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Futbol

Dulces tentaciones y el guardián del área

El sol de la mañana entraba con fuerza en el apartamento de Pau, pero el ambiente dentro era de una calma tensa, casi como los minutos previos a un Clásico. Lia estaba sentada en la isla de la cocina, balanceando sus piernas con energía, mientras sostenía con una mano su teléfono y con la otra una bolsa de gomitas ácidas recubiertas de azúcar que brillaban bajo la luz. Sus labios carnosos estaban ligeramente teñidos de un rojo artificial y sus ojos brillaban con la astucia de quien sabe que está a punto de ser regañado.

Pau, que acababa de regresar de un entrenamiento regenerativo en la Ciudad Deportiva, la observaba desde el marco de la puerta. Aún llevaba la sudadera del club y su cabello castaño estaba algo revuelto. Sus mejillas, siempre un poco redondeadas, se inflaron un poco mientras dejaba escapar un suspiro de resignación.

— Lia, amor, son las once de la mañana —dijo Pau, acercándose con paso lento pero firme—. No puedes desayunar ositos de goma y regalices. Ayer ya te terminaste esa caja de bombones que te trajo tu representante.

Lia ni siquiera levantó la vista de la pantalla, aunque una sonrisa traviesa curvó sus labios. Con una elegancia natural, se llevó otra gomita a la boca y masticó con lentitud deliberada.

— No es desayuno, Pau, es un "snack" energético —respondió ella, usando ese tono dulce que sabía que desarmaba al defensa—. Además, el azúcar es bueno para el cerebro. Tengo que editar tres videos hoy y necesito que mis neuronas estén... *ppalli ppalli*, ¡rápidas!

Pau llegó hasta ella y, con una suavidad que desmentía su intención, puso su mano sobre la bolsa de dulces para intentar retirarla.

— Tus neuronas van a tener un colapso antes del mediodía —insistió él, mirándola a los ojos con esa expresión tierna y protectora—. Eres mi niña y quiero que estés sana. No quiero que luego te duela la tripa o que no puedas dormir por el subidón de azúcar. Venga, dame eso.

Lia reaccionó con la agilidad de un extremo intentando regatear a un central. Abrazó la bolsa contra su pecho y se escurrió del taburete, refugiándose detrás de la mesa del comedor.

— ¡Ni lo pienses, Cubarsí! —exclamó ella, soltando una risita argentina—. Eres un exagerado. Porque tú comas pollo a la plancha y brócoli cinco veces a la semana no significa que el resto del mundo deba sufrir. ¡Es mi combustible!

Pau se cruzó de brazos, intentando mantener una postura seria, aunque la visión de Lia, tan pequeña y decidida, lo hacía querer sonreír.

— No es sufrir, Lia. Es cuidarse. Sabes que soy consentidor contigo, te compro todo lo que me pides, te llevo a donde quieras... pero esto es por tu bien. A ver, ¿qué dice tu madre cuando te ve comer así?

Lia arrugó la nariz, haciendo que sus largas pestañas revolotearan.

— Mi madre no está aquí, está en Seúl. Y aquí el que manda en la cocina se supone que soy yo cuando te cocino *bulgogi* —replicó ella con un guiño—. No seas tan "ajusshi", Pau. No seas un viejo gruñón.

Pau soltó una carcajada y empezó a rodear la mesa, tratando de acorralarla.

— ¿"Ajusshi"? ¿Me estás llamando señor mayor solo porque no quiero que te salgan caries? —Pau se lanzó a atraparla por la cintura, pero Lia era rápida.

— *¡Sireo!* —gritó ella en coreano, que significaba un "no quiero" rotundo—. ¡Pau, suéltame! ¡Es mi tesoro!

— Solo una más y guardamos la bolsa —negoció él, logrando finalmente rodear su cintura de avispa con sus brazos fuertes—. Vamos, Lia, no seas terca. Si me das la bolsa, te prometo que luego te preparo ese batido de frutas que tanto te gusta. El de fresas naturales.

Lia se quedó quieta un momento, atrapada contra el pecho de Pau. Podía sentir el calor que emanaba de él y el olor a jabón limpio y esfuerzo físico. Se giró entre sus brazos, quedando cara a cara. Sus ojos asiáticos lo miraron con una mezcla de adoración y rebeldía.

— El batido de fresas está bien —cedió ella, aunque sus dedos seguían apretando el plástico de la bolsa—, pero quiero que le pongas un poco de leche condensada. Solo un poquito.

Pau negó con la cabeza, divertido, y le dio un beso corto en la punta de la nariz.

— Ni hablar. Leche de avena o yogur griego. Nada de bombas de azúcar líquida.

Lia hizo un puchero exagerado, proyectando sus labios hacia fuera de una forma que Pau encontraba irresistible. Ella sabía perfectamente que sus "cachetes" eran su debilidad, pero ella también tenía sus armas.

