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Sombras en el cristal
Cuatro años de convivencia deberían haber sido el broche de oro para una historia que tardó una década en germinar. La universidad era ahora un recuerdo lejano, sustituido por la rutina de los adultos, las facturas y la búsqueda de una estabilidad que, en teoría, ya habían alcanzado. Pedri y Ferran compartían un piso luminoso, decorado con el minimalismo meticuloso del valenciano y los toques cálidos y desordenados del canario. Parecía el paraíso, pero hasta en el Edén había serpientes.
La madre de Ferran, una mujer de convicciones rígidas y expectativas demasiado altas, nunca había visto con buenos ojos la relación. Para ella, Pedri era "ese chico de secundaria" que no tenía la ambición suficiente, alguien que, según sus palabras, "retrasaba" el potencial de su hijo. Ferran siempre la ignoraba, o al menos eso creía Pedri, hasta que el comportamiento del valenciano cambió de forma drástica.
Durante las últimas tres semanas, Ferran se había vuelto un fantasma. Llegaba tarde, se duchaba en silencio y, ante cualquier pregunta, la respuesta siempre era la misma: "He estado con mi madre, Pedri, está pasando una mala racha". Pero no invitaba a Pedri a ir. No había cenas familiares, ni siquiera una mención a que el canario pudiera acompañarlo.
La duda, una planta trepadora y venenosa, comenzó a enredarse en el corazón de Pedri. Una tarde de martes, incapaz de soportar más la incertidumbre, decidió seguirlo.
Vio a Ferran salir del trabajo y conducir directamente hacia el barrio residencial donde vivía su madre. Pedri aparcó a una distancia prudente y caminó con el corazón martilleando contra sus costillas. Se acercó a la casa, ocultándose entre los arbustos del jardín lateral. La luz del salón estaba encendida. Con manos temblorosas, se asomó por el borde del cristal.
Lo que vio le robó el aliento. Ferran estaba allí, pero no estaba solo con su madre. En el centro de la habitación, Ferran abrazaba con fuerza a una mujer joven, de cabello largo y oscuro, cuya espalda ocultaba su rostro. No era un abrazo de cortesía; era una cercanía íntima, una que Pedri reconoció al instante porque solía ser suya. Su madre estaba al lado, sonriendo con una satisfacción que Pedri nunca le había visto dedicarle a él.
No esperó a ver más. No quería escuchar explicaciones que su mente ya estaba fabricando con el peor de los escenarios. Se dio la vuelta y corrió hacia su coche, con la visión borrosa por las lágrimas. No podía volver al piso que compartía con el hombre que, al parecer, estaba buscando su reemplazo bajo la bendición materna.
Condujo por inercia hasta la única zona segura que conocía: la casa de Gavi y Robert.
Cuando Gavi abrió la puerta, se encontró con un Pedri deshecho, con los ojos rojos y la respiración entrecortada.
—¡Pedri! ¿Qué ha pasado? ¿Te has accidentado? —preguntó Gavi, tirando de él hacia el interior mientras examinaba sus brazos en busca de heridas físicas.
—Lo he visto, Gavi... —sollozó Pedri, dejándose caer en el sofá—. Estaba con ella. En casa de su madre. La abrazaba... y ella estaba allí, riéndose.
Gavi sintió que una furia antigua despertaba en su pecho. Conocía a Ferran desde hacía años y, aunque habían llegado a ser amigos, su lealtad siempre sería para el canario.
—Ese pedazo de imbécil... —masculló Gavi, sentándose a su lado y rodeándolo con sus brazos—. Escúchame, Pedri. Puede haber una explicación. Tal vez es una prima, una amiga de la familia...
—No se abraza así a una prima, Gavi —respondió Pedri con voz quebrada—. Me ha estado mintiendo semanas. Se alejaba de mí para estar con ella. Su madre siempre quiso que me dejara, y lo ha conseguido.
Robert llegó un par de horas después, cansado del trabajo, y se quedó de piedra al ver el ambiente en su salón. Gavi le hizo una seña rápida para que fuera a la cocina.
—¿Qué hace Pedri aquí? ¿Y por qué parece que se ha muerto alguien? —susurró Robert, dejando las llaves sobre la encimera.
