Futbol
Primeros pasos y voces de aliento
El sol de la tarde bañaba el salón de la casa, creando un ambiente cálido y acogedor que invitaba a la calma, aunque en el hogar de los Cubarsí la palabra "calma" era un concepto relativo. Thiago, que ya había cumplido los diez meses, se encontraba en una etapa de descubrimiento frenético. Sentado sobre la alfombra de juegos, el pequeño explorador de ojos azules y cabello azabache golpeaba un tambor de juguete con una energía que hacía reír a sus padres.
Leah estaba sentada en el sofá con un iPad lleno de esquemas sobre el sistema nervioso central. Tenía un examen parcial de neurología en dos días, pero su atención se desviaba constantemente hacia la alfombra. A sus dieciocho años recién cumplidos, Leah había desarrollado una capacidad asombrosa para memorizar los pares craneales mientras vigilaba que su hijo no decidiera probar el sabor de las patas de la mesa.
—¿Cómo va el estudio, amor? —preguntó Pau, entrando desde la cocina con dos vasos de agua fría.
Pau se veía relajado. Llevaba unos pantalones cortos de entrenamiento y una camiseta básica que resaltaba sus hombros. A pesar de la presión constante de ser el central titular de uno de los mejores equipos del mundo, en casa siempre lograba desconectar. Para él, entrar por esa puerta significaba dejar de ser el "muro" del Barça para convertirse en el refugio de su familia.
—Bien, aunque el hipotálamo me está dando problemas hoy —respondió Leah con una sonrisa cansada, aceptando el vaso de agua—. Gracias, Pau. Justo lo que necesitaba.
Pau se sentó en el suelo, justo al lado de Thiago, quien al ver a su padre dejó el tambor de inmediato y soltó un grito de alegría.
—¡Pa-pa! —exclamó el bebé, gateando a toda velocidad hacia las piernas de Pau.
—¡Hola, campeón! —Pau lo levantó en el aire, haciéndolo volar un poco mientras Thiago soltaba una carcajada sonora—. ¿Has estado cuidando a mamá mientras yo no estaba?
Thiago empezó a balbucear con entusiasmo, una mezcla de sonidos ininteligibles que Pau fingía entender perfectamente.
—¿Ah, sí? ¿Te ha dado mucha lección de medicina? —rio Pau, sentando al niño entre sus piernas—. Leah, mira esto. Creo que tiene sed.
Thiago, viendo el vaso de agua que Pau había dejado en la mesa baja, estiró su manita regordeta y dijo con una claridad que dejó a ambos sorprendidos:
—¡Agüita! ¡Agüita!
Leah dejó el iPad a un lado, con los ojos muy abiertos.
—¿Lo has oído? —preguntó ella, arrodillándose en la alfombra junto a ellos—. ¡Ha dicho agüita! Hace unos días solo decía "aba", pero ahora lo ha pronunciado perfecto.
—Es un genio —sentenció Pau con orgullo, ayudando al bebé a beber un sorbo del vaso con mucho cuidado—. A este paso, nos va a corregir la táctica de juego antes de que empiece a ir al colegio.
Thiago, satisfecho tras el sorbo de agua, no se quedó tranquilo. Apoyó sus manos en las rodillas de su padre y, con un esfuerzo visible, empezó a impulsarse hacia arriba. Sus piernas, aunque todavía un poco inestables, tenían una fuerza sorprendente.
—Pau, mira... está intentando soltarse —susurró Leah, conteniendo el aliento.
Era un momento que ambos esperaban con ansias. Thiago ya se mantenía de pie si se apoyaba en el sofá o en la mesa, pero nunca se había atrevido a dar un paso sin ayuda. Pau se alejó unos centímetros, poniéndose de rodillas frente a él con los brazos abiertos.
—Ven aquí, Thiago. Tú puedes, ven con papá —lo animó con voz suave.
El bebé miró a su padre y luego a su madre. Leah le dedicó una sonrisa llena de ternura, transmitiéndole toda la confianza del mundo. Thiago soltó una de las manos de la rodilla de Pau, tambaleándose un poco. Su carita mostraba una concentración absoluta; sus cejas negras se fruncían de la misma manera que las de Pau cuando estaba a punto de realizar un pase largo.
—¡Tío! —gritó de repente Thiago, mirando hacia la puerta principal justo cuando se escuchó el sonido de una llave girando.
La puerta se abrió y aparecieron Lamine Yamal y Gavi, cargados con bolsas de una conocida cadena de comida rápida.
—¡Habéis llegado en el momento menos oportuno! —rio Leah, aunque se alegraba de verlos.
