Futbol
Pequeños pasos sobre el césped
La mañana en Barcelona había despertado con un sol radiante, de esos que hacían que el cristal de la ventana se sintiera cálido al tacto. Leah terminaba de cerrar la pañalera, asegurándose de que no faltara absolutamente nada: tres biberones, toallitas, el peluche favorito de Thiago y, por supuesto, la mini camiseta del Barça con el número 33 y el nombre "Papi" en la espalda.
Hacía apenas una hora, Pau la había llamado desde el vestuario de la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Su voz sonaba emocionada, casi como la de un niño pequeño.
—Por favor, Leah, tráelo hoy —le había suplicado—. Es entrenamiento a puerta abierta para familiares y amigos cercanos, y Xavi ha dicho que podemos estar un rato con ellos al terminar. Quiero que vea dónde trabaja su padre, aunque sea tan pequeñito.
Leah sonrió al recordarlo mientras cargaba a Thiago, que estaba especialmente inquieto y feliz esa mañana. El bebé, con su mata de pelo negro azabache alborotada y sus ojos azules brillantes, soltó un gritito de alegría cuando vio que salían de casa.
—Hoy vamos a ver a papá, Thiago —le susurró Leah, dándole un beso en la frente—. Vamos a ver cómo corre detrás de la pelota.
El trayecto en coche fue tranquilo. Leah conducía con precaución, aprovechando los semáforos en rojo para mirar por el retrovisor y ver cómo Thiago intentaba morderse los pies, una de sus nuevas misiones en la vida. Al llegar a las instalaciones del club, el personal de seguridad la reconoció de inmediato y le abrió paso con una sonrisa. Todos en el entorno del Barça sabían quién era la familia de la joven promesa de la cantera; Pau se había ganado el respeto no solo por su talento, sino por la humildad con la que llevaba su paternidad.
Cuando Leah bajó del coche y colocó a Thiago en el carrito, sintió un poco de nervios. A pesar de ser una chica extremadamente inteligente y centrada en sus estudios de medicina, el mundo del fútbol profesional seguía pareciéndole un escenario imponente. Sin embargo, por Pau, haría cualquier cosa.
Caminó hacia el campo de entrenamiento número 1. A lo lejos, pudo ver las figuras de los jugadores moviéndose con agilidad. Identificó a Pau al instante. Su estatura, su forma de posicionarse y esos hombros que ella conocía tan bien. Estaba concentrado, cortando un pase de Robert Lewandowski con una limpieza quirúrgica.
Leah se situó en la zona lateral, donde ya había algunas parejas y familiares de otros jugadores. Thiago, al sentir la brisa y escuchar los silbatos, comenzó a agitar los brazos con entusiasmo.
—¡Pa-pa! —balbuceó el pequeño, aunque Leah sabía que probablemente era solo un sonido aleatorio, su corazón dio un vuelco.
—Sí, mi amor, ahí está papá —dijo ella, sacándolo del carrito para que pudiera ver mejor.
El entrenamiento terminó unos quince minutos después. Los jugadores comenzaron a caminar hacia la banda, hidratándose y charlando entre ellos. Pau buscó con la mirada frenéticamente entre la pequeña multitud hasta que sus ojos se encontraron con los de Leah. Su rostro se iluminó de una manera que ninguna victoria en el campo podía igualar.
—¡Han venido! —exclamó Pau, trotando hacia ellos mientras se secaba el sudor de la frente con la camiseta.
—No podíamos faltar a la invitación del mejor defensa del mundo —bromeó Leah cuando él llegó a su altura.
Pau se detuvo a un paso, consciente de que estaba empapado en sudor.
—Estoy hecho un asco, mejor no lo cargo todavía —dijo con una mueca, pero no pudo evitar acercar su rostro al de Thiago para hacerle una mueca—. ¡Hola, campeón! ¿Has visto cómo papá le ha quitado el balón a los grandes?
