Fuera de control
Luz entre las Cenizas y el Susurro del Perdón
El complejo de los Vengadores en el norte del estado de Nueva York era, en muchos sentidos, el polo opuesto al Edificio Baxter. Mientras que la sede de los Cuatro Fantásticos era un hervidero de curiosidad científica y caos familiar, la base de los Vengadores respiraba una disciplina tecnológica envuelta en una calma protectora. Para Peter Parker, ese silencio había sido su único refugio durante las últimas semanas.
Sentado en el alféizar de una ventana inmensa que daba a los jardines, Peter observaba cómo las hojas de los árboles comenzaban a teñirse de ocre. Llevaba puesta una sudadera gris de Tony que le quedaba dos tallas grande, ocultando la fragilidad de sus hombros. A su lado, una taza de chocolate caliente humeaba, intacta.
—Tienes que beberlo, chico. Los niveles de glucosa no se van a estabilizar por arte de magia —dijo una voz suave pero firme.
Peter no necesitó girarse para saber que era Tony Stark. El genio se sentó a su lado, dejando a un lado su tableta digital. Poco después, Steve Rogers entró en la habitación con una manta adicional, colocándola sobre las piernas de Peter con una ternura paternal que siempre lograba que el chico se sintiera, por un momento, a salvo del mundo.
—He estado hablando con Reed —continuó Tony, bajando el tono—. Johnny no está bien, Peter. Nada bien.
Peter cerró los ojos con fuerza. El nombre de Johnny Storm seguía provocando una reacción en cadena en su sistema nervioso. Un escalofrío recorría su columna, pero no era solo de miedo. Era una confusión tóxica. En la seguridad de la base, lejos del Edificio Baxter, Peter había tenido tiempo de diseccionar sus recuerdos. Y había una parte de él, una parte pequeña y vergonzosa que se ocultaba en los rincones más oscuros de su mente, que le susurraba que aquel calor no había sido del todo malo. Que, en medio del dolor y la invasión, había habido una conexión eléctrica, una intensidad que nunca había sentido antes. Se odiaba por ello, pero el recuerdo de las manos de Johnny, aunque violentas, también se sentía extrañamente como una marca de pertenencia que su cuerpo no lograba rechazar del todo.
—¿Qué le pasa? —preguntó Peter, su voz apenas un susurro.
—Se está dejando morir, hijo —respondió Steve, sentándose frente a él—. Reed dice que se niega a comer. Cree que si se alimenta, su poder se volverá impuro. Está usando su propia energía vital para mantener una llama que lo está consumiendo por dentro. Cree que es la única forma de pedirte perdón.
Peter apretó los puños. La imagen de Johnny, el chico de oro, el eterno bromista, convirtiéndose en cenizas por la culpa, le resultó insoportable.
—Él no era él mismo —dijo Peter, más para convencerse a sí mismo que a los demás—. Fue el químico. Tony, Steve... yo no quiero que muera.
—Entonces tienes que tomar una decisión —dijo Tony, poniendo una mano sobre su hombro—. Los 4 Fantásticos han enviado una petición formal. Dicen que es la última esperanza. Pero si no te sientes listo, Peter, no tienes que ir. Nadie te juzgará.
Peter miró su reflejo en el cristal. Ya no veía al chico asustado que huyó del Baxter. Veía a alguien que entendía el peso de la responsabilidad, incluso cuando esa responsabilidad implicaba perdonar lo imperdonable.
—Preparad el Quinjet —dijo Peter, poniéndose en pie con una determinación que no había sentido en semanas—. Tengo que salvar a mi amigo.
El viaje de regreso a Manhattan fue un borrón de luces y pensamientos intrusivos. Cuando Peter entró en el Edificio Baxter, el ambiente era pesado, cargado de un olor a ozono y a carne quemada que le revolvió el estómago. Reed y Susan lo recibieron en el hangar; sus rostros estaban tan demacrados que Peter apenas los reconoció.
—Gracias por venir, Peter —dijo Susan, con los ojos anegados en lágrimas—. Está en la cámara médica. No nos deja entrar. Dice que si alguien intenta apagarlo, se sobrecargará hasta explotar.
Peter asintió y caminó hacia la enfermería. Ben estaba frente a la puerta, con la cabeza gacha. Al ver al chico arácnido, la Mole simplemente se hizo a un lado y le puso una mano pesada en el hombro en un gesto de gratitud silenciosa.
Cuando Peter entró en la cámara médica, el calor lo golpeó como una pared física. El aire estaba tan seco que le picaban los ojos. En el centro de la habitación, dentro de una cápsula de cristal reforzado que empezaba a agrietarse por la tensión térmica, estaba Johnny.
Ya no era el hombre musculoso y vibrante de antes. Era una figura esquelética, rodeada de una llama azul pálida y errática que parecía succionarle la vida. Johnny estaba tumbado, mirando al techo con ojos vidriosos, alucinando en voz alta.
