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Futbol

Bajo el peso de la preocupación

La tarde en el piso de Pau se sentía inusualmente pesada. El sol de Barcelona, que solía ser el cómplice perfecto para las risas de la pareja, hoy parecía brillar con una intensidad molesta a través de los ventanales. Pau estaba sentado en el borde de la cama, observando a Lia. Su "niña", siempre tan llena de energía, tan *ppalli ppalli* como ella decía, estaba tumbada sobre el edredón, pálida y con la mirada perdida en el techo.

— Lia, cariño, no me gusta nada esa cara que tienes —dijo Pau, acercándose para ponerle una mano en la frente—. Estás sudando, pero tienes la piel fría. ¿Te duele algo?

— Solo tengo sed, Pau... mucha sed —susurró ella con la voz pastosa—. Y me siento como si hubiera corrido un maratón con tus compañeros de equipo, pero sin moverme de aquí.

Pau frunció el ceño. Sus mejillas, que solían encenderse de risa, estaban ahora rígidas por la ansiedad. Recordó la bolsa de gomitas de la mañana y todos los dulces que Lia, con su astucia de influencer, lograba ocultar en los rincones más insospechados de la casa. Ella siempre decía que era su "combustible", pero verla así, tan frágil y desvaída, le encendió todas las alarmas.

— Llevas bebiendo agua toda la tarde y has ido al baño mil veces —comentó él, tratando de mantener la voz firme para no asustarla—. Vamos a ir al médico. Ahora mismo.

— No, Pau, no seas exagerado —protestó ella, intentando incorporarse, pero un mareo la obligó a cerrar los ojos y dejarse caer de nuevo—. Será el calor. O quizás que no dormí bien editando el video de ayer. No quiero ir a urgencias y que alguien nos reconozca. Mañana estaré bien.

Pau no aceptó un no por respuesta. A sus diecinueve años, el defensa central del Barça había aprendido que los problemas no se ignoran, se cortan de raíz antes de que lleguen al área pequeña. Se levantó, buscó un cárdigan para ella y sus llaves.

— No es una pregunta, Lia. Es una orden de tu "guardia personal" —dijo él con una mezcla de ternura y autoridad—. Te voy a bajar en brazos si hace falta, pero no voy a dejar que pases la noche así. Te ves agotada, mi niña.

Con mucho cuidado, la ayudó a calzarse. Lia estaba tan débil que apenas podía oponer resistencia. En el trayecto al hospital, ella se apoyó en su hombro, cerrando los ojos mientras Pau conducía con una mano y le apretaba la suya con la otra. El silencio en el coche era tenso, roto solo por la respiración agitada de la chica.

Al llegar al centro médico, Pau usó su gorra para pasar lo más desapercibido posible, aunque en ese momento poco le importaba la prensa o los fans. Su prioridad absoluta era la chica de dieciséis años que caminaba arrastrando los pies a su lado. Tras explicar los síntomas —sed excesiva, fatiga extrema, visión borrosa—, los pasaron rápidamente a una sala de observación.

— Vamos a hacerle una prueba de glucemia capilar, Lia —dijo una enfermera amable—. Solo es un pinchacito en el dedo.

Pau le tomó la mano libre con fuerza mientras la enfermera realizaba la prueba. Lia ni siquiera se quejó del pinchazo; estaba demasiado ensimismada en su propio malestar. El pequeño aparato pitó a los pocos segundos y la expresión de la enfermera cambió instantáneamente a una de seriedad profesional.

— Tienes el azúcar muy alto, jovencita. Casi en 400 —informó la mujer, mirando a Pau—. Vamos a tener que ponerle una vía con insulina y suero para estabilizarla. El médico vendrá en seguida.

Pau sintió un vuelco en el corazón. Sabía que los niveles normales eran mucho más bajos. Miró a Lia, que parecía procesar la información con lentitud.

— ¿400? —repitió ella en un hilo de voz—. Pero si solo comí unas cuantas chuches...