Thiago soltó una carcajada sonora, extendiendo sus manitas hacia los cachetes de su padre. El contraste era precioso: la piel blanca y perfecta del bebé contra la piel bronceada y sudada del deportista.
—¡Eh, Cubarsí! ¿Este es el famoso Thiago? —La voz de Lamine Yamal interrumpió el momento. El joven extremo se acercó con una sonrisa de oreja a oreja, seguido por Gavi y Fermín.
—El mismísimo —respondió Pau con orgullo, rodeando la cintura de Leah con un brazo mientras ella sostenía al bebé.
—Ostras, es igualito a Leah —comentó Gavi, acercándose para inspeccionar al pequeño—. Menos mal, porque si sale con los cachetes de Pau, no cabría en la cuna.
—¡Oye! —protestó Pau, aunque se estaba riendo—. Mis cachetes son una marca registrada.
Leah saludó a los compañeros de Pau con la timidez que la caracterizaba, pero con la educación de siempre. Los jugadores del Barça, a pesar de ser estrellas mundiales, se portaban como adolescentes curiosos alrededor del bebé.
—¿Puedo cargarlo? —preguntó Lamine con cautela—. Prometo que no se me cae. Soy bueno con las manos... bueno, más o menos.
Leah miró a Pau, quien asintió con la cabeza, y luego le pasó con cuidado al bebé a Lamine. Thiago, que era el bebé más sociable del mundo, no lloró. Al contrario, agarró un mechón del pelo de Lamine y tiró con fuerza.
—¡Ay! —rio Lamine—. ¡Vaya fuerza tiene el bicho! Este va a ser central, Pau, tiene un agarre de hierro.
—O cirujano, como su madre —intervino Leah con una sonrisa—. Necesita manos precisas para eso.
—Sea lo que sea, va a ser un genio —sentenció Fermín, haciéndole cosquillas en la barriga a Thiago, lo que provocó más risas en el pequeño.
Pau aprovechó ese momento para acercarse más a Leah y susurrarle al oído.
—Gracias por traerlo, de verdad. Estaba teniendo un entrenamiento un poco duro, pero verlos aquí me ha dado toda la energía que me faltaba.
—Sabes que nos encanta verte —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Aunque Thiago ha intentado comerse sus propios calcetines durante todo el camino.
Pau soltó una carcajada y le dio un beso rápido en la sien.
—Es un Cubarsí, siempre buscando nuevos retos.
Después de unos minutos de bromas con el equipo, Xavi se acercó a saludarlos. El entrenador siempre había sido un gran apoyo para Pau, valorando no solo su calidad técnica sino su madurez personal.
—Leah, qué gusto verte de nuevo —dijo Xavi con amabilidad—. Y este pequeño debe ser el responsable de que Pau llegue a veces con ojeras, ¿no?
—Un poco, míster —admitió Leah con una sonrisa—. Pero Pau es un experto en cambiar pañales en tiempo récord, debería darle un trofeo por eso.
—No me digas más —rio el entrenador—. Pau, tómate tu tiempo para estar con ellos. Nos vemos mañana para el análisis de video.
Cuando los compañeros se retiraron hacia las duchas, Pau pidió a Leah que lo acompañara un momento al centro del campo, que ahora estaba vacío y silencioso.
—¿Aquí? —preguntó ella, extrañada.
—Sí, quiero que pise el césped por primera vez.
Pau tomó a Thiago en sus brazos, ya sin importarle el sudor, y caminó hacia el círculo central. Leah lo seguía de cerca, observando la inmensidad del campo desde esa perspectiva. Pau se arrodilló y colocó los pies descalzos de Thiago sobre la hierba perfectamente cortada.
—Mira, Thiago —dijo Pau con voz suave y profunda—. Este es el lugar donde papá sueña. Algún día, quizá tú también tengas un lugar que te haga sentir así de vivo.
