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Ecos de un hogar roto
El silencio en la casa de Gavi y Robert era denso, casi tangible, una masa pesada que se instalaba en los pulmones de Pedri. Hacía apenas treinta minutos que sus amigos se habían marchado para hacer unos recados, insistiendo en que descansara, en que intentara dormir un poco más. Pero el sueño no llegaba. Pedri se sentía como un náufrago en una isla desierta, rodeado de recuerdos que pinchaban como espinas.
De repente, un sonido rompió la quietud. Fueron unos toques suaves en la puerta principal, tan ligeros que casi parecían el roce de una rama contra la madera, pero en el vacío del segundo piso, resonaron como truenos. Pedri se tensó. Pensó que Gavi se habría olvidado las llaves, algo habitual en su amigo despistado. Bajó las escaleras con paso lento, frotándose los ojos cansados.
Al abrir, el aire se le escapó del pecho.
Frente a él no estaba Gavi. Era una mujer. Tenía el cabello oscuro y largo, la misma silueta que Pedri había visto a través del cristal en aquella fatídica tarde. Su rostro, ahora visible, guardaba un parecido asombroso con el de Ferran: la misma línea de la mandíbula, los mismos ojos inteligentes, aunque cargados de una fatiga evidente.
—¿Podemos hablar? —preguntó ella en voz baja, con una timidez que contrastaba con la agresividad que Pedri esperaba.
—¿Sobre qué? —respondió Pedri, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. La confusión luchaba contra el resentimiento.
—Por mi culpa, tu relación con Ferran se ha quebrado por un malentendido —dijo ella, dando un paso al frente—. Soy su hermana, Pedri.
El canario sintió una punzada de náuseas. Así que era cierto. La verdad, fría y cortante, se le presentó de frente. Quiso cerrar la puerta, quiso negarse a escuchar, pero la mujer puso la mano con firmeza sobre la madera y entró en el recibidor antes de que él pudiera reaccionar.
—Escúchame, por favor —insistió ella, poniéndose firme—. He visto cómo estaba Ferran antes de venir aquí. Él no sabe que he venido a buscarte. Está destrozado, Pedri. Se culpa de todo, pero la culpa es mía por pedirle que guardara este secreto estúpido frente a nuestra madre.
—Ya sé quién eres —interrumpió Pedri, con la voz temblorosa—. Ya sé que eres su hermana. Pero eso no cambia nada.
—¿Cómo que no cambia nada? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Si sabes que no hay otra mujer, que no te ha engañado...
—No se trata solo de ti —dijo Pedri, sintiendo que las lágrimas volvían a asomar—. Se trata de cómo me habló. De cómo me miró anoche. Me dolió, y me sigue doliendo aquí dentro. No puedo perdonar que me tratara como a un extraño, como a alguien a quien odia, después de todo lo que hemos pasado.
La mujer soltó un suspiro largo, cargado de una frustración que parecía antigua. Según su versión, ellos se habían separado por su culpa, por el secretismo. Pero mientras hablaba, Pedri se dio cuenta de que Ferran se había saltado partes de la historia. No le había contado a su hermana la violencia de sus gritos ni el desprecio en sus ojos.
—Vete, por favor —pidió Pedri, sintiéndose ridículo y exhausto—. No quiero verte a ti, y no quiero verlo a él. Necesito aire.
Ella lo miró un momento más, una mezcla de lástima y resignación en su rostro, antes de darse la vuelta y salir de la casa. Pedri se quedó parado en el pasillo, mirando la puerta cerrada. Se sentía estúpido. Si no hubiera seguido a Ferran aquella tarde, quizás seguiría viviendo en una mentira cómoda, o quizás la incertidumbre lo habría consumido vivo. La frustración era un nudo en su garganta. Quería ver a Ferran, quería golpearlo por su estupidez y, al mismo tiempo, quería abrazarlo hasta que el mundo dejara de girar.
