé? ¿Hice algo ridículo? Por favor, dime que no le puse pegamento a las cosas de Ben otra vez.
Reed caminó hacia la camilla, sosteniendo una tableta digital. Se detuvo a una distancia prudencial, como si temiera que Johnny pudiera estallar en llamas en cualquier momento.
—El químico reaccionó con tus células de forma imprevista —explicó Reed, su tono volviéndose clínico para ocultar la emoción—. Entraste en un estado de trance psicótico. Tu cerebro retrocedió a un nivel instintivo de posesividad y... anidación.
Johnny frunció el ceño, confundido.
—¿Anidación? ¿Como un pájaro? Reed, habla en cristiano. ¿Qué hice?
Reed suspiró y activó un video en la pantalla frente a Johnny. Eran grabaciones de seguridad del edificio. Johnny se vio a sí mismo, envuelto en un aura dorada, cargando a Franklin con una mirada que no era la suya. Vio cómo su hermana retrocedía con miedo. Vio cómo escapaba por los conductos de ventilación.
—Te escapaste, Johnny —continuó Reed—. Te perdimos el rastro durante horas. Hasta que los sensores térmicos de tu habitación se dispararon.
Johnny sintió un escalofrío. El vacío en su memoria empezaba a llenarse no con recuerdos, sino con una sensación de pesadez en el pecho.
—¿Y qué pasó en mi habitación? —preguntó en un susurro.
Reed cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Encontraste a Peter. A Spider-Man. O mejor dicho, él te encontró a ti mientras te buscaba. Estaba preocupado por ti.
Johnny sintió que el corazón le daba un vuelco. Peter. Su mejor amigo. Su compañero de patrullas y de bromas.
—¿Y bien? —insistió Johnny, intentando mantener el tono ligero—. ¿Le di una paliza? ¿Le quemé el traje? Vamos, Reed, suéltalo ya. ¿Había besado a Spidey? Porque si es así, espero que al menos haya sido con lengua para que valga la pena este castigo.
El chiste cayó al suelo como un bloque de plomo. Reed no sonrió. Ni siquiera frunció el ceño. Simplemente lo miró con una tristeza infinita.
—Johnny... abusaste de él.
El silencio que siguió fue absoluto. Johnny sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus mejillas, que ya estaban calientes por la confusión, se encendieron en un rojo violento que no tenía nada que ver con sus poderes. El calor empezó a emanar de su cuerpo, haciendo que las correas de polímero crujieran.
—¿Qué... qué has dicho? —balbuceó Johnny.
—No fuiste consciente, el químico anuló tu juicio moral y potenció tus impulsos más primarios —dijo Reed rápidamente, tratando de mitigar el golpe—. Pero estuviste con él durante horas. Lo retuviste contra su voluntad. Cuando entramos... Johnny, él no podía ni mantenerse en pie.
Johnny cerró los ojos con fuerza. De repente, como flashes de una pesadilla, empezaron a llegar imágenes inconexas. El olor a ozono y sudor. El tacto de una piel cálida bajo sus dedos. El sonido de unos sollozos apagados contra un cristal. Una espalda arqueada. Unas manos enguantadas que intentaban empujarlo y que luego, simplemente, se rendían.
—Oh, Dios —gimió Johnny, hundiendo la cabeza en la almohada de la camilla—. Oh, no. No, no, no.
—Ben lo llevó a la enfermería —añadió Reed—. Sue está con él ahora. Está... físicamente se recuperará rápido gracias a su metabolismo, pero...
—¡Cállate! —gritó Johnny, y por un instante, una llamarada brotó de sus hombros, lamiendo el metal de la camilla—. ¡Cállate, Reed! ¡Dime que es mentira! ¡Dime que es una de tus simulaciones!
—No es una simulación, Johnny.
Johnny Storm, el hombre que nunca se tomaba nada en serio, el playboy de Nueva York, el héroe que sonreía a las cámaras mientras salvaba el mundo, se rompió. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, evaporándose casi al instante por el calor de su piel.
—Es Peter... —sollozó—. Es mi mejor amigo. Es la mejor persona que conozco. ¿Cómo he podido...?
—Fue el químico —insistió Reed, aunque su voz carecía de convicción—. Yo soy el responsable por no haber previsto la reacción.
—¡Tú no lo tocaste! —rugió Johnny, forcejeando contra las correas—. ¡Fui yo! ¡Fueron mis manos! ¡Fue mi cuerpo!
Johnny se retorció, el odio hacia sí mismo manifestándose en un aumento drástico de su temperatura corporal. Las correas empezaron a derretirse. Reed dio un paso atrás, activando los sistemas de supresión de incendios del laboratorio.
—Johnny, cálmate. Si te excedes, dañaras los sistemas de soporte vital de la planta.
—¡Me importa una mierda! —Johnny logró liberar una mano, arrancando el metal con una fuerza nacida de la desesperación—. ¡Tengo que verlo! ¡Tengo que pedirle perdón!