— Eres un dictador, Pau Cubarsí. Un dictador muy guapo, pero un dictador al fin y al cabo —susurró ella, dejando que él finalmente le quitara la bolsa de las manos—. En Corea, los novios dejan que sus novias coman todo el bingsu que quieran.

— Pues en Barcelona, los novios cuidan a sus novias para que no tengan que ir al dentista cada dos semanas —respondió él, caminando hacia la alacena más alta de la cocina para esconder el botín—. Aquí se queda, bajo llave mental.

Lia se cruzó de brazos, apoyándose contra la encimera mientras lo veía guardar sus dulces.

— Te lo advierto, voy a encontrar el escondite —amenazó ella con una sonrisa astuta—. Soy una influencer, Pau. Mi trabajo es investigar y encontrar cosas. No hay defensa en el mundo que pueda detener a Lia Kim cuando quiere chocolate.

Pau se giró, apoyando las manos a ambos lados de Lia, encerrándola en un espacio pequeño y cargado de ternura. Sus ojos se encontraron y, por un momento, el juego del azúcar quedó en segundo plano.

— Me gusta que seas así de guerrera —admitió él en voz baja, con ese tono cariñoso que solo usaba cuando estaban a solas—. Pero de verdad, mi niña, me preocupo por ti. No quiero que te sientas mal.

Lia suavizó su expresión. Estiró una mano para acariciar la mejilla de Pau, maravillándose de lo suave que era a pesar de que ya empezaba a notarse la sombra de una barba muy fina.

— Lo sé, Pau. Sé que eres el chico más tierno del mundo. Pero es que el dulce me hace feliz. Es como... como cuando tú marcas un gol o haces una entrada perfecta. Es mi pequeña victoria del día.

Pau suspiró, sintiéndose derrotado por la lógica de su novia.

— Está bien —dijo él, rindiéndose a medias—. Haremos un trato. Un trato serio, como un contrato profesional.

Lia arqueó una ceja, interesada.

— Te escucho, agente Cubarsí.

— Podrás comer algo dulce después de la cena, pero solo si durante el día has comido comida de verdad. Nada de saltarse el almuerzo por estar editando y luego compensar con azúcar. Y yo elegiré la cantidad.

Lia lo meditó por un segundo. Sus ojos brillaron con malicia.

— Acepto, pero con una condición adicional —dijo ella, rodeando el cuello de Pau con sus brazos—. Por cada dulce que me quites, tienes que compensarme con algo igual de dulce.

— ¿Ah, sí? ¿Y qué sería eso? —preguntó él, sonriendo de oreja a oreja.

Lia se puso de puntillas y le susurró al oído con voz juguetona:

— *Kkiseu*. Muchos besos. Y me tienes que decir palabras bonitas en coreano. Sin equivocarte en las vocales.

Pau soltó una carcajada que resonó en toda la cocina. La atrajo más hacia él, sintiendo la fragancia de su cabello ondulado.

— Eso es trampa, Lia. Sabes que eso lo haría de todas formas, con o sin dulces de por medio.

— Entonces es un trato perfecto para ambos —concluyó ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. Ahora, mueve esos músculos de defensa central y prepárame ese batido. Pero que sepas que he visto dónde has guardado la bolsa.

Pau se rió mientras sacaba la licuadora y las frutas de la nevera. A pesar de sus intentos por ser el responsable de la relación, sabía que Lia siempre encontraba la forma de salirse con la suya, aunque fuera a medias. La veía sentarse de nuevo, esta vez con una manzana que él le había puesto delante, y cómo empezaba a teclear en su teléfono con una sonrisa de satisfacción.

— ¡Pau! —llamó ella de repente.

— ¿Qué pasa?

— Acabo de subir una historia diciendo que mi novio me ha confiscado las chuches. Mis fans están diciendo que eres un "oppa" muy estricto.

Pau se detuvo, con una fresa en la mano, y la miró con fingida indignación.

— ¿Un "oppa" estricto? Solo intento que no te conviertas en un terrón de azúcar andante.

— Demasiado tarde —dijo ella, guiñándole un ojo—. Ya soy lo más dulce que vas a tener en tu vida.

Pau no pudo evitar sonreír mientras negaba con la cabeza. Era verdad. Lia Kim era un torbellino de energía, azúcar y astucia coreana que había puesto su mundo del revés. Y aunque tuviera que pelear cada mañana por una bolsa de gomitas, no cambiaría a su "niña" por nada del mundo.

— *Saranghae*, pequeña glotona —dijo él, poniendo en marcha la licuadora.

— *Nado saranghae*, mi guardia personal —respondió ella, mientras le lanzaba un beso al aire, planeando ya cómo convencerlo de ir por un helado esa misma tarde.