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Navidad, confesiones y un nuevo comienzo

El eco de la discusión en el campo de fútbol no se desvaneció con el pitido final. Para Gavi, ver a Pedri en el suelo, empujado por la persona que supuestamente debía ser su apoyo, fue el límite. La relación entre Gavi y Robert entró en un invierno prematuro. Gavi, fiel a su carácter volcánico y protector, no podía perdonar que la frustración de un partido se descargara contra su mejor amigo, ese chico cálido que solo sabía dar amor.

Durante semanas, el campus fue testigo de una coreografía extraña. Robert perseguía a Gavi con ramos de flores, notas de disculpa y promesas de cambio, mientras Gavi lo ignoraba con una frialdad que helaba la sangre. Ferran, por su parte, se había convertido en la sombra protectora de Pedri. Ya no era el chico distante; ahora era el primero en llegar a la facultad para dejarle un café caliente y el último en irse para asegurarse de que Pedri llegara bien a casa.

Una tarde, mientras Pedri esperaba a Gavi en la puerta principal de la universidad, Robert apareció. Se veía demacrado, con ojeras profundas y los hombros caídos.

—Pedri, por favor, no te vayas —suplicó Robert, acercándose con cautela—. Necesito hablar contigo.

Pedri, que por naturaleza era incapaz de guardar rencor por mucho tiempo, suspiró y se ajustó la bufanda.

—Robert, no creo que sea el momento. Gavi sigue muy enfadado.

—Lo sé, y tiene razón —admitió Robert, bajando la mirada—. Fui un animal. No solo te lastimé a ti, sino que arruiné lo más bonito que tenía. Pedri, tú eres su hermano. Si tú no me perdonas, él nunca lo hará. Por favor, ayúdame a recuperar al chico que amo.

Pedri miró a Robert y vio sinceridad en su dolor. Recordó cómo él mismo había sufrido durante diez años por Ferran y sintió una punzada de empatía. A veces, los humanos cometemos errores estúpidos cuando estamos bajo presión.

—Está bien —cedió Pedri con una sonrisa pequeña y dulce—. Te ayudaré, pero tienes que demostrarle que has cambiado esa actitud impulsiva. Quédate aquí conmigo, ellos no tardan en llegar.

No pasaron ni cinco minutos cuando vieron a Ferran y Gavi acercándose. Ferran caminaba con paso firme, sus ojos minuciosos analizando el entorno hasta que se fijaron en Robert. Al instante, su expresión se endureció y apresuró el paso, poniéndose delante de Pedri como un escudo humano. Gavi, por el contrario, caminaba más lento, con los brazos cruzados y una mirada de sospecha absoluta.

—¿Qué hace este aquí otra vez? —gruñó Ferran, con el puño cerrado, listo para defender lo que consideraba suyo.

—Tranquilo, Feri —dijo Pedri, poniendo una mano suave en el brazo del valenciano—. Robert solo quería disculparse. Y yo ya lo he perdonado.

Ferran relajó los hombros al sentir el contacto de Pedri, aunque no dejó de vigilar a Robert. Pedri aprovechó el momento para tirar de la manga de Ferran.

—Ven, dejémoslos solos. Tienen mucho de qué hablar —susurró el canario.

Gavi se quedó frente a Robert, manteniendo una distancia prudencial. Robert no miró a nadie más; sus ojos estaban fijos en Gavi, llenos de una súplica silenciosa. A pesar de la tensión, no hubo más peleas. Esa tarde marcó el inicio de la tregua.

Los meses pasaron volando entre exámenes finales y entregas de proyectos. La graduación llegó como un torbellino de togas, birretes y lágrimas de alegría. Los cuatro ya estaban en buenos términos; Robert había trabajado duro para ganarse de nuevo la confianza de Gavi, y Ferran se había integrado al grupo como si siempre hubiera pertenecido a él. Sin embargo, entre Pedri y Ferran existía una tensión dulce pero inconclusa. Se cuidaban, se querían, se celaban discretamente, pero ninguno había dado el paso definitivo para ponerle una etiqueta a lo que sentían.