—Es lo último que necesita ahora mismo —la voz de Susan Storm resonó desde la puerta del laboratorio.
Johnny se quedó helado. Su hermana estaba allí, apoyada en el marco de la puerta. Tenía los ojos rojos de haber llorado y lo miraba con una mezcla de amor y un dolor profundo. Johnny dejó caer el brazo, el fuego extinguiéndose de golpe, dejando solo una estela de humo gris.
—Sue... —susurró él, con voz quebrada—. ¿Cómo está?
Susan caminó hacia él. No lo abrazó, algo que dolió más que cualquier reprimenda. Se quedó a un metro de distancia, observando cómo su hermano pequeño se desmoronaba en la camilla.
—Está en shock —dijo ella en voz baja—. Ben lo ayudó a ducharse. No ha dicho una palabra desde que lo sacamos de tu habitación. Solo... mira a la nada.
Johnny ocultó el rostro entre las manos, sollozando sin control. Cada palabra de su hermana era una puñalada. Podía imaginar a Peter, el siempre parlanchín y alegre Peter Parker, reducido a un cascarón silencioso por su culpa.
—Él intentó defenderte —continuó Susan, y Johnny levantó la vista, confundido—. Cuando Reed te inyectó el sedante y Ben te apartó, Peter intentó decir que no era tu culpa. Que era el químico. Incluso en ese estado, estaba intentando protegerte de nosotros.
Johnny sintió que el corazón se le hacía pedazos.
—¿Por qué? —preguntó Johnny al vacío—. ¿Por qué es tan bueno? Debería odiarme. Debería querer matarme.
—Porque es Peter —respondió Reed—. Y porque sabe que el hombre que le hizo eso no eras tú. Pero eso no cambia lo que pasó, Johnny.
Johnny se sentó en la camilla, las correas derretidas colgando como jirones de su propia dignidad. Se sentía sucio, un monstruo disfrazado de héroe. Miró sus manos, las mismas manos que habían sujetado a Peter contra aquel cristal, y sintió náuseas.
—Quiero verlo —dijo Johnny, esta vez sin gritar, con una determinación sombría.
—Johnny, no creo que sea buena idea —advirtió Reed.
—No voy a acercarme si él no quiere —dijo Johnny, poniéndose en pie con dificultad, sus piernas temblando—. Pero no puedo quedarme aquí encerrado mientras él... mientras él sufre por algo que yo hice. Aunque no fuera "yo", fue mi cara la que vio. Fue mi voz la que escuchó.
Susan intercambió una mirada con Reed. Tras un largo silencio, ella asintió levemente.
—Está en la habitación 4-B de la enfermería. Ben está en la puerta. No te dejará entrar si Peter se altera, Johnny. Tenlo claro.
Johnny no esperó. Ni siquiera se molestó en buscar ropa. Caminó por los pasillos del Edificio Baxter en calzoncillos, con la piel aún humeante y los ojos hinchados. No le importaba si algún robot de mantenimiento o algún empleado lo veía. Nada le importaba excepto el chico que estaba al final del pasillo.
Al llegar a la enfermería, vio la figura imponente de Ben Grimm sentada en una silla reforzada frente a la puerta. La Mole levantó la vista, y por primera vez en su vida, Johnny vio algo parecido al asco en los ojos de su amigo.
—Ni un paso más, cerilla —gruñó Ben, aunque su voz no tenía la fuerza habitual.
—Ben, por favor —suplicó Johnny, deteniéndose a unos metros—. Solo quiero saber si está despierto.
—Está despierto. Pero no está aquí, si sabes a lo que me refiero —Ben se puso en pie, bloqueando la puerta con su cuerpo rocoso—. Lo que hiciste ahí arriba... Johnny, he visto cosas horribles en la guerra y en el espacio, pero el grito que soltó ese chico cuando entramos... eso no se me va a olvidar nunca.
Johnny bajó la cabeza, aceptando el golpe verbal.
—Lo sé. Créeme que lo sé.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió apenas unos centímetros. Una voz débil, casi imperceptible, salió del interior.
—Ben... déjalo pasar.
Ben se tensó, mirando hacia la puerta y luego a Johnny.
—Hijo, no tienes por qué hacer esto. Reed dice que aún tiene restos del químico en el sistema, podría...
—Está bien, Ben —repitió la voz de Peter—. Por favor.
Ben soltó un suspiro que pareció un terremoto y se hizo a un lado, aunque le lanzó a Johnny una mirada de advertencia que decía claramente: "Si lo tocas, te aplasto".
Johnny entró en la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. La luz era tenue. Peter estaba sentado en el borde de la cama, envuelto en una bata blanca de hospital que le quedaba grande. No llevaba la máscara. Su cabello castaño estaba húmedo y revuelto, y sus ojos avellana, esos ojos que Johnny siempre había pensado que brillaban con una luz especial, estaban apagados, rodeados de sombras oscuras.
