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Futbol

El sueño de los patucos y el "Appa" en prácticas

El sol de la primavera barcelonesa entraba a raudales por el ventanal del salón, iluminando el rostro de Lia mientras terminaba su rutina de cuidado de la piel frente a la cámara de su teléfono. A sus dieciséis años, su piel era un lienzo de porcelana, y sus labios carnosos brillaban con un bálsamo de cereza que no tenía azúcar, cumpliendo estrictamente con su nueva dieta. Pau la observaba desde el sofá, pero su mente no estaba en el fútbol ni en el próximo partido contra el Real Madrid. Sus ojos estaban fijos en un pequeño anuncio de televisión que mostraba a un bebé gateando hacia una pelota de peluche.

— Lia —llamó Pau con esa voz suave que siempre lograba que ella dejara de hacer cualquier cosa.

— Dime, cachetón —respondió ella, apagando el aro de luz y acercándose a él con su andar grácil y su cintura de avispa balanceándose levemente.

— Estaba pensando... —Pau hizo una pausa, y sus mejillas se redondearon aún más al sonreír con timidez—. ¿No crees que la casa se siente un poco vacía?

Lia arqueó una ceja, sentándose a su lado y apoyando la cabeza en su hombro.

— ¿Vacía? Pau, si entre tus botas de fútbol, mis trípodes, las cámaras y los suplementos de salud, apenas cabemos nosotros. Además, siempre estamos rodeados de gente.

— No me refiero a eso, mi niña —dijo él, rodeándola con un brazo y atrayéndola hacia su pecho—. Me refiero a... alguien pequeño. Un mini-Pau o una mini-Lia. Alguien que corra por aquí con una camiseta del Barça y que hable coreano y catalán al mismo tiempo.

Lia se tensó sutilmente, aunque no se apartó. Sabía perfectamente a dónde iba esto. En los últimos meses, desde que su salud se había estabilizado y su relación cumplía un año y medio de pura entrega, Pau había desarrollado una fijación adorable, pero persistente, con la paternidad.

— Pau, amor, ya lo hemos hablado —susurró ella, levantando la vista para encontrarse con esos ojos tiernos—. Tengo dieciséis años. Tú tienes diecinueve. Somos... bueno, tú eres un bebé grande todavía.

— ¡No soy un bebé! —protestó él, fingiendo indignación mientras le hacía cosquillas en los costados—. Soy un hombre responsable, juego en primera división, te cuido con tu azúcar, soy un excelente novio... ¡sería un padre increíble, Lia! Imagínatelo.

Pau se levantó de un salto, entusiasmado, y empezó a gesticular como si estuviera dando una charla técnica en el vestuario.

— Yo le enseñaría a defender, a leer el juego. Y tú le enseñarías a ser influencer, a posar, y por supuesto, todo el coreano del mundo. Sería el niño más guapo y listo de toda Barcelona. Por favor, Lia... piénsalo. Solo un bebé.

Lia soltó una carcajada argentina, tapándose la boca con la mano. Ver a Pau Cubarsí, el defensa central que secaba a los mejores delanteros de Europa, rogando por un bebé como si pidiera un juguete nuevo, era la cosa más tierna y surrealista del mundo.

— Eres imposible, Pau. Todos los días me sales con una nueva. Ayer fue porque viste unos patucos en el centro comercial, anteayer porque Lamine te enseñó una foto de su primo pequeño...

— Es que me entró un instinto, mi niña —insistió él, volviendo a sentarse a su lado y tomando sus manos pequeñas entre las suyas, mucho más grandes y cálidas—. Te juro que lo cuidaría yo todo el tiempo. Tú podrías seguir con tus videos, con tu carrera, y yo me encargaría de los pañales, de los biberones... ¡hasta aprendería a hacer esas papillas coreanas que dicen que son tan buenas!

— Se llaman *eumsik*, Pau, y no es tan fácil —dijo ella, suavizando su expresión—. Escúchame, *oppa*. Te quiero muchísimo. Y sé que serías un padre maravilloso porque eres el hombre más cariñoso del planeta. Pero todavía soy muy joven. Mi cuerpo apenas se está recuperando de lo del azúcar, y tengo mucho que hacer antes de ser madre.

