Fuera de control
El Silencio de las Cenizas
El Edificio Baxter siempre había sido un lugar de vibración constante, de zumbidos electrónicos y risas espontáneas que rebotaban en las paredes de metal y cristal. Pero para Johnny Storm, el edificio se había convertido en un mausoleo. El aire ya no olía a ozono o a los experimentos de Reed; olía a encierro, a sudor frío y a la lenta putrefacción de su propio espíritu.
Johnny estaba sentado en el suelo de su habitación, en el rincón más alejado de la ventana. Ya no soportaba mirar el cristal. Cada vez que el sol se reflejaba en él, veía el fantasma de Peter, escuchaba el eco de sus sollozos y sentía el calor de un fuego que no era suyo, sino de una droga que lo había convertido en un depredador.
Llevaba semanas sin encenderse. Al principio fue por miedo, por el terror de que el fuego volviera a tomar el control. Luego, simplemente, la chispa se extinguió. Su cuerpo, privado de la vitalidad que lo caracterizaba, se sentía pesado, como si sus huesos estuvieran hechos de plomo en lugar de luz.
Escuchó unos pasos amortiguados fuera de su puerta. Un leve tintineo metálico le indicó que Susan había dejado la bandeja de comida en el suelo. No llamó a la puerta. Ya no lo hacía. Al principio, ella intentaba hablarle a través de la madera, le decía que lo quería, que saliera a cenar. Pero con el tiempo, las palabras se volvieron escasas y los pasos más rápidos, como si ella tuviera prisa por alejarse de la zona de radiación de su culpa.
Johnny se arrastró hacia la puerta y abrió apenas unos centímetros. La bandeja estaba allí: sándwiches de pavo, una manzana y un vaso de jugo. El pan ya empezaba a endurecerse por los bordes. Miró la comida con una apatía absoluta. No tenía hambre. O quizás, sentía que no tenía derecho a saciarse.
Regresó a su rincón. En su mente, repasaba obsesivamente los mensajes que le había enviado a Peter.
"Petey, ¿estás ahí?" "Lo siento, de verdad lo siento." "Solo dime que estás vivo." "Por favor, contesta."
Ninguno tenía respuesta. Ni siquiera aparecían como leídos. Sabía, por los informes de noticias que veía de reojo en su tableta, que Spider-Man seguía activo, pero se rumoreaba que estaba operando en la Costa Oeste, lejos de Nueva York, lejos del Edificio Baxter. Lejos de él.
—Me odia —susurró Johnny, y su voz sonó como el crujido de hojas secas—. Y tiene razón.
Se miró las manos. Estaban pálidas, casi translúcidas. Sus uñas estaban descuidadas y sus nudillos pelados de tanto golpear la pared en ataques de frustración que ya ni siquiera tenía fuerzas para sentir. Se pasó la mano por el costado de la cintura, donde un dolor sordo y constante se había instalado. Era un dolor punzante, una advertencia de su cuerpo de que algo no iba bien, pero él lo acogía como un castigo necesario.
Pasaron los días. La noción del tiempo se desdibujó. Johnny dejó de recoger las bandejas. La comida se acumulaba en el pasillo, creando un olor agrio que se filtraba por debajo de la puerta. A veces, en un arrebato de locura o desesperación, Johnny abría la puerta y tomaba un trozo de pan mohoso o una fruta pasada. Se lo comía con una lentitud mecánica, saboreando la amargura de la descomposición. Era lo único que sentía que encajaba con su interior.
Una tarde, el hambre —o quizás la sed— se volvió insoportable. Sus labios estaban agrietados y le sangraban. Se levantó, apoyándose en la pared porque el mundo le daba vueltas. Sus músculos habían perdido volumen; el uniforme de los Cuatro Fantásticos, que antes le quedaba ajustado resaltando su físico atlético, ahora le colgaba como un saco vacío.
Salió de la habitación. El pasillo estaba desierto. Caminó hacia la cocina, arrastrando los pies, con la mirada fija en el suelo para evitar encontrarse con su propio reflejo en las superficies cromadas.
Al entrar en la cocina, se detuvo en seco. Reed estaba allí. Tenía a Franklin sentado en la trona y le estaba dando de comer trozos de fruta con una paciencia infinita. El niño reía, ajeno a la tragedia que se desarrollaba en los pisos superiores.