—¿Qué pasa? ¿Estamos interrumpiendo el entrenamiento del futuro Balón de Oro? —preguntó Gavi, dejando las bolsas en la barra de la cocina.
—¡Shhh! —Pau les hizo una señal para que guardaran silencio—. Está a punto de caminar.
Lamine y Gavi se quedaron congelados en la entrada, como si estuvieran jugando a las estatuas. Lamine, que tenía una conexión especial con el pequeño, se puso de cuclillas a unos metros.
—¡Vamos, Thiago! Si caminas, te enseño a hacer el gesto de la celebración —susurró Lamine con una sonrisa traviesa.
Thiago, motivado por la presencia de sus "tíos", finalmente soltó la otra mano. Durante un segundo que pareció eterno, se mantuvo en equilibrio por sí mismo en el centro de la alfombra. Sus pies descalzos se aferraban al tejido mientras sus brazos se agitaban como pequeñas alas para no caerse.
—¡Eso es, mi vida! —alentó Leah, con el corazón latiéndole deprisa.
Thiago dio el primer paso. Fue corto, vacilante, pero un paso real. Luego dio el segundo, y el tercero, avanzando directamente hacia los brazos de Pau. Cuando finalmente llegó y se desplomó contra el pecho de su padre, el salón estalló en vítores.
—¡SÍ! ¡VAMOS! —gritó Gavi, saltando como si acabaran de marcar un gol en la final de la Champions.
—¡Increíble! ¡Qué coordinación! —añadió Lamine, acercándose para chocarle los cinco al bebé, quien reía sin parar, contagiado por la euforia de los adultos.
Pau abrazó a su hijo con una fuerza contenida, llenándole la cara de besos.
—¡Lo has hecho, campeón! ¡Has caminado! —Pau miró a Leah, y ella vio que sus ojos brillaban de emoción—. ¿Has visto lo valiente que es?
Leah se unió al abrazo, rodeando a ambos. En ese momento, no importaba la fama, los contratos millonarios ni los exámenes difíciles. Eran simplemente dos padres jóvenes celebrando uno de los hitos más hermosos de la vida de su hijo.
—Ha dicho "tío" cuando habéis entrado —comentó Leah, mirando a Lamine y Gavi—. Os tiene totalmente identificados.
—Normal —dijo Gavi, sentándose en el sofá y cogiendo a Thiago en brazos—. Soy su tío favorito, el que le va a enseñar a entrar fuerte al balón sin que le piten falta.
—Ni se te ocurra —advirtió Pau, aunque se estaba riendo—. No quiero que mi hijo pase más tiempo en la enfermería que en el campo.
—Bueno, bueno, menos charla y más comida —intervino Lamine, abriendo las bolsas—. Hemos traído hamburguesas. Leah, sabemos que estás estudiando y Pau tiene que recuperar energías para el partido del domingo, así que hoy la cena corre por nuestra cuenta.
Se sentaron todos en la alfombra, rodeando la mesa baja, creando un ambiente de picnic improvisado. Thiago, sentado en su trona, recibía pequeños trozos de pan y trocitos de fruta, mientras observaba con fascinación cómo los mayores hablaban y reían.
—¿Cómo llevas la carrera, Leah? —preguntó Lamine con interés genuino—. Mi madre dice que lo que haces es de superhéroes. Estudiar medicina y cuidar a este terremoto... yo no podría.
Leah sonrió, apartándose un mechón de pelo negro de la cara.
—Es cansado, no te voy a mentir. Hay días en los que siento que el cerebro no me da para más, pero Pau me ayuda muchísimo. Cuando él llega de entrenar, se encarga de todo para que yo pueda irme a la biblioteca o simplemente dormir un par de horas. Somos un equipo, ¿verdad, Pau?
Pau asintió mientras le daba un mordisco a su hamburguesa.
—Ella es la que hace el trabajo difícil —dijo él, mirando a Leah con una admiración que no intentaba ocultar—. Yo solo corro detrás de una pelota. Ella está aprendiendo a salvar vidas. A veces me siento mal por no poder estar más tiempo, especialmente cuando tenemos partidos fuera, pero sé que Leah puede con todo. Es la mujer más inteligente que conozco.
—¡Tío! ¡Tío! —insistió Thiago, extendiendo sus manos hacia Gavi.
—Dime, fiera —respondió Gavi, dándole un trocito de manzana—. ¿Quieres que te cuente cómo tu padre casi se cae hoy en el rondo?
—¡Oye! —protestó Pau entre risas—. Eso fue porque el césped estaba demasiado mojado.
—Excusas de defensa —bromeó Lamine—. La verdad es que Thiago ya tiene mejor equilibrio que tú. ¿Has visto cómo ha dado esos pasos? Ni un central de la Premier tiene esa estabilidad.