El bebé dio unos saltitos emocionados, sintiendo la textura fresca del césped bajo sus pies. Leah se agachó junto a ellos, inmortalizando el momento con una foto en su móvil. Era una imagen perfecta: el sol de la tarde cayendo sobre ellos, el verde intenso del campo y la conexión pura entre un padre y su hijo.
—Es un momento muy especial, Pau —dijo Leah, sintiendo un nudo de emoción en la garganta.
—Lo es porque estás tú aquí —respondió él, mirándola fijamente con esos ojos llenos de ternura—. A veces, cuando estoy en medio de un partido importante y la presión es enorme, cierro los ojos un segundo y pienso en ustedes dos en el salón de casa. Eso es lo que me mantiene tranquilo. Saber que, pase lo que pase en el marcador, mi verdadera victoria me espera al llegar.
Leah se acercó y lo besó de forma dulce, un beso que sabía a amor adolescente pero que tenía la fuerza de un compromiso inquebrantable.
—Eres increíble, Pau Cubarsí. A veces olvido que solo tienes diecinueve años.
—Y yo a veces olvido que tú solo tienes diecisiete y estás estudiando para salvar vidas mientras crías a este terremoto —replicó él, señalando a Thiago, que ahora intentaba arrancar un trozo de césped—. Eres la persona más inteligente y valiente que conozco.
Se quedaron allí un rato más, disfrutando de la paz del estadio vacío. Pau le contaba anécdotas del entrenamiento mientras Thiago seguía fascinado con el mundo gigante que lo rodeaba. Sin embargo, el hambre no perdonaba, y el pequeño empezó a dar muestras de que su hora de la merienda se acercaba.
—Creo que el jefe ya ha tenido suficiente fútbol por hoy —dijo Leah, tomando a Thiago de nuevo.
—Voy a ducharme rápido y nos vamos a casa, ¿vale? —propuso Pau—. He pensado que hoy puedo cocinar yo algo especial. Bueno, "especial" dentro de mis capacidades limitadas de chef.
—¿Pasta con tomate otra vez? —rio ella.
—¡Oye, que le pongo orégano y mucho amor! —protestó él mientras caminaban de regreso al parking.
Pau se despidió de ellos con un beso largo para Leah y una caricia en los cachetes de Thiago. Leah lo vio alejarse hacia los vestuarios, con ese caminar seguro que lo caracterizaba en el Camp Nou, pero con la mochila colgada de un hombro como el chico joven que todavía era.
Mientras acomodaba a Thiago en su silla de seguridad, Leah se sintió inmensamente afortunada. Sabía que mucha gente los juzgaba por haber sido padres tan jóvenes, que decían que habían arruinado sus vidas o que no durarían. Pero al ver la sonrisa de su hijo y sentir el apoyo incondicional de Pau, se daba cuenta de que no habían arruinado nada; simplemente habían empezado su aventura un poco antes que los demás.
Encendió el motor y puso un poco de música suave. Thiago ya empezaba a cerrar los ojos, agotado por tantas emociones y por haber conocido a tantos "tíos" futbolistas.
—Ha sido un buen día, ¿verdad, pequeño? —susurró Leah mientras salía de las instalaciones del club.
Poco después, recibió un mensaje de texto en su teléfono. Lo leyó en el primer semáforo:
"Ya salgo. He comprado helado de ese que te gusta para después de cenar. Gracias por venir hoy, Leah. Los amo con todo mi corazón. Eres mi mejor equipo."
Leah sonrió y sintió que, a pesar de los exámenes de bioquímica, de las noches sin dormir y de la presión de la vida pública, no cambiaría ni un solo segundo de su realidad. Porque en ese pequeño universo de tres personas, lo tenían todo. Y mientras conducía de regreso a casa, ya estaba imaginando la próxima vez que Thiago pisaría ese césped, quizás ya dando sus primeros pasos de la mano de su padre.