Fuera de control
Llamas en el Refugio del Silencio
El Edificio Baxter ya no se sentía como una morgue. La atmósfera pesada y cargada de culpa que había asfixiado a sus habitantes durante meses se había disipado, dejando paso a una normalidad renovada, aunque teñida de una nueva madurez. Johnny Storm había regresado a la vida pública con una fuerza renovada. Su cabello rubio brillaba de nuevo bajo el sol de Manhattan, su sonrisa había recuperado ese brillo travieso que derretía corazones y, lo más importante, su fuego ya no era una pira de expiación, sino una manifestación de su vitalidad recuperada.
Sin embargo, tras las puertas cerradas y lejos de las cámaras, Johnny era un hombre diferente. La arrogancia del pasado había sido sustituida por una devoción silenciosa y casi posesiva hacia la persona que lo había rescatado del abismo: Peter Parker.
Nadie en el equipo, ni siquiera la perspicaz Susan o el analítico Reed, sospechaba la verdadera naturaleza de la relación que se había forjado entre los dos héroes. Para el mundo, eran mejores amigos que habían superado una tragedia. Para ellos, eran dos almas entrelazadas por un vínculo que el químico había iniciado por la fuerza, pero que el amor y el perdón habían transformado en algo profundo, necesario y abrumadoramente físico.
Aquel martes por la tarde, el Edificio Baxter estaba inusualmente silencioso. Los Cuatro Fantásticos se habían marchado a una conferencia científica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, llevándose a los niños para un viaje educativo de fin de semana. Johnny, alegando que necesitaba "tiempo de mantenimiento" para sus poderes, se había quedado atrás. Peter, por supuesto, no tardó en aparecer por la ventana de la habitación de Johnny apenas el jet de Reed desapareció entre las nubes.
—¿Seguro que no volverán hasta mañana? —preguntó Peter, quitándose la máscara mientras se dejaba caer en la cama de Johnny. Su cabello castaño estaba revuelto y sus mejillas tenían ese tono rosado que Johnny tanto adoraba.
—Reed tiene un panel de tres horas y Sue quiere llevar a Franklin al museo —respondió Johnny, acercándose a la cama con una mirada que hizo que Peter sintiera un escalofrío familiar—. Tenemos todo el edificio para nosotros, Petey.
Johnny no perdió el tiempo. Se deshizo de su camiseta, revelando unos músculos definidos y una piel que, aunque ya no estaba en carne viva, conservaba una calidez sobrenatural. Se subió a la cama, colocándose sobre Peter, atrapándolo entre sus brazos.
—Te he echado de menos hoy —susurró Johnny, rozando su nariz con la de Peter.
—Nos vimos ayer, Johnny —rio Peter, aunque sus manos ya buscaban el cuello del rubio, atrayéndolo hacia abajo.
—Ayer fue hace una eternidad.
El encuentro fue urgente pero tierno, una danza de piel contra piel que ambos conocían a la perfección. Se despojaron de sus ropas con la prisa de quienes han estado conteniéndose frente a los demás. Pronto, la amplia cama de Johnny se convirtió en su universo privado.
Se acomodaron de una forma que se había vuelto su favorita. Peter estaba boca arriba, con la parte superior de su espalda apoyada en el borde del colchón y la cabeza colgando ligeramente hacia fuera, mirando el mundo del revés. Johnny estaba encima de él, sosteniendo su propio peso con los brazos estirados a ambos lados de los hombros de Peter. Sus bíceps se tensaban con cada movimiento, creando un marco de fuerza y seguridad alrededor del chico arácnido.
Una manta de seda azul cubría parcialmente sus cuerpos, proporcionando una calidez adicional que ninguno necesitaba realmente, pero que añadía una capa de intimidad al momento.
Johnny comenzó a moverse, penetrando a Peter con una lentitud deliberada que arrancó un gemido profundo del pecho del castaño. Era una sensación abrumadora; Peter sentía cómo el miembro de Johnny, siempre más caliente que el de un hombre normal, se abría paso en su interior, reclamando cada centímetro de su anatomía.
—Johnny... —jadeó Peter, echando la cabeza hacia atrás. Sus manos subieron a los hombros musculosos de Johnny, apretando la piel con fuerza mientras sus sentidos se disparaban.
—Dime, nene —susurró Johnny, aumentando ligeramente el ritmo. Sus caderas golpeaban contra las de Peter con una fuerza rítmica, una cadencia que hacía que Peter sintiera que sus órganos se movían, reubicándose para acomodar al hombre que lo amaba.
Peter bajó la mirada hacia su propio vientre. Gracias a su delgadez atlética y a la profundidad de la embestida, podía ver el bulto del miembro de Johnny moviéndose bajo su piel abdominal con cada estocada. Era una imagen cruda, intensamente erótica, que le recordaba la absoluta posesión que Johnny ejercía sobre él.