—Ferran es lo que pasa —respondió Gavi con los ojos echando chispas—. Pedri lo ha pillado en casa de su madre abrazando a otra tía. Se queda aquí esta noche. Y ni se te ocurra decirle a Ferran que está con nosotros si llama. Quiero que sufra un poco.
Robert suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Gavi, esto es meterse en un lío. Ferran se va a volver loco de preocupación.
—¡Que se vuelva loco! —siseó Gavi—. Que aprenda lo que es la incertidumbre. Pedri está destrozado.
La cena fue un asunto silencioso y tenso. Robert intentó distraer a Pedri con noticias absurdas de la televisión y chistes malos que normalmente hacían reír al canario, pero Pedri apenas probaba bocado, mirando al vacío. A las dos de la mañana, el cansancio venció a la tristeza.
—Me iré al cuarto de invitados —dijo Pedri, levantándose con pesadez.
—Ni hablar —sentenció Gavi, agarrándolo del brazo—. Tú duermes conmigo en el cuarto principal. Necesitas compañía y no quiero que te quedes solo pensando tonterías.
—¿Y yo? —preguntó Robert, señalándose a sí mismo.
—Tú al sofá o al cuarto de invitados, Robert. Hoy mi prioridad es mi hermano —ordenó Gavi con un tono que no admitía réplica.
Robert, sabiendo que discutir con Gavi en ese estado era una batalla perdida, asintió y se retiró al cuarto de invitados. Apenas había cerrado la puerta cuando su móvil vibró en el bolsillo. Era Ferran.
Robert miró hacia la puerta del dormitorio principal, dudando. Finalmente, contestó en voz baja.
—¿Diga?
—¡Robert! Gracias a Dios que respondes —la voz de Ferran sonaba al borde del colapso—. Pedri no está en casa. No responde al móvil, lo tiene apagado. He llamado a los hospitales, he recorrido las calles... ¿está con vosotros? Por favor, dime que está ahí.
Robert miró hacia el pasillo. Podía escuchar a Gavi susurrando palabras de consuelo a Pedri.
—No sé nada, Ferran —mintió Robert, sintiendo una punzada de culpa—. Gavi y yo estábamos durmiendo. ¿Ha pasado algo?
—No lo sé, Robert, simplemente no volvió. Si sabes algo, lo que sea, llámame. Voy a salir a buscarlo otra vez por la zona del parque.
Ferran colgó sin esperar respuesta. Robert se sintió como un traidor, pero el miedo a la furia de Gavi era más real que su empatía por Ferran en ese momento. Se acostó, pero no pudo dormir.
Pasaron tres horas. El silencio de la madrugada fue roto nuevamente por el teléfono de Robert. Esta vez, la voz de Ferran ya no era de preocupación, sino de una sospecha afilada.
—Robert, sé que me estás mintiendo —dijo Ferran, con un tono frío y autoritario—. He llamado al móvil de Gavi diez veces y no contesta. Si Pedri no estuviera ahí, Gavi ya me habría llamado para insultarme o preguntarme qué he hecho. El hecho de que haya silencio absoluto significa que lo estás encubriendo. ¿Está ahí o no?
Robert, agotado físicamente y harto de estar en medio de una guerra que no le pertenecía, explotó.
—¡Sí, Ferran! ¡Está aquí! Está durmiendo con Gavi porque está destrozado por lo que vio en casa de tu madre. Déjanos dormir de una vez.
Robert colgó y apagó el teléfono, esperando que eso fuera el final. Se equivocaba.
A las cinco de la mañana, un repiqueteo violento y constante en la puerta principal hizo que toda la casa saltara de la cama. Robert, con los nervios de punta, bajó las escaleras de dos en dos, dispuesto a soltarle un puñetazo a quien fuera. Abrió la puerta y se encontró con un Ferran Torres que parecía haber envejecido diez años en una noche. Tenía el pelo revuelto, la ropa arrugada y los ojos inyectados en sangre.
—¿Dónde está? —preguntó Ferran, entrando en la casa sin esperar invitación.