Johnny sintió una punzada de nostalgia tan fuerte que casi lo hace caer.
—Yo... solo venía por una fruta —balbuceó Johnny, sin levantar la vista. Sus manos temblaban violentamente.
Reed se tensó al instante. Johnny no tuvo que mirar para saber que la expresión de su cuñado había cambiado de la ternura a una mezcla de incomodidad y un rechazo instintivo. Reed dejó la cuchara, se levantó y, sin decir una palabra, cargó a Franklin en brazos. El niño soltó un quejido de protesta.
—¡Ben! —llamó Reed en voz alta—. Llévate a Franklin a su cuarto, por favor. Tengo que... tengo que limpiar aquí.
Ben Grimm apareció casi al instante. Sus ojos rocosos se posaron en Johnny, y el rubio pudo ver la decepción grabada en cada grieta de su rostro. Ben no dijo nada, simplemente tomó al niño y salió de la cocina a paso rápido.
Johnny se quedó allí, de pie en medio de la cocina, sintiéndose como un virus. Reed no lo miraba; estaba ocupado limpiando una mancha inexistente en la encimera con una servilleta, sus movimientos eran erráticos, nerviosos.
—Perdona —dijo Johnny, su voz apenas un hilo—. Solo... ya me voy.
Agarró una manzana del frutero, la primera que sus dedos alcanzaron. Al apretarla, sintió el dolor en su costado intensificarse, una punzada eléctrica que le robó el aliento. Se aferró al borde de la mesa para no desplomarse.
—Johnny —dijo Reed, todavía sin mirarlo—, Susan está preocupada por la comida que dejas fuera. Deberías... deberías intentar mantener la higiene. Por los niños.
—Sí. Claro. Lo siento —respondió Johnny.
Se dio la vuelta y regresó a su habitación tan rápido como sus piernas debilitadas se lo permitieron. Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se dejó caer contra ella. Miró la manzana. Estaba roja y perfecta, un contraste hiriente con la podredumbre que sentía en sus entrañas. No la comió. La dejó en el suelo y se abrazó las rodillas, llorando en silencio hasta que se quedó dormido por el agotamiento.
A la mañana siguiente, o quizás dos días después, la puerta de su habitación se abrió bruscamente. Johnny ni siquiera se movió de su posición en la esquina. La luz del pasillo hirió sus ojos.
Era Ben.
—Reed te necesita en el laboratorio —dijo la Mole. Su tono era seco, desprovisto de la calidez fraternal que solía definir su relación—. Está trabajando en un nuevo escudo térmico para la zona negativa y necesita una fuente de ignición constante para las pruebas de estrés.
Johnny levantó la cabeza lentamente. Tenía la piel pegada a los huesos y el cabello enredado.
—No creo que... no creo que pueda, Ben —dijo Johnny.
—No es una invitación, cerilla —gruñó Ben, cruzándose de brazos—. Todos estamos haciendo un esfuerzo aquí. Sue está haciendo el trabajo de dos personas porque tú no sales de este agujero. Lo menos que puedes hacer es ser útil para la ciencia de Reed. Mueve el trasero.
Johnny se levantó con un esfuerzo sobrehumano. Se puso una camiseta limpia que encontró en el suelo, aunque le quedaba enorme. Siguió a Ben por el edificio como un prisionero hacia el patíbulo.
En el laboratorio, Reed estaba rodeado de maquinaria compleja. Susan también estaba allí, revisando unas lecturas en una pantalla. Cuando Johnny entró, ella le dedicó una mirada rápida, llena de una lástima que a Johnny le dolió más que el desprecio de Ben.
—Johnny, gracias por venir —dijo Reed, señalando una plataforma de pruebas—. Necesito que proyectes una llama sostenida a unos dos mil grados sobre ese panel de aleación. Solo durante cinco minutos.
Johnny subió a la plataforma. Se sentía expuesto, vulnerable bajo la mirada de su familia. Cerró los ojos y trató de buscar esa chispa en su interior, ese pozo de energía solar que siempre había estado a su disposición con solo un pensamiento.
"Llamas a mí", pensó, pero las palabras se sentían vacías en su mente.
Intentó visualizar el calor, el sol, la libertad de volar sobre los rascacielos. Pero lo único que acudía a su memoria era la penumbra de su habitación y el sonido del cristal vibrando bajo la presión de un acto que no podía perdonarse.