— No es solo por lo de hoy, Lia —dijo el doctor al entrar en la sala unos minutos después, tras revisar los primeros análisis—. Soy el doctor Martínez. Pau, Lia, tenemos que hablar seriamente. Los resultados indican que el cuerpo de Lia no está procesando la glucosa correctamente. Estás en un estado de prediabetes muy avanzado, rozando la diabetes tipo 2.

El mundo pareció detenerse para ambos. Lia, la chica sociable, la influencer que siempre tenía una respuesta graciosa, se quedó muda. Sus ojos se llenaron de lágrimas que empezaron a resbalar por su piel blanca.

— ¿Prediabetes? —preguntó Pau, apretando la mano de su novia—. Pero si es muy joven. Es deportista, se mueve mucho...

— La genética y la dieta juegan un papel fundamental —explicó el médico con calma—. El consumo excesivo de azúcares procesados ha llevado a su páncreas al límite. Si no hacemos un cambio radical ahora mismo, esto será crónico y tendrá que depender de medicación de por vida.

Lia sollozó, escondiendo el rostro en el pecho de Pau. Él la rodeó con sus brazos, protegiéndola del diagnóstico, del miedo y de la realidad. Se sentía culpable. Culpable por haber sido tan "consentidor", por haber cedido ante sus pucheros y sus palabras dulces en coreano cuando ella le pedía postres o golosinas.

— Todo va a estar bien, mi niña —susurró él contra su cabello, aunque su propia voz temblaba—. Aquí estoy yo. No te va a pasar nada.

— Es mi culpa, Pau —dijo ella entre sollozos, hablando en una mezcla de español y coreano—. *Naneun baboya*... Soy tonta. Me decías que parara y no te hice caso. Solo quería mis dulces...

— No eres tonta, solo eres una niña que disfruta de la vida —la consoló él, aunque su mirada hacia el doctor pedía instrucciones—. Doctor, ¿qué tenemos que hacer? Lo que sea. Yo me encargo de que cumpla todo.

El médico les dio una lista de pautas: dieta estricta, control de carbohidratos, nada de azúcares refinados y ejercicio controlado. Lia escuchaba todo como si fuera una sentencia de cárcel. Para alguien que amaba los vlogs de comida y los dulces coreanos coloridos, aquello sonaba al fin del mundo.

Pasaron un par de horas hasta que el suero y la insulina hicieron efecto. El color volvió poco a poco a las mejillas de Lia y el brillo de sus ojos, aunque empañado por la tristeza, regresó. Cuando finalmente les dieron el alta con la condición de volver para un seguimiento estricto, el viaje de vuelta fue muy diferente.

Lia miraba por la ventana, en silencio. Pau conducía concentrado, con la mandíbula apretada. Al llegar a casa, él la ayudó a subir y la instaló en el sofá con una manta.

— Pau... —dijo ella cuando él regresó de la cocina con un vaso de agua y una manzana verde—. ¿Me vas a dejar?

Pau se detuvo en seco, dejando el vaso sobre la mesa. Se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.

— ¿Por qué dices esa tontería, Lia Kim?

— Porque ahora soy "complicada" —respondió ella con un puchero real, esta vez de tristeza—. Ya no podremos ir a probar pastelerías para mis videos, ni podré comer las cosas ricas que me traes. Ahora soy una carga. Tienes que entrenar, jugar partidos importantes... no tienes por qué estar cuidando a una niña que ni siquiera sabe comer bien.

Pau le tomó la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus pulgares acariciaron esos labios carnosos que ahora temblaban de inseguridad.

— Escúchame bien —dijo él con una seriedad impropia de sus diecinueve años—. Eres mi novia. Eres mi niña. Te quiero por quién eres, no por lo que comes o dejas de comer. Si tenemos que cambiar la dieta, la cambiamos los dos.

— ¿Los dos? —Lia parpadeó, sorprendida—. Pero tú eres un atleta, tú necesitas tus carbohidratos y tus cosas...