Fue Gavi quien, harto de verlos orbitar el uno alrededor del otro sin colisionar, tomó las riendas.

—Escuchadme bien, par de tortugas —dijo Gavi una noche después de la ceremonia—. Vamos a celebrar la Navidad juntos en la casa de campo de mis padres. Y más os vale que para cuando lleguen las doce, hayáis dejado de ser "amigos especiales". Quiero parejas reales, ¿entendido?

Prácticamente obligados por la presión de Gavi, y empujados por el miedo a perderse de nuevo, Pedri y Ferran finalmente tuvieron "la charla" bajo las estrellas del campus esa misma noche. No hubo necesidad de grandes discursos; un beso lento y cargado de diez años de espera fue suficiente para sellar el pacto.

La Navidad llegó con un manto de nieve fina y el aroma a leña quemada. La casa de campo estaba decorada con un gusto exquisito: luces cálidas rodeando las vigas de madera, un árbol gigante lleno de adornos rojos y dorados, y muérdago colgado en casi cada puerta por obra de un Gavi muy entusiasta.

En la cocina, la escena era casi cómica. Ferran y Robert, que todavía mantenían una rivalidad deportiva y algo de desconfianza residual, compartían los fogones.

—Si vuelves a echarle tanta sal a las patatas, tendremos que cenar agua —comentó Ferran, revisando el horno con su precisión habitual.

—Y si tú sigues cortando la carne con regla y cartabón, cenaremos en año nuevo —replicó Robert, aunque con una sonrisa juguetona.

A pesar de las puyas, ambos estaban esforzándose. Querían que esa noche fuera perfecta para los chicos que estaban en la planta de arriba.

Mientras tanto, en la habitación de Gavi, el ambiente era de pura complicidad.

—¿Crees que les gustará? —preguntó Pedri, terminando de envolver una pequeña caja con un lazo de seda—. Me he pasado semanas buscando algo que representara todo este tiempo.

—Les va a encantar, Pedri —respondió Gavi, guardando una cámara de fotos instantánea en su bolsillo—. Robert se muere por cualquier cosa que venga de mí, y Ferran... bueno, Ferran te mira como si fueras el último vaso de agua en el desierto.

Pedri se sonrojó, esa timidez adorable que nunca lo abandonaba floreciendo en sus mejillas.

—Vamos a dejar tu sorpresa en el cuarto de invitados —dijo Pedri—. Así no sospecharán nada.

Tras dejarlo todo listo, bajaron las escaleras. El comedor estaba transformado. La mesa lucía un mantel blanco impecable, velas encendidas y una variedad de platos que olían a gloria bendita. El pavo asado, las cremas, el marisco... Ferran y Robert se habían superado.

—¡Vaya! —exclamó Pedri, con los ojos brillando—. Parece la cena de un hotel de cinco estrellas.

—Todo para nuestros chicos favoritos —dijo Ferran, acercándose a Pedri para rodearle la cintura con un brazo y besarle la sien.

Cada uno ocupó su lugar al lado de su pareja. La cena transcurrió entre risas, brindis con vino tinto y una calidez que nada tenía que ver con la calefacción de la casa. Era la calidez de estar, por fin, donde pertenecían.

—¿Os acordáis de cuando Pedri intentaba hacerse el interesante en la biblioteca? —soltó Gavi de repente, con una chispa de malicia en los ojos.

—¡Gavi, no! —exclamó Pedri, tapándose la cara con las manos, aunque se reía.

—¡Oh, sí! —continuó Gavi, ignorando las protestas de su amigo—. Ferran, este chico se pasaba horas estudiando en la mesa justo enfrente de la tuya, pero al revés. Leía los libros del revés solo para poder mirarte por encima del borde sin que te dieras cuenta.

Ferran soltó una carcajada profunda, mirando a Pedri con una ternura infinita.

—¿En serio hacías eso, Pedri?

—Y no solo eso —añadió Pedri, ya entregado al juego de las anécdotas—. ¿Recuerdas aquel partido de segundo año donde te "encontraste" una botella de tu bebida isotónica favorita con una nota que decía "Para el mejor 7"?