—Ya casi... Petey... ya casi estoy limpio... —balbuceaba Johnny, sin notar la presencia de nadie—. Solo un poco más de fuego... para borrar el rastro... lo siento... lo siento tanto...
Peter sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Se acercó a la cápsula. El calor era extremo, pero su metabolismo arácnido le permitió soportarlo. Con manos temblorosas, Peter introdujo el código de anulación que Reed le había dado. La compuerta se deslizó hacia atrás con un siseo, liberando una ráfaga de aire ardiente.
—¡Johnny! —llamó Peter.
El rubio no reaccionó. Seguía mirando al techo, sus labios moviéndose en una letanía inaudible de arrepentimiento.
Peter se subió a la plataforma y se inclinó sobre él. El cuerpo de Johnny emanaba un calor que habría calcinado a cualquier otro, pero Peter no retrocedió. Con una ternura que nació de lo más profundo de su ser, Peter se llevó las manos a la máscara y se la subió lentamente, solo hasta la nariz, dejando al descubierto sus labios y su barbilla.
Se inclinó más, sintiendo cómo el sudor perlaba su frente, y depositó un beso suave y prolongado en la frente ardiente de Johnny.
—Estoy aquí, Johnny —susurró Peter contra su piel—. Deja de quemarte. Por favor. Ya te he perdonado.
Johnny se tensó. Por primera vez en días, sus ojos se enfocaron. Miró hacia arriba y vio los ojos avellana de Peter, llenos de una compasión que no creía posible.
—¿Petey? —la voz de Johnny fue un crujido agónico—. ¿Eres... eres una alucinación?
—No, no lo soy —dijo Peter, tomando una de las manos esqueléticas de Johnny entre las suyas—. Soy real. Y necesito que te apagues. Necesito que vuelvas conmigo.
Johnny empezó a temblar. Las llamas azules que lo rodeaban vacilaron, pasando a un naranja débil antes de extinguirse por completo, dejando tras de sí solo el humo y el olor a ozono. El rubio soltó un sollozo desgarrador y se encogió sobre sí mismo, buscando refugio en el pecho de Peter.
—Lo hice... te hice daño... —sollozaba Johnny, hundiendo el rostro en la sudadera de Peter—. No puedo vivir con eso, Petey. No puedo.
Peter lo rodeó con sus brazos, acunándolo como si fuera un niño pequeño. A pesar de todo, a pesar del dolor y de las pesadillas, estar así de cerca de Johnny provocaba en Peter una extraña sensación de completitud. El vínculo que el químico había forzado de forma violenta, ahora se manifestaba como una necesidad mutua de consuelo.
—Escúchame, Johnny Storm —dijo Peter, obligándolo a mirarlo—. Lo que pasó fue una tragedia, pero no voy a dejar que te conviertas en una mancha en el suelo por eso. Te necesito. Nueva York te necesita. Y aunque nos lleve tiempo, vamos a superar esto juntos.
Johnny lo miró con incredulidad, sus ojos azules buscando alguna señal de mentira en el rostro de Peter.
—¿De verdad... me perdonas?
Peter sonrió con tristeza, acariciando el cabello rubio y descuidado de su amigo.
—Ya te dije que te perdoné hace mucho tiempo. Pero ahora tienes que perdonarte tú. Tienes que comer, tienes que recuperarte. No puedes ser mi antorcha favorita si no tienes combustible, ¿verdad?
Johnny soltó una risa débil, que sonó más como un suspiro de alivio. Por primera vez en semanas, la tensión en su cuerpo desapareció, reemplazada por un agotamiento absoluto pero pacífico.
—Eres demasiado bueno para este mundo, Parker —susurró Johnny, cerrando los ojos mientras se dejaba sostener.
—Lo sé —respondió Peter—. Ahora, descansa. Estaré aquí cuando despiertes.
Fuera de la cámara, Reed, Susan y Ben observaban la escena a través del monitor. Susan lloraba abiertamente, apoyada en el pecho de Ben, mientras Reed soltaba un suspiro que parecía haber estado contenido durante un siglo. La crisis había pasado. La llama no se había extinguido; simplemente había encontrado un motivo para volver a brillar con suavidad.
Peter se quedó allí, sentado en la cama médica, sosteniendo a Johnny mientras el rubio caía en un sueño profundo y reparador. Miró hacia la ventana del laboratorio y, por primera vez, no vio el reflejo del trauma. Vio el inicio de una redención lenta y complicada, pero posible.
Porque al final, incluso las cenizas más frías pueden volver a arder si encuentran la chispa adecuada. Y Peter Parker, con su perdón infinito y su corazón inquebrantable, era la única chispa que Johnny Storm necesitaba para volver a casa.