La cena transcurrió entre anécdotas del vestuario y planes para el futuro. Hablaron de las próximas vacaciones, de cómo querían llevar a Thiago a ver a sus abuelos al pueblo y de la posibilidad de que Leah hiciera sus prácticas en algún hospital de Barcelona para no tener que alejarse mucho de casa.
A pesar de ser tan jóvenes, la madurez que destilaban Pau y Leah era evidente. Habían construido un hogar basado en el respeto mutuo y en la devoción por su hijo. La posición económica de Pau les daba una tranquilidad que muchos otros padres jóvenes no tenían, pero la humildad con la que vivían era lo que realmente los hacía especiales. No tenían niñeras las veinticuatro horas ni vivían en una burbuja de cristal; preferían cambiar ellos mismos los pañales y disfrutar de cada "agüita" y cada primer paso.
Cuando terminó la cena, Lamine y Gavi ayudaron a recoger todo, algo que siempre hacían cuando iban de visita. Sabían que Leah necesitaba cada minuto disponible para estudiar.
—Bueno, familia, nos vamos —dijo Lamine, dándole un beso en la frente a Thiago, que ya empezaba a frotarse los ojos por el sueño—. Mañana hay entreno temprano y Xavi no perdona ni un minuto.
—Gracias por venir, de verdad —dijo Leah, acompañándolos a la puerta—. Le habéis alegrado el día a Thiago.
—Y a nosotros —añadió Gavi—. Ver a este pequeño caminar ha sido mejor que ganar un derbi. ¡Nos vemos mañana, Pau!
Cuando los chicos se fueron, la casa recuperó su silencio acogedor. Pau se encargó de bañar a Thiago mientras Leah repasaba mentalmente los nervios craneales. El sonido del agua y las risas del bebé desde el baño eran la mejor banda sonora para su estudio.
Un rato después, Pau salió del baño con Thiago envuelto en una toalla con capucha de orejitas de oso. El bebé estaba relajado, con la piel blanca un poco rosada por el agua caliente.
—Ya está listo para el aterrizaje —susurró Pau, acercándose a Leah.
Ella dejó el iPad y se acercó para darle el beso de buenas noches a su hijo. Thiago, ya medio dormido, apoyó su cabecita en el hombro de su madre y soltó un suspiro de satisfacción.
—Ha sido un gran día —dijo Leah en voz baja, acariciando la espalda del bebé.
—El mejor —coincidió Pau—. Ha dicho dos palabras nuevas y ha caminado. Siento que el tiempo vuela, Leah. A veces tengo miedo de parpadear y que ya esté pidiéndome las llaves del coche.
—Disfruta el ahora, Pau. Mira lo feliz que es.
Pau llevó a Thiago a su cuna y lo acostó con una delicadeza infinita. Se quedó unos minutos observándolo, asegurándose de que estuviera cómodo. Cuando regresó al salón, se encontró a Leah cerrando sus libros.
—¿Ya terminas por hoy? —preguntó él.
—Sí, creo que mi cerebro ha llegado al límite —admitió ella, estirando los brazos—. Además, quiero celebrar esos pasos con su padre.
Pau sonrió y la atrajo hacia él en un abrazo cálido. Se quedaron así, balanceándose suavemente en el centro del salón, donde apenas una hora antes su hijo había hecho historia personal.
—Estoy muy orgulloso de nosotros —murmuró Pau contra su cabello—. Sé que la gente hablaba al principio, que decían que éramos demasiado jóvenes, que no sabíamos en lo que nos metíamos...
—Pero aquí estamos —lo interrumpió Leah, mirándolo a los ojos—. Con un hijo que camina, que habla y que es el bebé más feliz del mundo. Y con un amor que solo crece cada día.
Pau la besó con ternura, un beso que sabía a victoria y a promesa.
—Mañana voy a intentar marcar un gol —dijo él—. Y cuando lo haga, voy a señalarme los pies y luego haré el gesto de caminar. Solo nosotros sabremos qué significa.
Leah se rió, imaginando la escena.
—Thiago se volverá loco cuando lo vea en la tele.
—Y yo me volveré loco por volver a casa con ustedes —concluyó Pau.
Esa noche, mientras la ciudad de Barcelona dormía bajo el manto de las estrellas, en la casa de los Cubarsí reinaba una paz absoluta. Thiago soñaba con pasos gigantes y ríos de agüita, mientras sus padres, dos jóvenes valientes que habían decidido apostar por la vida, descansaban abrazados, listos para enfrentar cualquier reto que el mañana les tuviera preparado. Porque cuando el amor es el motor, no hay camino demasiado largo ni paso demasiado pequeño.