—Vamos, Johnny —apremió Ben desde un lado—. No tenemos todo el día. Solo enciéndete.
Johnny apretó los puños. Concentró toda su voluntad en sus manos. Sintió un pequeño espasmo de calor en sus palmas, una promesa de fuego. Hizo un esfuerzo supremo, forzando a su cuerpo a responder.
—¡Llamas a mí! —exclamó, pero su voz salió quebrada.
De sus manos no brotó el torrente de fuego dorado que solía iluminar la habitación. En su lugar, una pequeña y patética columna de humo gris surgió de sus nudillos, desvaneciéndose casi al instante. El calor se disipó antes de llegar a la superficie de su piel.
Se hizo el silencio en el laboratorio. Johnny mantuvo los puños cerrados, temblando, con la mirada fija en sus manos muertas.
—Johnny... —empezó Susan, dando un paso hacia él.
—Inténtalo de nuevo —dijo Reed, su voz teñida de una frustración técnica—. Tus niveles de energía están ahí, los sensores lo indican. Es solo una cuestión de enfoque.
Johnny volvió a intentarlo. Una y otra vez. Cerró los ojos con tanta fuerza que vio estrellas. Se imaginó quemándose vivo, imaginó que su dolor se convertía en luz. Pero el resultado fue el mismo: un rastro de humo acre y el olor a algo chamuscado que no llegaba a prender.
—No puedo —susurró Johnny, bajando los brazos.
—¿Cómo que no puedes? —Ben se acercó a la plataforma—. Eres la Antorcha Humana, maldita sea. ¡Enciéndete!
—¡He dicho que no puedo! —gritó Johnny, y por un segundo, sus ojos brillaron con una chispa de su antigua furia, pero se apagó tan rápido como había aparecido—. Se ha ido, Ben. El fuego se ha ido.
Reed suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Es un bloqueo psicosomático —diagnosticó Reed, hablando como si Johnny no estuviera presente—. El trauma y la depresión están inhibiendo la respuesta de las células fotosensibles. Sin un estímulo emocional positivo, Johnny no es más que una batería descargada.
—¿Un estímulo positivo? —Johnny soltó una carcajada seca que terminó en una tos dolorosa—. ¿De dónde quieres que saque eso, Reed? ¿De la cara de asco que pones cuando entro en la cocina? ¿O de cómo Sue aparta a los niños cuando paso por el pasillo?
Susan bajó la mirada, incapaz de refutar sus palabras.
—Estamos intentando procesarlo, Johnny —dijo ella en voz baja—. No es fácil para nosotros tampoco.
—Lo sé —dijo Johnny, bajando de la plataforma con movimientos torpes—. Sé que soy un monstruo. Sé que me tenéis miedo. Y lo peor es que yo también me tengo miedo.
Caminó hacia la salida del laboratorio. Ben le cerró el paso un momento, su gran mano de piedra suspendida en el aire como si quisiera ponerla sobre su hombro, pero al final la dejó caer.
—Vuelve a tu cuarto, Johnny —dijo Ben con una voz que ya no era de decepción, sino de una profunda y amarga tristeza—. Ya encontraremos otra forma de probar el escudo.
Johnny regresó a su santuario de sombras. Al pasar por la puerta, vio que había una nueva bandeja de comida. Esta vez, ni siquiera se molestó en meterla. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la cama y miró la manzana roja que había traído de la cocina y que ahora yacía en el suelo, empezando a arrugarse.
Se llevó la mano al costado. El dolor era ahora un latido constante, una presencia física que le recordaba que estaba vivo, aunque no quisiera estarlo.
—Spider-Man... —susurró al aire viciado de la habitación—. Peter... si pudieras verme ahora... te reirías. La Antorcha Humana ni siquiera puede encender una cerilla.
Se quedó allí, esperando una respuesta que sabía que no llegaría, mientras el humo de su fracaso parecía llenar la habitación, envolviéndolo en un abrazo frío y gris, el único tipo de fuego que sentía que merecía habitar. En la oscuridad del Edificio Baxter, el héroe más brillante de Nueva York se había convertido en una sombra, una brasa olvidada que se consumía lentamente bajo el peso de un silencio que nadie, ni siquiera él mismo, sabía cómo romper.