—La guardé durante meses —confesó Ferran en voz baja—. Nunca supe quién era, pero ese día jugué mejor que nunca porque sentí que alguien creía en mí.

—Era él —dijo Robert, mirando a Gavi con una sonrisa—. Y Gavi era el que me robaba los calcetines de la suerte para que yo tuviera que ir a pedírselos y así tener una excusa para hablarme.

—¡Eso fue estrategia pura! —se defendió Gavi, haciendo que todos rieran.

La conversación fluyó hacia los años de instituto, los malentendidos y cómo, a pesar de las vueltas de la vida, habían terminado allí. Robert miraba a Gavi con una devoción renovada; después de casi perderlo, cada sonrisa del sevillano era un tesoro para él. Ferran, por su parte, no podía dejar de tocar a Pedri, ya fuera una mano sobre la suya o un roce de rodillas bajo la mesa. Estaba recuperando el tiempo perdido, absorbiendo cada detalle del chico que había ignorado por pura ceguera emocional.

—Tengo que admitir algo —dijo Ferran, poniéndose serio por un momento—. Durante esos diez años, siempre sentí que me faltaba algo. Iba a clase, jugaba al fútbol, sacaba buenas notas... pero había un vacío. Ahora sé que ese vacío tenía tu forma, Pedri. Siento haber tardado tanto en abrir los ojos.

Pedri le apretó la mano, sus ojos cálidos y húmedos por la emoción.

—Lo importante es que los abriste, Feri. Y que ahora estamos aquí.

—Bueno, basta de sentimentalismos por un segundo —interrumpió Gavi, aunque él también estaba emocionado—. Pedri y yo tenemos algo para vosotros.

Subieron al cuarto de invitados, donde habían preparado la sorpresa. Al abrir la puerta, Ferran y Robert se quedaron sin palabras. En las paredes, Pedri había colgado una serie de fotografías que trazaban la historia de todos ellos. Fotos robadas de Ferran entrenando, fotos de Gavi y Robert en sus inicios, y en el centro, una foto reciente de los cuatro abrazados el día de la graduación.

Pero lo más especial estaba sobre la cama: dos álbumes hechos a mano.

—Para Ferran —dijo Pedri, entregándole el suyo—. Son todas las notas que escribí y nunca te di. Y todas las fotos que te hice desde la distancia. Quería que supieras que nunca estuviste solo, incluso cuando pensabas que sí.

Ferran abrió el álbum con dedos temblorosos. Vio su propia vida a través de los ojos de Pedri: una crónica de amor silencioso, persistente y hermoso.

—Y para ti, Robert —dijo Gavi, entregándole una caja—. Es un reloj con una inscripción detrás. Para que nunca vuelvas a llegar tarde a lo nuestro y para que sepas que cada segundo que paso contigo, incluso cuando me enfado, vale la pena.

Robert abrazó a Gavi con una fuerza que casi lo deja sin aire, murmurando promesas de amor en su oído. Ferran, incapaz de articular palabra, simplemente atrajo a Pedri hacia sí y lo besó con una pasión y una ternura que hicieron que el canario se sintiera flotar.

—Te quiero, Pedri —susurró Ferran contra sus labios—. Gracias por no rendirte conmigo, aunque te di todas las razones para hacerlo.

—Valió la pena la espera —respondió Pedri, escondiendo el rostro en el cuello de Ferran, aspirando ese aroma a hogar que tanto había anhelado.

La noche de Navidad continuó entre música suave y el calor de la chimenea. Afuera, el mundo seguía su curso, pero dentro de esa casa, el tiempo se había detenido para celebrar que el amor, aunque tarde diez años en florecer por completo, siempre encuentra su camino hacia la luz. Pedri ya no era el chico que seguía a las sombras; ahora era el chico que caminaba de la mano con el sol. Y Ferran, el chico inteligente y minucioso, finalmente había resuelto el problema más importante de su vida: cómo amar y ser amado por el alma más pura que jamás había conocido.

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