Futbol
Un rugido en el jardín
El sol de Barcelona brillaba con una intensidad especial esa mañana, como si el cielo también quisiera celebrar el primer aniversario de vida del pequeño que había cambiado el mundo de Pau y Leah. Un año había pasado desde que Thiago llegó para ponerlo todo patas arriba, y aunque los meses habían volado entre pañales, entrenamientos de élite y exámenes universitarios, hoy todo el esfuerzo se materializaba en una celebración que parecía sacada de un cuento.
Leah se ajustó el vestido veraniego de color crema y observó el jardín de su casa. Gracias a la excelente posición económica de Pau, habían podido transformar el amplio espacio exterior en una auténtica sabana africana. La temática del Rey León no había sido elegida al azar; para Pau, Thiago era su pequeño Simba, el heredero de todas sus alegrías.
La decoración era sencillamente espectacular. Un arco de globos en tonos dorados, verdes y marrones enmarcaba la entrada, custodiado por figuras de peluche de tamaño real de Mufasa y Sarabi. Había una mesa de postres kilométrica, con un pastel de tres pisos coronado por la roca del rey, y pequeñas estaciones de comida que hacían las delicias de cualquiera. Pero lo más impresionante era la zona de la piscina, donde el agua cristalina reflejaba las guirnaldas que colgaban de los árboles.
—¿Crees que es demasiado? —preguntó Leah, sintiendo unos brazos fuertes rodearle la cintura por detrás.
Pau apoyó la barbilla en su hombro, inhalando el aroma de su perfume. A sus veinte años, el defensa del Barça se veía más maduro, con la espalda un poco más ancha y esa mirada serena que solo te da la estabilidad emocional.
—Nada es demasiado para nuestro león —respondió Pau con una sonrisa, depositando un beso tierno en la mejilla de su novia—. Está todo precioso, Leah. Te has superado. No sé cómo has tenido tiempo de organizar esto y sacar un diez en Fisiología Humana a la vez.
—Tengo un buen equipo en casa —dijo ella, girándose para quedar frente a él—. ¿Dónde está el cumpleañero?
—Mi madre lo está terminando de vestir. Prepárate, porque el disfraz es lo mejor que he visto en mi vida.
En ese momento, la puerta que daba al jardín se abrió y apareció la madre de Pau cargando a Thiago. Un suspiro colectivo de ternura escapó de los pocos trabajadores que daban los últimos retoques a la fiesta. Thiago estaba disfrazado de león, con un mameluco de tela suave color arena y una capucha que tenía una melena de pelo sintético esponjoso rodeando su carita. Sus ojos azules, heredados de Leah, brillaban con curiosidad, y su cabello negro asomaba un poco por debajo del disfraz.
—¡Mi vida! —exclamó Leah, acercándose para tomarlo en brazos—. Pero si eres el leoncito más guapo de toda la selva.
Thiago soltó una de sus características carcajadas, agitando las manos que terminaban en unas pequeñas garras de tela.
—¡Pa-pa! ¡Grrr! —gruñó el pequeño, intentando imitar el sonido de un animal mientras mostraba sus cuatro dientes nuevos.
Pau soltó una carcajada limpia y profunda, acariciando la cabecita de su hijo.
—Eso es, campeón. Que se enteren todos de quién manda aquí.
Poco después, los invitados empezaron a llegar. La casa de los Cubarsí se llenó rápidamente de caras conocidas. No solo era una fiesta de cumpleaños, era una reunión de la familia que Pau había formado en el vestuario. Robert Lewandowski llegó con Anna y sus hijas, quienes corrieron de inmediato hacia la zona de juegos. Andreas Christensen y su pareja también hicieron acto de presencia, llevando a su pequeño en brazos.
—¡Vaya fiesta has montado, chaval! —exclamó Ferran Torres, entrando con una caja de regalo enorme—. Si esto es para el primer año, no quiero imaginar la que liarás cuando cumpla los dieciocho.
—Es todo obra de Leah —admitió Pau, estrechándole la mano—. Yo solo me encargué de inflar algunos globos y de que no se comieran el pastel antes de tiempo.
—Ya, ya, humilde como siempre —rio Ferran, fijándose en el pequeño—. ¡Pero si es un mini Cubarsí con pelo de león! Ven aquí, fiera.
Thiago, que no conocía la timidez, se dejó querer por todos. Era el centro de atención, pasando de brazo en brazo mientras los flashes de los móviles no dejaban de disparar.
