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Futbol

El pequeño milagro de los ojos esmeralda

El salón de la casa de los Cubarsí-Kim ya no olía solo a las cremas faciales de Lia o al perfume deportivo de Pau. Ahora, el aroma predominante era una mezcla dulce de polvos de talco, leche tibia y ese olor característico a bebé limpio que parecía impregnar cada rincón. Sobre la alfombra de juegos, rodeado de peluches de dragones coreanos y balones de fútbol diminutos, se encontraba el centro del universo de ambos: el pequeño Ji-hoon.

A sus seis meses, el bebé era una obra de arte viviente. Tenía la piel blanca y tersa de su madre, casi como porcelana, y los ojos rasgados que delataban su herencia coreana. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de cualquiera que lo viera era el color de sus pupilas: un verde intenso y brillante, heredado directamente de Pau, que contrastaba de forma hipnótica con su fisionomía asiática. Y, para deleite de su padre, Ji-hoon era un bebé rollizo, con unos cachetes tan grandes y sonrosados que daban ganas de morderlos a cada segundo.

Pau estaba tumbado boca abajo en la alfombra, frente a su hijo, ignorando completamente que en un par de horas tenía que estar en el Camp Nou para un partido crucial.

— Mira esto, Lia —susurró Pau, con una voz cargada de una ternura que derretía a cualquiera—. Ha intentado decir "Appa" otra vez. Te lo juro, me ha mirado fijo con esos ojos verdes y ha soltado un "Pa-pa".

Lia se acercó desde la cocina, secándose las manos en un paño. A pesar de haber sido madre hace poco, lucía radiante; su cintura de avispa había vuelto a su sitio y su cabello ondulado caía con elegancia sobre sus hombros. Se inclinó sobre los dos hombres de su vida y besó la coronilla de Pau antes de pellizcar suavemente un cachete del bebé.

— Pau, amor, ayer dijiste que había dicho "gol" y antes de ayer que te pidió que le pasaras el mando de la Play —rio ella, sentándose junto a ellos—. Ji-hoon solo está haciendo ruiditos porque tiene hambre. Es un glotón, igual que su madre.

— No le quites mérito al niño, mi niña —protestó Pau, incorporándose para sentar al bebé sobre sus piernas—. Es un superdotado. Mira cómo agarra el balón de peluche. Tiene un agarre de central veterano. Nadie le va a robar la merienda en el colegio.

Ji-hoon, al sentir el contacto de su padre, soltó una carcajada sonora, mostrando sus encías rosadas y haciendo que sus ojitos rasgados se cerraran casi por completo. Sus piernas gorditas, llenas de pliegues que Pau llamaba "michelines de la suerte", no paraban de agitarse.

— *Aigoo, uri agi* —arrulló Lia en coreano, tomándole las manitas al bebé—. Eres lo más lindo que ha hecho esta familia, aunque tu padre se crea que vas a debutar en el primer equipo la semana que viene.

— Bueno, técnicamente —dijo Pau con una sonrisa traviesa, mientras le daba besos ruidosos al bebé en el cuello—, ya es socio del club desde que nació. El carnet está enmarcado en su habitación. Solo le falta crecer unos cuantos centímetros y aprender a hacer un marcaje al hombre.

Lia negó con la cabeza, divertida. Recordaba lo mucho que Pau le había insistido con tener un hijo cuando ella tenía dieciséis años. En aquel entonces, le parecía una locura, un sueño lejano de un chico enamorado. Pero ahora, viéndolos juntos, entendía que Pau siempre tuvo razón. Ser padres jóvenes no había sido fácil, especialmente con la carrera de él en ascenso y la de ella como influencer, pero Ji-hoon había llegado para darles un propósito que el fútbol o las redes sociales jamás podrían igualar.

— ¿Sabes qué es lo que más me gusta? —preguntó Pau, mirando a Lia con intensidad.

— ¿Que tiene tus mismos cachetes? —aventuró ella.

— No, bueno, eso también —admitió él—. Pero me encanta que tenga tus ojos, esa forma tan linda que tienes de mirar, pero con el color de los míos. Es como si estuviéramos mezclados de verdad en él. Es nuestro mejor "match".

Lia sintió ese calorcito en el pecho que solo Pau lograba provocar. Se acercó y apoyó la cabeza en el hombro de su novio, observando cómo el bebé intentaba meterse el pulgar de Pau en la boca.

— Es perfecto, Pau. Aunque nos despierte a las tres de la mañana con sus gritos de "quiero leche ahora mismo o quemo la casa".

— Eso es carácter coreano, lo ha heredado de ti —bromeó Pau—. Cuando te pones en plan *ppalli ppalli* porque no encuentras tu cámara, das el mismo miedo que él cuando tiene hambre.

— ¡Oye! —Lia le dio un empujón amistoso—. Yo soy mucho más civilizada. Por cierto, hoy vienen Lamine y Gavi después del partido. Quieren traerle un regalo a "el heredero", como lo llaman ellos.

Pau suspiró, imaginando el caos.

— Gavi lo va a terminar enseñando a dar patadas antes de que aprenda a caminar. La última vez que vino, intentó ponerle un video de sus mejores entradas en el campo. Decía que Ji-hoon tenía que aprender "intensidad".

— Mientras no le enseñen las palabras que tú aprendiste en coreano, me doy por satisfecha —replicó Lia, levantándose para coger al bebé en brazos—. Ji-hoon es un bebé educado. Va a ser un caballero, como su "Appa".

Pau se levantó también, rodeando a ambos con sus brazos fuertes. En ese pequeño círculo de amor, el tiempo parecía detenerse. El defensa del Barça, que cada semana se enfrentaba a la presión de miles de personas, encontraba su verdadera paz allí, entre los balbuceos de un bebé gordito y la sonrisa de la mujer que amaba.

— Te quiero, Lia —susurró él, besándola con ternura—. Gracias por darme a mi niño.

— Y yo a ti, Pau. Gracias por ser el mejor "Appa" del mundo, aunque seas un consentidor incorregible.

— Alguien tiene que serlo —dijo él, guiñándole un ojo al bebé—. ¿Verdad, campeón? Dile a mamá que cuando seas grande te voy a comprar todos los dulces coreanos que ella no me dejaba comer.

Ji-hoon respondió con un gruñido alegre y una burbuja de saliva, lo que para Pau fue, sin duda alguna, una confirmación absoluta de su plan. Lia solo pudo reír, sabiendo que, en aquella casa, el azúcar y el amor siempre estarían en niveles muy, muy altos.