Johnny se detuvo a la entrada, incapaz de dar un paso más. El silencio era insoportable, cargado con el peso de lo ocurrido.
—Peter... —la voz de Johnny se rompió.
Peter no levantó la vista. Mantenía las manos entrelazadas en su regazo, jugueteando con el dobladillo de la bata.
—Reed me explicó lo del químico —dijo Peter. Su voz no tenía rastro de ira, solo una fatiga extrema—. Dijo que era una reacción en cadena. Que no podías controlarlo.
—Eso no importa —dijo Johnny, dando un paso vacilante hacia adelante—. No me justifica. Peter, yo... daría cualquier cosa por volver atrás. Por no haber aceptado probar ese estúpido compuesto. Por no haberte hecho eso.
Peter finalmente levantó la vista. Cuando sus ojos se encontraron con los de Johnny, el rubio sintió que se le encogía el alma. No había odio en la mirada de Peter, y eso era lo que más dolía. Había una especie de comprensión distante, una aceptación de la tragedia que era mucho peor que la furia.
—Lo que más me asustó —empezó Peter, su voz temblando ligeramente— no fue el fuego. Ni siquiera fue... lo que pasó. Fue que, por un momento, mientras me pedías perdón y me decías que me querías, realmente te creí. El químico te hacía sonar tan sincero, Johnny. Parecía que realmente querías que fuéramos una familia.
Johnny cayó de rodillas al lado de la cama, sin atreverse a tocarlo.
—Peter, siempre he querido que seamos familia —sollozó Johnny, apoyando la frente contra el borde del colchón—. Pero no así. Nunca así. Eres mi mejor amigo. Eres la única persona que me aguanta cuando soy un idiota integral. Te quiero, de verdad te quiero, pero de la forma en que los hermanos se quieren, o de la forma en que los mejores amigos lo hacen... yo no...
—Lo sé —interrumpió Peter, extendiendo una mano temblorosa. Dudó un momento, sus dedos suspendidos en el aire, antes de dejarla caer suavemente sobre el cabello rubio de Johnny.
Johnny se tensó ante el contacto, esperando que Peter se apartara con asco, pero el castaño mantuvo la mano allí, en un gesto de perdón que Johnny sentía que no merecía.
—Me duele todo, Johnny —susurró Peter, y una lágrima rodó por su mejilla—. Por dentro y por fuera. Siento que mi cuerpo ya no me pertenece. Siento que cada vez que cierro los ojos, vuelvo a estar contra ese cristal.
—Lo siento mucho —repitió Johnny, una y otra vez, como una letanía—. Lo siento tanto, Petey.
—Va a llevar tiempo —dijo Peter, retirando su mano y abrazándose a sí mismo—. Mucho tiempo. No sé si podré volver a patrullar contigo pronto. No sé si podré mirar una antorcha sin temblar.
Johnny asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Haré lo que necesites. Si quieres que me vaya de la ciudad, me iré. Si quieres que no vuelva a hablarte, lo haré. Solo dime qué necesitas para estar bien.
Peter miró hacia la ventana, donde las luces de Nueva York seguían brillando, ajenas al dolor que llenaba la habitación.
—Necesito que te cures tú también, Johnny —dijo Peter finalmente—. Porque si te hundes en la culpa, entonces el químico habrá ganado. Y yo habré perdido a mi mejor amigo dos veces en la misma noche.
Johnny miró a Peter, asombrado por la capacidad de perdón de aquel chico al que acababa de destrozar. Se puso en pie lentamente, sintiéndose pequeño ante la grandeza moral de Spider-Man.
—No te merezco —dijo Johnny con sinceridad.
—Probablemente no —respondió Peter con una sombra de su antiguo humor, aunque la sonrisa no llegó a sus labios—. Pero eres lo que tengo.
Johnny se retiró de la habitación, caminando de vuelta hacia su propia celda de remordimientos. Sabía que la conversación no había arreglado nada, que las pesadillas apenas estaban comenzando para ambos. Sabía que el Edificio Baxter guardaría el secreto, que el mundo nunca sabría lo que la Antorcha Humana le había hecho a Spider-Man bajo el efecto de una droga experimental.
Pero mientras caminaba, Johnny Storm hizo una promesa silenciosa. Ya no sería el chico irresponsable que jugaba con fuego. A partir de esa noche, dedicaría cada aliento a intentar reparar el daño, a ser el hombre que Peter Parker creía que era, aunque supiera que, en el fondo, una parte de su alma siempre ardería en el infierno de aquel recuerdo contra el cristal.
Afuera, la ciudad seguía su curso. Pero dentro del Edificio Baxter, el fuego se había apagado, dejando tras de sí solo cenizas y el largo, doloroso camino hacia una redención que se antojaba casi imposible.