Esa noche había dormido con Gavi, y aunque se sintió seguro, no fue lo mismo. Echaba de menos el calor de Ferran, la forma en que sus pies se entrelazaban bajo las mantas. Pero el orgullo y el dolor eran muros demasiado altos.
—Tengo que volver a casa —susurró para sí mismo—. Necesito mi ropa, necesito mis cosas.
Aprovechando que Ferran estaría trabajando o en casa de su madre, Pedri regresó al piso que compartían. El silencio al entrar fue demoledor. El apartamento olía a ellos, a la vida que habían construido durante cuatro años. Sintió una tristeza profunda que intentó enmascarar con una calma forzada. Al menos no tendría que discutir.
Subió al dormitorio y empezó a rebuscar en el armario. De repente, el sonido de la puerta principal abriéndose lo dejó paralizado. El corazón le dio un vuelco. ¿Ferran? ¿A esta hora?
El miedo, un sentimiento nuevo y amargo relacionado con su pareja, lo invadió. Se metió en el baño en silencio, cerrando la puerta sin hacer ruido. Pensó que si era Ferran, quizás solo cogería algo y se iría. O quizás era la hermana. O su madre.
Pasaron unos minutos de tensión insoportable hasta que oyó la puerta del dormitorio abrirse. Pedri respiró hondo, armándose de valor, y salió del baño.
Se detuvo en seco. La persona que estaba frente a la cama no era Ferran. Era su madre.
La señora Torres, al verlo salir del baño, soltó un pequeño grito de sorpresa que rápidamente se transformó en una mueca de aburrimiento y desprecio. Lo miró de arriba abajo, como si fuera una mancha en el suelo.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella, apuntándolo con un dedo acusador.
—Hola, señora Torres —saludó Pedri en voz baja, tratando de mantener la compostura—. He venido a por mis cosas. Esta es mi casa también.
—¡Tu casa! —exclamó ella, soltando una risa seca y desagradable—. No me hagas reír. Te metes aquí como un ladrón, aprovechando que mi hijo no está. Eres un arrastrado, Pedri.
Pedri apretó los puños. Siempre había intentado ser educado, siempre había aguantado sus desplantes por amor a Ferran, pero hoy estaba al límite.
—No soy un ladrón. Pago la mitad del alquiler y mis cosas están aquí —dijo con una firmeza que lo sorprendió a él mismo.
—Me alegro tanto de que Ferran por fin haya abierto los ojos —continuó la mujer, acercándose a él, invadiendo su espacio personal—. Siempre fuiste un lastre para él. Un parásito que se pegó a su éxito desde la secundaria. Aléjate de él, no vuelvas a llamarlo.
—Usted no sabe nada de nuestra relación —respondió Pedri, sintiendo que la ira empezaba a hervir—. Por favor, déjeme en paz.
Pero la señora Torres no tenía intención de detenerse. Aprovechando que su hijo no estaba para mediar, empezó a empujar a Pedri hacia la salida del cuarto, lanzándole insultos hirientes.
—¡Fuera! ¡Vete a tu isla y no vuelvas! Eres patético, siempre persiguiéndolo como un perro faldero.
—¡Basta! —gritó Pedri.
En un acto reflejo, harto de los empujones y de las palabras venenosas, Pedri la apartó con fuerza. No fue un golpe intencionado, sino un empujón para ganar espacio, pero la mujer, que no se lo esperaba, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la alfombra.
Pedri se quedó pálido. El susto le recorrió la columna.
—¡Oh, Dios mío! ¿Está bien? —Se inclinó para ayudarla, pero la señora Torres reaccionó de una forma que él no esperaba.
Empezó a gritar. Gritos desgarradores, exagerados, como si le hubieran roto todos los huesos del cuerpo.
—¡Ayuda! ¡Me ha matado! ¡Mi espalda! ¡Ferran, ayuda! —gritaba ella, retorciéndose en el suelo y rompiendo a llorar con una teatralidad asombrosa.