—Ferran, vete a casa. No es el momento —dijo Robert, tratando de bloquearle el paso.
—¡Muévete, Robert! —Ferran lo empujó con una fuerza nacida de la desesperación y la falta de sueño.
Subió las escaleras como un vendaval. Identificó la puerta del dormitorio principal y la abrió de golpe. La escena que encontró solo sirvió para alimentar su irritación: Pedri estaba profundamente dormido, acurrucado bajo las mantas, y Gavi lo abrazaba de forma protectora, con su barbilla apoyada en la cabeza del canario.
Para Ferran, que llevaba toda la noche imaginando a Pedri en una cuneta o secuestrado, ver esa paz le resultó insultante.
—¡Pedri! —gritó Ferran, acercándose a la cama.
Gavi se despertó al instante, saltando como un resorte.
—¡¿Pero qué cojones haces tú aquí?! —bramó Gavi, interponiéndose.
Ferran no lo escuchó. Agarró a Pedri del brazo con una brusquedad que no era propia de él y tiró para que se sentara.
—¡¿Se puede saber qué haces aquí?! —le gritó Ferran al canario, que lo miraba con los ojos desorbitados por el susto—. ¡He estado toda la noche buscándote! ¡Pensé que te habías muerto! ¡¿Dónde mierda tienes el móvil?!
Pedri soltó un grito ahogado, encogiéndose ante la violencia verbal de Ferran. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, no solo por el susto, sino por el dolor de ver a Ferran tan fuera de sí.
—¡Suéltalo ahora mismo, Torres! —Gavi lanzó una patada que Ferran esquivó por poco—. ¡Vete de mi casa antes de que te rompa la cara!
Robert entró en el cuarto y agarró a Ferran por los hombros, tratando de separarlo de la cama.
—¡Ferran, basta! ¡Lo estás asustando! —gritó Robert.
—¡Me importa una mierda! —bramó Ferran, forcejeando—. ¡Me ha tenido en un infierno toda la noche! ¡¿Por qué te has ido así, Pedri?! ¡Contéstame!
Pedri temblaba, mirando a Ferran como si no lo conociera. El chico paciente e inteligente había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre dominado por unos celos y una ansiedad que nublaban su juicio.
—Te vi... —susurró Pedri con la voz rota—. Te vi en casa de tu madre... con ella. La abrazabas, Ferran. Me has estado mintiendo semanas...
Ferran se quedó petrificado. La mención a la escena de la tarde anterior hizo que su ira se desinflara como un globo pinchado, pero el orgullo y el cansancio aún lo mantenían en guardia.
—¿Me estabas espiando? —preguntó Ferran, su voz bajando a un tono peligroso—. ¿En serio, Pedri? ¿Después de cuatro años viviendo juntos, me sigues como si estuviéramos en el instituto porque no confías en mí?
—¡¿Y cómo quieres que confíe?! —saltó Gavi, empujando a Ferran hacia la puerta—. ¡Si te escondes para ver a una tía con la bendición de tu madre, que odia a Pedri! ¡Eres un cínico!
—¡Tú no sabes nada, Gavi! —se giró Ferran hacia él—. ¡No tienes ni idea de lo que está pasando en mi familia!
Gavi, harto de los gritos y de ver a Pedri encogido en la cama, empujó a Ferran y a Robert fuera de la habitación con una fuerza sorprendente.
—¡Fuera de aquí! ¡Los dos! —Gavi cerró la puerta con llave desde dentro, dejando a los dos hombres en el pasillo.
Se acercó a Pedri y lo abrazó con fuerza mientras el canario rompía a llorar de forma desconsolada.
Abajo, en el salón, el ambiente era eléctrico. Ferran caminaba de un lado a otro, golpeando la palma de su mano con el puño. Robert se dejó caer en un sillón, observándolo con una mezcla de lástima y enfado.
—La has cagado, Ferran —dijo Robert en voz baja—. La has cagado a lo grande.
—¡No he hecho nada malo! —exclamó Ferran, deteniéndose—. Esa chica es mi hermana, Robert. Mi hermana pequeña, la que mi madre tuvo con su segundo marido en Alemania y de la que nunca hablamos porque mi madre se avergüenza de ese divorcio. Ha vuelto porque está en problemas, y mi madre me pidió que la ayudara en secreto para que nadie en el círculo social de la familia se enterara.