Pau hizo un puchero tan pronunciado que Lia casi se rinde en ese mismo instante. Sus mejillas pedían a gritos un beso, y sus ojos brillaban con una ilusión casi infantil.

— ¿Y si solo practicamos el nombre? —preguntó él, con un tono negociador—. Si es niño, se podría llamar Pau Junior. Y si es niña... algo coreano que suene lindo. ¿Cómo se dice "estrella" en coreano?

— *Byeol* —respondió ella, sin poder evitar sonreír—. Suena bonito, pero no intentes manipularme con nombres lindos.

— *Byeol Cubarsí Kim* —ensayó Pau, saboreando las palabras—. Suena a nombre de estrella mundial. Por favor, Lia... solo uno. Prometo que no te pediré nada más en diez años.

— Eso dijiste cuando querías que te enseñara a decir groserías en coreano y ahora te sabes el diccionario entero de insultos —le recordó ella, dándole un golpecito juguetón en la nariz—. No, Pau. De momento, nos tenemos el uno al otro. Tú eres mi niño, y yo soy tu niña. ¿No es suficiente?

Pau suspiró, derrotado por el momento, pero Lia sabía que no se rendiría. El defensa central era conocido por su persistencia; no dejaba pasar a nadie en el campo, y en su vida personal era igual de tenaz.

Esa misma tarde, fueron a una reunión informal en casa de Ferran Torres. Estaban varios jugadores con sus parejas e incluso algunos con sus hijos pequeños. Pau estaba en su elemento. En cuanto vio al hijo pequeño de un miembro del staff, se olvidó por completo de la conversación con los adultos.

Lia lo observaba desde lejos mientras hablaba con las otras novias de los jugadores. Pau estaba en el suelo, gateando con el niño, haciéndole muecas y riendo a carcajadas cuando el pequeño le agarraba los cachetes con sus manos regordetas.

— Mira eso —comentó la pareja de uno de los veteranos—. Pau va a ser un padre de los que no se despegan del niño ni para ir a entrenar. Se le nota en la cara.

Lia sintió un calorcito en el pecho. Era verdad. Pau tenía una paciencia infinita y una dulzura que derretía a cualquiera. Verlo así, tan natural y feliz con un niño que ni siquiera era suyo, la hacía dudar por un segundo de su firmeza.

De camino a casa en el coche, el silencio de Pau era sospechoso. Lia lo miró de reojo; él tenía una sonrisa soñadora grabada en el rostro.

— Ni se te ocurra, Cubarsí —advirtió ella, aunque con una sonrisa.

— ¿El qué? No he dicho nada —respondió él, intentando parecer inocente.

— Te escucho pensar desde aquí. Estás pensando que el niño de hoy se parecía a ti y que quieres uno igual.

— ¡Es que era idéntico a mis fotos de pequeño, Lia! —exclamó él, incapaz de contenerse más—. Tenía los mismos mofletes. ¿Viste cómo se reía conmigo? Me ha dicho "Pa", creo que quería decir mi nombre.

— Pau, tiene ocho meses, solo balbucea —rio ella, negando con la cabeza—. Eres un caso perdido.

— Lia, por favor —dijo él, aprovechando un semáforo en rojo para girarse hacia ella y tomarle la mano—. Solo piénsalo un poquito más en serio. No digo mañana mismo, pero... ¿quizás el año que viene? Seríamos la familia más linda de Barcelona. Yo te llevaría el desayuno a la cama todos los días, te cuidaría más que ahora, y el bebé sería el amuleto del equipo.

Lia suspiró profundamente. La persistencia de Pau empezaba a ser casi cómica, pero también le demostraba cuánto la amaba y cuánto confiaba en su futuro juntos. A pesar de su edad, Pau veía en ella a la mujer de su vida, la madre de sus hijos, su compañera eterna.

— Eres muy pesado, ¿lo sabes? —dijo ella, apretándole la mano—. *Aigoo*, este chico me va a volver loca.

— Es un "sí" a medias, ¿verdad? —preguntó Pau con los ojos iluminados.

— Es un "vamos a centrarnos en que no te saquen tarjeta amarilla el domingo y en que mi glucosa siga estable" —sentenció ella—. Pero... quizás, en un futuro no tan lejano, podamos volver a hablar de *Byeol*.