—Se siente... tan grande —logró decir Peter, con la voz entrecortada por el placer—. Siento que me llenas por completo.
Johnny sonrió, una expresión llena de amor y deseo. Se inclinó para capturar los labios de Peter en un beso profundo, hambriento. Sus lenguas se entrelazaron mientras el ritmo de Johnny se volvía más errático, más rápido, impulsado por la cercanía del clímax.
—Eres mío, Peter —murmuró Johnny entre besos—. Eres lo único que me mantiene cuerdo.
Peter se aferró a él, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Johnny para atraerlo aún más, buscando ese contacto total que borrara cualquier rastro de las pesadillas del pasado. En ese momento, no había trauma, no había químicos, no había Cuatro Fantásticos. Solo estaban ellos dos, perdiéndose en el calor del otro.
—¡Johnny! —gritó Peter, con la voz quebrada por el éxtasis mientras sentía que el nudo de placer en su vientre estaba a punto de estallar.
Sin embargo, el destino tenía otros planes.
En el piso inferior, el ascensor privado del Edificio Baxter se abrió con un tintineo metálico.
—No puedo creer que el simposio se cancelara por una fuga de gas en el auditorio —decía la voz de Susan, cargada de frustración—. Y Reed, te dije que debíamos haber comprobado los horarios antes de arrastrar a los niños hasta Boston.
—Fue un error de cálculo logístico, Sue, el correo de cancelación llegó a mi carpeta de spam —se disculpó Reed, cargando a un Franklin dormido en brazos—. Al menos estamos en casa temprano. Ben, ¿puedes llevar las maletas a la sala?
—Claro, estirado —respondió la Mole, dejando caer los pesados bolsos con un estruendo—. Iré a ver si la cerilla quiere pedir pizza. Ha estado muy callado últimamente.
Arriba, en la habitación, los amantes estaban demasiado perdidos en su propio clímax como para escuchar el alboroto. Johnny estaba en pleno frenesí, sus caderas moviéndose con una fuerza que hacía crujir la estructura de la cama. Peter tenía los ojos en blanco, soltando gritos de placer que resonaban por los conductos de ventilación del edificio.
—¡Johnny, por favor! ¡Ahí, justo ahí! —gritaba Peter, sin saber que su voz, potenciada por el silencio del edificio, estaba llegando directamente a los oídos de su familia.
Susan se detuvo en seco en el pasillo.
—¿Ese es... Peter? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Por qué está gritando así? ¿Están entrenando?
—Suena como si alguien estuviera siendo torturado —dijo Ben, dejando las maletas y echando a correr hacia las escaleras—. ¡Johnny! ¡Chico! ¡Aguanta, ya voy!
Reed, entregando a Franklin a una confundida Susan, siguió a Ben. La preocupación por la seguridad de sus amigos superaba cualquier protocolo de privacidad.
—¡Johnny, abre la puerta! —rugió Ben, llegando al rellano y golpeando la madera con su puño de piedra—. ¡Si ese simbionte ha vuelto a aparecer, lo voy a machacar!
Dentro de la habitación, el pánico se apoderó de Johnny y Peter, pero el cuerpo tiene sus propias leyes. Johnny estaba a escasos segundos de su liberación total, y la inercia del placer era imparable.
—¡Oh, mierda! —exclamó Johnny, abriendo los ojos de par en par al escuchar los golpes—. ¡Están aquí!
—¡Johnny, sal de mí! —trató de decir Peter, pero su cuerpo se arqueó en un espasmo de placer involuntario cuando Johnny dio una última estocada profunda, buscando el fondo de su ser.
—¡No puedo detenerlo! —gruñó Johnny, apretando los dientes.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación saltó por los aires, arrancada de sus bisagras por la fuerza de Ben. Reed entró justo detrás, con las manos extendidas para cualquier eventualidad científica o de combate. Susan apareció un segundo después, cubriéndose la boca con una mano.
La escena que encontraron los dejó paralizados, como estatuas de sal.
Peter estaba medio fuera de la cama, con la cabeza colgando, el rostro congestionado por el esfuerzo y el placer, y sus piernas enroscadas firmemente en la espalda de Johnny. Johnny, desnudo y sudoroso, estaba encima de él, con los músculos de la espalda tensos como cuerdas de piano.
Lejos de detenerse, el cuerpo de Johnny reaccionó al choque de adrenalina completando el acto. Ante la mirada atónita de los Cuatro Fantásticos, Johnny soltó un gruñido gutural y empujó una última vez, hundiéndose en Peter mientras su propia semilla inundaba al chico arácnido.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por la respiración agitada de los dos jóvenes y el sonido rítmico del goteo de un grifo en el baño.
—Yo... esto... —empezó Ben, bajando sus enormes manos de piedra. Sus ojos rocosos parpadearon, tratando de procesar que el "ataque" que había venido a detener era, en realidad, una sesión de sexo extremadamente intensa.