La zona de la piscina se convirtió en el epicentro de la diversión cuando Gavi, Lamine Yamal y Fermín llegaron juntos. Ninguno de los tres tenía hijos, pero se comportaban como si fueran los tíos gamberros de Thiago.
—¡A que no te atreves a tirarte con ropa, Gavi! —desafió Lamine, que llevaba una camisa de lino abierta y gafas de sol.
—¿Me estás retando a mí? —Gavi miró la piscina y luego a Pau—. ¿Se puede, padre de familia?
—Bajo vuestra responsabilidad —rio Pau, que estaba sentado en una hamaca vigilando a Thiago mientras este jugaba en una manta en el césped—. Pero como salpiquéis la mesa de los canapés, Leah os mata. Y creedme, no queréis ver a Leah enfadada.
Leah, que estaba charlando animadamente con las parejas de los otros jugadores sobre los retos de compaginar la maternidad con sus proyectos personales, los miró de reojo con una sonrisa cómplice. Se sentía integrada, respetada y, sobre todo, feliz. A pesar de su juventud, había demostrado que podía manejar su vida con una elegancia que muchos adultos envidiaban.
—Es increíble lo bien que lo lleváis —le comentó la pareja de uno de los veteranos—. Se os ve tan sólidos.
—No siempre es fácil —confesó Leah con sinceridad—. Hay noches en las que Pau llega agotado de un viaje de Champions y yo tengo que entregar un trabajo de la facultad a las ocho de la mañana, y Thiago decide que es el momento ideal para no dormir. Pero luego lo ves sonreír, o ves cómo Pau lo mira, y todo el cansancio desaparece. Somos jóvenes, sí, pero creo que eso nos da una energía extra que otros no tienen.
Mientras tanto, en la piscina, la situación se estaba descontrolando de forma divertida. Fermín había terminado en el agua después de un empujón "accidental" de Lamine, y pronto la piscina se llenó de risas y salpicaduras. Los hijos de los otros jugadores también se bañaban en la zona poco profunda, bajo la atenta mirada de sus padres.
—¡Thiago, mira! —gritó Lamine desde el agua, haciendo burbujas con la boca.
El bebé, sentado en el regazo de Pau, señalaba la piscina y gritaba de alegría, emocionado por el movimiento y el color.
—¿Quieres ir al agua con los tíos? —le preguntó Pau al oído.
—¡Agua! ¡Agua! —repitió Thiago con entusiasmo.
Pau miró a Leah buscando aprobación. Ella asintió y se acercó para ayudar a quitarle el disfraz de león, revelando un bañador diminuto con el dibujo de una pelota de fútbol. Pau se quitó la camiseta, mostrando su físico atlético, y entró en los escalones de la piscina con el bebé en brazos.
El contacto del agua fresca con la piel de Thiago provocó un chillido de deleite que se escuchó en todo el jardín. Pau lo sostenía con firmeza, moviéndolo suavemente mientras el niño chapoteaba con sus manos regordetas.
—¡Mira ese estilo! —comentó Alejandro Balde, que acababa de llegar—. Tiene mejor patada que algunos defensas de la liga, Pau.
—Es el ADN —respondió Pau con orgullo, levantando a Thiago en el aire mientras el agua goteaba de ambos—. Es el futuro del Barça, ¿a que sí?
La tarde avanzó entre risas, música de la película y una calidez humana que hacía olvidar las cámaras y la presión del fútbol profesional. Cuando llegó el momento de soplar la vela, todos se reunieron alrededor de la mesa principal. Leah encendió la pequeña vela con el número uno sobre el pastel de chocolate.
Pau y Leah se colocaron detrás de Thiago, que estaba sentado en su trona decorada con hojas de palmera. Los dos rodearon a su hijo, formando un escudo de amor.
—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz... —empezaron a cantar todos al unísono.
Thiago miraba la llama con los ojos muy abiertos, fascinado por el brillo. Leah tenía los ojos ligeramente empañados; recordaba el miedo que sintió cuando se enteró del embarazo a los dieciséis años, la incertidumbre de cómo reaccionarían sus familias y el mundo. Pero al mirar a su alrededor y ver a Pau, el hombre que nunca le había soltado la mano, y a su hijo sano y feliz, supo que cada lágrima y cada sacrificio habían valido la pena.