Pau soltó un grito de alegría que casi hace que el coche de al lado se asuste. En el siguiente semáforo, se inclinó y la besó con una pasión y una ternura que dejaron a Lia sin aliento.

— ¡Te voy a convencer, ya lo verás! —prometió él—. Voy a ser tan buen novio que no vas a poder decirme que no.

Al llegar al apartamento, Pau corrió a abrirle la puerta del coche como siempre hacía, pero esta vez la tomó en brazos y la subió por las escaleras, a pesar de las protestas risueñas de ella.

— ¡Pau, bájame! ¡Que nos van a ver los vecinos!

— Que vean que estoy entrenando mi fuerza para cuando tenga que cargar al bebé y a la madre al mismo tiempo —bromeó él, dejándola suavemente en el suelo una vez dentro.

Esa noche, mientras se preparaban para dormir, Pau se acercó a ella por la espalda mientras ella se cepillaba el cabello ondulado. La rodeó por la cintura, apoyando su barbilla en su hombro, y ambos se miraron en el espejo. Ella, pequeña, elegante, con sus rasgos coreanos resaltados por la luz tenue; él, más alto, fuerte, con esa cara de niño bueno que escondía a un hombre decidido.

— Mira —susurró Pau, señalando el reflejo—. Hacemos buena pareja, ¿verdad?

— La mejor —admitió ella, girándose en sus brazos.

— Pues imagina un intermedio entre los dos aquí en medio —insistió él, bajando una mano para acariciar el vientre plano de Lia con una delicadeza extrema—. Un poquito de tu inteligencia y tu belleza, y un poquito de mi... bueno, de mis ganas de quererte.

Lia sintió un nudo en la garganta. No era solo un capricho de Pau; era un deseo genuino de crear algo hermoso con ella. Se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.

— Eres un tramposo, Pau Cubarsí —murmuró ella—. Usas tus mejores jugadas fuera del campo.

— En el amor no hay fueras de juego, mi niña —respondió él, besándole la coronilla—. Solo quiero que sepas que, cuando tú estés lista, yo estaré aquí. Mañana, en un año o en cinco. Pero no voy a dejar de recordarte lo bonito que sería.

— Lo sé, me lo vas a decir cada mañana —rio ella, separándose un poco para mirarlo—. ¿Sabes cómo se dice "papá" en coreano?

Pau abrió mucho los ojos, emocionado.

— No, enséñame. Esa es la palabra más importante.

— Se dice *Appa* —dijo ella con dulzura.

— *Appa*... —repitió Pau, probando el sonido en sus labios—. *Appa Pau*. Me gusta. Me gusta mucho.

Lia le dio un beso tierno en los labios, un beso que sabía a promesa y a futuro.

— Está bien, *Appa* en prácticas. Pero ahora, a dormir. Mañana tienes entrenamiento y no quiero que estés cansado por estar soñando con cochecitos de bebé.

Pau se acostó a su lado, abrazándola con fuerza, como si temiera que ella pudiera desaparecer. Mientras Lia se quedaba dormida, lo último que escuchó fue el susurro de Pau en la oscuridad.

— *Saranghae*, Lia. Y *saranghae*, mini-Lia, estés donde estés en el futuro.

Lia sonrió en sueños. Sabía que la batalla contra la insistencia de Pau no había terminado, pero también sabía que no había nadie en el mundo con quien prefiriera compartir ese sueño, cuando llegara el momento adecuado. Porque al final del día, Pau no solo era el gran defensa del Barça; era su refugio, su protector y el chico que estaba dispuesto a aprender todo un idioma y cambiar su vida entera solo por verla sonreír, ya fuera con una bolsa de chuches saludables o con un bebé en brazos.

A la mañana siguiente, Lia se despertó y encontró una pequeña nota pegada en el espejo del baño. Tenía un dibujo muy mal hecho de un balón de fútbol y un biberón al lado, con una frase escrita en un coreano algo torpe pero legible:

"Appa te quiere mucho. Desayuno saludable en la mesa, mi niña."

Lia suspiró, doblando la nota y guardándola en su joyero como el tesoro más preciado. La persistencia de Pau era su mayor virtud, y aunque ella todavía no estaba lista para los pañales, estaba más que lista para seguir siendo la "niña" de ese gigante de corazón tierno que no se rendiría hasta que el "Appa" fuera una realidad.