En ese momento, Pedri escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse con una violencia inusitada. Pasos rápidos y pesados subieron las escaleras. La puerta del dormitorio se abrió de golpe y Ferran apareció en el umbral. Estaba jadeando, con la mirada desencajada. Había traído a su madre y se había quedado en el coche esperando, pero al oír los gritos, había subido volando.
—¡Ferran! ¡Hijo mío! —sollozó la mujer desde el suelo—. ¡Me ha empujado! ¡Me ha atacado porque le he dicho que estás sufriendo por su culpa! ¡Es un monstruo!
Pedri se quedó mudo, con las manos suspendidas en el aire. Miró a Ferran, esperando encontrar una chispa de comprensión, una señal de que sabía que su madre era capaz de cualquier cosa. Pero lo que encontró fue una mirada de decepción absoluta y una rabia fría que le heló la sangre.
—Ferran, yo... ella me estaba insultando, me estaba empujando... —intentó explicar Pedri, con la voz quebrada.
—¡Cállate! —rugió Ferran, pasando por su lado sin siquiera mirarlo a la cara.
Ferran se arrodilló junto a su madre, ayudándola a incorporarse con una delicadeza extrema mientras la mujer seguía gimiendo y asegurando que le dolía todo el cuerpo. Pedri sintió cómo el corazón se le encogía hasta volverse diminuto. Se quedó allí parado, en medio de la habitación, sobándose las manos con nerviosismo, sintiéndose el villano de una historia que no comprendía.
—¿Qué mierda te pasa, Pedri? —preguntó Ferran, sentando a su madre en la cama y girándose hacia él con los ojos inyectados en sangre—. Si estás enojado conmigo, si me odias, descárgate conmigo. Pero, ¿con mi madre? ¿En serio has llegado a este punto?
—¡No es lo que parece! —exclamó Pedri, mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas—. Ella entró aquí a insultarme, me llamó parásito, me estaba empujando hacia la puerta... Solo intenté que me dejara en paz.
—¡Mentira! —chilló la madre, aferrándose al brazo de su hijo—. ¡Solo le dije que te dejara ser feliz y se lanzó sobre mí!
Ferran miró a Pedri con una mezcla de asco y dolor.
—Vete, Pedri —dijo Ferran con una voz peligrosamente baja—. Vete ahora mismo antes de que diga algo de lo que me arrepienta el resto de mi vida.
—Ferran, escúchame... —suplicó el canario, dando un paso hacia él.
—¡Que te vayas! —gritó Ferran, señalando la puerta—. No quiero oír ni una sola palabra más. Has cruzado una línea que no tiene retorno.
Pedri sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró al techo, intentando contener el sollozo que amenazaba con destrozarle la garganta. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas en los bolsillos. Quería moverse, quería salir corriendo de allí y no volver nunca, pero sus pies parecían clavados al suelo, pesados como el plomo.
La decepción en los ojos de Ferran era el golpe final. Diez años de persecución, cuatro años de amor, y todo se reducía a ese momento de manipulación y furia ciega. Pedri se dio cuenta, con una claridad dolorosa, de que Ferran nunca lo conocería de verdad si era capaz de creer que él podía lastimar a alguien a sangre fría.
—Está bien —susurró Pedri, con una voz que apenas era un hilo—. Me voy. Pero recuerda este momento, Ferran. Recuerda que elegiste no creerme.
Sin mirar atrás, Pedri salió de la habitación. Bajó las escaleras casi sin sentir los peldaños, salió del edificio y empezó a caminar sin rumbo bajo la lluvia fina que empezaba a caer. No tenía maletas, no tenía ropa, no tenía nada más que el dolor punzante en el pecho.
Mientras tanto, en el piso, Ferran consolaba a su madre, ignorando el vacío inmenso que acababa de abrirse en su vida. No sabía que, al cerrar esa puerta, acababa de apagar la luz que lo había guiado durante toda su existencia. Y Pedri, caminando bajo la lluvia, finalmente entendió que a veces, rendirse no es un acto de debilidad, sino el último acto de valentía para salvar lo que queda de uno mismo.