Robert se quedó en silencio un momento, procesando la información.
—¿Y por qué no se lo dijiste a Pedri? —preguntó Robert—. Sabes perfectamente que tu madre lo desprecia. Si te ve yendo allí a escondidas, ¿qué esperabas que pensara?
—Porque se lo prometí a mi madre —dijo Ferran, bajando la cabeza—. Y porque quería proteger a Pedri de todo el drama familiar. Pensé que sería algo de unos días.
—Pues tus "unos días" casi te cuestan tu relación —sentenció Robert—. Y entrar aquí gritando como un loco no ha ayudado. Pedri te tiene miedo ahora mismo, Ferran. Nunca te había visto así.
Ferran se hundió en el sofá opuesto, cubriéndose la cara con las manos. Los gritos que había soltado arriba empezaron a resonar en su cabeza, y la culpa lo golpeó con la fuerza de un tsunami. Había visto el miedo en los ojos de Pedri, el mismo chico que le había dejado notas de amor durante diez años, y él le había gritado como si fuera un enemigo.
—Soy un estúpido —susurró Ferran—. Un completo estúpido.
—En eso estamos de acuerdo —dijo Gavi desde la escalera.
Bajaba con los brazos cruzados, su expresión aún gélida.
—Pedri no quiere verte ahora. Se va a quedar aquí unos días. Si intentas forzar la puerta o volver a gritarle, llamo a la policía, Ferran. No me importa que seamos amigos.
Ferran levantó la vista, suplicante.
—Gavi, por favor... necesito explicarle lo de mi hermana. No es lo que él piensa.
—Le explicarás lo que quieras cuando él esté listo para escucharte —respondió Gavi con firmeza—. Ahora mismo, lo único que ha visto es a su novio mintiéndole, abrazando a otra mujer y luego entrando en casa de su mejor amigo a las cinco de la mañana para zarandearlo del brazo. Vete a casa, dúchate y piensa en cómo vas a arreglar este desastre.
Ferran miró hacia el piso de arriba, donde el silencio era sepulcral. Se sentía pequeño, miserable. Se levantó lentamente, sus piernas pesándole como si fueran de plomo.
—Dile... dile que lo siento —murmuró Ferran, dirigiéndose a la puerta—. Dile que el móvil está en la mesa de la entrada, por si quiere llamarme.
Salió a la calle cuando el primer rayo de sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja pálido. La frialdad del aire matutino le despejó la mente, pero no le quitó el peso del pecho.
Dentro de la casa, Pedri estaba sentado en el borde de la cama, mirando sus manos. El rastro de los dedos de Ferran aún se sentía caliente en su piel, no por afecto, sino por la presión del agarre.
—¿Se ha ido? —preguntó Pedri cuando Gavi entró de nuevo en el cuarto.
—Sí, se ha ido —respondió Gavi, sentándose a su lado—. Dice que la chica es su hermana. Una historia rara de su madre y Alemania.
Pedri soltó un suspiro tembloroso.
—Aunque fuera su hermana, Gavi... la forma en que me miró... la forma en que me gritó... Nunca pensé que Ferran pudiera ser así conmigo.
—Los celos y el miedo hacen que la gente se vuelva loca, Pedri —dijo Gavi, acariciándole la espalda—. Pero eso no justifica que te haya tratado así. Tómate tu tiempo. No tienes que perdonarlo hoy, ni mañana.
Pedri asintió, dejándose caer de nuevo en las almohadas. Cuatro años de estabilidad se habían tambaleado en una sola noche. La sombra de la duda se había disipado respecto a la infidelidad, pero una nueva sombra, más oscura y profunda, se había proyectado sobre la imagen que tenía de Ferran.
A veces, el amor no solo consistía en esperar diez años a que alguien te viera; consistía en descubrir si, una vez que te veían, eran capaces de cuidar el tesoro que tanto tiempo habían ignorado. Y Pedri, por primera vez en su vida, no estaba seguro de si Ferran era el guardián adecuado.