— Yo ya como sano por mi trabajo, pero ahora seré más estricto —afirmó Pau con una sonrisa tierna—. Si tú no comes azúcar, yo tampoco. Si tú tienes que salir a caminar después de cenar para bajar la glucosa, yo iré contigo. Seré tu entrenador personal, además de tu novio. No estás sola en esto, Lia. Nunca.

Lia se lanzó a sus brazos, llorando de nuevo, pero esta vez de alivio. Se sentía tan afortunada de tener a ese chico "cachetón" y tierno que, a pesar de ser una estrella del fútbol mundial, ponía su salud por encima de todo.

— Gracias, Pau... *Gomawo* —susurró ella contra su cuello—. Prometo que me portaré bien. No más escondites de chuches.

— Eso espero —dijo él, separándose un poco para mirarla con picardía—. Porque mañana mismo voy a hacer una limpieza general en esta casa. Voy a encontrar hasta la última gomita que tengas escondida.

Lia soltó una risita floja, la primera de la noche.

— Vas a tardar mucho, Cubarsí. Soy muy buena escondiendo cosas.

— Y yo soy muy buen defensa, Lia. Mi trabajo es interceptar peligros —respondió él, dándole un beso largo en la frente—. Ahora, a dormir. Mañana empieza nuestra nueva rutina.

Esa noche, Pau no se separó de ella. Se quedó vigilando su sueño, asegurándose de que su respiración fuera rítmica y tranquila. Mientras la observaba, buscó en su móvil recetas saludables y consejos para prediabéticos. No le importaba el esfuerzo extra.

A la mañana siguiente, Lia se despertó con el olor a café recién hecho... pero sin azúcar. Encontró a Pau en la cocina, con varias bolsas de basura y una determinación de hierro.

— He encontrado estas debajo del sofá —dijo él, sosteniendo una bolsa de nubes de azúcar—. Y estas en el cajón de los calcetines. ¿En serio, Lia? ¿En los calcetines?

Lia se sonrojó, bajando la mirada mientras se acercaba a la cocina.

— Parecía un lugar seguro —murmuró ella, avergonzada.

— Pues ya no hay lugares seguros para el azúcar en esta casa —sentenció Pau, tirando las bolsas a la basura con un gesto definitivo—. A cambio, te he preparado un desayuno de campeona. Yogur natural con nueces y un poco de canela. La canela ayuda a regular el azúcar, lo he leído anoche.

Lia se sentó a la mesa, mirando el cuenco. No era el desayuno colorido al que estaba acostumbrada para sus fotos de Instagram, pero al ver a Pau allí, con su sudadera del Barça y esa mirada llena de amor y cuidado, sintió que no necesitaba nada más.

— Sabes, Pau... —dijo ella, tomando una cucharada—. Creo que tienes razón. Eres un "ajusshi" muy mandón, pero eres el mejor medicina que podría tener.

Pau se rió, sentándose frente a ella.

— Y tú eres la paciente más rebelde, pero te voy a curar aunque tenga que aprender coreano médico.

Lia estiró la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de él. La situación era seria, y sabía que el camino sería difícil, especialmente con las tentaciones que su estilo de vida de influencer le presentaba. Pero al mirar a Pau, vio una roca, un refugio seguro.

— ¿Cómo se dice "te voy a vigilar" en coreano? —preguntó Pau con curiosidad.

— *Naega jikyeobol geoya* —respondió ella con una sonrisa—. Pero mejor aprende a decir "eres valiente".

— *Eres valiente* —repitió él en español, besándole la mano—. Y eres mi niña. Y vamos a ganar este partido, Lia. Te lo prometo por el escudo que llevo en el pecho.

Lia asintió, sintiéndose por primera vez en muchas horas realmente tranquila. El azúcar podía estar alto, pero el amor de Pau estaba a un nivel que ninguna escala médica podía medir. La vida de influencer de Lia Kim estaba a punto de cambiar hacia un contenido mucho más saludable, y Pau Cubarsí, el defensa estrella, estaba listo para ser el capitán de ese nuevo equipo.