—Pide un deseo, amor —susurró Pau, aunque Thiago todavía no entendía el concepto.
Pau y Leah soplaron la vela juntos, y el jardín estalló en aplausos y gritos de alegría. Thiago, contagiado por la emoción, empezó a aplaudir también, haciendo que todos volvieran a reír.
—¡A comer pastel! —anunció Gavi, siendo el primero en acercarse con un plato.
Después del postre, mientras los invitados empezaban a relajarse en las zonas de sombra y los niños jugaban con los peluches gigantes, Pau y Leah se retiraron un momento a un rincón más tranquilo del jardín, cerca de unos rosales. Thiago se había quedado dormido en brazos de su abuela, agotado por ser el alma de la fiesta.
—Lo hemos logrado, Leah —dijo Pau, tomando su mano y entrelazando sus dedos—. Un año entero siendo padres. Y no nos hemos vuelto locos.
—Bueno, habla por ti —bromeó ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Yo todavía sueño con fórmulas químicas y pañales de colores. Pero sí, lo hemos logrado. Y ha sido el mejor año de mi vida.
Pau se detuvo y la obligó a mirarlo a los ojos. La luz del atardecer le daba un brillo dorado a la piel de Leah, haciéndola ver más hermosa que nunca.
—A veces me preocupa que te estés perdiendo cosas de tu edad por mi culpa, por este estilo de vida... —empezó a decir él, pero ella le puso un dedo en los labios.
—Pau Cubarsí, escúchame bien. No me estoy perdiendo nada. Estoy ganando un mundo entero. Tengo una carrera que me apasiona, un hijo que es un milagro y al hombre más increíble a mi lado. La gente de diecisiete años sale de fiesta y se preocupa por cosas que a mí ya me parecen lejanas. Mi fiesta está aquí, en este jardín, con ustedes.
Pau sonrió, sintiendo un nudo de gratitud en el pecho. Se inclinó y la besó con una pasión contenida, un beso que sellaba una promesa de futuro.
—Te amo tanto —susurró él contra sus labios.
—Y yo a ti.
La fiesta continuó hasta que el cielo se tiñó de violeta y naranja. Los invitados se fueron marchando poco a poco, todos con una sonrisa y comentando lo perfecta que había sido la organización. Lamine y Gavi fueron los últimos en irse, no sin antes prometerle a Thiago (que seguía durmiendo) que le enseñarían a regatear en cuanto supiera correr.
Cuando la casa volvió a quedarse en silencio, Pau y Leah subieron a su habitación. Dejaron a Thiago en su cuna, ya sin el bañador y con un pijama limpio. El pequeño suspiró en sueños, moviendo sus manitas como si todavía estuviera cazando mariposas en su sabana imaginaria.
Pau se quedó un momento observándolo, apoyado en la barandilla de la cuna.
—¿Sabes qué es lo más loco de todo esto? —preguntó Pau en voz baja.
Leah, que se estaba quitando los pendientes frente al espejo, lo miró a través del reflejo.
—¿Qué?
—Que hace un año yo estaba muerto de miedo en la sala de espera del hospital. Y ahora, no puedo imaginarme ni un solo minuto de mi día sin escuchar sus risas o sin planear qué vamos a hacer juntos. Me ha hecho mejor jugador, Leah. Me ha hecho mejor persona.
Leah se acercó a él y lo abrazó por la espalda, uniendo sus sombras en la pared de la habitación.
—Es el efecto Thiago —dijo ella suavemente—. Y esto es solo el principio. Imagina cuando empiece a hablar de verdad, o cuando quiera ir a verte jugar al estadio y entienda que ese chico que corre por la tele es su papá.
Pau sonrió, visualizando la escena. Se imaginó a Thiago con la camiseta del Barça, gritando desde la grada, y a Leah a su lado, orgullosa.
—Ese día —dijo Pau, volviéndose para abrazarla—, marcaré el gol más importante de mi vida. Y será para los dos.
Se quedaron allí, en el silencio acogedor de su hogar, sabiendo que fuera de esas cuatro paredes el mundo podía ser ruidoso y exigente, pero que dentro de ellas, el amor era la única ley que regía. El primer año de Thiago había sido una aventura increíble, y mientras se preparaban para dormir, ambos sabían que lo mejor estaba por venir. Porque no importaba la edad, ni la fama, ni el dinero; lo que realmente importaba era que eran un equipo, y en ese equipo, siempre ganaban.