Reed se quedó mirando el bulto que aún era visible en el abdomen de Peter, un fenómeno físico que su mente científica analizó antes de que su moralidad familiar pudiera intervenir. Susan, por su parte, se puso roja como un tomate, desviando la mirada hacia el techo.
—Johnny —dijo Reed, con una voz que intentaba, sin éxito, mantener la calma—. Dijiste que necesitabas tiempo para... meditar sobre tus niveles de energía.
Johnny, aún unido a Peter y sintiendo cómo el calor del clímax se desvanecía en una oleada de vergüenza monumental, levantó la cabeza. Tenía el cabello pegado a la frente y una expresión que mezclaba la satisfacción post-coital con el deseo de que la tierra se lo tragara.
—Hola, Reed —dijo Johnny, sin moverse ni un milímetro de encima de Peter—. Habéis vuelto... temprano.
Peter, por su parte, se cubrió el rostro con las manos, deseando tener su máscara puesta o, mejor aún, poder volverse invisible como Susan.
—¡Por el amor de Dios, Johnny! —exclamó Susan, dándose la vuelta por completo—. ¡Tapaos! ¡Hay niños en el edificio!
—¡Franklin está dormido en el piso de abajo, Sue! —replicó Johnny, recuperando un poco de su habitual insolencia mientras empezaba a retirarse muy despacio de Peter, lo que provocó un gemido involuntario del castaño que hizo que Ben soltara un bufido de incomodidad—. Y técnicamente, esta es mi habitación.
—¡Es una zona común de seguridad! —gritó Reed, aunque su tono era más de desconcierto que de ira—. ¡Y Peter! ¡Peter, creíamos que estabas en el complejo de los Vengadores!
Peter se sentó en la cama, envolviéndose rápidamente en la manta azul, con el rostro ardiendo.
—Hola, Sr. Richards... Ben... Sue... —dijo Peter, con una voz tan pequeña que apenas se oía—. Yo... solo pasaba a saludar.
—¿A saludar? —Ben soltó una carcajada ronca, aunque todavía se sentía visiblemente incómodo—. Hijo, si eso es un saludo, no quiero ver cómo os despedís.
Susan, recobrando su papel de figura de autoridad, señaló la puerta con un gesto imperioso.
—Reed, Ben, fuera. Ahora mismo.
—Pero Sue... —intentó protestar Reed.
—¡Fuera! —ordenó ella.
Los dos hombres salieron atropelladamente de la habitación. Susan se quedó un momento más, mirando a su hermano con una mezcla de reproche y una chispa de comprensión que Johnny no esperaba.
—Diez minutos, Johnny —dijo Susan—. Os quiero a los dos en la sala común, vestidos y listos para explicar por qué el Edificio Baxter parece ahora un hotel de paso. Y Peter...
El chico arácnido levantó la vista tímidamente.
—Usa el baño de invitados para limpiarte. No quiero ver ni una mancha en esa alfombra.
Susan salió y cerró la puerta (o lo que quedaba de ella) tras de sí.
Johnny y Peter se quedaron solos en el silencio de la habitación destrozada. Se miraron durante un largo segundo antes de que Johnny soltara una risilla nerviosa.
—Bueno —dijo Johnny, rascándose la nuca—, supongo que ya no es un secreto.
Peter le lanzó una almohada a la cara, aunque no pudo evitar sonreír a pesar del bochorno.
—¡Casi me da un infarto, Johnny! ¡Reed vio... lo vio todo!
—Vio que te quiero, Petey —dijo Johnny, acercándose para darle un beso casto en la mejilla—. Y vio que soy muy bueno en lo que hago.
—Eres un idiota —susurró Peter, apoyando la cabeza en el hombro de Johnny—. Pero eres mi idiota.
—Y tú eres mi araña. Ahora, vamos a vestirnos antes de que Ben decida que necesita usar su fuerza para darnos una charla sobre "flores y abejas".
Mientras se vestían a toda prisa, ambos sabían que la conversación que les esperaba abajo sería legendaria y posiblemente muy incómoda. Pero mientras Johnny abrochaba su pantalón y Peter se ponía su sudadera gris, el miedo que antes dominaba sus vidas había desaparecido. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el desorden de la habitación, y por primera vez en mucho tiempo, el fuego en el pecho de Johnny no era por el químico, ni por la culpa, sino por el simple y maravilloso hecho de estar vivo y ser amado.
Bajaron las escaleras de la mano, listos para enfrentar a los Cuatro Fantásticos, sabiendo que, pasara lo que pasara, ya no tenían que esconderse en las sombras del Edificio Baxter. La Antorcha Humana y Spider-Man habían encontrado su equilibrio, y ni siquiera una irrupción inoportuna de la familia más famosa del mundo podría apagar la llama que ahora compartían.